Mami

Mami…

Mami, brillante y preciosa, utiliza poco y asume mucho una palabra que la retrata como ninguna: sobreviviente. Ahora, martes de noviembre, en una cama de hospital, al tiempo en que los que tratan de mejorarle el aire se sacuden con su figura y la denominan “sobreviviente”, también reconozco exacta a esa palabra.

Ciudad de México, 5 de noviembre (MaremotoM).- Mami

-Mami, el libro está listo. Sólo nos falta el título. ¿Cómo le vas a poner?

Mami es mi mamá, Tamara, una gloria en cada conversación, brillante y preciosa ahora al sur de sus canas y abrigada por sus arrugas, brillante y preciosa mucho antes que ahora, cuando yo era un pibito que la miraba como lo que ella era y como lo que ella es: un poco más que el sol, un poco más que el mar y un poco más que todo. Brillante y preciosa como los poemas que acumuló y como las memorias que entretejió, unos poemas y unas memorias que integrarán su primer libro, ese al que sólo le falta el título. Mami escucha la pregunta con sus tímpanos de 89 mayos, con el cuerpo enflaquecido como nunca y tenaz como siempre, con la respiración achicada que le impide que este martes de noviembre no transcurra abajo de las sombras del parral de su patio entrañable en la Avenida General Paz y aferrada a la mano de León, su amor desde hace más de seis décadas. Mami está en una cama de hospital.

-A mi querida familia.

-¿A mi querida familia? Pero si el libro habla de muchas más cosas que la familia, Mami.

-No, claro. Ese no es el título, esa es la dedicatoria: a mi querida familia. Por favor, no te olvides de que tenga esa dedicatoria.

Mami escribió desde chiquita. Si las palabras son un arte, desarrolló ese arte. Si las palabras son un entrenamiento, sudó ese entrenamiento. Si las palabras son una aventura, esa fue su aventura. Jugó con las palabras día por día aunque su historia se llenara de días en los que las perspectivas de jugar surgieran postergadas por las responsabilidades, los obstáculos, las gravedades, las rutinas hechas de dulzura, cierto, pero, también cierto, hechas de cuentas que saldar. Por ahí por eso se tomó casi 90 años para su primer libro. Las palabras funcionaban como su juego entre los juegos y como su llave maestra para abrir las puertas de lo que se le cantara, pero otras cuestiones le importaban más.

Miro a Mami y pienso en esas cuestiones que le importaban más. Me cuesta definirlas mientras espero que me susurre el título de su libro y mientras médicos y médicas la revisan un rato y otro rato. De golpe, fluye. Como si arrimarse a su magia, inclusive en una cama de hospital, generara más magia. Ahí está el modo de explicar lo que le importaba: Mami fue y es como las plazas principales de los pueblos. Una plaza principal es el espacio donde la gente se encuentra con la gente y en torno del cual se erige bastante de lo que determina la cotidianeidad de la gente, sin que nadie diga que todo eso acontece gracias a la plaza principal o que la plaza principal salte y reclame que le agradezcan algo. Mami le buscaba laburo a los desesperados y parejas a los que ya no aguantaban la soledad y reuniones sociales a las bandas de su laburo o a quienes se desconocían y merecían conocerse y cobijo a quien lo requiriera en el barrio y red de pertenencia a cada uno de sus 84 primos hermanos y cobertura a los individuos nobles que necesitaban una coartada para emprender un propósito igual de noble y sensación de sitio propio a las infinitas almas que desfilaban abajo del parral o del techo del hogar que moldeó con León y oído más protección más cariño a cada miembro de su familia, de -tal cual su dedicatoria- su querida familia. Las plazas públicas son generosas. Como Mami, que es mi plaza, nuestra plaza pública.

-Abajo del título habría que poner Poemas y memorias. ¿Te parece, Mami?

-Muy bien.

Una enfermera generosa como Mami e interesada como Mami le toma las pulsaciones y registra ávida la noticia de que se viene el primer libro. Mami prefiere hablarle de su bisabuelitud. Le revela que el bisnieto menor le acaba de enviar un videíto y la rebautizó “Taiara”. “Tayar significa turista en hebreo”, detalla Tamara, que, además de un castellano exquisito, habla francés, idish y hebreo y redacta más que prolijo en inglés. Y eso que transitó a medias el colegio secundario porque salió a la calle para juntar las monedas pendientes en su casa, gastando el lomo en empleos grises y mal pagos que la educaron desde temprano y para el porvenir completo en despreciar a la explotación. “Dos hijos, tres nietos”, le pormenoriza a la enfermera como quien devela lo más valioso de su biografía Y, aunque anda con los párpados concentrados en una foto de su bisnieta abrazada a una pelota abajo del parral, persiste, inevitable, en jugar con las palabras: experta en crucigramas, evoca un par que le quedaron pendientes en su mesa de luz y desgrana apuntes de elogio para la novela más flamante de Sacheri, que Eduardo le mandó de regalo.

Las palabras eran el juego dilecto de su papá, Berisch, un migrante que llegó desde los márgenes de Besarabia a los rincones de la Argentina enfundado en ropas de ilusión, maestro rural, anarquista y cosechero en el Chaco, más bueno que la bondad, un dominador de once idiomas sin pisar ni una sola academia al que la economía no le concedía la oportunidad de ofrendar muchos más juguetes que las palabras. Algunas de esas palabras las había apilado Dostoyevski, otras Romain Rolland, otras Chejov, otras más los autores argentinos del teatro más popular (papá Berisch y mamá Victoria primero y, con timidez, Tamara después se subieron a los escenarios: actores y actrices sin un mango delante de un público sin un mango para producir un acto que encerraba la riqueza más real de la Tierra). Emocionadísima, envuelta por sustantivos y por tramas que ya no extraviaría, en el Chaco, en la superficie corta de la bonaerense Colonia Lapin, en la hostilidad y en la seducción de las veredas porteñas, Mami se leyó todo eso. Unos calendarios más adelante, ya con León y ya mamá, cuando empezó a viajar una hora de ida y otra de vuelta como huésped del colectivo 146 que unía su vivienda en Ciudadela con el Centro, se las arregló para continuar leyendo o para enfocar un horizonte y fabular versos que después anotaba o archivaba en el recuerdo.

Mami, brillante y preciosa, utiliza poco y asume mucho una palabra que la retrata como ninguna: sobreviviente.

Ahora, martes de noviembre, en una cama de hospital, al tiempo en que los que tratan de mejorarle el aire se sacuden con su figura y la denominan “sobreviviente”, también reconozco exacta a esa palabra.

“En mis memorias especifiqué en alguna parte que soy sobreviviente”, me asegura. Es verdad que lo especificó y es verdad que es sobreviviente: sufrió un linfoma severo en los ochenta que la lastimó casi entera a base de células malas y de quimioterapias penetrantes, se sintió morir en el atentado a la AMIA -su empleo desde milnuevesesentaypoco, su segundo hogar- mientras le temblaba más que el cuerpo en el primer piso de un edificio que se transformó en polvo, se sintió morir aún más que durante el atentado cuando certificó que -sillas vacías, rostros ausentes- ese atentado le había quitado compañeros y vecinos de todas las jornadas, surcó dos robos violentos que le amoretonaron los músculos y le desconcertaron su irrompible confianza en la condición humana, aguantó otro cáncer del que zafó diciendo que las huellas que la radioterapia le hundía en la piel no serían para todos los tiempos, se bancó un accidente doméstico que insinuó privarla de caminar o de simplemente moverse y al que desafió y derrotó -hallazgo a los 85 almanaques- haciendo ejercicios, atravesó el miedo al coronavirus prometiendo vacunarse, entregando luego el brazo en dos ceremonias que la tranquilizaron y rogando que nadie pretendiera eludir a las inyecciones salvadoras.

Un médico comprometido, de esos que se rompen el guardapolvos para ahuyentar al dolor y a la muerte, musita hacia alguna oreja que Mami es una sobreviviente. Freno la tentación de desarrollarle algo más esencial que lo demoraría en su peregrinar imprescindible de cama de hospital en cama de hospital. Mami interpreta que sobrevivir dependía y depende de excesivas variables y que muchas de esas variables se instalan fuera de las manos. Lo que no negocia, lo que ni siquiera se preocupa por poner en palabras más de allá de su pasión como jugadora de las palabras, lo que sana o enferma y calma o amenazada la viste y la reviste es otro eje: no rendirse. Se puede ganar, se puede perder, pero rendirse no. Mami no se rendía. Mami no se rinde.

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-Del atentado escribí mucho. Del segundo cáncer, un texto. “Mama mía”, lo titulé. ¿Te acordás dónde anduve jodida esa vez?-, precisa.

-Sí, me acuerdo, cómo no acordarse. Ya le mostré a unos cuantos expertos tus poemas. Les encantan. Yo elijo uno que llamaste “Despoesías”.

-Me gusta, sí. Es un encadenamiento de poemas.

¿Tendrá Mami, Tamara, el título del libro? ¿Le cuento que yo ya estoy convencido de uno? Repaso ese libro. Lo repaso como si volvieran a empaparme las lágrimas con las que avancé sobre los materiales originales que también empujaron las lágrimas de mi hermana Edith o como si Mami no estuviera en este segundo entredurmiéndose por el agotamiento y perdurara como la chica a la que la poesía le surgía sencilla pero optaba por enderezar su energía hacia ser persona/plaza pública. Es un libro que derrama lucha porque Mami se la pasó de lucha en lucha: por querer, por crecer, por comer, porque coman, por cuidar, por construir, por sostener, por sobrevivir. Y que desparrama amor porque les destina segmentos intensos, en versos y en prosas, a muchos de sus muchísimos afectos. Y que destila el torrente singular de su judaísimo profundo y laico, con esa cadencia tan propia con la que se balanceó de un lado o del otro de la fe pero invariablemente judía. Y que corrobora el caudal de su identidad con la Argentina, que es el país sobre el que apoyó los pies en casi todos sus minutos. Y que desborda de melancolía y de nostalgia, pero, en la misma medida, de fiesta y de música literaria. Y que define quién fue y quién es porque trasluce que, a pesar de cualquier pesar y a pesar, además, de tantos episodios duros que la obligaron a resistir, está habitado por la esperanza en las personas y en un mundo que mejore al mundo, casi como un documento que prueba por qué, entre la abundancia de frases que distintas corrientes religiosas y no religiosas consideran sagradas, la favorita de Mami es “Justicia, Justicia perseguirás”.

Brillante y preciosa, Mami, se despabila, me lanza un comentario sobre un verbo irregular y sonríe. Sonríe la sonrisa más alta del planeta. La sonrisa de escuchar a Edith Piaf, a Yves Montand, a Serrat, a Jacques Brel o a Zitarrosa. La sonrisa de paladear un tostado de jamón y queso en un ignorado bar porteño. La sonrisa de jugar por vez un millón a preguntarse si el autor de El siglo de las luces es Alejo Carpentier, ese dato que misteriosamente se les diluía de tanto en tanto. La sonrisa de los resúmenes tiernos de la jornada con mi papá en las cenas, fatigados ambos pero felices ambos. La sonrisa de andar al lado de las olas en el atardecer. La sonrisa de cuando pudo erguirse (una sola vez, pero qué bella vez) bajo el cielo de París. La sonrisa de la tarde en la que me juró que, como yo era de Racing, ella era de Racing. La sonrisa de demandarle a mi hermana que le cantara “Noches noches”. La sonrisa de la mañana en la que le avisamos que era abuela. La sonrisa con la que distribuía entre sus amigos la entrevista que le realizó uno de sus nietos sobre los meses y los años que prosiguieron a la oscuridad de la AMIA. La sonrisa con la que parpadeó frente a los estudiantes de una escuela que se conmovieron en una de sus charlas como sobreviviente de la AMIA. La sonrisa de nuestros viernes en la puerta del colegio. La sonrisa de su vejez hermosa, sus ojos en mis ojos, mis ojos en los suyos.

Esa sonrisa de nuevo, martes lejos de casa, cama de hospital.

-Lo tengo.

-Mami, yo también lo tengo.

-¿Ponemos el título tuyo o el mío, Arielito?

-Juguemos un juego de palabras. Yo acá tengo mi título. Vos decime el tuyo y decidimos.

Mami asiente.

Yo lo intuía sin confidenciarme mi intuición: podía ser nuestra última cumbre. Demasiados años encima, demasiados médicos cerca haciendo lo posible y lo imposible.

Ninguna intuición me anticipaba que, al día siguiente, Mami, mi dulce Mami, iba a morirse. O me lo anticipaba. Pero para qué anticiparse

No sabía o no quería saber, en la hora de estamparle el broche a su inauguración como escritora con libro, que le quedaría inacabado otro libro, el último que comenzó a leer, esa obra extraordinaria de Juan Forn, Yo recordaré por ustedes, qué paradoja, justo ella, que era una memoria en acción, una memoria de los episodios mínimos y máximos de la familia, una memoria fundamental del horror del atentado. No sabía tampoco que yo, que amo a tantos amores y a tantos motivos de existir, descubriría, también al día siguiente, que no hay razones para intentar un texto si ella no va a leerlo y que no hay argumentos para conservar la voz si ella no puede oírla.

Mami
Mami

En ese momento, sólo evaluaba que si, de verdad, resultaba la última cumbre, entonces iba a escribirla porque a ella le gustaría. Una cosa son los cofres inmensos habitados por pequeñas y grandes historias de Mami y mías que no tienen por qué desembocar en una página. Y otra cosa es compartir la maravilla de alguien que, aunque ya había acariciado con todos los dedos a casi todos los sueños que se propuso, suspiraba sus fuerzas restantes para ir por un sueño más: no necesitaba ver publicado su trabajo, necesitaba dejarlo listo. No es una mala idea ni es una mala edad: a los 89 mayos, martes de noviembre, cama de hospital, cerrar un primer libro.

-Dale, tesoro-, dijo Mami.

-Dale-, le contesté.

-Va mi título, a ver si te parece que sirve.

El aire no se animó a fugarse de los pulmones de Mami en esa brevedad irrepetible durante la que su garganta retumbó como un coro. Y lo pronunció:

-Una vida. Ese es mi título.

No pude ni expandir ni cerrar los ojos. No pude sacudir las manos ni tampoco mantenerlas quietas. Cuando yo era chico, Mami y yo vimos una película de la perra Lassie: “La cadena invencible”. Cuando ya no fui chico y se me borró el vaivén de la película, entendí que ese nombre nos alumbraba. “La cadena invencible”: podíamos estar a cualquier distancia o en cualquier situación, pero ni un solo poder de la Tierra guardaba la capacidad de quebrar nuestra cadena, ese nudo invisible e indesatable que es nuestro vínculo.

-Va mi título, Mami.

Se lo mostré: “Una vida”.

La sonrisa de ella, esa sonrisa, navegó a pleno, como si ondulara a bordo de un barco de asombros y de alegría.

-Igual -casi exclamó-, tu título y mi título son el mismo título.

-Igual, Mami. Pensamos el mismo título. Igual. Ahora el libro está terminado.

Una vida.

Si la vida se corporizara, si la vida se tornara en boca y en sonido y se lanzara a hablar, seguro que proclamaría que no hay honor mayor que ser vida para que haya vidas como la de Mami.

Felicitaciones, Mami. Y gracias por las palabras, por las sonrisas, por permitirme y por permitirnos descubrir que las personas extraordinarias a veces están a nuestro lado, por no rendirte nunca y por ser mi mamá. Cada uno de tus bisnietos leerá tu libro o sea tu lección de vida. Y cada bisnieto de tus bisnietos, también. Yo te quiero hasta la eternidad. Siempre vas a ser un poco más que el sol, un poco más que el mar y un poco más que todo.

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