Manuel Puig

Manuel Puig, el escritor pop de Argentina, regresa con El beso de la mujer araña

Sin embargo, así como Andy Warhol incorporó la cultura pop a la pintura, a las artes plásticas, él bebió de esos elementos para construir, por ejemplo, El beso de la mujer araña, que ahora reedita Seix Barral, con un prólogo de Antonio Muñoz Molina.

Ciudad de México, 19 de septiembre (MaremotoM).- Difícil medir la genialidad del escritor argentino Manuel Puig. Sobre todo porque durante una época fue despreciado por la alta intelectualidad de su país, indicando que sus historias eran como un folletín, como una novela…pero de televisión.

Sin embargo, así como Andy Warhol incorporó la cultura pop a la pintura, a las artes plásticas, él bebió de esos elementos para construir, por ejemplo, El beso de la mujer araña, que ahora reedita Seix Barral, con un prólogo de Antonio Muñoz Molina.

Nacido en General Villegas en 1932 y muerto tempranamente en 1990, en Cuernavaca, México. Toda su vida y su narrativa estuvieron tratando de escaparse de su pueblo natal, adonde iba a ver cine, siempre acompañado de su madre. Homosexual, aunque no admitía que la persona pasara por su condición sexual, quiso primero estudiar cine, partió a Italia, aunque no terminó los estudios y se dedicó a ser escritor.

La primera novela fue La traición de Rita Hayworth y al año siguiente haría Boquitas pintadas, la muestra de que General Villegas estaba muy dentro suyo, al punto de que fuera prohibida en Argentina. The Buenos Aires Affair fue una novela muy complicada, llegó a recibir amenazas de muerte: “En enero del 74 el libro fue secuestrado y de ahí en adelante todo fue empeorando. Ya después de la muerte de Perón la cacería de brujas se desató”, confiaba en una entrevista.

Una de sus defensoras fue la crítica Beatriz Sarlo, quien escribió en un artículo de Punto de Vista: “Dos escritores son originales después de Borges: Saer y Puig. Hoy, más que Borges, marcan el presente de la literatura. Manuel Puig inventó la representación después del realismo: una mímesis de la lengua, una literatura hecha con el gusto, el deseo, las pasiones en estado de sustancia popular colectiva a la que el cine, la radio, los géneros de la novela sentimental o el policial le dieron una primera forma”.

“Manuel Puig nos parece un escritor tan de nuestro tiempo que nos cuesta apreciar en qué medida fue raro y hasta excepcional en el suyo. Esta novela, El beso de la mujer araña, se publicó en 1976, pero en muchos sentidos podría haberse escrito y publicado el año pasado, porque casi todos los asuntos que trata son más centrales para nuestro tiempo de lo que eran cuando apareció”, dice Antonio Muñoz Molina en el prólogo.

Lo cierto es que después de la novela, salió la película, que fue un gran acontecimiento cultural de la época. Esta historia de amistad entre dos presos cruzada por el amor al cine y los ideales políticos, que conlleva un elemento sexual, porque William Hurt era un homosexual y Raúl Julia, un preso de la izquierda tradicional, más machista y sin ninguna lectura de “los otros sexos”: la aspiración de una realidad socialista en donde él era un hombre y ella una mujer. El director era Héctor Babenco.

Desde el escritor, pasando por los actores protagonistas y el propio director hoy están muertos y sin embargo ha quedado la novela y la película como testimonio de un gran evento cultural en pleno siglo XX, cuando la homosexualidad y las personas diferentes no formaban parte de ninguna marcha ni ninguna historia.

El esquema de esta novela es de genial simplicidad. Se configura como una sucesión de escenas dialogadas entre dos presos recluidos en una misma celda de una prisión bonaerense. Así, Martín, un homosexual de gran imaginación, irá relatando viejos melodramas cinematográficos a Valentín, activista político e idealista, para aliviarle de los efectos de las sesiones de tortura a que lo somete la policía política de la dictadura.

En la conversación de los presos, Puig lleva a sus últimas consecuencias uno de sus más originales procedimientos narrativos: el empleo de elementos de la cultura pop como correlato objetivo de las vivencias de los protagonistas. La confrontación entre los dos hombres se resolverá en una profunda transformación interior, para cerrarse en un sacrificio estéril sólo en apariencia: inmolándose verán al fin su verdadero rostro, llegarán a ser ellos mismos.

El beso de la mujer araña consolidó la fama de Manuel Puig en el ámbito internacional gracias al extraordinario éxito de su versión cinematográfica y teatral, y fue, también, su novela más popular.

Fragmento de El beso de la mujer araña, de Manuel Puig, con autorización de Seix Barral y Planeta

Manuel Puig
Editó Seix Barral. Foto: Cortesía

CAPÍTULO UNO

—A ella se le ve que algo raro tiene, que no es una mujer como todas. Parece muy joven, de unos veinticinco años cuanto más, una carita un poco de gata, la nariz chica, respingada, el corte de cara es… más redondo que ovalado, la frente ancha, los cachetes también grandes pero que después se van para abajo en punta, como los gatos.

—¿Y los ojos?

—Claros, casi seguro que verdes, los entrecierra para dibujar mejor. Mira al modelo, la pantera negra del zoológico, que primero estaba quieta en la jaula, echada. Pero cuando la chica hizo ruido con el atril y la silla, la pantera la vio y empezó a pasearse por la jaula y a rugirle a la chica, que hasta entonces no encontraba bien el sombreado que le iba a dar al dibujo.

—¿El animal no la puede oler antes?

—No, porque en la jaula tiene un enorme pedazo de carne, es lo único que puede oler. El guardián le pone la carne cerca de las rejas, y no puede entrar ningún olor de afuera, a propósito para que la pantera no se alborote. Y es al notar la rabia de la fiera que la chica empieza a dar trazos cada vez más rápidos, y dibuja una cara que es de animal y también de diablo. Y la pantera la mira, es una pantera macho y no se sabe si es para despedazarla y después comerla, o si la mira llevada por otro instinto más feo todavía.

—¿No hay gente en el zoológico ese día?

—No, casi nadie. Hace frío, es invierno. Los árboles del parque están pelados. Corre un aire frío. La chica es casi la única, ahí sentada en el banquito plegadizo que se trae ella misma, y el atril para apoyar la hoja del dibujo. Un poco más lejos, cerca de la jaula de las jirafas hay unos chicos con la maestra, pero se van rápido, no aguantan el frío.

—¿Y ella no tiene frío?

—No, no se acuerda del frío, está como en otro mundo, ensimismada dibujando a la pantera.

—Si está ensimismada no está en otro mundo. Ésa es una contradicción.

—Sí, es cierto, ella está ensimismada, metida en el mundo que tiene adentro de ella misma, y que apenas si lo está empezando a descubrir. Las piernas las tiene entrelazadas, los zapatos son negros, de taco alto y grueso, sin puntera, se asoman las uñas pintadas de oscuro. Las medias son brillosas, ese tipo de malla cristal de seda, no se sabe si es rosada la carne o la media.

—Perdón pero acordate de lo que te dije, no hagas descripciones eróticas. Sabés que no conviene.

—Como quieras. Bueno, sigo. Las manos de ella están enguantadas, pero para llevar adelante el dibujo se saca el guante derecho. Las uñas son largas, el esmalte casi negro, y los dedos blancos, hasta que el frío empieza a amoratárselos. Deja un momento el trabajo, mete la mano debajo del tapado para calentársela. El tapado es grueso, de felpa negra, las hombreras bien grandes, pero una felpa espesa como la pelambre de un gato persa, no, mucho más espesa. ¿Y quién está detrás de ella?, alguien trata de encender un cigarrillo, el viento apaga la llama del fósforo.

—¿Quién es?

—Esperá. Ella oye el chasquido del fósforo y se sobresalta, se da vuelta. Es un tipo de buena pinta, no un galán lindo, pero de facha simpática, con sombrero de ala baja y un sobretodo bolsudo, pantalones muy anchos. Se toca el ala del sombrero como saludo y se disculpa, le dice que el dibujo es bárbaro. Ella ve que es buen tipo, la cara lo vende, es un tipo muy comprensivo, tranquilo. Ella se retoca un poco el peinado con la mano, medio deshecho por el viento. Es un flequillo de rulos, y el pelo hasta los hombros que es lo que se usaba, también con rulos chicos en las puntas, como de permanente casi.

—Yo me la imagino morocha, no muy alta, redondita, y que se mueve como una gata. Lo más rico que hay.

—¿No era que no te querías alborotar?

—Seguí.

—Ella contesta que no se asustó. Pero en eso, al retocarse el pelo suelta la hoja y el viento se la lleva. El muchacho corre y la alcanza, se la devuelve a la chica y le pide disculpas. Ella le dice que no es nada y él se da cuenta que es extranjera por el acento. La chica le cuenta que es una refugiada, estudió bellas artes en Budapest, al estallar la guerra se embarcó para Nueva York. Él le pregunta si extraña su ciudad. A ella es como si le pasara una nube por los ojos, toda la expresión de la cara se le oscurece, y dice que no es de una ciudad, ella viene de las montañas, por ahí por Transilvania.

—De donde es Drácula.

—Sí, esas montañas tienen bosques oscuros, donde viven las fieras que en invierno se enloquecen de hambre y tienen que bajar a las aldeas, a matar. Y la gente se muere de miedo y les pone ovejas y otros animales muertos en las puertas y hacen promesas, para salvarse. A todo esto el muchacho quiere volver a verla y ella le dice que a la tarde siguiente va a estar dibujando ahí otra vez, como toda esa última temporada cuando ha habido días de sol. Entonces él, que es un arquitecto, está a la tarde siguiente en su estudio con sus arquitectos compañeros y una chica colega también y cuando suenen las tres y ya queda poco tiempo de luz quiere largar las reglas y compases para cruzarse al zoológico que está casi enfrente, ahí en el Central Park. La colega le pregunta adónde va, y por qué está tan contento. Él la trata como amiga pero se nota que en el fondo ella está enamorada de él, aunque lo disimula.

—¿Es un loro?

—No, de pelo castaño, cara simpática, nada del otro mundo pero agradable. Él sale sin darle el gusto de decirle adónde va. Ella queda triste pero no deja que nadie se dé cuenta y se enfrasca en el trabajo para no deprimirse más. Ya en el zoológico no ha empezado todavía a hacerse de noche, ha sido un día con luz de invierno muy rara, todo parece que se destaca con más nitidez que nunca, las rejas son negras, las paredes de las jaulas de mosaico blanco, el pedregullo blanco también, y grises los árboles deshojados. Y los ojos rojo sangre de las fieras. Pero la muchacha, que se llamaba Irena, no está. Pasan los días y el muchacho no la puede olvidar, hasta que un día caminando por una avenida lujosa algo le llama la atención en la vidriera de una galería de arte. Están expuestas las obras de alguien que dibuja nada más que panteras. El muchacho entra, allí está Irena, que es felicitada por otros concurrentes. Y no sé bien cómo sigue.

—Hacé memoria.

—Esperá un poco… No sé si es ahí que la saluda una que la asusta… Bueno, entonces el muchacho también la felicita y la nota distinta a Irena, como feliz, no tiene esa sombra en la mirada, como la primera vez. Y la invita a un restaurant y ella deja a todos los críticos ahí, y se van. Ella parece que pudiera caminar por la calle por primera vez, como si hubiese estado presa y ahora libre puede agarrar para cualquier parte.

—Pero él la lleva a un restaurant, dijiste vos, no para cualquier parte.

—Ay, no me exijas tanta precisión… Bueno, cuando él se para frente a un restaurant húngaro o rumano, algo así, ella se vuelve a sentir rara. Él creía darle un gusto llevándola ahí a un lugar de compatriotas de ella, pero le sale el tiro por la culata. Y se da cuenta que a ella algo le pasa, y se lo pregunta. Ella miente y dice que le trae recuerdos de la guerra, que todavía está en pleno fragor en esos momentos. Entonces él le dice que van a otra parte a almorzar. Pero ella se da cuenta que él, pobre, no tiene mucho tiempo, está en su hora libre de almuerzo y después tiene que volver al estudio. Entonces ella se sobrepone y entra al restaurant, y todo perfecto, porque el ambiente es muy tranquilo y comen bien, y ella otra vez está encantada de la vida.

—¿Y él?

—Él está contento, porque ve que ella se sobrepuso a un complejo para darle el gusto a él, que él justamente al principio lo había planeado, de ir ahí, para darle un gusto a ella. Esas cosas de cuando dos se conocen y las cosas empiezan a funcionar bien. Y él está tan embalado que decide no volver al trabajo esa tarde. Le cuenta que pasó por la galería de casualidad, lo que él estaba buscando era otro negocio, para comprar un regalo.

—Para la colega arquitecta.

—¿Cómo sabés?

—Nada, lo acerté no más.

—Vos viste la película.

—No, te lo aseguro. Seguí.

—Y la chica, la Irena, le dice que entonces pueden ir a ese negocio. Él enseguida lo que piensa es si le alcanzará la plata para comprar dos regalos iguales, uno para el cumpleaños de la colega y otro para Irena, así termina de conquistársela. Por la calle Irena le dice que esa tarde, cosa rara, no le da lástima notar que ya está anocheciendo, apenas a las tres de la tarde. Él le pregunta por qué le da tristeza que anochezca, si es porque le tiene miedo a la oscuridad. Ella lo piensa y le contesta que sí. Y él se para frente al negocio donde van, ella mira la vidriera con desconfianza, se trata de una pajarería, lindísima, en las jaulas que se pueden ver desde afuera hay pájaros de todo tipo, volando alegres de un trapecio a otro, o hamacándose, o picoteando hojitas de lechuga, o alpiste, o tomando a sorbos el agüita fresca, recién cambiada.

—Perdoná… ¿hay agua en la garrafa?

—Sí, la llené yo cuando me abrieron para ir al baño.

—Ah, está bien entonces.

—¿Querés un poco?, está linda, fresquita.

—No, así mañana no hay problema con el mate.

Seguí.

—Pero no exageres. Nos alcanza para todo el día.

—Pero vos no me acostumbres mal. Yo me olvidé de traer cuando nos abrieron la puerta para la ducha, si no era por vos que te acordaste después estábamos sin agua.

—Hay de sobra, te digo. …Pero al entrar los dos a la pajarería es como si hubiese entrado quién sabe quién, el diablo. Los pájaros se enloquecen y vuelan ciegos de miedo contra las rejitas de las jaulas, y se machucan las alas. El dueño no sabe qué hacer. Los pajaritos chillan de terror, son como chillidos de buitres, no como cantos de pájaros. Ella le agarra la mano al muchacho y lo saca afuera. Los pájaros enseguida se calman. Ella le pide que la deje irse. Hacen cita y se separan hasta la noche siguiente. Él vuelve a entrar a la pajarería, los pája- ros siguen cantando tranquilos, compra un pajarito para la del cumpleaños. Y después… bueno, no me acuerdo muy bien como sigue, tengo sueño.

—Seguí un poco más.

—Es que con el sueño se me olvida la película, ¿qué te parece si la seguimos mañana?

—Si no te acordás, mejor la seguimos mañana.

—Con el mate te la sigo.

—No, mejor a la noche, durante el día no quiero pensar en esas macanas. Hay cosas más importantes en que pensar.

—…

—Si yo no estoy leyendo y me quedo callado es por- que estoy pensando. Pero no me vayas a interpretar mal.

—No, está bien. No te voy a distraer la atención, perdé cuidado.

—Veo que me entendés, te lo agradezco. Hasta mañana.

—Hasta mañana. Que sueñes con Irena.

—A mí me gusta más la colega arquitecta.

—Yo ya lo sabía. Chau.

—Hasta mañana.

—Habíamos quedado en que él entró a la pajarería y los pájaros no se asustaron de él. Que era de ella que tenían miedo.

—Yo no te dije eso, sos vos que lo pensaste.

—¿Qué pasa entonces?

—Bueno, ellos se siguen viendo y se enamoran. A él ella lo atrae bárbaramente, porque es tan rara, por un lado ella lo mima con muchas ganas, y lo mira, lo acaricia, se le acurruca en los brazos, pero cuando él la quiere abrazar fuerte y besarla ella se le escurre y apenas si le deja rozarle los labios con los labios de él. Le pide que no la bese, que la deje a ella besarlo a él, besos muy tiernos, pero como de una nena, con los labios carnosos, suavecitos, pero cerrados.

—Antes en las películas nunca había sexo.

—Esperá, y vas a ver. La cuestión es que una noche él la lleva de nuevo al restaurant aquel, que es no de lujo pero muy pintoresco, con manteles a cuadros y todo de madera, o no, de piedra, no, sí, ahora sé, adentro pare- ce como estar en una cabaña, y con lámparas a gas y en las mesas simples velas. Y él levanta el vaso de vino, un vaso de estilo rústico, y brinda porque esa noche un hombre muy enamorado se va a comprometer en matrimonio, si su elegida lo acepta. A ella se le llenan los ojos de lágrimas, pero de felicidad. Chocan los vasos y toman sin decir más nada, se agarran las manos. De golpe ella se le retira: ha visto que alguien se acerca a la mesa. Es una mujer hermosa, al primer vistazo, pero enseguida después se le nota algo rarísimo en la cara, algo que da miedo y no se sabe qué es. Porque es una cara de mujer pero también una cara de gato. Los ojos para arriba, y raros, no sé como decirte, el blanco del ojo no lo tiene, el ojo es todo color verde, con la pupila negra en el centro y nada más. Y el cutis muy pálido, como con mucho polvo.

—Pero me decías que era linda.

—Sí, es hermosa. Y por la ropa rara se nota que es europea, un peinado de banana todo alrededor de la cabeza.

—¿Qué es banana?

—Como un…, ¿cómo te puedo explicar?, un rodete así como un tubo alrededor de la cabeza, que alza la frente y sigue todo para atrás.

—No importa, seguí.

—Pero es que a lo mejor me equivoco, me parece que tiene como una trenza alrededor de la cabeza, que es más de esa región. Y un traje largo hasta los pies, una capa corta de zorros sobre los hombros. Y llega a la mesa y la mira a Irena como con odio, o no, una forma de mirar como de quien hipnotiza, pero un mirar mal intencionado de todas formas. Y le habla en un idioma rarísimo, parada al lado de la mesa. Él, como le corres- ponde a un caballero, se levanta, al acercarse una dama, pero la felina ésta ni lo mira y le dice una segunda frase a Irena. Irena le contesta en el mismo idioma, muy asustada. Él no entiende ni una palabra de lo que se dicen. La mujer entonces, para que entienda también él, le dice a Irena «Te reconocí enseguida, tú sabes por qué. Hasta pronto…». Y se va, sin haber siquiera mirado al muchacho. Irena está como petrificada, los ojos los tiene llenos de lágrimas, pero turbios, parecen lágrimas de agua sucia de un charco. Se levanta sin decir ni una palabra y se envuelve la cabeza con un velo largo, blanco, él deja un billete en la mesa, y sale con ella tomándola del brazo. No se dicen nada, él ve que ella mira con mie- do para Central Park, nieva despacito, la nieve amortigua todos los ruidos y sonidos, los autos pasan por la calle como deslizándose, bien silenciosos, el farol de la calle ilumina los copos blanquísimos que caen, muy lejos parece que se oyen rugidos de fieras. Y no sería difícil que fuera cierto, porque a poca distancia de ahí es donde está el zoológico de la ciudad, en el mismo par- que. Ella no sigue, le pide que la abrace. Él la estrecha en sus brazos. Ella tiembla, de frío o de miedo, aunque los rugidos parecen haberse aplacado. Ella dice, apenas en su susurro, que tiene miedo de ir a su casa y pasar la noche sola. Pasa un taxi, él le hace señas de parar, suben los dos sin decir una palabra. Van al departamento de él, en todo el trayecto no hablan. Llegan al edificio, es una de esas casas de departamentos antiguas muy cuidada, con alfombras, de techo de vigas muy alto, una es- calera de madera oscura toda tallada y ahí a la entrada al pie de la escalera una planta grande de palmera aclimatada en una maceta regia. Ponele que con dibujos chinos. La planta que se refleja en un espejo alto de marco también muy trabajado, como los tallados de la escalera. Ella se mira al espejo, se estudia la cara, como buscando algo en sus facciones, no hay ascensor, en el primer piso vive él. Los pasos en la alfombra no se oyen casi, como en la nieve. Es un departamento grande, con todas cosas fin de siglo, muy sobrio, era el departamento de la madre del muchacho.

—¿Él qué hace?

—Nada, sabe que ella tiene algo adentro, que la está atormentando. Le ofrece bebidas, café, lo que quiera.

Ella no toma nada, le pide que se siente, tiene algo que decirle. Él enciende la pipa y la mira con esa bondad que se le nota en todo momento. Ella no se anima a mirarlo en los ojos, coloca la cabeza sobre las rodillas de él. Entonces empieza a contar que había una leyenda terrible en su aldea de la montaña, que siempre la ha aterrorizado, desde chica. Y eso yo no me acuerdo bien cómo era, algo de la Edad Media, que una vez esas aldeas quedaron aisladas por la nieve meses y meses, y se morían de hambre, y que todos los hombres se habían ido a la guerra, algo así, y las fieras del bosque llegaban hambrientas hasta las casas, no me acuerdo bien, y el diablo se apareció y pidió que saliera una mujer si querían que él les trajese comida, y salió una mujer, la más valiente, y el diablo tenía al lado una pantera hambrienta enfurecida, y esa mujer hizo un pacto con el diablo, para no morir, y no sé qué pasó y la mujer tuvo una hija con cara de gata. Y cuando volvieron los cruzados de la Guerra Santa, el soldado que estaba casado con esa mujer entró a la casa y cuando la fue a besar ella lo despedazó vivo, como una pantera lo hubiese hecho.

—No entiendo bien, es muy confuso como lo contás.

—Es que la memoria me falla. Pero no importa. Lo que cuenta Irena que sí me acuerdo bien es que siguieron naciendo en la montaña mujeres pantera. De todos modos ya ese soldado había muerto pero otro cruzado se dio cuenta que era la mujer la que lo había matado y la empezó a seguir y por la nieve ella se escapó y primero eran pisadas de mujer las huellas que quedaban y al acercarse al bosque eran de pantera, y el cruzado la siguió y se metió al bosque que era de noche, hasta que vio en la oscuridad los ojos verdes brillantes de alguien que lo esperaba agazapado, y él hizo con la espada y el puñal una cruz y la pantera se quedó quieta y se transformó de nuevo en mujer, ahí echada medio dormida, como hipnotizada, y el cruzado retrocedió porque oyó otros rugidos que se acercaban y eran las fieras que la olieron a la mujer y se la comieron. El cruzado llegó casi desfalleciente a la aldea y lo contó. Y la leyenda es que la raza de las mujeres pantera no se acabó y están escondidas en algún lugar del mundo, y parecen mujeres normales, pero si un hombre las besa se pueden transformar en una bestia salvaje.

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—¿Y ella es una mujer pantera?

—Ella lo único que sabe es que esos cuentos la asustaron mucho cuando era chica, y ha vivido siempre con la pesadilla de ser una descendiente de aquellas mujeres.

—¿Y la del restaurant qué le había dicho?

—Eso es lo que le pregunta el muchacho. Y entonces Irena se echa en los brazos de él llorando y le dice que esa mujer la saludó simplemente. Pero después no, se arma de valor y cuenta que en el dialecto de su aldea le dijo que recordara quién era, que de sólo verle la cara se había dado cuenta que eran hermanas. Y que se cuidara de los hombres. Él se echa a reír. «No te das cuenta», le dice, «ella vio que eras de esa zona, porque todos los compatriotas se reconocen, si yo veo un norteamericano en la China también me acerco y lo saludo. Y porque era mujer, y un poco chapada a la antigua, te dijo que te cuidaras, ¿no te das cuenta?». Eso lo dice él, y ella se tranquiliza bastante. Y tan tranquila se siente que se empieza a dormir en los brazos de él, y él la recuesta ahí en el sofá, le coloca un almohadón debajo de la cabeza, y le trae una frazada de su cama. Ella se duerme. Entonces él se va a su pieza y la escena termina que él está en piyama y una robe de chambre buena pero no de lujo, lisa, y la mira desde la puerta cómo duerme y enciende la pipa y se queda pensativo. La chimenea está encendida, no, no me acuerdo, la luz debe venir del velador de la mesa de luz de él. Cuando la chimenea ya se está apagando Irena se despierta, queda apenas una brasa. Está ya aclarando.

—Se despierta de frío, como nosotros.

—No, otra cosa la despierta, sabía que ibas a decir eso. La despierta un canario que canta en la jaula. Irena primero siente miedo de acercarse, pero oye que el pajarito está contento y ella se anima a acercársele. Lo mira, y suspira hondo, aliviada, contenta porque el pajarito no se asusta de ella. Va a la cocina y prepara tostadas, con mantequilla como dicen ellos, y cereales y…

—No hables de comidas.

—Y panqueques…

—De veras, te lo pido en serio. Ni de comidas ni de mujeres desnudas.

—Bueno, y lo despierta y él está feliz al ver que ella está tan a gusto en la casa y le pregunta si se quiere que- dar a vivir para siempre ahí.

—¿Él está acostado todavía?

—Sí, ella le llevó el desayuno a la cama.

—A mí nunca me gustó desayunarme recién levantado, primero más que nada me gusta lavarme los dientes. Seguí por favor.

—Bueno, él la quiere besar. Y ella no se le deja acercar.

—Y tendrá mal aliento, que no se lavó los dientes.

—Si te vas a burlar no tiene gracia que te cuente más.

—No, por favor, te escucho.

—Él le repite si se quiere casar. Ella le contesta que lo quiere con toda el alma, y que no quiere irse más de esa casa, se siente tan bien ahí, y mira y las cortinas son de terciopelo oscuro para atajar la luz y para hacer entrar la luz ella va y las corre y detrás hay otro cortinado de encaje. Se ve entonces toda la decoración de fin de siglo. Ella pregunta quién eligió esas cosas tan lindas y me parece que él le cuenta que está ahí presente la madre, en todos esos adornos, que la madre era muy buena y la hubiese querido a Irena, como a una hija. Irena se le acerca y le da un beso casi de adoración, como se besa a un santo, ¿no?, en la frente. Y le pide que nunca la deje, que ella quiere estar con él para siempre, que lo único que quiere es poder despertarse cada día para volver a verlo, siempre al lado de ella…, pero que para ser su esposa de verdad le pide que le dé un poco de tiempo, hasta que se le pasen todos los miedos…

—Vos te das cuenta de lo que le pasa, ¿no?

—Que tiene miedo de volverse pantera.

—Bueno, yo creo que ella es frígida, que tiene mie- do al hombre, o tiene una idea del sexo muy violenta, y por eso inventa cosas.

—Esperate. Él acepta, y se casan. Y cuando llega la noche de bodas, ella duerme en la cama y él en el sofá.

—Mirando los adornos de la madre.

—Si te vas a reír no sigo, yo te la estoy contando en serio, porque a mí me gusta. Y además hay otra cosa que no te puedo decir, que hace que esta película me guste realmente mucho.

—Decime lo que sea, ¿qué es?

—No, yo te iba a sacar el tema pero ahora veo que te reís, y a mí me da rabia, la verdad sea dicha.

—No, me gusta la película, pero es que vos te divertís contándola y por ahí también yo quiero intervenir un poco, ¿te das cuenta? No soy un tipo que sepa escuchar demasiado, ¿sabés, no?, y de golpe me tengo que estarte escuchando callado horas.

—Yo creí que te servía para entretenerte, y agarrar el sueño.

—Sí, perfecto, es la verdad, las dos cosas, me entre- tengo y agarro el sueño.

—¿Entonces?

—Pero, si no te parece mal, me gustaría que fuéramos comentando un poco la cosa, a medida que vos avanzás, así yo puedo descargarme un poco con algo. Es justo, ¿no te parece?

—Si es para burlarte de una película que a mí me gustó, entonces no.

—No, mirá, podría ser que comentemos simplemente. Por ejemplo: a mí me gustaría preguntarte cómo te la imaginás a la madre del tipo.

—Si es que no te vas a reír más.

—Te lo prometo.

—A ver… no sé, una mujer muy buena. Un encanto de persona, que ha hecho muy feliz a su marido y a sus hijos, muy bien arreglada siempre.

—¿Te la imaginás fregando la casa?

—No, la veo impecable, con un vestido de cuello alto, la puntilla le disimula las arrugas del cuello. Tiene esa cosa tan linda de algunas mujeres grandes, que es ese poquito de coquetería, dentro de la seriedad, por la edad, pero que se les nota que siguen siendo mujeres y quieren gustar.

—Sí, está siempre impecable. Perfecto. Tiene sirvientes, explota a gente que no tiene más remedio que servirla, por unas monedas. Y claro, fue muy feliz con su marido, que la explotó a su vez a ella, le hizo hacer todo lo que él quiso, que estuviera encerrada en su casa como una esclava, para esperarlo…

—Oíme…

—… para esperarlo todas las noches a él, de vuelta de su estudio de abogado, o de su consultorio de médico. Y ella estuvo perfectamente de acuerdo con ese sistema, y no se rebeló, y le inculcó al hijo toda esa basura y el hijo ahora se topa con la mujer pantera. Que se la aguante.

—¿Pero no te gustaría, la verdad, tener una madre así?, cariñosa, cuidada siempre en su persona… Vamos, no macanees…

—No, y te voy a explicar por qué, si no entendiste.

—Mirá, tengo sueño, y me da rabia que te salgas con eso porque hasta que saliste con eso yo me sentía fenómeno, me había olvidado de esta mugre de celda, de todo, contándote la película.

—Yo también me había olvidado de todo.

—¿Y entonces?, ¿por qué cortarme la ilusión, a mí, y a vos también?, ¿qué hazaña es ésa?

—Veo que tengo que hacerte un planteo más claro, porque por señas no entendés.

—Aquí en la oscuridad me hacés señas, me parece perfecto.

—Te voy a explicar.

—Sí, pero mañana, porque ahora me vino toda la mufa encima, mañana la seguís… Por qué no me habrá tocado de compañero el novio de la mujer pantera, en vez de vos.

—Ah, esa es otra historia, y no me interesa.

—¿Tenés miedo de hablar de esas cosas?

—No, miedo no. Es que no me interesa. Yo ya sé todo de vos, aunque no me hayas contado nada.

—Bueno, te conté que estoy acá por corrupción de menores, con eso te dije todo, no la vayas de psicólogo ahora.

—Vamos, confesá que te gusta porque fuma en pipa.

—No, porque es un tipo pacífico, y comprensivo.

—La madre lo castró, eso es todo.

—Me gusta y basta. Y a vos te gusta la colega arquitecta, ¿qué tiene de guerrillera ésa?

—Me gusta, bueno, más que la pantera.

—Chau, mañana me explicás por qué. Dejame dormir.

—Chau.           .           .           .

—Estábamos en que se va a casar con el de la pipa.

Te escucho.

—¿Por qué ese tonito burlón?

—Nada, contame, dale Molina.

—No, hablame del de la pipa vos, ya que lo conocés mejor que yo, que vi la película.

—No te conviene el de la pipa.

—¿Por qué?

—Porque vos lo querés con fines no del todo castos,

¿eh?, confesá.

—Claro.

—Bueno, a él le gusta Irena porque ella es frígida y no la tiene que atacar, por eso la protege y la lleva a la casa donde está la madre presente; aunque esté muerta está presente, en todos los muebles, y cortinas y porquerías, ¿no lo dijiste vos mismo?

—Seguí.

—Él si ha dejado todo lo de la madre en la casa intacto es porque quiere ser siempre un chico, en la casa de la madre, y lo que trae a la casa no es una mujer, sino una nena para jugar.

—Pero eso es todo de tu cosecha. Yo qué sé si la casa era de la madre, yo te dije eso porque me gustó mucho ese departamento y como era de decoración antigua dije que podía ser de la madre, pero nada más. A lo mejor él lo alquila amueblado.

—Entonces me estás inventando la mitad de la película.

—No, yo no invento, te lo juro, pero hay cosas que para redondeártelas, que las veas como las estoy viendo yo, bueno, de algún modo te las tengo que explicar. La casa, por ejemplo.

—Confesá que es la casa en que te gustaría vivir a vos.

—Sí, claro. Y ahora te tengo que aguantar que me digas lo que dicen todos.

—A ver… ¿qué te voy a decir?

—Todos igual, me vienen con lo mismo, ¡siempre!

—¿Qué?

—Qué de chico me mimaron demasiado, y por eso soy así, que me quedé pegado a las polleras de mi mamá y soy así, pero que siempre se puede uno enderezar, y que lo que me conviene es una mujer, porque la mujer es lo mejor que hay.

—¿Te dicen eso?

—Sí, y eso les contesto… ¡regio!, ¡de acuerdo!, ya que las mujeres son lo mejor que hay… yo quiero ser mujer. Así que ahorrame de escuchar consejos, porque yo sé lo que me pasa y lo tengo todo clarísimo en la cabeza.

—Yo no lo veo tan claro, por lo menos como lo aca- bás de definir vos.

—Bueno, no necesito que vengas a aclararme nada, y si querés te sigo la película, y si no querés, paciencia, me la cuento yo a mí mismo en voz baja, y saluti tanti, arrivederci, Sparafucile.

—¿Quién es Sparafucile?

—No sabés nada de ópera, es el traidor de Rigoletto.

—Contame la película y chau, que ahora quiero saber cómo sigue.

—¿En qué estábamos?

—En la noche de bodas. Que él no la toca.

—Así es, él duerme en el sofá de la sala, ah, y lo que no te dije es que han arreglado, se han puesto de acuerdo, en que ella vaya a un psicoanalista. Y ella empieza a ir, y va la primera vez y se encuentra con que el tipo es un tipo buen mocísimo, un churro bárbaro.

—¿Qué es para vos un tipo buen mocísimo?, me gustaría saber.

—Bueno, es un morocho alto, de bigotes, muy distinguido, frente amplia, pero con un bigotito medio de hijo de puta, no sé si me explico, un bigote de cancherito, que lo vende. Bueno, ya que estamos, no es mi tipo el que hace de psicoanalista.

—¿Qué actor es?

—No me acuerdo, es un papel de reparto. Es buen mozo pero muy flaco para mi gusto, si te interesa saber, esos tipos que quedan bien con un traje cruzado, o si es traje derecho tienen que llevar chaleco. Es un tipo que gusta a las mujeres. Pero a este tal por cual algo se le nota, no sé, de que está muy seguro de gustar a las mujeres, que ni bien aparece… choca, y también le choca a Irena, ella ahí en el diván empieza a hablar de sus problemas pero no se siente cómoda, no se siente al lado de un médico, sino al lado de un tipo, y se asusta.

—Es notable la película.

—¿Notable de qué?, ¿de ridícula?

—No, de coherente, está bárbara, seguí. No seas tan desconfiado.

—Ella le empieza a hablar de su miedo de no ser una buena esposa y quedan en que la vez siguiente le va a contar de sus sueños, o pesadillas, y de que en un sueño se convirtió en pantera. Y todo tranquilo, se despiden, pero la vez siguiente que le toca sesión ella no va, le miente al marido, y en vez de ir al médico se va al zoológico, a mirar a la pantera. Y ahí se queda como fascinada, ella está con ese tapado de felpa negra pero con reflejos como tornasolados, y la piel de la pantera también es negra tornasolada. La pantera se pasea en la jaula enorme, sin sacarle la vista de encima a la chica. Y en eso aparece el cuidador, y abre la puerta de la jaula que está a un costado. Pero la abre apenas un segundo, le echa la carne y vuelve a cerrar, pero distraído con el gancho de que traía colgada la carne, se deja olvidada la llave en la cerradura de la jaula. Irena ve todo, se queda callada, el cuidador agarra una escoba y se pone a barrer los papeles y puchos de cigarrillos que hay desparramados por ahí cerca de las jaulas. Irena se acerca un poco, disimuladamente, a la cerradura. Saca la llave y la mira, una llave grande, oxidada, se queda pensando, pasan unos segundos.

—¿Qué va a hacer?

—Pero va adonde está el cuidador y se la entrega. El viejo, un tipo tranquilo de buen humor, se lo agradece. Irena vuelve a la casa, espera que llegue el marido, es ya la hora en que tiene que volver de la oficina. Y a todo esto se me olvidó decirte que a la mañana ella con todo cariño siempre le pone alpiste al canario, y le cambia el agua, y el canario canta. Y llega por fin el marido y ella lo abraza y casi lo besa, tiene un gran deseo de besarlo, en la boca, y él se alborota, y piensa que tal vez el tratamiento psicoanalítico le está haciendo bien a ella, y se acerca el momento de ser realmente marido y mujer. Pero comete el error de preguntarle cómo le fue esa tarde en la sesión. Ella, que no fue, se siente pésima, culpable, y ya se le escurre de los brazos y le miente, que sí fue y todo anduvo bien. Pero se le escurre y ya no hay nada que hacer. Él se tiene que aguantar las ganas. Y al otro día está en el trabajo con los otros arquitectos, y la colega que siempre lo está estudiando, porque lo sigue queriendo, lo nota preocupado y le dice de ir a tomar una copa a la salida, para levantar el espíritu, y él no, dice que tiene mucho que hacer, que se va a quedar después de hora y entonces ella que siempre lo ha querido le dice que se puede quedar también ella a ayudarlo.

—Le tengo simpatía a la mina esa. Qué cosas raras hay, vos no me has dicho nada de ella pero me cayó simpática. Cosas raras de la imaginación.

—Ella se queda ahí con él, pero no es que sea una cualquiera, ella después que él se casó ya se resignó, pero ahora lo quiere ayudar como amiga. Y ahí están trabajando después de la hora. El salón es grande, hay varias mesas de trabajo, de diseño, cada arquitecto tiene una, pero ahora ya se han ido y está todo sumido en la oscuridad, salvo la mesa del muchacho, que tiene un vidrio y de abajo del vidrio viene la luz, entonces las caras están iluminadas de abajo, y los cuerpos echan una sombra medio siniestra contra las paredes, sombras de gigantes, y la regla de dibujo parece una espada cuando él o la colega la agarran para trazar una línea. Pero trabajan callados. Ella lo relojea de tanto en tanto, y aunque se muere por saber qué es lo que lo preocupa, no le pregunta nada.

—Está muy bien. Es respetuosa, discreta, será eso que me gusta.

—Mientras tanto, Irena espera y espera y por fin se decide y llama a la oficina. Atiende la otra y le pasa al muchacho. Irena está celosa, trata de disimular, él le dice que la llamó temprano para avisarle pero que ella no estaba. Claro, ella se había ido de nuevo al zoológico. Entonces como él la agarra en falta ella tiene que quedarse callada, no puede protestar. Y él empieza a llegar tarde seguido, porque algo le hace retrasar la llega- da a la casa.

—Está todo tan lógico, es fenómeno.

—Entonces en qué quedamos… ves que él es bien normal, quiere acostarse con ella.

—No, escuchá. Antes él volvía con gusto a la casa porque sabía que ella no se iba a acostar, pero ahora con el tratamiento hay posibilidad, y eso lo inquieta. Mientras que si ella era como una nena, como al principio, no iban más que a jugar, como chicos. Y por ahí a lo mejor jugando empezaban a hacer algo sexualmente.

—Jugando como chicos, ¡ay, qué desabrido!

—A mí eso no me suena mal, ves, de parte de tu arquitecto. Perdoname que me contradiga.

—¿Qué no te suena mal?

—Que empezaran como jugando, sin tantos bombos y platillos.

—Bueno, vuelvo a la película. Pero una cosa, ¿por qué entonces él ahora se queda a gusto con la colega?

—Y, porque se supone que siendo casado no puede pasar nada, la colega ya no es una posibilidad sexual, porque aparentemente él ya está copado por la esposa.

—Es todo imaginación tuya.

—Si vos también ponés de tu cosecha, ¿por qué no yo?

—Sigo. Irena una noche está con la cena preparada, y él no llega. La mesa está puesta, con luz de velas. Ella no sabe una cosa, que él, como es el aniversario del día en que se casaron, ha ido a buscarla esa tarde temprano a la salida del psicoanalista, y claro, no la encuentra porque ella no va nunca. Y él ahí se entera que ella no va desde hace tiempo y telefonea a Irena, que no está en la casa, por supuesto como todas las tardes ha salido, atraída irresistiblemente en dirección al zoológico. Él entonces se ha vuelto desesperado a la oficina, necesita contarle todo a la compañera. Y se van a un bar cerca a tomar una copa, pero lo que quieren no es tomar, sino hablar en privado y fuera del estudio. Irena cuando ve que se hace tan tarde empieza a pasearse por el cuarto como una fiera enjaulada, y llama a la oficina. No contesta nadie. Trata de hacer algo para entretenerse, está nerviosísima, se acerca a la jaula del canario y nota que el canario aletea desesperado al sentirla acercarse, y vuela como ciego de un lado a otro de la jaulita, machucándose las alas. Ella no resiste un impulso y abre la jaula y mete la mano. El pájaro cae muerto, como fulminado, al sentir la mano acercarse. Irena se desespera, todas sus alucinaciones vuelven, sale corriendo, va en busca de su marido, solamente a él le puede pedir ayuda, él la va a comprender. Pero al ir hacia la oficina pasa inevitablemente por el bar y los ve. Queda inmóvil, no puede dar un paso más, la rabia la hace temblar, los celos. La pareja se levanta para salir, Irena se esconde detrás de un árbol. Los ve que se saludan y se separan.

—¿Cómo se saludan?

—Él la besa en la mejilla. Ella tiene un sombrero de ala requintada. Irena no tiene sombrero, el pelo enrula- do le brilla bajo los faroles de la calle desierta, porque la está siguiendo a la otra. La otra toma un camino directo a su casa, que es atravesando el parque, el Central Park, que está ahí frente a las oficinas, es una calle que a veces es como túnel, porque el parque tiene como lo- mas, y este camino es recto, y está a veces excavado en las lomas, es como una calle, con tráfico pero no mucho, como un atajo, y un ómnibus que la atraviesa. Y a veces la colega toma el ómnibus para no caminar tanto, y otras veces va caminando, porque el ómnibus pasa de tanto en tanto. Y la colega decide caminar esta vez, para un poco ventilarse las ideas, porque le explota la cabeza después de hablar con el muchacho, él le ha contado todo, de Irena que no se acuesta con él, de las pesadillas que tiene con las mujeres panteras. Y esta tipa que está enamorada del muchacho, de veras se siente de lo más confundida, porque ya se había resignado a perderlo, y ahora no, está otra vez con esperanza. Y por un lado está contenta, ya que no todo se perdió, y por el otro lado tiene miedo de ilusionarse de nuevo y después sufrir, de quedarse con las manos vacías todas las veces. Y va pensando en todo eso, caminando rapidito porque hace frío. No hay nadie por ahí, a los lados del camino está el parque oscuro, no hay viento, no se mueve una hoja, lo único que se siente es pasos detrás de la colega, taconeo de zapatos de mujer. La colega se da vuelta y ve una silueta, pero a cierta distancia, y con la poca luz no distingue quién es. Pero por ahí el taconeo cada vez se oye más rápido. La colega se empieza a alarmar, porque vos vistes cómo es, cuando has estado hablando de cosas de miedo, como fantasmas o crímenes, uno está más impresionable, y se sugestiona por cualquier cosa, y esta mujer se acuerda de las mujeres panteras y todo eso y se empieza a asustar y apura el paso, pero está justo por la mitad del camino, como a cuatro cuadras del final, don- de empiezan las casas porque termina el parque. Así que si se pone a correr casi que es peor.

—¿Te puedo interrumpir, Molina?

—Sí, pero ya falta poco, por esta noche quiero decir.

—Una cuestión sola, que me intriga un poco.

—¿Qué?

—¿No te vas a enojar?

—Depende.

—Es interesante saberlo. Y después vos si querés me lo preguntás a mí.

—Dale.

—¿Con quién te identificás?, ¿con Irena o la arquitecta?

—Con Irena, qué te creés. Es la protagonista, pedazo de pavo. Yo siempre con la heroína.

—Seguí.

—¿Y vos Valentín, con quién?, estás perdido porque el muchacho te parece un tarado.

—Reíte. Con el psicoanalista. Pero nada de burlas, yo te respeté tu elección, sin comentarios. Seguí.

—Después lo comentamos si querés, o mañana.

—Sí, pero seguí un poco más.

—Un poquito no más, me gusta sacarte el dulce en lo mejor, así te gusta más la película. Al público hay que hacerle así, si no no está contento. En la radio antes te hacían siempre eso. Y ahora en las telenovelas.

—Dale.

—Bueno, estábamos en que esta mina no sabe si ponerse a correr o no, cuando por ahí los pasos casi no se oyen más, el taconeo de la otra quiero decir, porque son pasos distintos, imperceptibles casi, los que siente ahora la arquitecta, como los pasos de un gato, o algo peor.

Y se da vuelta y no ve a la mujer, ¿cómo pudo desaparecer de golpe?, pero cree ver otra sombra, que se escurre, y que también enseguida desaparece. Y lo que se oye ahora es el ruido de pisadas entre los matorrales del parque, pisadas de animal, que se acercan.

—¿Y?

—Mañana seguimos. Chau, que duermas bien.

—Ya me las vas a pagar.

—Hasta mañana.

—Chau.

 

 

 

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