Manuscritos de la Ciudad Reptil

MANUSCRITOS DE LA CIUDAD REPTIL | A un siglo del Movimiento Dadá…

La adicción a la dopamina los ha conducido a vivir en una dinámica que ya hubieran aplaudido las consignas del Futurismo (otra de las vanguardias de principios del siglo XX). No obstante, a la hora de tratar de encontrar algún sentido a dichos aspavientos actuales, incluso el Dadaísmo, en su época, resultaba más iluminador a la hora de enfrentar el caos.

Ciudad de México, 19 de marzo (MaremotoM).- Hace un siglo aproximadamente, la sociedad occidental ya había comprobado que los sueños de la razón –por ejemplo: el positivismo–, cuando pierden piso y dimensión, producen monstruosidades, aberraciones, distopías. Los artistas, quienes suelen adelantarse para expresar el sentir de las épocas (el zeitgeist ), para ese entonces cuestionaban de manera cada vez más “explícita” los cánones y las convenciones sociales que habían llevado a la civilización a las trincheras de la Primera Guerra Mundial.

Uno de los movimientos que de manera radical se opusieron a los rumbos del orden establecido y de las convenciones sociales fue conocido como Dadaísmo. Surgido en reuniones de artistas inmigrantes en Zurich durante el desencanto de la vida europea ante las encrucijadas de inicio del siglo XX, el Dadaísmo rechazó tradiciones, esquemas, leyes, valores, conceptos, cánones, etc. Negaba la razón y la construcción consciente como ejes, a manera de ruptura ante elaboraciones y logísticas que no habían sido de provecho, al menos en materia de bienestar (¡y eso que el mundo todavía no estaba tan contaminado ni tan ruidoso!). Dadá incluso llegó a considerarse a sí mismo un movimiento antiartístico, antiliterario y antipoético, ya que cuestionaba o ponía en jaque la existencia o las pulsiones mismas del arte, la literatura y la poesía. Se presentó también como una actitud, como una forma de vivir que buscaba confrontar toda tradición o esquema.

En el límite de la provocación, se rumora que algunos de los dadaístas estuvieron a punto de suicidarse o de disparar contra el público como acción (anti)poética en algunas de las llamadas “veladas dadaístas”, espectáculos mixtos realizados en cabarets o galerías. La llama del Dadaísmo, al parecer, no pudo mantenerse encendida demasiado tiempo, pues su propio carácter le presagiaba y le exigía consumirse a sí mismo. No obstante, los planteamientos anti-establishment que suelen brotar en la sociedad cada cierto tiempo –y tal vez coincidiendo con relevos generacionales– continuarían reproduciendo o retomando actitudes desafiantes (por ejemplo: los angry young men, el existencialismo, la generación beat, la contracultura, los happenings, los performances, Frank Zappa, el punk, el new wave, el grunge, los raves, etc.), si bien cada oleada con sus nuevas prioridades, preocupaciones y dinámicas.

Porque habían tiempos en que los padres se escandalizaban

En el pasado, sobre todo antes de la explosión de los medios masivos, lo que se alejaba de la norma contrastaba de inmediato, algunas veces incluso a niveles de escándalo. Con suerte, la disidencia o parteaguas podía alcanzar a producir una estela de cambio de conciencia antes de que el statu quo se apresurara a etiquetarla como “locura” o “exotismo” para restarle poder de cambio y mediatizarla como entretenimiento. Así, muchas de las llamadas vanguardias pasaron a formar parte de la historia del arte enseñada en las academias. No faltarían tampoco las pasarelas en que desfilaran, por ejemplo, colecciones “dadaístas” de casas de modas.

¿Pero cómo pueden las “irreverentes” vanguardias mutar, regenerarse, para evitar su cristalización e incorporación al sistema dominante? Usualmente, una fórmula de alcance limitado es crear una nueva vanguardia o recuperar alguna del pasado, con miras a generar nuevas “virulencias”. En dichos casos, para sondear el “índice de afrenta” se pueden medir las reacciones de los miembros más conservadores de la sociedad, empezando por el núcleo familiar, para hacer una prospectiva sobre el alcance del germen revolucionario y sus estrategias de propagación.

Te puede interesar:  Un silencio bien administrado es una obra de arte: Ariana Harwicz

Stop Making Sense

Como nos ha sugerido aquel título de una película hecha a principios de los 80 por el grupo de art-rock Talking Heads –cuyo líder y miembro fundador, David Byrne, era un conocido troublemaker (a manera creativa)–, es tarea de algunos artistas el estar recordando a la sociedad que la pulsión de control debe ser sacudida regularmente para evitar el crecimiento de nuevos monstruos (entiéndase aquí: nuevos “sueños” de la razón, nuevas “metas” del progreso) y así mantenerse alerta de los peligros e inercias de acostumbrase a una zona de confort, en donde un sentido se instaura de manera paralizadora y enajenante.

El manejo del caos por los programas de variedades, los youtubers y los performances en las activaciones de marca

Encienda usted la televisión y pase un rato viendo un programa de variedades: se encontrará con que nada hace demasiado sentido (al menos no de manera prolongada e integral). Lo mismo ocurre con los videos de varios youtubers, cuyos contenidos –eso sí, formulados en tono de expertise– resultan muchas veces insustanciales. Y las campañas publicitarias no se quedan atrás; en su afán de exaltar la novedad o el movimiento, terminan creando escenas, mosaicos, collages o situaciones extravagantes pero poco significativas o relevantes.

Pablo Picasso, artista español ­–que no era dadaísta pero sí convivió con todas las vanguardias de su época, incluido el cubismo, del que sí fue representante–, definió alguna vez que una de las funciones del arte era la de materializar “una mentira que nos hace ver la realidad”. Seguramente se refería a que los simulacros del arte nos ayudan a enfrentar simbólicamente los conflictos de la realidad. El Dadaísmo, por ejemplo, a pesar de su algarabía y radicalidad, nos empujaba a transformar las perspectivas sobre lo que es “razonable” y nos ayudaba a enfrentar el real sinsentido que auguraba el siglo XX.

Hoy día, en cambio, ni el público ni los críticos se escandalizan. Los intérpretes, por su parte, muchas veces ni siquiera conocen las repercusiones de los signos que emiten; acaso se enteran solamente de cuántas reacciones, likes o views alcanzaron. Bien ajuareados, los actores y actuantes sonríen, bailan y se editan inmersos en la dinámica del zapping. La adicción a la dopamina los ha conducido a vivir en una dinámica que ya hubieran aplaudido las consignas del Futurismo (otra de las vanguardias de principios del siglo XX). No obstante, a la hora de tratar de encontrar algún sentido a dichos aspavientos actuales, incluso el Dadaísmo, en su época, resultaba más iluminador a la hora de enfrentar el caos. Porque ahora el arte (y, en general, cualquier manifestación o expresión de la sociedad), si acaso haya mantenido la función de esculpir una elaborada mentira, en la actual instancia civilizatoria dicho artilugio no es ya asumido como una ayuda para enfrentar la realidad; más bien se limita a especular con otra mentira –entre más entretenida, mejor–, la cual termina eclipsando y sustituyendo a la realidad.

Comments are closed.