Manuscritos de la Ciudad Reptil

MANUSCRITOS DE LA CIUDAD REPTIL | Algunas tendencias de las expresiones artísticas COMPROMETIDas políticamente

Ahora bien, hemos de acotar el sentido que para el arte supondría el término “política”. No se detendría en aquel arte panfletario que se halle alineado con un sistema del cual pretenda beneficiarse social o económicamente. Por el contrario, el componente político más amplio contemplará aquel arte que denuncia y, especialmente, rechaza las situaciones social y espiritualmente conflictivas derivadas de imposiciones ideológicas por parte de los grupos de poder; es menester, pues, considerar aquello que involucre un arte político-crítico.

Ciudad de México, 22 de octubre (MaremotoM).- En la historia del arte ha habido épocas en las que la producción artística ha apoyado ideas políticas o ha sido obligada, en labor retórica, a dar expresión explícita a la narrativa o a las aspiraciones simbólicas de una ideología de tipo estatal o regional (incluyendo aquellas con tintes nacionalistas).

Dicho viso político está lejos de corresponder con la función primordial del arte; sin embargo, hay ocasiones en que la fuerza emanada de una inquietud social se halla necesariamente proyectada por aquellos individuos que –y eso sí invariablemente– están atentos al pulso de las encrucijadas humanas de su época (pues surge de allí el pathos necesario para la obra). En tal dinámica, muchas veces el arte anticipa una respuesta expresiva o una reacción simbólica para ciertas crisis o problemáticas.

Ahora bien, hemos de acotar el sentido que para el arte supondría el término “política”. No se detendría en aquel arte panfletario que se halle alineado con un sistema del cual pretenda beneficiarse social o económicamente. Por el contrario, el componente político más amplio contemplará aquel arte que denuncia y, especialmente, rechaza las situaciones social y espiritualmente conflictivas derivadas de imposiciones ideológicas por parte de los grupos de poder; es menester, pues, considerar aquello que involucre un arte político-crítico.

Como ha señalado el filósofo francés Jacques Rancière: “el arte crítico es un arte que pretende producir una nueva mirada sobre el mundo y, por tanto, una vocación de transformarlo. Presupone pues el ajuste entre tres procesos: la producción de un extrañamiento sensible, la toma de conciencia de la razón de este extrañamiento, y la movilización que resulta de esta toma de conciencia. Cuando Brecht representaba a los dirigentes nazis como vendedores de coliflores y les hacía negociar sus verduras en versos clásicos, se pretendía que esta colisión de situaciones y métodos de discursos heterogéneos mostrase las relaciones comerciales ocultas tras los grandes discursos por la raza y por la nación y de los vínculos de dominación disimulados tras la subliminalidad del arte. Cuando Godard hacía dialogar a los personajes de una velada mundana haciéndoles repetir sobre fondo monocromo los eslóganes publicitarios que elogiaban un coche o ropa interior, se supone que esta ruptura en la continuidad visual y sonora debía sensibilizarnos sobre la expropiación de la vida personal y la alienación de las relaciones entre individuos producidas por el lenguaje de la mercancía”.

En efecto, existen estrategias artísticas que se proponen cambiar los marcos y las escalas de lo que es visible y enunciable, así como de mostrar lo que no se percibe, evidenciar las trampas de lo que se percibe por inercia y poner en relación aquello que no lo estaba, con el objetivo de producir rupturas en el tejido sensible de las percepciones y transformar la dinámica de las reacciones.

A su vez, es importante acotar que –en palabras del mismo Rancière– “un modelo ‘archi-ético’ de la política del arte nunca ha dejado de acompañar lo que hemos dado en llamar modernidad, como pensamiento de un arte convertido en forma de vida. Tuvo, por supuesto, sus días de gloria en el primer cuarto del siglo XX: la obra de arte total, el coro del pueblo en acción, la sinfonía futurista o constructivista del nuevo mundo mecánico, pero estas formas han quedado muy atrás. Pero lo que permanece cerca, es el modelo del arte que debe suprimirse a sí mismo, del teatro que debe invertir su lógica transformando al espectador en protagonista, de la performance artística que saca el arte del museo para convertirlo en un gesto en la calle, o que suprime, incluso dentro del museo, la separación entre arte y vida. Lo que se opone entonces a la pedagogía dudosa de la mediación representativa es otra pedagogía, la de la inmediatez ética. Esta polaridad entre dos pedagogías define el círculo en el cual se encuentra a menudo, todavía hoy, encerrada la reflexión sobre la política del arte”.

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Es menester considerar aquello que involucre un arte político-crítico. Foto: Cortesía Alejandro Márquez

A veces los tipos de arte etiquetados “de vanguardia”, por su motivación de ruptura con academicismos pasados, se han asumido como impulsores de una revolución estética que busca dar forma a una revolución social (la cuál, para mayor efectividad, ha de involucrar también el ámbito económico y la estructura misma del poder). Más que reflejar la problemática social, este tipo de arte busca de alguna manera anticiparse y prefigurar formas transgresivas hacia cualquier forma de poder que pretenda someter al individuo; en ese sentido, este tipo de “arte político” coincide con el arte en general por su carácter emancipador –entiéndase como desenajenante–, independientemente de la carga semántica que lleven aquellos atributos que le permitan sublimar al espíritu sobre la materia.

Sin embargo, en la época posmoderna (esa que implica que ha caído el paradigma moderno) pareciera que solamente reverbera la toma de conciencia generalizada de las tensiones propias de una actividad artística (o simbólica, si se quiere ampliar el panorama) que no puede acabar de plantear un paradigma artístico específico. Los mecanismos del capitalismo tardío simulan girar pero se han atascado sobre sí mismos y proyectan la indecisión (o ruleta) propia de sus dispositivos, alternando fachadas de “una retórica que pretende hacernos descubrir el poder de la mercancía, el reino del espectáculo o la pornografía del poder” (Rancière).

Cuando el arte crítico entra en un impasse que equipara la parodia como forma de crítica y la parodia de la crítica, en donde la subversión de la maquinaria del entertainment abona para el funcionamiento de esta misma máquina, han de buscarse necesariamente rumbos fuera de esas dinámicas que se han estancado. Rancière sugiere, al respecto, que “el arte debe ser más modesto, debe dejar de pretender revelar las contradicciones ocultas de nuestro mundo y ayudarnos en primer lugar a vivir en él contribuyendo a reinstaurar algunas funciones básicas de la vida individual y colectiva que están amenazadas por la anestesia comercial: una mirada atenta sobre los objetos que forman parte de nuestro mundo, la memoria de una historia compartida, un sentido de las relaciones intersubjetivas, en resumen una manera de habitar el mundo juntos”. Un arte crítico ha de modificar las líneas divisorias existentes entre los regímenes de representación sensibles, “por ejemplo situando en el régimen de la ficción declarada de las palabras y de las imágenes situaciones que el régimen dominante de la información nos presenta como único registro de lo real” (Rancière). El filósofo y sociólogo francés Michel Foucault, en sus radiografías sobre el poder y los sujetos, expresaba algo similar respecto de ciertos actores culturales: “el papel del intelectual consistiría en elaborar el mapa y las acotaciones sobre el terreno donde se va a desarrollar la batalla, y no en decir cómo se llevaría a cabo”.

Porque ha de considerarse que no hay un “mundo real” exterior al arte, sino que hay pliegues y repliegues del tejido sensible común donde se entrelazan la política de la estética y la estética de la política. Y tanto la ficción artística como la ficción política socavan este real, lo fracturan y lo multiplican de un modo a ratos polémico ya que, a fin de cuentas (alerta de espóiler): lo real por sí mismo no existe.

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Independientemente del paradigma o crisis en curso, pues, identificaré cinco tendencias claves del tipo de arte político-crítico que, a mi parecer, han de considerarse como parte de una producción simbólica que vele por la libertad de expresión (así como de maniobra) del espíritu humano.

Tendencia 1: Artes que eviten la dependencia cultural respecto de un poder invasor o imperialista

Claves a tomar en cuenta para su desarrollo: fortalecer, recrear y redirigir referencias sobre la identidad cultural a proteger. De llegar a apropiarse de algunos símbolos de la cultura invasora, propiciar que su sentido cambie en beneficio de la cultura propia.

Tendencia 2: Artes que desmonten las retóricas o narrativas de la ideología dominante opresora

Claves: sondear la censura, presionar contra marcos de vigilancia, provocar e invalidar ciertos sistemas de prescripciones e imposiciones, poner a prueba los lugares comunes de lo oficialmente consensuado. Ir más allá del maniqueísmo de la “izquierda” contra la “derecha” (y sus ciclos en donde solamente cambia la entidad de poder vertical sin derrumbar del todo la estructura opresora).

Tendencia 3: Artes que desarrollen canales de producción y distribución alternativos a aquellos diseñados o cooptados por el poder hegemónico en las industrias culturales (que replican los vicios de las demás industrias)

Claves: detectar la anestesia y los límites del arte institucionalizado (becas y apoyos estatales); promover desafíos a lo crítico-experimental, que apunten a lo anti-institucional. Las expresiones derivadas de esta tendencia han de cuidarse para que no devengan en nuevas mercancías que incorpore el sistema hegemónico del cual busca desvincularse. Vislumbrar el panorama completo de la tríada producción / distribución / consumo.

Tendencia 4: Artes que “despabilen” los simulacros banales de estetización cotidiana y mediática en la sociedad de la imagen

Claves: perturbar las pautas de consumo y propaganda que buscan dominar la percepción. Han de anticiparse a su propio efecto para evitar convertirse en “puntada”, moda contestataria estetizada o parodia de revolución; generar pautas de retroalimentación y actualización para evitarlo, así como –algo muy complicado–: evitar que la sensibilización propia del ámbito artístico atraiga “condicionamientos sentimentales” cristalizados en viejas formas de retórica (de hecho, se ha de buscar generar “disruptores de retórica”).

Tendencia 5: Artes cuya producción cruce fronteras entre géneros artísticos y que involucren la acción de los individuos para transformar sus entornos 

Claves: sondear e intervenir zonas amplias de resonancia pública. Desarrollar intertextualidades que provoquen nuevas lecturas de las obras originalmente circunscritas a ciertos géneros. Fomentar interacciones y redes que vayan más allá de lo trending y que consigan evadir y sacudir sistemas económicos y sociales de control.

¿Y se sacrificará un poco la universalidad para canalizarse en la coyuntura?

A pesar de que una expresión que busque un cambio ha de enfocarse en la contingencia histórico-social que le incumbe, se espera que el artista no deje de ejercer una autorreflexión crítica sobre sus lenguajes formales, sistemas de signos y procedimientos simbólicos que velen por la independencia de la obra (incluso respecto de los propios dictados o “condicionamientos revolucionarios” de otras entidades politizadas con las que haga sinergia).

Lo político y lo crítico, en el arte también, se definen en acto y en situación; lo que es político-crítico en New York puede no serlo en Tijuana, Ciudad Neza, Paris o Beijing. No obstante, se pueden traspolar ciertas empatías y, con el tiempo, las luchas particulares (geográficas, etnográficas, demográficas, de género, de clase social, etc), cada una con sus propias manifestaciones simbólicas y artísticas, suelen desarrollar una conexión transversal de reivindicaciones sectoriales, las cuales intercambian estrategias de transgresión anti-institucionales y dan pie a un espacio de alteridad que abreva riqueza exploratoria e imaginativa.

Nelly Richard, teórica cultural francesa radicada en Chile (fue pieza clave del debate cultural durante la dictadura de ese país), autora del ensayo Lo político en el arte: arte, política e instituciones, expresa atinadamente que: “La relación entre ‘arte y política’ tiende a ser expresiva y referencial: busca una correspondencia entre ‘forma artística’ y ‘contenido social’, como si este último fuese un antecedente ya dispuesto y consignado que la obra luego va a tematizar a través de un determinado registro de equivalencia y transfiguración del sentido. Al contrario, ‘lo político en el arte’ rechaza esta correspondencia dada (ya compuesta y dispuesta) entre forma y contenido para interrogar, más bien, las operaciones de signos y las técnicas de representación que median entre lo artístico y lo social”. La autora sostiene que “a lo crítico y lo estético les incumbe la tarea de estimular una relación con el sentido que organice los materiales de la percepción y la conciencia según diseños alternativos a los que rigen la comunicación ordinaria”.

Si bien el sistema capitalista ha generado un “conglomerado posmoderno y promiscuo” en el que difícilmente hay un exterior económico, han de buscarse interzonas, brechas, intersticios que puedan ser usados para contraponerse al tráfico de los signos codificados en el algoritmo cultural de la agenda capitalista (todo ello sin menospreciar las estrategias usuales –testimoniales, documentales o de archivo– que rescatan los rastros de una historia y las señales de una comunidad). 

¿Es necesario considerarse militante de un grupo para ejercer expresiones de arte político?

Se esperaría que no, pues aunque formar un “frente” o un colectivo suponga retroalimentación así como mayor presencia y presión grupal, toda militancia tiende a replicar en algún momento o descuido las jerarquías de poder y sus vicios concomitantes. La misma palabra de “vanguardia”, se sabe, lleva la connotación de formación bélica. Muchas de la vanguardias artísticas de la primera mitad del siglo XX revelaron en sus “militancias” conflictos internos de carácter impositivo y faccionista (ya que incluso algunas habían generado alianzas con partidos político-ideológicos), cuando en principio se habían asumido como colectivos que, de una manera u otra, aspiraban a una “liberación del espíritu humano”.

En las últimas décadas, por otro lado, se ha manejado el término “arte de guerrilla” para designar expresiones o actividades (más cercanas al performance, al arte urbano y al activismo político y social) que no necesariamente producen obras, imágenes y mensajes, sino intervenciones efectivas u objetos del mundo social cotidiano, que generan nuevas disposiciones del ambiente y de las relaciones sociales. Esto, además, se ha visto potenciado con el uso de tecnologías digitales, aprovechando el replanteamiento de las relaciones sociales que han provocado dichos nuevos medios e interfaces (si bien no hemos de confiarnos ni depender del “lado que masquen” los hackers).

Cabe señalar que la mayoría de los creadores coinciden en que todo lo personal implica lo político, ámbito implícito en las reflexiones de muchos de los artistas conceptuales, urbanos, videoastas, instaladores, performers, dramaturgos… Que, por cierto, en la literatura esta perspectiva es más contundente; como ejemplo tenemos la obra de la reciente escritora ganadora del Nobel, Annie Ernaux, quien se ha caracterizado por reivindicar la dimensión política de la intimidad.

Y como, a fin de cuentas, el ámbito político puede considerarse como la capacidad de cualquier cuerpo o entidad para apoderarse de su destino, dejo aquí, como pilón, una divertida entrevista a la performer mexicana Rocío Boliver (mejor conocida como “La Congelada de Uva”), en la que podemos advertir la línea tenue que hay entre la sensibilidad, el arte y la política:

 

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