Manuscritos de la ciudad Reptil

MANUSCRITOS DE LA CIUDAD REPTIL | Apropiación cultural, piratería y clonación en la aldea global

Los folclores, al parecer, suelen retroalimentarse más fluidamente de manera oral, sonora y táctil; los medios de difusión de masas, que permiten reverberaciones tecnológicas en dicho sentido, aprovechan así los canales populares para la transmisión de manifestaciones culturales con el objetivo de otorgar un sentido controlado a las circunstancias en curso.

Ciudad de México, 6 de mayo (MaremotoM).- La cultura deviene como una construcción social cuyos elementos están en continua regeneración y replanteamiento. Cuando, además, una sociedad desarrolla un contexto transcultural mediático y comercial que permita el intercambio de referencias simbólicas y la influencia o “contaminación” mutua, los significados de los elementos “originales” de sus respectivos grupos estarán expuestos a ser asimilados y transformados según los nuevos contextos de interacción, ya sea por voluntad, coerción o simple inercia.

Como la cultura podría también definirse, desde una perspectiva sociopolítica, como una lucha de entidades en pos de la significación, el tramado de símbolos, tradiciones, cosmogonías, ideas, utensilios, tecnologías y demás aspectos de una colectividad ha de percibirse, asimismo, como manifestación de una narrativa que busca posicionarse –siquiera tentativamente– a modo de cultura oficial. De esta manera, más allá de los usos y costumbres, el valor de cambio genérico, que busca instaurarse como carga denotativa del ámbito simbólico, suele ser impulsado por el segmento de población que se (auto)proclame como dominante y que, por lo mismo, sea el que también acuñe las legislaciones relacionadas con los temas axiológicos.

Diseños indígenas en pasarelas europeas

En tiempos de “promiscuidades interculturales” pululan casos en los que iconografías de una cultura (las cuales, en su pertenencia al relativo domino público, no poseen propiamente derechos de propiedad intelectual) son utilizadas en contextos ajenos, que modifican su sentido para sumar connotaciones diversas, algunas veces quizás bienintencionadamente o con ingenuidad, pero otras muchas de plano sin idea ni tacto alguno.

Manuscritos de la ciudad reptil
Diseños indígenas en pasarelas europeas. Foto: Cortesía

Independientemente de que un “purismo cultural” pueda albergar algunas veces un conservadurismo rancio y desfasado, suele considerarse –según qué bufete de abogados negocie– que existe una apropiación indebida cuando una marca, consorcio o artista o diseñador de marca utiliza símbolos, temas, iconografías o patterns asociados con contextos culturales ajenos, especialmente si son tomados de una etnia o grupo social oprimido y, en la misma dinámica irrespetuosa, se trivializan o tergiversan sus significados o sentidos originales (y, peor aún, cuando éstos preservaban un arquetipo sagrado o mítico). Se entiende, pues, que casos así sean considerados como formas extensivas de colonialismo, en tanto provoquen la difuminación de los valores de las culturas originarias (ya que, incluso, el sentido de dichos motivos se ve amenazado a los ojos de sus propias generaciones más jóvenes).

Un video relacionado con estas dinámicas:

Bolsas Gucci manufacturadas en arrabales u oscuros barracones transnacionales

Hay veces que las partes enfrentan un conflicto relacionado con el “plagio” de símbolos debido a que sus contextos o sistemas culturales, a menudo contrastantes o irreconciliables, abordan de manera diferente los conceptos de propiedad y las respectivas sanciones para una relativa “reparación de daños”. En el caso de la piratería, por ejemplo, los consorcios que han respaldado las propiedades de sus marcas mediante leyes –surgidas del sistema que solapan dichas marcas y del cual abrevan beneficios– son las que ejercen el rol inquisidor sobre las “heréticas” réplicas de sus productos.

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Por otro lado, siempre asoma el siguiente cuestionamiento: si es difícil diferenciar un producto “original” de una réplica (la cuál, al no poseer la legitimación de su ser, hay veces que llega a cuidar más los detalles por parecer original), aunado a que transcurren tiempos en que una pantalla sustituye cada vez más a una vivencia o presencia (algún referente ontológico, pues), ¿qué sentido tiene hacer el gasto por algo que simula un estatus o un estilo de vida del cual no se puede o no se quiere hacerse responsable?

Aquí un video al respecto:

Carne Kobe salida de una impresora

En un futuro (ya presente), las propias características genéticas podrán encontrarse asimiladas, reproducidas y comercializadas como “réplica” de lo que, más allá de un contexto cultural, posiblemente pueda artificializar los atributos propios de los seres naturales. Uno podrá, por ejemplo, comer carne o pulpas de especies protegidas sin necesidad de sacrificarlas, así como –vaya uno a saber qué tanto se relativicen estos tópicos– perpetuar la “imagen presencial” de una eventual mascota, especie o, incluso, persona fallecida.

Aquí un video al respecto:

¿Cómo se desarrolla el folclore de la aldea global?

La metáfora de la aldea global (término con el que el sociólogo canadiense Marshall McLuhan aludía a las consecuencias socioculturales surgidas del progreso tecnológico en la sociedad de la información) fue reforzándose –y no necesariamente con la connotación bucólica del término “aldea”– conforme las transnacionales rezumaban el neoliberalismo en una mal dimensionada globalización económica a finales del siglo pasado.

Los folclores, al parecer, suelen retroalimentarse más fluidamente de manera oral, sonora y táctil; los medios de difusión de masas, que permiten reverberaciones tecnológicas en dicho sentido, aprovechan así los canales populares para la transmisión de manifestaciones culturales con el objetivo de otorgar un sentido controlado a las circunstancias en curso.

Esto implica que, de manera espontánea incluso, desarrollos mediáticos como el internet aceleren las dinámicas de “contaminación semántica” interculturales. Es cierto que a veces las culturas originarias, con tradiciones más fuertes, resistan e incluso consigan que “los demonios blancos sean exorcizados a la inversa”; sin embargo, como no todo radica en el ámbito semántico, las tecnologías, especialmente a nivel industrial, suelen condicionar, en sus sintaxis propias –y esto afecta a todos, tanto a la cultura incorporada como a la dominante–, las reglas de formación y transformación, lo que lleva, en cierto plazo, a terminar acotando el margen de actos pragmáticos que pueden ejercer los seres en el seno de “culturas civilizadas”.

Si alguna vez la humanidad llegase a convivir, por ejemplo, con una cultura alienígena que quisiera imponerse sobre “nuestros” símbolos, creencias y tecnologías, ya veríamos qué elementos de la paella de folclores que se han entremezclado en nuestra confusa aldea global (cada vez más balcanizada, por cierto) llegarían a perseverar, así como qué dinámicas serían desarrolladas para la apropiación, réplica o clonación de atributos o signos necesarios para identificarse y sobrevivir en la eventual cotidianidad.

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