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MANUSCRITOS DE LA CIUDAD REPTIL | Cinco cuestionamientos sobre el metaverso

El término metaverso lo usó por primera vez Neil Stephenson en su novela ciberpunk Snow Crash (1992), en referencia al ciberespacio, especialmente aquel basado en la realidad virtual, en el que las personas ejercen roles alternativos a los de su vida cotidiana (normalmente insulsa) a través de sus “presencias” digitales o avatares (otro término que esa novela traspasó a la cultura popular).

Ciudad de México, 16 de diciembre (MaremotoM).- Seguramente recordará usted, semanas atrás, ese “lunes apocalíptico” en el que se cayeron temporalmente plataformas como Facebook, Instagram y Whatsapp, poco después del cual Mark Zuckerberg aprovecharía para anunciar que el nombre de su empresa matriz cambiaría a Meta, proyectando así que el desarrollo de su corporativo se enfocará progresivamente en los dispositivos inmersivos de realidad virtual y realidad aumentada.

Dicho anuncio pareciera haber sido un as bajo la manga, ya que en días previos se había hecho pública una denuncia, relacionada con la seguridad y la privacidad en las redes sociales, que había puesto en el ojo del huracán a Zuckerberg y su emporio. La estrategia quizás minimizó posibles sanciones fatales para Facebook; los que barajan “la justicia” acaso sopesaron el hecho de que con Meta se haya dado el banderazo a la posibilidad de replicar las aletargadas dinámicas neoliberales –y su maquinaria frenética– para que éstas puedan respirar de nuevo, esta vez en un mundo paralelo (y sólo una red e infraestructura como la de la empresa de Zuckerberg puede trasladar su público cautivo e invertir monumentalmente en su desarrollo).

Zuckerberg expresó en el comunicado mencionado: “Puedes pensar en el metaverso como un internet incorporado donde en lugar de solo ver contenido, estás en él. Y te sientes presente junto a otras personas como si estuvieras en otros lugares, teniendo diferentes experiencias que difícilmente podrías tener en una aplicación 2D o en una página web: por ejemplo, bailar o practicar diferentes tipos de ejercicios (…) Creo que será un entorno persistente y sincrónico en el que podremos estar juntos”. Como era de esperarse, el anuncio de este panorama sobre un “futuro de la humanidad”, hace promesas que apuntan a un tipo de edén multimediático.

El término metaverso lo usó por primera vez Neil Stephenson en su novela ciberpunk Snow Crash (1992), en referencia al ciberespacio, especialmente aquel basado en la realidad virtual, en el que las personas ejercen roles alternativos a los de su vida cotidiana (normalmente insulsa) a través de sus “presencias” digitales o avatares (otro término que esa novela traspasó a la cultura popular).

La ciencia ficción nos ha dado diversos guiños relacionados con esa necesidad de “fuga” hacia realidades paralelas (parecidas a la vieja evasión por opiáceos, aunque a través de dispositivos de alta tecnología); mencionaré aquí dos películas, de directores con contextos y visiones muy diferentes: Until the End of the World (1991), de Wim Wenders, y Ready Player One (2018), de Steven Spielberg.

Aquí los tráilers de ambas películas:

 

En años recientes, uno de los intentos más conocidos para llevar a cabo esta ilusión/construcción de una “sociedad paralela” digital es el conocido como Second Life, desarrollado por Linden Lab. En dicha red/comunidad virtual, restringida a mayores de edad, los “residentes” interactúan entre sí mediante sus avatares, pueden explorar y participar en actividades en pareja o grupo, así como crear “objetos” y llevar a cabo transacciones con activos virtuales (para ello se gestó una “moneda”, llamada dólar Linden, como mediadora en el intercambio de dichas “propiedades”).

Para el chip capitalista, una de las “limitantes” de la Second Life o de cualquier desarrollo semejante, consiste en cómo se llegue a definir la libertad y hasta qué grado se considere un entorno cerrado, especialmente en lo relacionado con la gestión de derechos digitales (porque las creaciones o, más bien, las “posibilidades expresivas” emanadas desde el propio software o interfaz, ¿a quién finalmente le pertenecen?).

Si el planeta se está yendo al carajo por la sobrexplotación y la contaminación y los millonarios han construido búnkers o han planteado la posibilidad de emigrar a bases o colonias espaciales con su séquito, ¿qué opción de escape queda para el resto de la población, animales y plantas? En este sentido, el metaverso quizás llegue a fungir como ese “deseado gemelo digital sobre un planeta ideal”.

La periodista española y autora especializada en ciencia y tecnología, Esther Paniagua (su más reciente libro es Error 404, ¿Preparados para un mundo sin internet?), en una entrevista planteó la perspectiva de que Mark Zuckerberg nos ha hecho un favor en su premura por anunciar el metaverso, ya que, al develar sus planes antes de que éstos se materialicen, nos da margen para proyectar a dónde nos puede conducir, pues dicha premisa de que la tecnología pueda usarse para el bien no significa que, de facto, se haga. La autora menciona cómo, antes de pensar en llevar el mundo virtual que hasta ahora conocemos –el cual ha sido traslapado por el establishment– a un siguiente nivel, reproduciendo y perpetuando sus lacras, hemos de centrarnos en arreglarlo primero, en hacer que funcione para todo el mundo.

En todo caso y con un veredicto por definirse, tentativamente dejo a ustedes estos cinco cuestionamientos que tengo al respecto del metaverso:

¿Nuestras fiestas con amigos serán privadas?

Así como hoy día las personas pueden navegar el internet en modo incógnito, ¿podrán transitar el metaverso de manera invisible para los demás usuarios? Pues, por más encriptado que prometa ser su “servicio de entorno” para actividades sociales, el metaverso seguramente podrá ser utilizado también como una interfaz de vigilancia. De esto no se ha librado, por ejemplo, la mencionada Second Life o tantos otros juegos MMORPG (Massive Multiplayer Online Role Playing Game). Como ocurre con las diferentes plataformas digitales, tal vez se contemplen servicios de paga especializados para la protección de la propiedad intelectual comercial, tecnológica, militar, financiera, etc.; cada ser, en este sentido, tendrá igualmente que concebirse a sí mismo como un “apartado postal informático” y velar por la privacidad de todos los aspectos de su vida (identidad, relaciones, activos, movimientos, balances, e incluso metabolismos cuando la información biométrica se vea involucrada). 

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¿El algoritmo privilegiará a los beneficios financieros sobre la democracia?

Lo ideal es que todos pudieran disfrutar y beneficiarse del metaverso. Sin embargo, esto parece poco probable, pues la infraestructura que permita tal utopía todavía requiere trabajo sucio tras bambalinas. Por otro lado, si en las sociedades con banquetas no hay una democracia efectiva, mucho menos se podrá trasladar esta noción a un entorno que permite un margen mayor para el no compromiso y la impunidad. Además, el algoritmo mismo, por más IA (inteligencia Artificial) que se involucre, será planteado por una empresa, con todas las implicaciones y planteamientos acotados en los white papers para inversionistas.

La parte “democrática”, si acaso, recaería en la perspectiva de que todos pueden participar en el algoritmo del metaverso: cualquiera podrá no sólo consumir sino producir (o siquiera reaccionar a) contenidos de manera instantánea, en una dinámica en la que producción y consumo se suceden vertiginosamente, hinchando la línea de distribución de la información –o, a esa velocidad, simplemente la profusión de datos para el perceptor promedio– que se codifique en una apariencia de “realidad”.

Cabe aquí citar al escritor y crítico cultural catalán Jorge Carrión, quien considera que “el valor artístico, la calidad artesanal o la importancia canónica no son factores que importen en el nuevo paradigma tecnológico. Lo único que tienen en cuenta las redes sociales y las grandes productoras de contenidos es la capacidad de seducir de un modo duradero, de secuestrar la atención, para generar el máximo número posible de datos útiles (…) Todo el nuevo sistema se sostiene en los rastros, las correlaciones, la líneas de consumo que traza cada internauta, cada lector, cada videoespectador. En el nuevo mundo de Big Data, por tanto, las obras o los contenidos son muchísimo menos importantes que las líneas de datos que construimos cada uno de nosotros. La serie de series en que hemos convertido nuestras vidas. Eso que llamas –precisamente– tu perfil”.

¿Qué pasaría si un estado totalitario se apropiara del metaverso?

Uno supondría que las corporaciones, no necesariamente relacionadas con un país o bloque, son las que desarrollarán y, por tanto, controlarán el metaverso, en esta mutación más reciente del capitalismo –que, como se ha planteado, literalmente será mucho más inmersivo–; pero: ¿qué pasaría si una omnipotente entidad de corte global militarizado monopolizara las reglas, códigos y dinámicas de la socioeconomía virtual? Y en tal panorama, ¿qué consecuencias para la ansiada “metaestabilidad social” supondría el que la infraestructura que soportara el metaverso tuviera, que ser hackeada, con fines antiautoritarios, por un grupo de resistencia?

¿La desinformación será cada vez más inmersiva?

Con el metaverso quizás se vuelva obsoleto, o al menos no manifiesto, el tener que dedicar tiempo a saltar entre bandejas de mensajes, carpetas, preferencias, álbumes, etc, y con ello supuestamente dedicar mayor atención –y cada vez más inmersiva– al contenido de las “vivencias” del metaverso, aunque éstas no dejen de ser mensajes pero con una apariencia “concreta”. ¿El metaverso realmente liberará tiempo para que podamos procesar y digerir los contenidos, o la “contundencia tangible” de éstos nos hará tomarlos como asuntos fenomenológicamente evidentes y se verán con ello traspasados nuestros filtros para un pensamiento crítico?

Ahora bien (y esto da para ser especulado en una columna por separado): ¿Cómo serán las rebeliones en el metaverso? ¿Podrán desarrollarse las comunidades y redes descentralizadas o éstas estarán vigiladas en “virtud” de la propia interfaz? ¿Y cuáles serían los parámetros automatizados para dicha vigilancia?

¿Cómo se desarrollaría la pretendida nueva economía?

Si, según palabras de Zuckerberg, “el metaverso será la máxima expresión de la tecnología social”, al parecer se buscará generar una nueva realidad –una nueva construcción social, pues– “dentro” de la ya existente (o previamente construida). La pregunta es, ¿la realidad actual llegará a sincronizarse –o, al menos, a ser compatible– con aquella que se ha de desarrollar en el metaverso? ¿Será simbiótica; será alternativa; llegará a suplantarla o se difractará en múltiples combinaciones según la “realidad” de cada cual? ¿La moneda de cambio para las transacciones en esa instancia económica implicará una criptodivisa única? ¿Quién controlará el que no se pervierta la relación con los referentes de riqueza para los asuntos que se mantengan fuera del metaverso?

Si la nueva economía paralela requerirá que las principales características tecnológicas del metaverso (a saber: interactividad, corporeidad y persistencia), promuevan certeza –por muy virtual que sea el entorno–, ¿qué pasaría cuando llegara a “caerse el sistema” de forma prolongada (no seis horas, sino muchas más)? ¿Tendríamos que conformarnos con regresar a la cruda realidad de un mundo físico en decadencia (o acaso en recuperación)?

Y respecto a lo que conocemos como mercado negro (comercio informal, clandestino, contrabando, etc), que en el internet ha tendido su tianguis en los sustratos de la deep web, ¿cómo se manifestará en el metaverso? ¿El nuevo entorno presentará la posibilidad de que el crimen –organizado o no tanto– u otros intercambios confidenciales se citen al anochecer en un muelle, colina, nave industrial o barracón virtual que les garantice la ausencia de cámaras o transeúntes?

En fin, que los cuestionamientos serán muchos más y la moneda está en el aire (o al menos hasta que la moneda se transforme en criptomoneda y el aire se codifique como tiempo para descargar).

 

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