Manuscritos de la ciudad reptil

MANUSCRITOS DE LA CIUDAD REPTIL | Cinco postales sobre confinamientos

Tomando en cuenta todas estas postales, ¿cuál sería, en general, un comportamiento sensato durante un confinamiento?

Ciudad de México, 28 de enero (MaremotoM).- Meses en espacios pequeños pueden provocar diversas reacciones en las personas, por muy fuertes o desapegadas que éstas sean, incluso en el caso de estar acostumbradas a labores creativas que requieran cierto grado de “enclaustramiento” (tendría alguien que ser como la compositora irlandesa Enya –pero con todo y su castillo Manderley, para mayor comodidad, espacio y privacidad– para no sentir la necesidad de transitar el mundo exterior y poder ausentarse del mismo por grandes períodos sin extrañar su barullo).

La pandemia que se presentó desde el año pasado ha provocado en la población una gama de síntomas, que en general pueden ir del estrés o la ira hasta la fatiga o la depresión, para los cuales no todas las facultades promedio de los individuos pueden afrontar o siquiera asimilar. Y aunque la inteligencia cognitiva puede ser provechosa para planificar labores y generar logísticas, al parecer es la fortaleza emocional –tan subdesarrollada en varias regiones, independientemente de las brechas generacionales y del frenesí de la sociedad de consumo– la que suele llevar la batuta para alcanzar a salir avante y equilibrar la ecuación derivada del drástico cambio de rutinas, perspectivas y expectativas.

La columna de hoy divagará sobre cinco escenarios relacionados con personas, grupos o familias en situaciones de confinamiento (ya sea voluntario u forzado) y algunas de las ventajas y penurias que conllevan dichas situaciones, así como las formas en que suelen sobrellevarlo tales individuos que se ven en la necesidad de desenvolverse e interactuar en un espacio limitado.

Astronautas encapsulados ante una vista panorámica

Con días y noches interminables –sin puntos cardinales o un horizonte cotidiano– en espacios pequeños y, por si fuera poco, cerrados herméticamente, los astronautas podrán, sí, tener una vista panorámica que ya quisiera cualquier turista o buscador de selfies, pero también carecen de aire fresco, de la posibilidad de caminar descalzos sobre el césped para ejercitarse, mucho menos sentir el oleaje del mar o tomarse un clamato que baje por el esófago. Algunos de ellos nos han sugerido, a través de entrevistas o redes sociales, que “el confinamiento por pandemia hay que afrontarlo como una misión”, y para ello recomiendan crear rutinas (se entiende que constructivas), fomentar hábitos saludables y procurar mantener contacto –por teléfono o internet– con familiares y amigos. Los astronautas la tienen más difícil que nosotros en cuanto a lo claustrofóbico, pues duermen en espacios casi como ataúdes –disculparán ustedes el símil en estos tiempos– y comen sin poder satisfacer gustos o caprichos culinarios; tampoco se relajan en la comodidad de una ducha o de un retrete privado y con el pertinente desagüe (con la gravedad necesaria, pues, para que el excremento no se ponga a flotar y se extienda como cuásar).

Presos por vivir alguna intensidad

Casi todos hemos estado confinados alguna vez debido a un castigo por habernos propasado en las reglas sociales de convivencia: no jugar fuera de casa por la tarde, no salir al recreo en la escuela, no ir a alguna fiesta o toquín, no salir el fin de semana del cuartel por desacato, no pasar festividades con la familia por estar en la cárcel, no recibir el final de los días en el barrio o pueblo por tener cadena perpetua, etcétera. En tales casos, lo más frustrante es advertir cómo la vida, mal que bien, continua en el ecosistema sin nuestra presencia. Una solución pertinente es cambiar de conducta, hacer concesiones con el prójimo, tratar de hacer alianzas, generar cierto tejido social con las criaturas que estén enjauladas con nosotros, dedicarse a aprender alguna nueva habilidad o destreza o imaginar un plan o una actividad a desarrollar una vez liberados. Algunos presos recomiendan aprender juegos, manualidades, leer, escribir, ejercitarse (ya no hay excusa sobre el tiempo libre), cantar, fortalecer el espíritu, recordar buenos momentos y mostrar gratitud ante los pequeños placeres. Los presos también dirán que, en contraste, en cualquier confinamiento fuera de la cárcel debe uno valorar especialmente el poder dormir tranquilamente en su recámara y poder ducharse en su propio baño. Ahora bien, por otro lado también está el punto de que, según el grado de confinamiento en que usted haya permanecido, tal vez después se le dificulte un poco regresar a sus rutinas en exteriores, al menos durante los primeros días; quizás sentirá algo de agorafobia, caminará como ratoncito (cerca de las paredes) y maldecirá el tráfico, el transporte público y la vulgaridad de las multitudes, aunque después, como el meme ese de la rana René de los Muppets, se le pasará cuando vaya a su primera cantina, fiesta o concierto (pesimistamente, en lo que llega un nuevo virus, una glaciación, una depresión económica o una guerra mundial; en caso de que estemos reciclando esos “Roaring Twenties” del siglo pasado, al menos disfrute usted cada martini que se tome cuando pueda salir).

Hikikomori japonés que abdica de los lazos táctiles y espaciales

En una patología de “aislamiento social agudo” –más común en hombres que en mujeres–, algunas personas se enclaustran para no sufrir las neurosis o ansiedades provocadas por la convivencia con los demás seres con los cuales nunca se firmó un contrato social. En Japón ha calado este trastorno, quizás por los tipos de presión social y la peculiar sensibilidad y afectaciones de dicha cultura; se ha calculado que en dicho país hay medio millón de dichos “adultos parasitarios”, muchos de los cuales suelen dormir durante el día y, si acaso emergen de su cuarto, lo hacen como sombras fantasmales que se deslizan a la cocina cuando todos los demás duermen para hurgar algo qué comer, usualmente comida instantánea. El internet, al parecer, les ha permitido no solamente un plan B para su vida, sino todo un universo B. En la Matrix eso sería la cotidianidad, pero no en los actuales estándares sociales (la economía digital sí se ha adaptado un poco mejor, por la dependencia hacia las interfaces). El reto para los círculos familiares que soportan tales conductas es definir de qué manera van a organizar el trabajo para pagar el wifi, la luz, el techo y, acaso, el agua y las semillas o cacahuates, para no seguir contribuyendo a desfigurar el tejido social (¿o acaso es una rama de la adaptación que explora una ruta de escape?).

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El ermitaño y sus votos de silencio

El ermitaño, en teoría, no se ha de sentir confinado, a pesar de que parezca que está escapando de algo más que ande “buscándose a sí mismo”. Su sacrificio (o alivio) es que, en el conjunto de las necesidades humanas, deja de satisfacer o ejercer aquellas relacionadas con la comunicación, la interacción y la solidaridad, con las que supuestamente se puede aspirar a cierta plenitud. Por más neurótico, psicópata, tóxico o dañino que el ermitaño pudiera haber sido a la hora de convivir con sus “no-semejantes”, su intención de purificarse o de trascender la sociedad muchas veces nos motiva suspicacias. Para tener una idea de los soliloquios o reclamos de individuos en tales vicisitudes podríamos citar algunas frases lanzadas por el Zaratustra de Nietzsche: “¿Qué es amor? ¿Qué es creación? ¿Qué es anhelo? ¿Qué es estrella? (…) ¡Qué cansado estoy de mi bien y de mi mal!”. Y, bueno, como la soledad no se halla exenta de generar círculos viciosos o burbujas, los confinamientos también habrían de aprovecharse para buscar alternativas de comunicación y no limitarse a ejercer un rol de influencer para mantener contacto (virtual y cada vez más solipsista, hasta que el “diálogo” sea sustituido por un algoritmo y la presencia por imágenes). Pero, para cerrar esta postal, enfoquemos una cuestión sobre este tipo de confinamiento: ¿cómo es que funciona eso de los votos de silencio? ¿Se trata de la consigna de generar menos chismes, menos mentiras, menos ruido? ¿Se puede hablar con los animales, con los dioses, con los fantasmas o en los sueños? ¿El sentido es poder por fin liberarse del claustro del lenguaje y conectar con el universo sin intermediación? Por último –y para los que contemplamos al ermitaño desde afuera–: ¿por qué el ermitaño necesita el silencio interior?

Familias disfuncionales obligadas a convivir

Padres golpeadores, madres histéricas, tíos violadores, tías chantajistas, hermanos y primos abusivos, abuelitos con tanques de oxígeno, muebles peligrosos por doquier, mascotas que imitan a sus dueños… Muchos preferirían pasar la mayor parte del día fuera de su “hogar”, arriesgándose con el Covid o con la Peste Interestelar, que apostar por sobrevivir a una crisis multidireccional en fuego cruzado y bajo un mismo techo. Las estadísticas nos podrán revelar más adelante si es que hay más asesinatos, embarazos y casos de violencia familiar durante un confinamiento por pandemia, o si en las colonias peligrosas el pánico se hace fractal paredes dentro. Podría suponerse que aquellos barrios abandonados a su suerte no tienen nada que perder si cierran las calles y hacen una multitudinaria celebración apocalíptica (¡qué más da otro apocalipsis a la cuenta!), pero ¿es la pobreza la única fuente de irresponsabilidad, disfuncionalidad y barbarie? En otros rumbos, con códigos postales más beneficiados, donde las familias y linajes pueden encerrarse en cómodas fortalezas-búnker con siervos que los atiendan, la dinámica de los contagios –tanto de virus como de violencias y relaciones de ética fluctuante– tal vez es motivada por la pulsión hacia las Public Relations, los viajes al extranjero, las variadas “bodas del año”, los casinos, además de las frenéticas juntas con equipos de trabajo, inversionistas, compinches, dílers y amantes. Así, la templanza requerida para el retóricamente pretendido “bien por una nación” que proclama velar una clase dominante o con cierto poder no se hace evidente, especialmente cuando tales segmentos a ratos se imaginan favorecidos o elegidos por fuerzas superiores, o quizás debido a la confianza que tienen en que la cobertura de sus bienes (en los cuales ya cotiza hasta el agua) y sus seguros médicos de gastos mayores los ampararán y salvarán hasta de sí mismos.

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Tomando en cuenta todas estas postales, ¿cuál sería, en general, un comportamiento sensato durante un confinamiento?

Si uno aspira a seguir siendo una persona (entiéndase: un ser humano civilizado) al salir de nuevo a la convivencia social presencial –ya que los índices comunitarios con el exterior se van planteando desde la mera convivencia virtual, que puede tomarse como ensayo para diferenciarse de un bot–, además de la necesaria supervivencia biológica (salud corporal y nutricional) uno tiene, durante el confinamiento, que concentrar sus facultades cognitivas, emotivas y volitivas en comportarse como persona civilizada en sus círculos íntimos y, especialmente y para seguir adelante con una sociedad funcional, para ello uno ha de empezar por enfrentarse a sí mismo de manera frontal, sin evasiones ni caleidoscopios –aunque suene a eslogan electoral: con menos excusas y más acciones concretas–, para así rastrear sus propias fortalezas y debilidades y, a partir de allí, a manera de autodefensas, poder generar sinergias y estrategias conjuntas (con familia, amigos, vecinos, colectivos) ante las probables crisis que se presenten en escenarios futuros. Que lo de las fiestas y celebraciones ya vendrá por añadidura, pues.

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