Manuscritos de la ciudad reptil

MANUSCRITOS DE LA CIUDAD REPTIL | El dibujo como canalizador sinestésico

Ciudad de México, 6 de julio (MaremotoM).- En esta ocasión aprovecharé la columna para elaborar un pequeño ensayo introspectivo y hablar sobre una actividad que ha sido mi forma principal de interacción con el mundo, que prefiguró mi “interfaz de la realidad” antes de que yo aprendiera palabras o descifrara los aspavientos necesarios para comunicarme con mis coetáneos en sociedad.

Me refiero a la actividad del dibujo. Ahora mismo me permito llegar a ustedes usando palabras –que con los años he aprendido a usar más o menos de manera competente, si bien mi pensamiento no me las dicta ya que no se desenvuelve originalmente de manera lingüística; están ustedes leyendo, por lo mismo, una “traducción” de un “texto” mental que no sé precisamente en qué parte se encadene en palabras pero que se origina fuera del ámbito de las mismas. Me imagino que a todos nos ocurre algo parecido, pero en mi caso trato de rastrear la cadena de pensamiento y pocos eslabones detrás el lenguaje desaparece (a ratos aparece la palabra “espontáneamente” según conexiones musicales o sinestésicas).

Confesaré aquí que, aunque no hubo algún tipo de diagnóstico, varios síntomas indican que es probable que pertenezca a esas personas con trastorno del espectro autista. Mi comportamiento y formas de interactuar con otros –formas al principio un poco crueles y distantes, después ya más empáticas conforme podía involucrar procesos creativos y, en la creación, ya como pez en el agua–, me llevaron a considerar tal posibilidad. Bueno, al menos tal perspectiva hacía que mi propensión a la “sociopatía” no supusiese algo siniestro.

Si es recomendable que para atender el trastorno se desarrolle un tipo de terapia, en mi caso el desarrollo de habilidades o la creación de sentido –si bien nunca un pleno “sentido común”, sí varios puentes al menos– fueron autogestionados a través del recurso que mencioné: el dibujo.

La palabra “dibujo” deriva de un vocablo latino: designare, que significa “designar”, “señalar”. El dibujo, según esta definición, consigue mostrar una forma que –se piensa– suele corresponderse con un concepto u objeto real.

“Dibujar es equivalente a pensar”, expresó Bruce Nauman, artista norteamericano multidisciplinario. En mi práctica, yo no relacionaría al dibujo tan intrínsecamente con el pensamiento. Tal vez Nauman aludía a que el dibujo genera un proceso cognitivo tan valido como el pensamiento; esto es, que hay alternativas o procesos que dan resultados cognitivos semejantes al del pensar pero que no necesitan atravesar un proceso conceptual o que no requieren ser formulados –apoyados o contaminados– lingüísticamente.

Para mí, el dibujo, como dije, funcionó desde el principio como interfaz: mi percepción generó una dinámica que se desarrollaba tanto hacia “afuera” como hacia “adentro”, explorando y configurando ambos aspectos simultáneamente (aspectos que, al parecer, el pensamiento y el lenguaje –exceptuando la poesía– suelen considerar como separados).

Hablaré un poco sobre cómo el dibujo –actividad, por cierto, que en mi caso no consiste en algo estrictamente visual– me permitió integrar en sus dinámicas percepciones de otros modos sensoriales como vía de aprehensión de la “realidad”.

Mi oído, por ejemplo, da preferencia a los sonidos musicales antes que a aquellos que provengan del lenguaje o de los códigos sociales paralingüísticos (aplausos, rezongos, onomatopeyas, etc). No me gusta hablar por teléfono. Me he dado cuenta que pongo el auricular en el oído izquierdo (que da preferencia a la información melódica, rítmica, entonacional, antes que a la verbal). La música es la parte del sonido que comulga con la expresión afín al gesto del dibujo.

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Sobre el tacto: si por mi fuera, el tacto se usaría solamente para asuntos del amor o de la pelea. O de ambos (lo que sería una alterna definición de las pulsiones del dibujo). Pero bueno, he podido integrar tonos intermedios: cordialidad, convivencia, funciones fáticas, indicadores, alertas, etc. Obviamente, los materiales, las texturas y las vibraciones son fuentes primordiales de correspondencias gestuales (hacia el conflicto o hacia la inspiración) sin las cuáles el dibujo se perdería en el solipsismo.

Así como el gusto y el olfato funcionan mejor si son desmarcados de los condicionamientos lingüísticos o de las expectativas relacionadas con códigos de carácter visual, la expresión a través del dibujo genera resultados más interesantes cuando se desarrolla sin previo control conceptual o si no intervienen –al menos en cierta etapa– campos semánticos en la configuración de trazos o formas. Una aroma siempre es concreta, no puede remitir del todo a un referente previo; un dibujo también.

Propioceptivamente, las diferentes posiciones corporales establecen acercamientos peculiares a la actividad perceptual que culmina en el gesto o a los “desplazamientos” del dibujo sobre la superficie, zona o ámbito de expresión. Es curioso explorar las variantes relacionadas a las posturas o modificaciones de los ejes corporales. Asimismo, dibujar a través de diferentes dispositivos o instrumentos (que son, a su vez, interfaces añadidas) también modifica la configuración expresiva (y hasta un posible “estilo”) de manera global.

En cuestión de sensaciones interoceptivas, ya en la fiebre o en los sueños se trazan dibujos en los que intervienen sus pulsiones o informaciones; en ciertos estados de conciencia, llevarlos a un trazo material solamente implica fluir adecuadamente con el modo de expresión (si se ha desbloqueado cualquier control conceptual, mucho mejor).

Le Corbusier especifica: “Dibujar es aprender a ver, a ver nacer, crecer, expandirse, morir, a las cosas y las gentes. Hay que dibujar para interiorizar aquello que ha sido visto, y que quedara entonces escrito en nuestra memoria para el resto de nuestra vida”. Esta definición ya se acerca más a la perspectiva “toroidal” a la que me he referido como la expansión configuradora.

Así, mi relación con las diferentes disciplinas, incluyendo la matemática –a pesar del carácter abstracto de esta última– han de pasar por el tamiz perceptual sinestésico y gestual, a través de la “geometría multisensorial” que implica la perspectiva generadora del que dibuja (repito: no necesariamente sobre papel ni haciendo uso de pigmentos o garabateando en pantallas a través de pixeles).

Si el dibujo implica un valor propio, intrínseco, que suma creación y comprensión (las cuales comulgan a través de un gesto simultáneo), tiene, además, una ventaja expresiva: el dibujo supone una “licencia” para poder moverse con relativa libertad; e incluso, si así se prefiere, al menos mientras el dibujo se desarrolla puede uno explorar, conocer y expresarse prescindiendo del propio arte y de las “presiones” del mismo. Por eso lo que a veces se consigue nos puede sorprender.

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