Manuscritos de la ciudad reptil

MANUSCRITOS DE LA CIUDAD REPTIL | El eventual triunfo del espíritu sobre la materia

La anodina visión de que la naturaleza es un mecanismo determinista y que el libre albedrío es una (des)ilusión, aunado al frustrante margen de maniobra que la enajenante maquinaria que sostiene al sistema socioeconómico dosifica, a ratos configura una condición existencial marcada por la pérdida de significado, sentido o incluso de propósito para la existencia.

Ciudad de México, 17 de enero (MaremotoM).- Nacer, crecer, reproducirse, morir, descomponerse… A pesar del “guión tan cerrado” que pareciera plantear un ciclo vital, cada circunstancia en éste da para tantas variantes, tantas narrativas, que las opciones para soslayar el sentido de una vida pueden ir desde el nihilismo más recalcitrante hasta el más glorioso júbilo. Si bien cada cual es libre de involucrar a su deidad personal en la fórmula, prescindiré aquí de las tendencias religiosas para divagar sobre este tópico.

El callejón nihilista

La anodina visión de que la naturaleza es un mecanismo determinista y que el libre albedrío es una (des)ilusión, aunado al frustrante margen de maniobra que la enajenante maquinaria que sostiene al sistema socioeconómico dosifica, a ratos configura una condición existencial marcada por la pérdida de significado, sentido o incluso de propósito para la existencia (a pesar de la pulsión aparentemente intrínseca de la vida hacia la comodidad y el placer, pero cuyo sentido, lamentablemente, tiende a ser cooptado por la actividad omnipresente del consumo).

Pero no todo es sombrío en el nihilismo. Los nihilistas, desencantados de la historia humana que ha estado sumergida en la burbuja de la religión tanto tiempo (burbuja que aspira a monopolizar el ámbito espiritual), evitan sucumbir a ideas “fundacionales” o categorías deterministas que pretendan controlar los territorios metafísicos. Si no reconocen una entidad o finalidad superior que otorgue respaldo a la existencia, al menos su perspectiva puede ayudar en la depuración de valores conservadores (que conservan cierto control, pues) para permitir así el desarrollo ulterior de nuevos modelos de sentido.

¿El espíritu se desapega de la materia?

El privilegio de contar con un excedente en recursos materiales, claro, llega a facilitar cierta soltura o libertad de movimiento para las expresiones del espíritu (viajes, actividades artísticas, tiempo para reflexión, esparcimiento y meditación); no obstante, el espíritu no se halla de facto respaldado, pues la dinámica de intercambio en un sistema que consienta dicho excedente material suele exigir, a cambio de retozar en su confortable esfera, que se hagan a su vez concesiones en otros ámbitos, muchas de las cuales van a terminar sometiendo y menoscabando al propio espíritu de alguna manera.

Obviamente, ello no implica que la precariedad material sea más favorable para el desarrollo de los ámbitos espirituales. Acaso la escasez material impulse al ámbito espiritual a salir a flote para tomar las riendas, curtirse y enfocar las motivaciones de “todo el changarro del ser”.

En todo caso, ya sea en circunstancias materiales prósperas o no, habría de procurarse que el ámbito espiritual tuviera presencia y soberanía para surfear a voluntad y así conseguir ese equilibrio que facultara su propia expresión además de la satisfacción de las necesidades materiales sin la subordinación a las mismas.

Manuscritos de la ciudad reptil
El eventual triunfo del espíritu sobre la materia. Foto: Alejandro Márquez

La inteligencia artificial no podrá arrebatarle su espíritu (si usted procura conservarlo)

Si usted se concibe como una maravillosa máquina cibernética viscosa sujeta a un intercambio mercantil energético, correrá el riesgo de que, tarde o temprano, o paulatinamente, el sentido de su existencia sea incorporado o sustituido por un algoritmo (¡exacto!, como aquellos desarrollados por una inteligencia artificial).

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Si, por el contrario, usted valora y defiende los ámbitos y actividades en las que manifieste, a través suyo y de los demás seres, las expresiones propias de su espíritu (el cual se sintoniza y reverbera en una “entidad” concebida como un espíritu colectivo; sea una propiedad emergente o no del propio espíritu o de la materia, da igual), el sentido de su existencia, así como la “figura jurídica” de la existencia de su especie, estarían a salvo.

Episodios numinosos de la vida cotidiana

A todo esto, ¿cómo podemos estar seguros de la existencia de un ámbito espiritual? Bajando un poco la guardia del filtro cosificador inoculado por las perspectivas positivistas –que todo lo requieren mesurable para poder así contabilizarlo y controlarlo– bastaría que uno recuerde, por ejemplo, el momento en que uno se enfrenta por primera vez a la música… ¡ello bastaría para conceder inmediatamente al acto de la existencia un carácter espiritual! (¿qué otro tipo de evidencia se necesita para experimentar la presencia de algo que está más allá de lo puramente material, del 1+1=2, etcétera?). Ahora bien, que para el caso, cualquier acto de percepción –ordinario o no ordinario– podría asimismo dar fe de un tipo de intuición “numinosa” (de esas donde el todo es más que la suma de sus partes).

No se requieren fantasmagorías controladas por discursos ultraterrenales de carácter vertical, como los de la religión, para otorgar un sentido pleno al ámbito de lo espiritual. Tampoco debería ser indispensable la existencia de una deidad, o acaso la posibilidad de la inmortalidad del alma humana, para otorgar sentido a la propia existencia.

Ahora bien, si lo espiritual no fuera suficiente para responder a ese “¿para qué?” que pudiera otorgar sentido a la existencia, al seguimiento del ciclo vital, ¿qué misteriosa expectativa –metafísica o metabólica– estaría infiltrándose para desairar la fiesta de nuestra conciencia? A mi parecer, cualquier eventual triunfo del espíritu sobre la materia –la propia conciencia ya implica una manifestación del mismo– bastaría como sentido pleno del fenómeno de la existencia.

El arte, las intuiciones, los sueños, las premoniciones, los déjà vu, las conexiones, las sazones, los ronroneos, el éxtasis, las prodigiosas casualidades… Muchos de tales “episodios numinosos” personales y comunales nos sugieren que cierto sentido para existir (no importa cuál) alcanza a ser cubierto por cualquiera de los “simples prodigios” –cotidianos, además– de experimentar, siquiera por cierto lapso, que nuestro espíritu supera los condicionamientos o las limitantes del mundo material, en un tipo de “intuición liberadora” en virtud de la cual el espíritu (alma, mente, conciencia, o como quiera denominarse) advierte su propia existencia, no importando que use de intermediario al mismo cuerpo matérico (e inclusive, en casos peculiares, que el espíritu se perciba a sí mismo en la satisfacción de necesidades primarias, supuestamente rastreras)… En fin, ¿qué otro sentido necesitaríamos, pues?

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