MANUSCRITOS DE LA CIUDAD REPTIL | El frenesí de los influencers

¿Y para qué se quieren followers, a fin de cuentas? ¿Sirven como clientes, como interlocutores, como discípulos? ¿Van a estar en nuestro funeral (siquiera para sacarse una selfie)?

Ciudad de México, 24 de septiembre (MaremotoM).- El capitalismo tardío ha bombardeado la vida privada y el panorama de las personas con estímulos y supuestas opciones de todo tipo para satisfacer “necesidades” –no necesariamente relacionadas con el metabolismo de los individuos–, presionando a éstos a tomar decisiones a una velocidad tal que difícilmente se den tiempo para reflexionar.

Ante la angustia por dicha vorágine, un mecanismo usado frecuentemente por los sujetos sociales es el de recurrir a “paquetes” de decisiones cristalizadas en modelos con los que pueden identificarse, o en los cuales, al menos, se alcance a proyectar un rumbo común para el segmento poblacional en el que se desenvuelven en su cotidianidad o en sus aspiraciones. La información adquirida, en vez de asimilarse en un formato reflexivo, tiende a absorberse de manera simplificada –discursiva o narrativamente hablando– a través de patterns, los cuales son usados como brújula (si bien, con tanta prisa, su carácter provisional de brújula para sentar rumbo se vuelve un divagar perpetuo).

Un mecanismo semejante es observado en etapas adaptativas de algunas especies. Los mamíferos y otros animales llamados “superiores” manifiestan, como forma de aprendizaje temprano, una conducta conocida como impronta, que implica imitar una respuesta hacia un estímulo u objeto concreto. La impronta no requiere mucha reflexión ni evaluación, se basa en una forma estereotipada de reacción frente a un ser o entidad que, eso sí, se ha asumido como modelo a imitar o a seguir (literalmente, como los patos) y cuyo criterio se adopta confiadamente para así evitar gastar tiempo, sinapsis y energía en tomar decisiones o emitir juicios propios. Los animales gregarios, para sobrevivir, son los que ejercen de manera más evidente este tipo de aliviadora relación de dependencia al son de “follow the leader”.

En la sociedad mediática, especialmente por su desarrollo visual, audiovisual y multisensorial, los patterns y los modelos básicos de impronta pueden ser proyectados fácilmente para estar a disposición de las personas que los requieran. Obviamente, estos patterns también pueden ser usados como señuelo, ya que es verdad que la audiencia conecta con algo (si ello no llega a ser “verdad”, al menos ocurre). La historia nos da testimonio de que una cultura o civilización totalizadora, que suele no fomentar un pensamiento crítico, requiere un repertorio de modelos a seguir para que los individuos puedan integrarse al sistema de una manera pertinente. Si dicha civilización alcanza un afinado aparato retórico (de “época de oro” o “época de esplendor”, usualmente justito antes del comienzo de su decadencia), los individuos de dicha civilización, aunque “simbólicamente plenos”, pocas veces llegan a ser productores o dueños de sus “propios” insights (además, la parafernalia y la bonanza en otros aspectos los hace no preocuparse tanto por este aspecto, ya que se hallan inmersos en un “mundo feliz” al estilo de la novela de Aldous Huxley).

Eróstrato y el trending topic  que trascendió a su rebaño

Eróstrato fue un pastor griego de la antigüedad que consiguió pasar a la historia (su nombre al menos) no por sus artes o innovaciones de pastoreo, sino porque atrajo los reflectores de la simple y rápida fama al incendiar el templo de Artemisa de Éfeso, que era una de las siete maravillas del mundo antiguo.

Hoy día, un individuo con semejante ansiedad seguramente se hubiera, además, grabado en vivo con un dispositivo móvil en el momento de cometer su fechoría o hubiera subido a las redes sociales el video con alguna edición para regocijo de sus seguidores (en otros tiempos los hubieran denominado “sectarios” o “secuaces” tal vez).

En una sociedad mediática y obsesionada con el espectáculo –pues la dopamina producida por una efímera novedad despabila un poco del tedio y la apatía de un estado de abstinencia de estímulos, lo que motiva el ciclo de dicha pulsión adictiva–, los individuos se llegan a alienar con la percepción que sobrevalora lo gratificante del (relativo) reconocimiento social.

¿Por qué se vuelven tan importantes los likes ? ¿Por qué algunas personas se llegan a obsesionar con dicho “metabolismo” impuesto por el tráfico, la dinámica del flujo de la información? ¿Es acaso que el individuo gregario ha supeditado su metabolismo a aquél que plantea el algoritmo? ¿Se debe tan sólo a una básica dinámica de fluídos?

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Comunidades falsas

Algunos aspirantes a influencers pueden verse tentados incluso a acelerar la dinámica del flujo de información al comprarse presencias virtuales o entidades supuestamente personificadas (tipo bots) que, ante el algoritmo, hagan el papel de público. Pero, si alguien puede comprar followers  a granel, ¿qué tipo de comunidad genera? ¿Qué calidad tiene dicha “audiencia”? ¿Es que la difusión se ha trastocado y sólo es importante el “peso comunitario” si sus nodos abonan a ese inevitable o maquiavélico algoritmo?

¿Y para qué se quieren followers, a fin de cuentas? ¿Sirven como clientes, como interlocutores, como discípulos? ¿Van a estar en nuestro funeral (siquiera para sacarse una selfie)?

El gancho del glamour y estilo de vida de las celebrities

En el 2017 unos emprendedores organizaron un proyecto denominado “Fyre Festival”, que, en su retórica –difundida y apoyada precisamente por influencers y celebrities– pretendía ser la fiesta del siglo: una semana de lujos y excesos en una isla desierta de las Bahamas. Súbitamente, como los huracanes, la burbuja de la imagen explotó y dejó en evidencia la cruda realidad analógica, en la que una pésima logística llevó a cancelar el evento. Los organizadores acabaron en prisión y con múltiples demandas. Los influencers y las celebrities, por su parte, con aquella inteligencia tan virtual que los caracteriza, en términos de física cuántica adoptaron su versión de “onda y no partícula” y se evadieron detrás de espejos múltiples encontrados. Aquí el tráiler de un documental sobre dicho fraude y las truculencias de la fama:

Microinfluencers: microdealers, microgeishas, microgurús

Hay influencers que se abren un nicho y se hacen indispensables para los seguidores a los cuáles satisfacen de algún modo personalizado (ya que, por cierta tarifa o acuerdo –suscripción–, pueden generar contenido exclusivo para éstos: menciones, artículos, fotos, videos, interacciones…)

Con la pandemia en curso, los mercadólogos han visto que resultan de mayor credibilidad y empatía (y, por ello, de mayor valor) dichos microinfluencers a la hora de “dialogar” sobre –antes que un estilo de vida– un sentimiento común, una necesidad compartida, una situación de emergencia, una encrucijada. Esto indica que la burbuja de los macroinfluencers está implosionando, si bien no nos hemos librado del todo del peligro latente del comportamiento gregario de los individuos.

En todo caso, los individuos en sociedades cada vez más informatizadas, independientemente de su oficio o profesión han de asumir, al parecer, alguno o más de estos roles en su desempeño cotidiano: a) generadores de contenido, b) distribuidores de contenido y c) consumidores de contenido. En nuestra función de nodo en la “cadena alimenticia de la información”, todos llegaremos a ser influencers de algún individuo o población (de manera consciente o no, de manera explícita o no, de manera responsable o no).

¿Cómo pinchar la burbuja del marketing de influencers ?

¿Qué instancia ocurre primero en el ocaso de una civilización: se empiezan a derrumbar los símbolos o se empiezan a secar los sembradíos o a llegar las plagas? En lo que a la esfera de la información se refiere (a saber, nunca tan desarrollada en civilizaciones pasadas como lo está hoy día), se ha de asumir la importancia de ser parte de un nodo (esto es: “Si yo no quiero, tu información no pasa por mi nodo”). Para sobrevivir en la civilización informática, el individuo ha de solicitar, pues, un trueque inmediato para así “repartir el botín” (ya sea flujo de información, impulsos eléctricos, atención, dinero, puntos, indulgencias, etcétera) y evitar que se acumule en pocas manos o en intermediarios selectos que aprovechan una posición privilegiada en la cadena de distribución de bits. Esperemos que al menos las generaciones jóvenes lo tengan más claro de nosotros (e, independientemente de que lo reflexionen o no, lo ejerzan, incluso bajo la consigna –que ya no causa o compromiso– de un eslogan tipo just do it ).

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