Manuscritos de la ciudad reptil: ¡El robot que conducía el UBER tenía los pechos de fuera!

Ciudad de México, 28 de marzo (MaremotoM).-Una amiga que le sabe a eso de mezclar tecnología wifi y tarjetas bancarias nos pidió un Uber desde el balcón de su departamento. Cuando mi esposa y yo divisamos al vehículo doblar la esquina con luces intermitentes, bajamos las escaleras y rodeamos una jardinera para encontrarnos de frente con el coche azul cromado –no soy bueno para recordar los nombres de automóviles (salvo los extintos vochos, que alguna vez fueron los taxis genéricos, al menos en la capital de México)–.

En fin… que no habíamos ingerido sustancias psicoactivas esa noche y nos tomó por “sorpresa lúcida” –cosquilleo en la nuca incluído– el advertir que el vehículo tenía al volante algo que parecía una muñeca sexual. El futuro había llegado a México, mezclándose con la picardía o, mejor dicho, la negligencia de los emprendedores locales: el robot con apariencia de mujer, que sustituía a un chofer humano, traía por alguna razón la camisa desabotonada y los pechos al descubierto.

Al acercarnos un poco más, la puerta trasera del automóvil se abrió, emitiendo un discreto “clic”. La voz del robot, con timbre femenino de entonación española, nos dio las buenas noches.

“Qué calorcito que hace, maja”, le íbamos a decir, pero a tales horas no estábamos para bromas (no fuera a arrancarse el vehículo con nosotros a medio abordaje).

“Tiempo estimado para arrivar al destino: vein-ti-trés-mi-nu-tos”, anunció el robot, puesto el coche en marcha. Tenía una peluca sedosa color castaño que por detrás se veía muy natural. Nunca giró la cabeza para hacer contacto visual con nosotros; ni siquiera había espejo retrovisor: el androide tan sólo servía como presencia al volante, en lo que la población se acostumbraba a las cápsulas móviles automatizadas. El algoritmo del vehículo conducía muy responsablemente, aminorando la velocidad con discreción en los semáforos (tal vez le eran anunciados de antemano, si eso es posible en la CDMX). Según recuerdo, su cara estaba maquillada, aunque admito que, al inicio, lo de las tetas al aire nos había distraído por completo.

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¿Algún pasajero anterior le habría jugado esa broma al humanoide? ¿Cómo lo había hecho sin activar una alerta? ¿Había medidas de seguridad para el conductor automatizado? ¿Las franquicias volverían a usar humanos como operadores, siquiera simbólicos, para evitar así vandalismos?

“Una vez en su des-ti-no, tome una aspirina antes de dormir. Y no olvide el Ti-ra-no-sau-ri-fe-rol”, anunció el robot al volante, cortando mis cavilaciones.

“Gracias”, le contestó mi esposa, tan cortés ella incluso con las máquinas (aunque después le escuché una risita).

“Le hablo a su marido”, le aclaró el robot, en su castellano entusiasta. Además de nuestro domicilio, ubicación actual, velocidad y estado de ebriedad, conocía nuestros lazos de parentesco… ¡Pues claro, si llevábamos encendidos nuestros teléfonos!

Entonces pensé que Siri –yo le digo Cirila y a veces replica–, la asistente de mi dispositivo, podría llegar a intervenir: “gracias por la sugerencia, chofer, pero la información que usted tiene corresponde a un perfil ficticio, por cuestiones de privacidad de mi cliente”, o algo así. Y yo, claro está, dejaría que discutieran entre sí ambos dispositivos, con sus voces tan moduladas y su vocabulario tan selecto.

Mi esposa se acurrucó en mi hombro y emitió un bostezo. Ella nunca había confiado demasiado en la tecnología informática. Yo reposé la cabeza en el cómodo asiento del vehículo, que olía a nuevo (dicen que hay aromas artificiales que simulan esto).

El sueño dependía enteramente de mi, al menos hasta el momento.

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¿Habíamos ingerido algo extraño en la fiesta? No lo recordaba.

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¿El robot sabría que traía los pechos al aire? ¿Sería consciente de que portaba un cuerpazo-objeto, según los códigos aún vigentes? ¿Nadie no humano se lo había informado? ¿Existía la “solidaridad” entre inteligencias artificiales?

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¿Los humanoides, en caso de simular o alcanzar conciencia y encima tener prohibido contradecir o atacar a un ser vivo, aún en defensa de su propia integridad como entes conscientes, adquieren por eso mismo derechos?

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“Destino próximo. Prepare su descenso”

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