MANUSCRITOS DE LA CIUDAD REPTIL | El sendero de la procrastinación

Imaginemos que alguien como Leonardo Da Vinci hubiera nacido en esta época de dispositivos electrónicos, medios de difusión, pantallas multimedia y conexión a internet… A pesar de que es sabido que el genio florentino saltaba de una a otra disciplina para saciar su curiosidad y desarrollar su talento creativo, ¿hasta qué punto el flujo de información actual le hubiera beneficiado a sus invenciones? ¿Y hasta qué grado hubiera distraído o difuminado la atención necesaria para sacarlas a flote?

Ciudad de México, 26 de agosto (MaremotoM).- Uno de los atributos primordiales de la llamada genialidad radica en la alta capacidad de concentración. Además de las eventuales dotes “sobrenaturales”, difícilmente maniobrables, se entiende que una de las habilidades clave del genio es que puede –o se las ingenia para– aislarse de un entorno ruidoso y así enfocar la solución de un problema.

Ahora bien, entre más saturado de información o de distracciones sea el entorno con el que tenga que lidiar una mente (incluso de tipo genial), mayor dificultad le supondrá poder enfocarse; acaso tenga que encontrar dinámicas para “concentrarse caleidoscópicamente” mientras discurra saltando de uno a otro de los estímulos que compitan por su atención.

Imaginemos que alguien como Leonardo Da Vinci hubiera nacido en esta época de dispositivos electrónicos, medios de difusión, pantallas multimedia y conexión a internet… A pesar de que es sabido que el genio florentino saltaba de una a otra disciplina para saciar su curiosidad y desarrollar su talento creativo, ¿hasta qué punto el flujo de información actual le hubiera beneficiado a sus invenciones? ¿Y hasta qué grado hubiera distraído o difuminado la atención necesaria para sacarlas a flote?

No olvidemos otro asunto: independientemente del coeficiente intelectual, los genios revelan además una motivación intrínseca en aquello que hacen, por lo que no se entusiasman en función de una recompensa ajena a los propios asuntos (esto es, no necesitan ser gratificados constantemente con diversión, dinero o dopamina para continuar interesados o motivados).

Siguiendo el caso de Da Vinci, éste quizás saltaba de una disciplina a otra no debido a un comportamiento difuso, si no para poder despejarse un rato y así permitir que su mente, altamente concentrada durante cierto intervalo, diera oportunidad a las “zonas periféricas de la conciencia” permear el desarrollo que detonara así alguna iluminación. Esto implica que Leonardo Da Vinci difícilmente quedaba entrampado en rutas relacionadas con la llamada procrastinación.

Suele considerarse que la conducta de la procrastinación es un recurso para evitar una experiencia emocional desagradable, usualmente relacionada con un sentimiento de frustración; el problema es que dicha conducta (que tiende a arraigarse en hábito) impide que el individuo enfrente una tarea necesaria para conseguir un objetivo de importancia (laboral, académico, personal); además, provoca un sentimiento de angustia por haber aplazado un objetivo necesario y ello puede conducir a nuevos ciclos de escape (sí: un hábito de procrastinación).

¿Empieza usted consultando un email y termina viendo hoteles en cavernas de Turquía?

Si en verdad le interesa evitarlo, aquí unas sugerencias: en su email, ignore los banners con fotos y videos. No hace falta poner un florero delante, solamente trate de terminar la tarea que haya empezado (o, siquiera, que las “pausas” o “recompensas” que intercale sean muy estratégicas: vaya usted encontrando su flow).

Si usted no tiene o no ha desarrollado la concentración de un genio de antaño (que sería el nivel de concentración requerido hoy día para asuntos estándar, concentración alcanzada quizás exclusivamente por personas con espectro autista), es mejor que apague su teléfono, silencie notificaciones, minimice sus chats y, en casos extremos, incluso desconecte el internet. Evite trabajar cerca de una ventana a una calle transitada, no se enganche en series (limite un horario para estos “descansos”), aplace su pulsión a chismear o regule su dosis de dopamina que lo impulsa hacia aparentes “novedades”. No asuma tampoco que necesita drogas para carburar (incluyendo el inofensivo y socorrido café). No se obsesione por  “resolver los pequeños imprevistos” que surgen a manera de estímulos de videojuego (sobre todo si no ha manejado su tiempo y calendario adecuadamente)… ¡Y no se tome toda la mañana, cada día, para configurar todo esto que se ha mencionado!

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En fin, que si pretende usted llevar a buen fin una actividad potencialmente genial, procure desarrollar entonces la concentración, la motivación y el compromiso antes que cualquier otra coqueta o frívola aptitud.

La sociedad del “picoteo”

La capacidad de concentración de cada individuo para su trabajo o para el desarrollo de su obra o proyecto no depende totalmente de los hábitos adquiridos en su medio social, pero las opciones de lo que puede hacer en su “tiempo de ocio” sí que resultan ser motivadas y hasta controladas por pautas sociales.

Un individuo puede aprovechar su tiempo de ocio para reposar de alguna encrucijada aparente en su trabajo y permitirse con ello enfocar posteriormente el problema con aire menos viciado. Sin embargo, más de un creador ha mencionado que prefiere dar un paseo (a pie seguramente) que ponerse a ver la televisión o navegar azarosamente por el internet. ¿A qué se debe dicha precaución?

Leonardo da Vinci seguramente daba un paseo o, en su genialidad, simplemente cambiaba de actividad creativa a una muy distinta de aquella que le presentara algún matiz viciado (bueno, que probablemente también se iba a la taberna o a algún tugurio para estimular zonas menos sublimes de la conciencia, no menos significativas).

Esto lleva a pensar que, quizás, el hecho de que el trabajo y el tiempo de ocio estaban bien diferenciados en épocas pasadas permitía abonar a favor de las hazañas individuales de aquellos genios de la historia. Hoy día, solamente ciertas profesiones, especialmente aquellas relacionadas con el trabajo físico (construcción, agricultura, limpieza, aunque también artes escénicas, artes marciales, deportes, entre otras actividades) pueden librarse de facto de la interrupción que emana de los dispositivos móviles, al menos de aquellos que demandan interactividad (no así de otros distractores mediáticos). Otro tipo de trabajos o labores corren mayor riesgo de distracción, ya que cuando nuestro trabajo se realiza ante la misma interfaz que además dispone de atractivas opciones de entretenimiento, la mayoría de las personas se aficionan a intercalar el ocio con el trabajo en intervalos cada vez más breves, aprovechando dicha simultaneidad.

Hay quienes dicen que pueden trabajar y entretenerse a la par; quizás dependa del tipo de estructura cerebral que tengan, pero es probable que, para fines concisos, ni alcancen a trabajar bien ni se entretengan bien. Ese “picoteo” es como una comida a medias. De acostumbrarse a esos ciclos –cada vez menores– de “recompensa dopamínica” que supone la distracción o el estímulo novedoso (si picoteamos un poco de trabajo, luego un poco de ocio, luego otro poco de trabajo y así en turnos consuetudinarios), al momento que tengamos que concentrarnos por más de una hora seguida el cerebro adicto va a “sufrir” porque se asumirá agotado y saturado.

Y ese picoteo es un reflejo que se ha extendido a casi toda las actividades. Incluso dentro del mismo ocio (una actividad supuestamente relajante) empieza a hacer presencia la conducta obsesiva de querer cambiar de canal, de pantalla, de color, de movimiento, de canción, de look, de ángulo…

 

Los alumnos en las aulas reflejan también dichos hábitos; entonces atienden las clases de sus profesores de manera “interactiva”, ya que el profesor es un canal más de información –que puede ser o no “sintonizado”– y en muchos casos los jóvenes van desarrollando signos o simulacros de atención con los que parecen estar escuchando cuando en realidad están picoteando diferentes actividades, de manera que a todas parecen considerar pero con ninguna terminan comprometiéndose (al menos no a la manera de un genio del pasado). Lo mismo puede observarse en alguna junta de oficina, conferencia, e incluso, sin ir más lejos, hasta en un concierto, exposición o película.

Una última reflexión (antes de irnos a tontear un rato, ya-tú-sabe): ¿Será que los tiempos para desarrollos de genialidad en mentes individuales son obsoletos para la especie? ¿Las “genialidades” del futuro consistirán en insights colectivos surgidos de interacciones grupales en donde pueda combinarse trabajo y entretenimiento a manera de mosaico? Y, por otro lado, ¿las entidades que, a fin de cuentas, adviertan y aprovechen las iluminaciones surgidas de mamíferos superiores –o de otras especies– serán los programas de inteligencia artificial?

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