Manuscritos de la ciudad reptil

MANUSCRITOS DE LA CIUDAD REPTIL | Entrevista imaginaria (y postapocalíptica) a un “Jack el destripador” cualquiera

Ciudad de México, 31 de agosto (MaremotoM).- Este hipotético “Jack el Destripador” habría sido capturado en las inmediaciones de una universidad del Estado de México por una brigada de mujeres organizadas para evitar los feminicidios en la zona (dichas brigadas son algo así como autodefensas de género). El presunto agresor estuvo a punto de ser linchado por habitantes de la zona, pero autoridades y reporteros llegaron a la escena y aquél fue subido a una camioneta de la policía, ya que tenía heridas muy graves.

A pesar de no tener presencia en redes sociales ni documentos de identidad, “Jack el Destripador MX” fue identificado por uno de los agentes, quien, dada la importancia mediática del detenido, pidió a un reportero presente que lo acompañara en la camioneta, para que evidenciara que no se estaba “encubriendo al agresor”. Aprovechando al reportero, durante el trayecto a la clínica permitió que éste interrogara al asesino, alternando con preguntas hechas para su declaración. Dicha conversación fue videograbada como prueba de que lo dicho en ella no fuera a ser alterado después (sobre todo ante la muerte inminente del asesino).

No sabemos si Jack el Destripador MX se “sinceró” al estar desangrándose, si sus últimas palabras valgan como confesión, si inventó alguna información o si solamente haya querido responder las preguntas para aligerar su agonía. Si acaso pretendía llegar consciente al nosocomio, no tuvo éxito, no le alcanzó la fortaleza y moriría poco antes de llegar.

Aquí la transcripción de la conversación dentro de la camioneta:

PERIODISTA (P):¿Es usted el llamado “Jack el Destripador MX”?

JACK (J):Sí, así me han puesto.

AGENTE (A):¿Su nombre verdadero es Mario Larrea Salinas?

J:No. Alguna vez tuve una identificación con ese nombre. También tengo otra con un nombre extranjero: Jacob; esa la encontraron primero, a lo mejor por eso se les ocurrió llamarme “Jack”. Pero no voy a decir mi verdadero nombre, no tiene caso. Hasta la fecha pude evadir registros y así quiero permanecer. Moriré pronto y no quiero pronunciar ni escuchar mi nombre, ni que éste quede escrito. Mi voluntad es ir a una fosa común. Nadie reclamará mi cuerpo de todos modos.

P:¿Cuántos asesinatos ha cometido usted?

J:Veinte, veinticinco, más o menos.

P:¿En todos los casos se han hallado los cuerpos de las víctimas?

J:Creo que sí. No soy tan complicado, no quiero poner acertijos a nadie. Suelo abandonar los cuerpos a la intemperie, en callejuelas, portales, cunetas, canales de agua, zanjas, a veces en baños, terrazas, salones, pasillos… ¿para qué ocultarlos? Siempre me alejo la más rápidamente posible del lugar donde me agarre la loquera. Casi nunca me persiguen. Si el paraje es solitario o cercano a una barranca, peñasco o caserío irregular, más fácil es la huída. Pero no planeo yo los asesinatos, solamente ocurren.

P:¿Todos los crímenes que se la han imputado los ha llevado a cabo usted?

J:No estoy muy enterado de los reportes ni de la prensa de nota roja, pero algunos de los asesinatos que he visto que mencionan en la televisión no tienen que ver conmigo, como aquel de la periodista y activista acuchillada en una camioneta. No entiendo por qué lo relacionaron conmigo, si me cuido de no dejar huellas digitales, que además ni registro tienen, ni soy el único que ha acuchillado a personas en esta ciudad. Yo creo que querían cargarme a la muertita.

P:¿Vive usted cerca del plantel universitario en cuyos alrededores fue capturado?

J:No. Vine aquí cerca con un huesero que me recomendaron.

P:¿Y por qué lo capturó la BMA (Brigada de Mujeres Antifeminicidios)?

J:Yo no maté ni ataqué a nadie hoy. Yo estaba siguiendo a una muchacha por una callecita que está al costado de la universidad y de pronto se activó una alarma. Tal vez ella avisó con el teléfono móvil que la venía siguiendo apresuradamente, quizás había cámaras, no sé. De unas casas cercanas empezaron a salir personas, varias mujeres y algunos hombres con tubos, bates, cuerdas. Luego llegaron jóvenes en bicicletas y motos. Hasta pensé que me iban a secuestrar a mí, imagínese usted.

P:¿Y por qué seguía usted a aquella muchacha?

J:En un tianguis, calles más abajo, la ví y me recordó a alguien, entonces la seguí disimuladamente para ver si averiguaba a quién o por qué. En ese intervalo ví que se comportó de manera despreciable con un niño de la calle que se acercó a ella para pedirle una moneda. No dejaba de hablar por celular, además, y fruncía el ceño repetidamente. Me acerqué un poco más y, al darse la vuelta, pasó a mi lado y me empujó, como si hubiera yo tenido que quitarme de su paso. Eso me ofuscó. La muchacha era de esa clase de mujeres engreídas y prepotentes.

P:¿Guarda usted algún rencor contra ese tipo de mujeres?

J:Me imagino que sí. Hay gestos, actitudes, hábitos, tipos de frases, que me recuerdan su vileza. No es que los hombres no seamos ojetes, pero no me afecta tanto. Las mujeres, en mi opinión, deberían ser menos viles, tener más dulzura,  eso ayudaría a aplacar nuestro lado bestia (de los hombres). Cuando ellas son comprensivas y amables, todo sale bien, el mundo funciona.

P:¿Y se siente usted un “justiciero” del comportamiento? ¿No es también vil y cobarde el atacar mujeres vulnerables, con alevosía y ventaja?

J:Tal vez sí, pues. Aunque a algunas yo no las veo como vulnerables. No me aprovecho de ellas. De hecho, quisiera comprenderlas, pero nunca lo he conseguido. Ellas no ponen de su parte, lo hacen difícil. A veces son como criaturas perversas, incluso sin siquiera advertirlo.

P:¿Pero por qué deberían ellas ser dulces con los hombres? ¿Por qué habrían de ser complacientes o condescendientes para evitar la furia masculina?

J:Es que sólo así es como el mundo puede seguir adelante. No pido que cambien. A pesar de su descaro, me gusta cómo son en general, pero insisto en que deberían ser menos viles.

P:¿Y qué vileza le recuerdan, pues, que parece tanto afectarle? ¿La vileza de alguien cercano a usted? ¿Su madre, tal vez?

J:No. Mi madre me abandonó cuando yo era pequeño. No recuerdo ni su cara ni si era vil. En todo caso, el afectado directo fue mi padre, que perdió el control de su vida y acabó en la cárcel, donde supuestamente dicen que se ahorcó. Yo estuve unos años en casa de unas tías de ojos pequeños y dientes siniestros…

P:¿Y si esa “vileza”, que usted dice que tienen algunas mujeres, ha crecido en ellas por culpa o a causa de los hombres?

J:No sé, da igual. El caso es que nos vamos pasando la vileza unos a otros, pues. Y los niños en medio de tanta pendejada, nomás imitando y tomando bandos.

P:Y a la chica que usted perseguía hoy, ¿pretendía asesinarla?

J:No. Quería intimidarla un poco, eso sí; aunque, cuando comienzo con esa rutina, esa pulsión, nunca sé dónde va a terminar el asunto. Es como si una reacción química tomara el mando. Trato de impedirlo, dejo que el azar me obstruya el impulso de alguna manera, pero a veces resulta inevitable, como si estuviera yo condenado a descargar así mi coraje. Y mire que trato de no salir de casa si no es necesario. Una vez hasta quise quedarme sentado junto a una de las chicas que ataqué, cansado del ciclo de violencia, para que me encerraran de una vez, pero luego pensé en la poca tolerancia que tengo hacia la autoridad. No quería ser golpeado en la cárcel, ni terminar como mi padre.

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A:¿Se declara entonces usted responsable de los asesinatos que le han adjudicado? ¿Se siente usted culpable?

J:Sí. Soy culpable de algunos de ellos. Si acaso llegara con vida a la clínica y sobreviviera, podré informarles los detalles, si usted quiere. Por si sirviera de algo.

P:¿Solamente ha asesinado mujeres?

J:Casi. Alguna vez maté a un anciano, que era un desgraciado; también empujé hacia un camión a un maricón histérico, que se había puesto a insultarme sin ton ni son; o una vez, en Tepito, maté a un muchacho que me había tratado de estafar y luego agredir; casi que eso fue en defensa propia, pero como ya estaba aceitado yo en usar la navaja… Pero fuera de esos, los demás casos sí han sido mujeres.

P:¿Y ha atacado a menores de edad?

J:Algunas pocas mujeres tal vez lo eran. En estos tiempos no se sabe con precisión la edad, pues se desarrollan precozmente las adolescentes. Pero niñas nunca he matado. Tampoco niños. No estoy tan desquiciado para agredir a infantes. Nunca he tenido esa pulsión. Algunos sacerdotes, turistas extranjeros, políticos o millonarios hastiados son los que hacen esas cosas de agredir a los niños. Habrían de morir esos sacerdotes y demás degenerados. Mire que una brigada para matar pederastas también hace falta. En el futuro todos tendremos que matar a alguien, quizás. Razones sobrarán. Tanta desgracia por todos lados.

P:¿Usted no tenía una relación personal con sus víctimas, entonces?

J:Solamente conocía a las primeras mujeres que maté.

A:¿Cuáles eran los nombres de estas primeras víctimas suyas?

J:Nadia Hernández, María Cárdenas, Tamara López y Camila… de ella no recuerdo el apellido, pero trabajaba en una farmacia.

P:¿Usted trabajaba en una farmacia?

J:No. Yo llevaba mercancía a esa farmacia. Mercancía robada.

P:¿Tenía usted una relación con Camila, además de la laboral?

J:Salimos algunas veces. Por un helado, a comer, a bailar, asuntos comunes.

A:Si es que esa Camila corresponde a la muchacha, de dicho nombre, encontrada en un parque ahorcada y violada, ¿la mató usted para violarla?

J:No. La maté por su falta de tacto y coherencia, porque no me hablaba con claridad, me confundía y parecía disfrutarlo. Yo me enfurecí una tarde y la ataqué. Después la violé por impulso, por la exaltación de la furia, pero no fue mi intención original al momento de matarla. No suelo ser un agresor sexual. Aunque no lo crea, preferiría las relaciones sexuales de común acuerdo.

P:¿No es una acto de barbarie matar a alguien porque “no le habla con claridad”?

J:Es que las mujeres son muy difíciles de entender, no piensan como nosotros.

P:Es que ellas no tienen que pensar como nosotros. ¿No consideró que quizás es usted el que no sabe relacionarse sentimentalmente con las mujeres; que dicha carencia de habilidades de comunicación o de empatía para intimar podría ser el detonante de su conducta impusiva, agresiva y homicida?

J:Tal vez, señor. Si quiere psicoanalíceme y saque conclusiones. Sé que soy muy rústico para entablar una relación, pero yo podría haber sido y quería ser bueno con ellas. Muchas veces eran ellas las que se desesperaban de mi conducta y terminaban menospreciándome, haciéndome sentir humillado, confundido, alterado, chantajeado, utilizado… A veces ellas tampoco se comunican con nosotros, están igual de jodidas. Así, cuando estoy calmado, entiendo que aquello no es excusa para agredirlas, pero en el momento en que ellas empiezan a sacar sus trampas y vilezas, algo en mí se detona, como un demonio furioso…

P:¿Cree usted que un demonio lo incita a actuar así?

J:No. Es un decir. Se trata de una furia que me hace querer acabar con esas personas. Es como si quisiera destrozar a la naturaleza misma, no sé. Algunas mujeres a veces representan esa naturaleza que nos atrapa y condena, que nos hace respirar y nos limita. Ellas nos impulsan y nos ponen barreras a la vez.

P:¿Piensa que los hombres están fuera de la naturaleza, entonces?

J:No. Pero sí al menos más alejados. Para bien y para mal nuestro, ya ve.

P:Esa “lejanía” podría ocasionar que se haya perdido la dimensión de las cosas… Dígame, ¿qué haría usted si alguien se enfureciera así y matara a una mujer que usted quisiera: hija, hermana, amiga, esposa, madre?

J:No tengo mujeres cercanas. Tampoco amigos ni parientes. Pero, de tener a alguien, destruiría a quien le hiciera algún daño. Entiendo el problema, pues, aunque sea parte de él. Finalmente estoy de acuerdo con esas brigadas de mujeres y los familiares y amistades que las apoyan. La otra vez estaba pensando, ¿se acuerda del caso de los bebés quemados en la Guardería ABC? No debería quedar vivo ni un responsable o funcionario involucrado. [Hace una pausa] Voy a descansar un poco, que estoy viendo cómo mengua la luz.

A:Ya casi llegamos a la clínica… Le haré una última pregunta: dígame si se considera usted alguien con perturbaciones o trastornos mentales. Cuando habla así como ahora, con esa voz tranquila, no me lo pareciera; pero sabiendo de la crueldad en sus actos hacia esas personas…

J:Cuando enloquezco y ataco, pues sí que tengo pedos mentales, pero créame, no lo disfruto, al menos no de manera evidente. No es como una droga o una obsesión, como se ve en las series policíacas sobre asesinos. No es mi caso. Yo ni planes tengo, no hago mapitas con puntos ni canto ópera cuando corto gargantas. Ni siquiera sé por qué me dicen “El Destripador”, si solamente a una que acuchillé se le salieron las tripas, y eso porque se atascó al correr y enredarse con una obra pública mal acabada. Las rebano porque siempre saco una navaja, que empecé a cargar para protegerme en el barrio. No siento poder a la hora de matar, pero admito que sí soy soberbio al juzgarlas y querer controlar su comportamiento. ¡Esa maldita furia es la que lleva todo al extremo!… [Hace una pausa, su voz es más débil] Por suerte, estos numeritos ya se acaban, ahora por fin descansaré, sin mujeres, sin hombres, sin ancianos, sin escuincles, sin animales que se coman unos a otros, sin nada que me altere. No creo en el más allá. Todo está muy enfermizo de todas maneras. [Empieza a sudar y a delirar] En el futuro tal vez se desarrollarán robots con diversas funciones, programados para que cada quien interactué con seres a modo y así no haya conflictos. Cada uno controlará a su pareja, a su descendencia, a sus empleados; los hombres progamarán a sus mujeres-robot y las mujeres controlarán a sus hombres-robot. Nadie querrá asesinar a un robot… Bueno, acaso por no tener criterio propio nos causen estrés los robots y se quiera uno desquitar con ellos, ¿quién nos entiende?… No me tocará verlo… En la inercia de los hábitos estúpidos, en este país tan emocionalmente subdesarrollado, donde no sabemos expresar los sentimientos, en donde pasamos de sumisos a agresivos y en el que chingares el verbo multiuso… Acaso es que no me supe adaptar a la acepción autorizada para chingar funcionalmente y por eso terminé chingándolo todo… Qué bueno que ya llegó mi hora… Me hubiera gustado ser más feliz, eso hubiera ayudado un poco… En fin, que ya me callo. En el mundo solamente deberían existir las plantas.

[ Esto último lo dijo ya en voz muy baja el llamado Jack el Destripador MX, justo antes de morir ]

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Como colofón sonoro, recordemos la canción “Yo la quería”, del grupo chileno Electrodomésticos, que trata de expresar esa atmósfera de disfuncionalidad, incomunicación, exabrupto y caos, tan presente en la cotidianidad latinoamericana:

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