Manuscritos de la ciudad reptil

MANUSCRITOS DE LA CIUDAD REPTIL | Hauntologías Hipsters

Ese retrofuturismo que siquiera permite sentirse un poco menos alienado por los gadgets…

Ciudad de México, 1 de diciembre (MaremotoM).- Si bien esa subcultura denominada hipster pareciera no comulgar con las etiquetas y categorizaciones con las que pretende identificarla cierta clase de “marketing antropológico”, en su aparente búsqueda de autenticidad sus expresiones terminan rezumando el sino posmoderno característico de las manifestaciones socioculturales del capitalismo tardío.

Algunos autores han visto en el hipsterismo una maniobra de corte individualista, aunque paradójicamente homogeneizadora a la vez, de la expansión de la sociedad de consumo. En la era de la información, podría sospecharse de que algunas de sus prácticas responden a una agenda inoculada por influencers patrocinados.

Otros más, como Rob Horning en su artículo “La muerte del hipster”, han sugerido que esta subcultura contemporánea, si bien aparentemente desenfadada, personifica la fuerza gastada del posmodernismo; el fenómeno hipster, opina Horning, “se apropia de las diferentes formas de capital cultural y las traslada a formas comercializables y políticamente inofensivas”. De todos modos no está de más preguntarse si estas dinámicas se dan de manera involuntaria, debido a la inercia de la época, o son patrones de “aculturación” resultante de ciertas políticas de gentrificación.

El hipster, prototípicamente un joven urbano interconectado digitalmente con el planeta, que puede trabajar de manera nómada y quien no cuenta ya con el arraigo de una cultura tradicional, en su afán de buscar una identidad no condicionada por las tendencias del mercado pero no pudiendo escapar del mosaico o repertorio del mismo, se limita a ensamblar su propio ambiente a partir del reciclaje –con adaptaciones y reconstrucciones incluidas– de imágenes e imaginerías de otros lugares y tiempos, con las cuales busca revitalizar y materializar la presencia de referentes muchas veces ya desaparecidos (o asimismo desarraigados).

Manuscritos de la ciudad reptil
Ese retrofuturismo que siquiera permite sentirse un poco menos alienado por los gadgets…

Lo mainstream como ontología versus lo alternativo como hauntología

El filósofo Jacques Derrida acuñó el concepto de hauntología (del neologismo francés hantologie, traducido al español también como espectrología o fantología) para referirse a las reverberaciones ideológicas o culturales –especialmente del pasado o de culturas distantes– que rondan de manera persistente las manifestaciones del presente y cuya ambigüedad ontológica evoca un tipo de “presencia intangible” (algo contrapuesto a lo ontológico), a manera de relación virtual con lo que ya no es más o con, si acaso, lo que todavía no es.

Pensadores como Mark Fisher han relacionado lo hauntológico con el zeitgeist de la cultura contemporánea, en la cual asedian fantasías anhelantes por los “futuros perdidos” de las utopías de la modernidad que fueron canceladas por la posmodernidad o que se desactivaron o tornaron distópicas en la agenda neoliberal. Y, como en todo montaje, hay ciertas “reconstrucciones” de lo pasado que lo alteran, lo editan; se generan versiones paralelas que, con el tiempo, pueden incluso ser elegidas como “representaciones” de una época para fines discursivos o estéticos.

(Guardando la proporción, aquí cabría enfocar al Renacimiento Italiano como ejemplo de una dinámica de revival –en su caso, de los tiempos de esplendor grecolatino– que motivó la creación de un abundante acervo imaginario de “referentes editados” sobre la antigua época clásica. Un caso parecido ocurrió con el Muralismo Mexicano respecto a la recuperación de las culturas prehispánicas, en parte ya percibidas hauntológicamente pero que daría pie a gran riqueza expresiva y hermenéutica, revitalizando nuevos mestizajes y narrativas para futuras generaciones).

Ese retrofuturismo que siquiera permite sentirse un poco menos alienado por los gadgets

No se trata solamente de, por ejemplo, revalorar al disco de vinilo para “des-digitalizar” la apreciación musical, o de manufacturar grabados con técnicas tradicionales para recuperar el accidente único de las impresiones en serie… No basta dejarse crecer la barba, no depilarse las axilas y usar playeras de leñador o de campesino, ni de construir artefactos de cuerdas y palancas para vincularse de nuevo con una ergonomía más cercana a la naturaleza y enlodarse o aceitarse así con trabajos idealizados como redentores. Para que el sentido anhelado fuera reconstruido del todo, el tejido social tendría que recuperar las dinámicas económicas subyacentes (con el conflicto que ello supone para el sistema económico dominante), evitando así que dichas manifestaciones quedaran tan sólo como escenografías o decoraciones de establecimientos temáticos.

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No obstante, con este tipo de prácticas e imaginerías, la necesidades planteadas en un modelo de consumo de masas pueden, si no ya ser cuestionadas, por lo menos sí ser satisfechas a través de procesos manuales, artesanales, místicos, etcétera, con miras a recuperar, hauntológicamente siquiera, un poco de ese “paraíso perdido” (¿y acaso era efectivamente un paraíso o tan sólo un espejismo más?), a manera de nostálgica protección frente al avance totalizador de las interfases mediáticas y la enajenante y absorbente virtualidad de las mismas.

Esa estrategia deconstructiva de tu maldito querer

Si la deconstrucción deambula en asumir que “la envoltura retórica es todo lo que invariablemente hay” y que cualquier intento de aprehensión nos hace avanzar como en una puerta giratoria en la que la totalidad de una identidad nunca puede transpirarse por completo, las significaciones –y los posibles códigos de reconocimiento– han de considerarse asimismo como ámbitos fluctuantes, efímeras moradas provisorias.

Y si todo fuera alegórico, pues, la referencialidad respecto de una fuente original se trataría necesariamente de un ejercicio de intertextualidad, que devendría en una suerte de “oscuro objeto del deseo”; esto es, que habríamos de conformarnos en convivir con sucedáneos y olvidarnos paulatinamente de los referentes originales (o, al menos, de aquellos cuyo criterio de autenticidad solía permear con cierto grado de arraigo en una cultura –a saber– a la vieja usanza).

La deconstrucción, para estos fines, hace un planteamiento de tipo quiásmico, con el cual la búsqueda (o la lectura) de la significación implica una diferenciación activa de sentidos cruzados; se mueve entre la afirmación y la negación de ámbitos simbólicos, considerando una extensa espiral de yuxtaposiciones y “contaminaciones semánticas” por metáforas y metonimias, evidenciando además la encadenación del cúmulo de connotaciones y capas permeables de sentido.

En la relativamente cómoda –ambigua pero desangustiante– posmodernidad de la escena hipster, lo “subversivo” (en tal caso, lo que pone a prueba un código cultural), al parecer, está presente en cada decisión a tomar, por lo que el margen de los movimientos de negación-afirmación simultánea no dan ya tiempo ni ocasión para establecer un discurso estable que pueda servir de referencia a mediano plazo, mucho menos arraigarse a manera de tradición cultural para una comunidad.

No obstante, lo anterior tampoco implicaría ya un problema, puesto que, a estas alturas de la civilización global distópica o desutopizada, ¿quién puede ya pretender tener o querer asumir una estabilidad? Hemos, eso sí, de aprender a convivir con fantasmas, con “presencias hauntológicas”, así como a disfrutar y aprovechar la interacción con ellas.

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