Manuscritos de la ciudad reptil

MANUSCRITOS DE LA CIUDAD REPTIL | JOKER, HITLER ET AL

When the kids had killed the man I had to break up the band”
David Bowie, “Ziggy Stardust”.

Ciudad de México, 24 de octubre (MaremotoM).- De la reciente película Guasón(título original: Joker) ya se ha hablado demasiado, así que esta columna, a pesar de que sólo toma como excusa al personaje, tratará de ser breve (y los espóilers, indirectos).

Durante la proyección, más de una vez perdí la pista de los diálogos por quedarme pensando en que, aunque sean muy distintos los contextos y factores involucrados, me pareció encontrar ciertos hilos comunes entre la vida de Arthur Fleck (el personaje que, después de una acumulación de traiciones y desencantos, se vuelca en un alter-ego –el cual, tragicómicamente, termina encarnando al “Guasón”, un comediante frustrado que no buscará ya desvivirse para hacer brotar en su público la risa fácil como alivio–) y la vida del, a su modo, también malogrado estadista austro-alemán Adolph Hitler, el cuál desarrolló asimismo un alter-ego (mesiánico el suyo) en el rol de führerdel Tercer Reich.

¿Qué tienen en común las vicisitudes del Joker y las de Hitler? Enlistaré a continuación una salpicada semblanza de instancias en el devenir del dictador alemán y usted, si gusta, lleve a cabo las comparaciones pertinentes (si es que las hubiera) con el personaje ficticio del Guasón.

  • Aunque, de joven, Adolf Hitler consideraba que su futuro estaba en la pintura o en la arquitectura, no logró ser admitido en la Academia de Bellas Artes de Viena y eso lo hizo sufrir una gran decepción e impotencia.
  • Después de la muerte de su madre, con quien vivía en Linz y a quien acompañó en su agonía, Hitler se mudó a Viena y con dificultades pudo sobrevivir en trabajos diversos (tal vez sufriendo abusos por parte de personas mezquinas y usureras); llegó a ser desalojado de su apartamento y tuvo que vivir en un hostal y recurrir a comedores de indigentes (allí estaría en contacto con algunas minorías étnicas, respecto de las cuales tal vez quiso desmarcarse desde entonces).
    • No tuvo más opción que aceptar ser enrolado para la Primera Guerra Mundial. En el ámbito militar, si bien algo enclenque, Hitler fue considerado como un soldado “correcto”; sin embargo, según se informa, era impopular entre sus compañeros debido a una actitud poco crítica (¿fanática?) hacia los superiores. ¿Y sus lazos emotivos con el exterior? Se rumoró también que nunca recibía cartas o presentes de amigos o familiares.
    • Casi al final de la guerra, estuvo temporalmente ciego por haber quedado atrapado en un tanque británico de gas tóxico. Fue tratado por un médico militar y por un psiquiatra, quien diagnosticó que el cabo –rango militar alcanzado por Hitler en ese entonces– era “incompetente para comandar gente” y, además, “peligrosamente psicótico”.
  • Hitler llegó a expresar que, de niño, era azotado a menudo por su padre.
    • Sin dinero ni amigos o familiares cercanos, al terminar la guerra permaneció en el ejército y empezó a involucrarse en tareas “políticas”. Hitler se convirtió en un espía militar, investigó a los diversos grupos socialistas que estaban naciendo en toda Alemania. También participó como oficial educador en el «pensamiento nacional», cursos organizados por el Departamento de Educación y Propaganda. La principal tarea de las pesquisas de Adolf era erradicar “ideas peligrosas” como la democracia o el socialismo. Un objetivo clave era crear chivos expiatorios para justificar la derrota alemana durante la Primera Guerra Mundial; los proyectaron, como se sabe, en el judaísmo internacional, los comunistas y los políticos liberales.
    • La figura de Hitler fue cobrando más y más protagonismo, se involucró de tiempo completo en las actividades del partido para perfilar con nitidez el matiz ideológico necesario para justificar el régimen en ascenso. Hitler fue, pues, empoderado durante un período de crisis económica, social y política. Como líder de su partido y alentado por el rápido crecimiento de su influencia, se asumió como impulsor de la supremacía de la raza aria y empezó a idear obsesivamente la extensión de su poderío (lo que, en términos de megalomanía, casi nunca tiene límites sensatos).
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Sus encrucijadas, tanto de Hitler como del Joker, implicaban el factor de que ambos estaban rodeados y fueron impulsados por personas moralmente más viles que ellos mismos. Bajo la debilidad fruto de las carencias afectivas y la megalomanía asociada, una vez que comenzaron a ser encumbrados como líderes por los cientos de psicópatas comunes que los motivaban desde un impune anonimato… ¡bum!, era consecuente que se desatara una reacción en cadena que comenzara a cargar de nuevo en la Historia el programa o la dinámica que suele culminar en la recurrente carnicería sangrienta del show must go on (oroll on, si se piensa en el carácter cíclico del asunto).

Pero, a todo esto, ¿qué clase de trance somete a los ciudadanos que ven crecer a las bestias (por más arquetípicas o recurrentes que resulten) y no hacen algo al respecto? ¿Es que el destino está sentado de antemano en algún tipo de discurso cristalizado y los humanos sólo pueden adoptar roles, como en las tragedias griegas?  “Lo peor de tener una enfermedad mental es que la gente espera que te comportes como si no la tuvieras”, dijo, a propósito, el personaje Arthur Fleck en Joker. O, lo que es lo mismo y en palabras nietzscheanas: “¿qué dosis de verdad puede soportar el ser humano?”.

¿Qué pasa con los que resultan imbuidos de una pesada carga histórica, muy a su pesar? (Tal vez Hitler / Joker / et al. pertenecieran también a este grupo; esto es, que quizás muchos líderes históricos aparentemente predestinados resultan tan sólo víctimas de las circunstancias, que los orillan a encarnar anomalías necesarias para propiciar alguna ruptura histórica que acelere un ciclo entrópico repetitivo).

El niño Bruce Wayne, por ejemplo, peculiar víctima colateral de todo el desmadre desatado en Ciudad Gótica a partir del boommediático del Guasón, resultó de igual manera “infectado de vuelta” por un virus que había transmitido antes su padre (potentado y representante del sector social acaparador) a otros empleados-súbditos-esbirros, cuyo encadenamiento de hechos había desembocado, oscuridad tras oscuridad, en personalidades como la de Arthur Fleck (y su madre, pues). Pero con tanta desigualdad está claro que no todos pueden, como Batman, contar con vastos recursos para paliar un lado oscuro a través de un alter-ego terapéutico y un traje de psicodrama confeccionado a la medida. Al Guasón, sin ir más lejos, le había tocado un “desahogo” muy distinto y caótico, de estilo lumpen: drogas por prescripción, terapia gubernamental, desfogue ¿imaginario? con madres solteras del edificio, ensoñación televisiva por conductores de live shows, una pistola clandestina recibida en una bolsa de papel estraza…

Para terminar: ¿acaso este tipo de personajes, enajenados por sus roles supuesta o accidentalmente históricos, llegan a pensar en su retiro? Hitler –impulsor de un idílico “carácter alemán” que suponía ser más racional– al menos probablemente habría previsto que, si los dementes del bando contrario llegaban a acorralarle algún día, le quedaba siempre la opción de envenenarse o darse un tiro dentro del búnker, o bien escapar a la Patagonia para empezar nuevos ciclos de “actividad wagneriana”. En una de esas, con algo de suerte y en rumbos distantes de la vieja Europa, el destino le podía ser favorable y le cumpliría el sueño de poder pintar serenas acuarelas o montarse una stand-up comedy(y acaso en un escenario menos peligroso, lejos de cualquier reflector, no importando si al final se tratara solamente de un sueño lúcido dentro de un hospital psiquiátrico).

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