MANUSCRITOS DE LA CIUDAD REPTIL | José Alfredo y el punk (con final en reggaetón)

Ciudad de México, 26 de abril (MaremotoM).- Una tarde de ocio, de esas que corresponden a los filósofos mediterráneos –si bien vivo a 2,250 metros sobre el nivel del mar y no tengo aceitunas negras o dátiles ahora mismo a la mano– llevé a puerto incierto un ejercicio de intertextualidad e interdiscursividad (no hace falta ahondar en estos conceptos pedantes) a partir de la traducción de una canción de José Alfredo Jiménez al idioma inglés.

La idea era visualizar con qué tipo de “canciones” –“textos” y “discursos” implícitos– se relacionaba según el tipo de palabras, frases y estructura, ondas por el estilo. Escogí una composición muy conocida de José Alfredo, rigurosa en cantinas y pedas estándar: “El Rey”, escrita en 1971. Usted la ha escuchado seguramente, cantado con tequila en mano y corbata aflojada.

El resultado en inglés llamó mi atención: resulta que “The King” tiene una letra que recuerda al punk o, por lo menos, se asemeja a un blues de línea dura (tipo “I’m Your Hoochie Coochie Man”).

En este caso, ¿el traductor (mi personalidad, etc.) influyó en el “género” musical resultante, o la letra original –a pesar de pertenecer al género llamado “ranchero”– llevaba en sí la actitud del género extrapolado?

Observe usted mismo (resumo los versos de la canción, primero en el idioma original y más abajo el resultado en inglés):

Yo sé bien que estoy afuera / pero el día que yo me muera

sé que tendrás que llorar (llorar y llorar, llorar y llorar)

Dirás que no me quisiste / pero vas a estar muy triste / y así te vas a quedar

Con dinero y sin dinero / hago siempre lo que quiero / y mi palabra es la ley

No tengo trono ni reina / ni nadie que me comprenda / pero sigo siendo el rey

Una piedra del camino / me enseño que mi destino / era rodar y rodar

Después me dijo un arriero / que no hay que llegar primero / pero hay que saber llegar

Con dinero y sin dinero / hago siempre lo que quiero / y mi palabra es la ley

No tengo trono ni reina / ni nadie que me comprenda / pero sigo siendo el rey

(Ahora la versión anglo):

I know well I’m out / but the day I pass away

You will break down and cry (cry, baby, cry)

Maybe you’ll say you never loved me / but you will be so sad / and that’s how you’re gonna stay

With or without cash / I always do what I want / and my word is the law

I have no throne or queen / nor anyone who gets me / but I’m still the king

A rock on the road / taught me that my fate / was to be a rolling stone

Then a mule skinner told me / that you don’t have to arrive first / you gotta know how to get there

With or without cash / I always do what I want / and my word is the law

I have no throne or queen / nor anyone who gets me / but I’m still the king

Olvidándonos de la música y concentrándonos en la letra (que fue la intención de este ejercicio) surgen las cuestiones: ¿Lo ranchero no ha de corresponder necesariamente con lo country? ¿El observador interpreta un tipo de discurso (género musical en este caso) donde no lo hay? ¿El traductor condiciona la interpretación debido al contexto en el que aprendió el idioma con el que traduce?

O, ya en chismes más locales (que estamos chupando tranquilos): ¿José Alfredo era un espíritu punk con estilo ranchero?

El cantante y compositor nació en Dolores Hidalgo, Guanajuato (donde “la vida no vale nada”, algo así como no future), pero a los once años llegó a la CDMX, por lo que de adolescente ya era un ente urbano que cruzaba callejones y comía de latas. Desempeñó múltiples oficios por falta de recursos. Incluso fue jugador de futbol. No tenía educación musical, no sabía tocar ningún instrumento ni sabía de “tonalidad”. Formó un grupo llamado “Los Rebeldes”. Algunos decían que rechazó los dogmas y cuestionó lo establecido (aunque, para ser sinceros, era machista y derrotista a ratos). Dijeron también que era auténtico, simple (Es mi orgullo haber nacido en el barrio más humide –canción: “El hijo del pueblo”–), que despreciaba las modas (Alejado del bullicio y de la falsa sociedad –también de la canción “El hijo del pueblo”–).

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¿Era acaso algo parecido a vivir en Brixton y ser un working class hero o un artista buscavidas que se pasea por Camden Town en el régimen de (la chingada –en punk británico: bloody–) Margaret Thatcher? No lo sé, aunque se trata de un ejercicio, no hay que llevar el símil demasiado lejos.

La viuda de José Alfredo, por otro lado, confesaría haber padecido un clima de violencia doméstica (Se me acabó la fuerza de mi mano izquierda –canción: “Te solté la rienda”–). El punk, a pesar de violento, agarra parejo contra hombres y mujeres (mientras más rancios y conservadores, más escupitajos se llevan, incluida la reina de Inglaterra –y no por ser mujer–). José Alfredo, en cambio, quedó atrapado en la espiral del amor antes que en otros desencantos. No ejerció acaso su vena punk plenamente, la fuerza centrípeta del terruño lo hizo rebotar entre patriarcado y matriarcado (espejos enfrentados), expresando así exitosamente los requerimientos de la fauna local.

A pesar de ello, “musicó nuestro fracaso”, dijo de él Joaquín Sabina (se cita a éste último por dichas palabras, no porque sea referencia –ni siquiera cercana– a la escena punk).

Y así podríamos seguirnos con el tema, de cantina en cantina… (a propósito, José Alfredo iba a conseguirse una muerte agónica y prematura de esta manera).

¿Eso basta para identificarlo con lo punk? Si bien José Alfredo vivió una encrucijada inusual, tal vez debrayé de más. En México, algunos hombres rudos, especialmente de contextos rancheros (léase últimamente: “narcos”), terminan rastreados y capturados por haber escrito suplicantes mensajes de texto a sus amantes, con letras –y ortografía involuntariamente “punk”, eso sí– que más bien recuerdan, en esto de la música, a los berridos cursis al estilo del grupo Los Temerarios.

En tal caso, como sugirió alguna vez Rosa Pistola (DJ underground y diseñadora colombiana residente en México), en Latinoamérica lo más parecido ahora al punk tal vez sea el reguetón. Los punks nostálgicos quizás vomitaron sobre sus vomitadas tumbas al escuchar eso, pero la morra seguramente se refería a lo estridente, a las “ganas de incomodar”. No lo sé, aunque algo de sentido tiene. En eso de incomodar pos sí, el reguetón claro que incomoda (incluso si lo llegaran a ecualizar bien), si bien no habría que confundir anarquía y subversión con estruendo y ramplonería. En cuanto a las letras, seguramente Rosa Pistola conocerá más variantes que nosotros –no nos cerremos a lo que se está acuñando en los “barrios infames”– pero pienso que, si uno traduce la letra de una canción de reguetón al inglés, terminará pareciendo… ¿Hip-hop del chafa?

En fin, todo indica que el punk está muerto de todos modos. Dentro del sistema, combustiona inmediatamente, no tiene margen de maniobra. Hasta nuevo aviso, puede usted cortarse las venas o entregarse al perreo intenso –aunque ambas opciones terminan haciendo concesiones al sistema–. Como cantaba, pues, José Alfredo: “En el último trago nos vamos”.

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