Manuscritos de la ciudad reptil

MANUSCRITOS DE LA CIUDAD REPTIL | La actuación en la industria porno

Ciudad de México, 27 de septiembre (MaremotoM).- Alguna vez trabajé en diseño y arte para la revista Playboy. Una de mis labores era inspeccionar las diferentes ediciones de la licencia en el mundo (al menos en aquella época había revistas Playboy provenientes de distintas latitudes; cada país donde se publicaba desarrollaba su peculiar visión cultural o “transducción” de la licencia) para encontrar pictoriales–así llamábamos a las secciones con fotos de mujeres desnudas, por las que la revista se caracteriza– que pudiéramos utilizar en la edición mexicana, para complementar las sesiones que eran asimismo producidas aquí por nuestro equipo, las cuáles también compartíamos con el resto de las ediciones (de Rusia, Indonesia, Alemania, Japón, Hungría, Argentina, Brasil, Francia, entre decenas de países más).

Una de las perspectivas en el departamento de arte, al momento de hacer uso de estas imágenes –o al generar nuevas– consistía en proyectar fantasías con las que pudiera comulgar el espectador (a pesar de que había lectores de ambos sexos, los pictoriales estaban dirigidos al segmento masculino, al menos en aquella época). En principio se optaba por la “elegancia” en el tipo de imaginería realizada –al menos, escoger las fotografías más “sublimes” para la publicación–, mas, como contrapunto, también habíamos de implicar un “atisbo soez y lujurioso” que resultaba necesario hasta cierto grado (en el argot del equipo, le llamábamos a dicha perspectivael criterio chaquetero, así, sin eufemismos).

No obstante que no era una revista pornográfica, pues no publicábamos fotografías de relaciones sexuales explícitas, en la Playboy sí que buscábamos realizar imágenes intencionalmente provocadoras. ¿Y provocadoras de qué? La idea es que fueran más allá de la “calentada”, de lo lujurioso, incluso que trascendieran la supuesta o condicionada “inmoralidad” del desnudo; tenían además que provocar de otras maneras, atentar contra algunas estructuras sociales. Al menos en sus orígenes, la Playboy buscaba atraer los reflectores hacia cierta postura progresista (aunque, desde cierta perspectiva, esto era un poco contradictorio al existir la contraparte de las “conejitas” del club al servicio de los pudientes buscadores de “glamour sexy”); pero eso sí: apoyada con el desarrollo de cierta línea periodística, la revista de Hugh Hefner buscaba de algún modo retar al establishment. Al menos eso creíamos algunos del equipo, esa idea nos motivaba y la intentábamos desarrollar, a pesar de la visión conservadora y políticamente correcta de los directivos (quienes lo que tal vez pretendían con la licencia era impregnar un poco de “estilacho mundano” a su casa editora y, obviamente, hacer negocio; lo que no estaba mal, pero algunas veces las concesiones solían ser a costa de los contenidos periodísticos relevantes) y, por otro lado, el sesgo de los del departamento comercial –los que trataban con anunciantes, patrocinadores, alianzas, etcétera–, quienes nos decían que “le bajáramos a nuestro desmadre” (aunque formulado en palabras más “marketineras”).

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Bueno, basta de memorias que, aunque relacionadas en algún aspecto, nos desvían del tema principal. Hablemos directamente de la industria del porno, especialmente la de películas y videos, donde los eufemismos y las elegancias en general no son requeridos, pero sí el hecho de que, por más crudeza que se busque reflejar, no deja de ser una actividad llevada a cabo en un set (al menos en los subgéneros convencionales del porno) y montada bajo códigos de reconocimiento para un público consumidor.

Ahora bien, en relación a los individuos, parejas o grupos que son fotografiados o filmados, ¿qué habilidades actorales requieren los protagonistas de una producción porno para hacer una escena considerada como satisfactoria?

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Para empezar, los actores del porno han de considerar que los gemidos, las muecas, los espasmos y los movimientos han de parecer naturales(lo que sea que esto signifique hoy día), si bien sean muchas veces practicados como coreografías, rutinas gimnásticas o simbólicos rituales de dominación.

Además, antes de la encueradera, si hay un bosquejo de guión éste demanda a veces un diálogo, una tensión dramática, un preámbulo que al menos justifique el título de la película (¡bueno, que aquí estoy hablando todavía de películas, cuando los videos de internet ya más bien parecen hiperbólicos documentales o tutoriales de actividades copulatorias, sin necesidad de créditos y con la mera descripción del tipo de cogida como título y etiquetado!).

El actor porno entra al plató y ha de tener la habilidad de poner en una burbuja sus motivaciones, deseos, preferencias o aversiones personales, ya que el objetivo no es el placer propio, ni siquiera el de la pareja de reparto, sino el del consumidor, el espectador, la persona que estará mirando, usualmente del otro lado de una pantalla o de una interfaz. Si el actor se sale del guión, tal vez no le gritarán “¡corte!”, pero el director o el camarógrafo encargado sí que le señalará ciertas rutinas o ángulos necesarios para que el eventual espectador no se desconecte de la “narrativa” de entretenimiento voyeurista.

Hay veces, también, que en rutinas más imaginativas el actor tiene que hacer malabares incómodos y estar además fingiendo que está ante una “fornicada épica”.  O también puede darse el caso de que, si por alguna preocupación o circunstancia de su vida personal, llegara a estar indispuesto para la acción, ante la mirada del equipo de producción y los requerimientos del time is money, seguramente que estará previsto algún tipo de apoyo farmacéutico o químico, sea legal o no.

Por último, hay que recordar que, por más débil que pueda ser la carne en varias circunstancias (¡ay, la creatividad!), el “de todos conocido” sexo, para que sea percibido como especial o relevante –incluso en meros términos de entretenimiento e insight–, ha de implicar también un tipo de conexión emocional, cierto flow y “mágica” empatía ante la cámara (¿esto también se evaluará en un cast torno?), necesaria para un creíble e incluso prodigioso desenlace, para un clímax sobresaliente, a pesar de que en la pornografía la trama no requiera narrativa rebuscada ni personajes complejos (ni siquiera acaso que los actores hagan uso del método Stanislavski). Habríamos de analizar una entrega de “premios a lo mejor del porno” –si es que hay algo así– para observar las categorías que contempla esta industria e indagar un poco sobre los criterios del jurado.

Final feliz (tal vez)

Prepárese usted, que el porno de la siguiente generación tecnológica (5G, 6G, …) se perfila para fomentar un “crossover”, una orgía de selfies que interactúen entre sí, por parejas o en chat colectivo. Como los videojuegos, vaya; comprando avatares y superpoderes, si gusta usted. Con la tecnología de renderear rostros y cuerpos casi en tiempo real, tal vez nos va a dar la opción también de participar en algo más que como discretos voyeurs. Nos animarán a practicar nuestras mejores rutinas, a compartir y desnudar nuestros sketches, perversos o no… en fin, llegaremos tal vez a ser protagonistas y, sin recibir una paga adecuada por tales servicios, a generar nosotros mismos los contenidos que otros consuman (si no es que ya lo estamos haciendo de algún modo).

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