Manuscritos de la ciudad reptil

MANUSCRITOS DE LA CIUDAD REPTIL | La banalidad del mal

En dicho libro, Arendt acuñó la expresión “banalidad del mal” para referirse a aquella simple inercia con la que algunos individuos actúan dentro de las reglas del sistema al que pertenecen, en donde dan prioridad al cumplimiento de las órdenes (si acaso, sus deslices radican en una obsesión por mantener el orden).

Ciudad de México, 7 de junio (MaremotoM).- Hannah Arendt, filósofa y teórica política alemana de origen judío, fue corresponsal en la cobertura del juicio público del criminal de guerra austroalemán Adolf Eichmann, oficial del régimen nazi considerado uno de los mayores organizadores del genocidio contra el pueblo judío durante la Segunda Guerra Mundial. Como era de esperarse, Eichmann terminó condenado a la horca en 1962. Arendt, tiempo después, escribió Eichmann en Jerusalén; en este libro, además de la descripción de las sesiones del juicio, elaboró un análisis del oficial nazi como individuo, probablemente debido a la disonancia o extrañeza de haber presenciado que Eichmann no presentara los rasgos psicopatológicos de una persona cruelmente retorcida, sino que tan sólo manifestara haber cumplido el rol de un burócrata en ascenso que velaba por cumplir órdenes de superiores, sin asumir la responsabilidad moral por las consecuencias de las mismas.

En dicho libro, Arendt acuñó la expresión “banalidad del mal” para referirse a aquella simple inercia con la que algunos individuos actúan dentro de las reglas del sistema al que pertenecen, en donde dan prioridad al cumplimiento de las órdenes (si acaso, sus deslices radican en una obsesión por mantener el orden).

Esta banalidad e inercia, sin embargo, no eximen la responsabilidad del libre albedrío de seres –supuestamente humanos y no máquinas– como Eichmann, quien, a pesar de que probablemente no hubiera sido diagnosticado como un psicópata desde una perspectiva clínica (dudosa también según de qué sistema de referencia estemos hablando), sí que podía haber sido señalado como imbuido de algún tipo de fanatismo radical. Según el propio Eichmann, era un ávido seguidor de Kant; al parecer, le pareció consecuente extrapolar las “leyes universales” del imperativo categórico a los imperativos de Hitler (“hacer lo que sea bueno para el Führer”) y así desembocar, burocráticamente, en la gestión de la “solución final” (el eufemismo técnico para el trámite del genocidio sistemático de los judíos y muchas otras etnias, grupos y segmentos de población).

El experimento de Milgram

Stanley Milgram, psicólogo de Yale que fue inquietado por la mismas razones que Arendt, preocupado por la posibilidad de que el mal –una conducta como la de Eichmann– pueda surgir por una inercia sistémica, llevó a cabo una serie de experimentos de psicología social (cuyas conclusiones plantea en el libro Obedience to authority. An experimental view), en los que buscó medir la disposición de los individuos para obedecer –o dejarse llevar por– las órdenes de una autoridad a pesar de que pudieran entrar en conflicto con su conciencia y valores personales.

Aquí un video relacionado con ese experimento:

 

La desalentadora conclusión a la que llegó Milgram es que, al menos hasta el nivel de conciencia que cursa la humanidad en estos tiempos, no se necesita una persona mala para servir a una mala causa; la gente común se puede integrar fácilmente en sistemas malévolos.

Sadismo, masoquismo, cosificación

La obediencia puede cristalizar una perspectiva a través de la cual una persona se conciba a sí misma como un instrumento que realiza los deseos de otra persona o ser (real o simbólico), en un mecanismo que la “libera” de la disyuntiva y la carga por la responsabilidad de sus actos.

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A la hora de buscar controlar a un ser –incluso cuando se hace con la “intención de favorecerlo”–, es probable que la capacidad racional simbólica del ser humano fomente la abstracción de ciertos estímulos y reacciones, al grado de promover la interacción con dicho ser como si se tratara de un objeto.

Palestina, Ucrania, Tulsa, Allende, …

El respeto militar a la autoridad, según el orden marcial, exime a los soldados de la complicidad (moral y, al parecer, jurídica). Obviamente, en semejante tipo de sistemas disciplinarios (milicia, policía, delincuencia, clero, clanes), la clave del condicionamiento para inocular la disciplina es –a la par de las probables justificaciones que los persuadan sobre la participación en una “causa superior”– el simple y llano miedo a la reprensión (a través del reforzamiento por castigos sistemáticos cada vez que el subordinado deja de acatar una orden). Esta verticalidad en la toma de decisiones de vida y muerte hace que un eventual acto de barbarie sea difícil de diluir (siendo un acto que, a su vez, reverberará en subsecuentes reacciones igualmente sujetas a criterios verticales de respuesta).

Epicuro y el vértigo ante la posibilidad de males “naturalmente” necesarios

El filósofo griego Epicuro, en su formulación sobre el problema del mal, integró en el silogismo la premisa de la responsabilidad de una deidad o entidad omnipotente, asumiendo de algún modo que esta deidad también tendría que ser esencialmente bondadosa. ¿Y por qué habría de ser así? Por otro lado, tampoco habría de conducirnos al extremo opuesto –en una reducción teológica bipolar– de pensar que, entonces, el mal sería intrínseco a la propia deidad (ya sea como cualidad siniestra o tan sólo como parte de un algoritmo en el plan divino).

Aquí un video sobre la llamada Paradoja de Epicuro:

 

En fin, más allá del más allá, si es que el libre albedrío (que incluye la capacidad de realizar elecciones moralmente significativas) fuera inherente al ser humano, bastaría ello para sentar responsabilidades claras en función de la acción o la inacción. Esto es, el problema del mal no radicaría tanto en por qué una deidad permanecería pasiva e indiferente, sino por qué un individuo lo haría ante el sufrimiento –especialmente un sufrimiento no natural– de sus semejantes.

Tríada a evitar

Asumiendo, pues, esta perspectiva sobre la banalidad del mal, podemos tentativamente llegar a la siguiente conclusión: independientemente de que existiera algo así como un mal natural o intrínseco, aquello que llega a considerarse cotidianamente como malo o perjudicial se construye, la mayoría de las veces, por dinámicas que involucran uno o más de los siguientes aspectos: a) la inercia social, la burocracia; b) el miedo; c) el fanatismo, el pensamiento categórico riguroso.

Ahora bien, ya si la maldad de usted no resultara ser tan banal y presentara motivaciones más “puras” o “sublimes”, al menos trate –más allá de alivios expiatorios– de hacer con su maldad una obra en la que detone y exprese sus cualidades más benéficas. Porque, invariablemente, constancia ha de quedar, ante familiares y ajenos, así como una serie de reacciones y eslabones caleidoscópicos.

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