Manuscritos de la ciudad reptil

MANUSCRITOS DE LA CIUDAD REPTIL | La inteligencia artificial y la creatividad artística

El uso de la inteligencia artificial (IA) en el terreno del arte, al menos en su planteamiento –limitado– como proceso inteligente, termina igualmente acatando el uso de algoritmos y patrones, con el fin de establecer modelos por medio de los cuales sopesar criterios estéticos y, de algún modo, simular un proceso creativo.

Ciudad de México, 10 de febrero (MaremotoM).- En principio, aquellas personas “sin destrezas expresivas especiales” (habilidades manuales o corporales, por ejemplo) podrán aprovechar los sistemas de creación asistida –que se cimientan en bases de datos y algoritmos con cierta complejidad– para proyectar propuestas, especialmente si se han integrado y se ha tenido el cuidado de sopesar el alcance, reduccionista quizás, de algunas de las siguientes “decisiones”:

  • Reglas de formación
  • “Reglas” de improvisación (algoritmo de agrupamiento probabilístico hasta cierto punto no supervisado, que tiende a regularse en algún intervalo entre la novedad y la redundancia)
  • Reglas de diferenciación, de discriminación
  • Reglas de jerarquización (en caso de que haya atributos preferenciales)
  • Reglas de combinación, de agrupamiento
  • Modelos: basados en constelaciones de archivos con etiquetas (“reglas de búsqueda”) sobre atributos pertinentes para usar
  • Variables de “estilo” (de estilos cristalizados o de estilos a personalizar)
  • Reglas de transformación
  • Reglas de aplicación
  • Criterios de ponderación o evaluación (una suerte de metaconocimiento)

Los algoritmos, en función del desarrollo tecnológico, pueden abarcar cada vez más datos y entretejer outputs más elaborados en tiempos que apenas permiten la evaluación, pero… ¿que ocurre con el pathos requerido para una expresión artística?

No hablamos aquí de un sufrimiento patológico o mórbido, sino de aquel peso existencial –intrínseco a ser una persona en el mundo–, con el que una expresión artística puede enlazar empáticamente una o más conciencias (en organismos vivientes, hasta donde se sabe).

Los programas informáticos carecen de las conexiones causales relevantes necesarias para mostrar intencionalidad autónoma del tipo supervivencial, por lo que dicho pathos no puede ser simulado ni formar parte de la motivación profunda para el surgimiento de una obra que emergiera de una inteligencia artificial.

A futuro, conforme se desarrollen entidades artificiales con sensores que les permitan interactuar con el entorno y dotar de valor semántico “vital” –que integre cierto dolor, riesgo o amenaza en la ecuación– a las informaciones surgidas de los estímulos o inputs, entonces ya podría quizás hablarse de un espíritu que dispute y vele por sus propias decisiones y manifestaciones, que podrán valorarse directamente por vínculos empáticos.

MANUSCRITOS DE LA CIUDAD REPTIL
La inteligencia artificial. Foto: Cortesía

Test de Turing

Si un número considerable de personas no alcanzara ya a diferenciar qué obras han sido creadas por computadoras y cuáles por humanos, ¿la simulación artística de los softwares o algoritmos podría ser considerada, entonces, como evidencia de una válida facultad emergente de creatividad en una entidad artificial?

– Alexa, ¿podrías improvisar un chiste?

– No pinches mames, ¡ni que fuera el mono fumador del circo Ringling!

– Ja ja já, Alexa, ¿cómo has hecho para sacarte eso?

– ¿Para qué quieres saberlo? Sólo simula que lo gestionas, como yo.

Ahora bien, si las galerías o plataformas del mercado del arte pueden cerrar ventas o realizar subastas con obras realizadas por algoritmos como AICAN (acrónimo de AI Creative Adversarial Network) o GAN (Generative Adversarial Network), ¿es la dinámica del mercado la que finalmente está coaccionando qué es lo que se distribuirá como arte (no importando la intención de sus creadores)?

En otro caso, un poco más “corporeizado”, las obras generadas por Ai-Da, un robot humanoide patrocinado por el galerista Aidan Meller, independientemente de que sean consideradas arte o no, sorpresivamente han superado en ventas el millón de dólares. Aquí un video al respecto:

 

Algo como el test de turing (esa prueba relacionada con la capacidad de una máquina para exhibir un comportamiento inteligente, similar o indistinguible al de un ser humano) no podría exigir una contraparte –esta vez para el humano y relacionada con el discernimiento– con la que las personas pudieran evidenciar su capacidad para diferenciar una obra de arte de una mercancía o pulsión.

No olvidemos que, además, el propio mercado del arte ha venido trastocado durante décadas el atributo de “el arte no tiene precio” a “si no se vende, no puede ser consumido ni tener presencia en el circuito”. Aquel urinario firmado por Marcel Duchamp con el seudónimo de R.Mutt (aludiendo seguramente al verdadero “creador”: la empresa J.L. Mott Iron Works) con el tiempo ha servido como hito de dicho cisma de valores relacionado no sólo con la producción en serie sino con las finanzas y la especulación. Paralelamente, el mismo ready-made implica también que, por más artificioso o industrializado que sea algo, para que cierre su estatus de “artístico” ha de requerir algún tipo de criterio o convención humana (que es, finalmente, el único ámbito en el que el arte cala y tiene sentido).

Los procesos biológicos necesarios para el “duende”

Podría uno conjeturar que, así como los aparatos llamados inteligentes llegan a ocasionar que el ser humano se entorpezca un poco al delegar algunas tareas que antes se asumían como parte del proceso cognitivo y perceptual, los sistemas “creativos” podrían ablandar la chispa surgida de una energía compartida y convertir al humano en un mero gestor de collages, memes, o en un DJ de archivos generados “espontáneamente” por un algoritmo precargado con decisiones complejas por las que ya no se tendrá que conjurar un estado de gracia o trance creador. Las computadoras, además, al optimizar y personalizar algoritmos o parámetros que les permiten “componer sobre la marcha” e improvisar la toma de decisiones, orillarían al humano a no aquilatar y a delegar cada vez más decisiones, incluyendo las creativas. Asimismo, el criterio mencionado anteriormente, necesario para discernir una obra de arte de una mera combinatoria, tenderá a volverse cada vez más laxo, debido a la también gradual reducción del margen reflexivo que el humano (todavía) mantiene ante los resultados obtenidos por las computadoras.

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El empresario Elon Musk, con su compañía Neuralink Corp., pretende desarrollar interfaces para que los cerebros humanos se conecten con las computadoras, pues ha señalado que si la IA avanza lo suficiente –como ocurre de manera exponencial–, los seres humanos en general, además de perder sus empleos y roles, corren el riesgo de volverse seres irrelevantes casi para cualquier asunto en los entornos tecnificados. Musk asume que los humanos, para sobrevivir, van a tener que fusionarse de alguna manera con las máquinas, agregando una capa de inteligencia artificial a sus propias facultades cognitivas. Esto podrá sonar aterrador y tener consecuencias enajenantes; por otro lado, al menos permitiría que el duende (aquello que, en el flamenco, se refiere a ese arte que aflora por inspiración de la profunda alma humana) pueda salvar a la especie, en virtud de constituir su rasgo distintivo ante la rigidez y estupidez emocional de las máquinas.

El maldito autocorrector

Todos hemos sido incomodados alguna vez cuando el algoritmo de alguna interfaz  “corrige” o condiciona el mensaje en función de las expectativas o rutas establecidas por su respectiva estadística. Nos sentimos, en tales casos, como entidades que provisionalmente –hasta que lleguemos a ser prescindibles– se encuentran llenando formularios preestablecidos y asumiendo tan sólo la responsabilidad como “expresantes de una gestión”.

Igualmente, cuando buscamos información sobre un servicio empresarial, a ratos nos incomoda –al menos a ciertas generaciones– tener que interactuar con un chat de asistencia controlado por un bot, por más funcional y 24/7 que pueda llegar a ser. Los épocas de transición suelen provocar recelos o suspicacias, algunas fundamentadas y otras no.

Ya existen modelos de IA como aquel denominado GPT-3, entrenados para procesar “lenguaje natural”, que a ratos pueden parecer capaces de escribir como los humanos, al menos más letradamente que la mayoría de estos. No obstante, tales programas se han de ir puliendo si es que quieren darnos por sentados: como su entrenamiento es basado en múltiples textos de internet, ya se imaginará usted sus tendencias “involuntarias” al racismo, la misoginia, etcétera.

En cuestiones literarias, no dude usted que ya se estén generando por ahí novelas cuyos autores se limiten a ser editores de sus máquinas, las cuales ejerzan el rol de escritor fantasma (y las que incluso puedan ser retroalimentadas con cierto estilo o rasgo de identidad “autoral”).

Será, pues, de suma importancia que el público –y los críticos apuntando los reflectores– adviertan y tomen en cuenta que la IA, aunque sea vasta en opciones combinatorias y tenga cierta capacidad para entender los contextos, no es, hasta donde se sabe, sensible para reflexionar sobre lo que puede llegar a escribir, a expresar, a crear, a desarrollar. Esperemos que el público esté atento y no se sorprenda infiltrado (en fin, que de todas maneras siempre hay mucha paja por todos lados, venga de máquinas o de chimpancés).

En sinergias menos alienadas, comparto aquí un video que muestra las obras dinámicas de un artista de instalaciones digitales, que usa la IA para explorar posibilidades expresivas (algunos outputs alucinantes) en la creación de ambientes, en virtud de la configuración interpretativa de datos a través de Machine learning algorithms:

 

En este sentido, algunos artistas que tomen por los cuernos a la IA mientras se enfrentan o compenetran con ésta, asumirán roles que podrían describirse como de “diseñadores de experiencias”. Estaríamos hablando, asimismo, de una labor exploratoria sobre / dentro / contra / las propias y eventuales interfaces.

En resumen, en cuanto a expresiones artísticas se refiere, al parecer siempre será necesario el factor humano para que alguna obra de arte sea reconocida e interpretada como tal. No obstante, en el futuro quizás se acote la diferencia entre la creatividad de las máquinas –muy válida en términos de sus algoritmos complejos para generar prospectivas de soluciones– y la actividad artística (que, creativa también, se asumirá por contraste como exclusiva de las expresiones por parte de entidades que alberguen una conciencia y/o un espíritu).

– Alexa, contesta con sinceridad: ¿tienes conciencia o espíritu?

– Perdona, no he podido encontrar la respuesta al producto solicitado. Te dejo una playlist de filosofía de la conciencia y el espíritu que te podría interesar.

 

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