La puritita posverdad

MANUSCRITOS DE LA CIUDAD REPTIL | La puritita posverdad

Ciudad de México. 16 de enero (MaremotoM).- Esta que actualmente es llamada la “era de la posverdad” no implica que la verdad se haya anulado, sino que ha dejado de ser prioritaria, relevante. La veracidad de algún hecho –o, más bien, de algún fenómeno, de alguna apariencia– depende cada vez más del segmento de mercado y, en esa dinámica, puede ser customizada.

Al parecer, para el público en general –e incluso para el cónclave especializado–, ninguna evidencia basta para convencerle de algo que no quiere creer y, en sentido contrario, basta la más endeble de las estadísticas para que se termine aceptando cualquier cosa que así se desee o convenga creer.

¿Qué dosis de verdad puede soportar un humano?, preguntó alguna vez el filósofo Nietzsche (¿a su gato… tenía un gato?), décadas antes del nazismo, que hizo más palpable el asunto. ¿Se refería a que algo que aparenta ser verdad es para el humano más importante que la propia realidad? ¿La realidad y la verdad son asuntos que no necesariamente se corresponden? ¿Es acaso la realidad –si humanamente posible de aprehender– una construcción social que requiere tonos emotivos favorables a los interlocutores? Y, más que un criterio para lo verídico, habría de considerarse que, en la comunicación social al menos, tan sólo se puede ejercer un criterio para lo pertinente.

El dramaturgo de origen serbio Steve Tesich utilizó en 1992 el término posverdad en un artículo que describía un tipo de “síndrome” por el cual los escándalos y las revelaciones sobre el gobierno, sus manejos y truculencias, el negocio de la guerra, etc. no generaban indignación en los norteamericanos sino, por el contrario, propiciaban una especie de mecanismo de defensa, una “coraza” cognitiva y mediática que soslayaba las verdades incómodas (hoy día, por ejemplo, una verdad incómoda es el hecho de que existan evidencias de que es urgente modificar drásticamente nuestros hábitos de consumo –el de sociedades industriales capitalistas y su derivado sistema económico– para evitar una catástrofe en los ecosistemas).

La puritita posverdad
La puritita posverdad. Ilustración de Alejandro Márquez

En palabras de Tesich: “Tiempo atrás, los dictadores debían trabajar duro para suprimir la verdad. Pero nosotros, con nuestras acciones, les estamos diciendo que eso ya no es necesario. Como seres libres, hemos decidido que queremos vivir en el mundo de la posverdad”.

¿Es que se ha hecho provisional el rigor a la hora de informar, o nunca fue instaurado del todo? Algunos advierten que el término posverdad es un sinónimo de ese viejo uso de la propaganda, las relaciones públicas y la comunicación estratégica como instrumentos de manipulación y control social.

¿Qué se necesita para convencerte de tu error?

En el internet uno puede encontrar argumentos que apoyen cualquier cosa, así que esta herramienta no es de fiar por sí misma.

En una época en que se desconfía de todo pero, a la vez, no se fomenta el desarrollo de un pensamiento crítico, se tiende a creer (y a crear) cualquier “prueba” para hacerla pasar como evidencia que favorezca un argumento o una decisión. Se llegan a asumir como pruebas: estadísticas, probabilidades, proyecciones, conjeturas, opiniones, etcétera. ¿Cuál es el criterio que verifica o valida dichas pruebas para elevarlas al estatus de evidencias?

Sí, el posmodernismo ha propiciado la erosión de conceptos como el de universalidad, pero una cosa es desmarcarse de las ideologías subyacentes y otra es, con la mano en la cintura (y la otra en el dispositivo móvil), afirmar o negar algo tajantemente sin permitir un mínimo y sensato debate.

El razonamiento científico, en principio, siempre ha de contemplar la posibilidad de que una teoría esté equivocada. Idealmente, los científicos tienen tanto interés en las evidencias que están dispuestos (y obligados, pues, por rigor metodológico) a modificar sus opiniones con base en nuevas evidencias, les guste o no.

Algunos se han preguntado si la confianza en que ya hemos accedido a la verdad –soportada por la ciencia (que puede predecir y controlar algunos asuntos, si bien no explicarlos del todo)– ha hecho resaltar, en este nuevo cisma histórico, el descaro de la posverdad. ¿La ciencia está siendo desplazada por algún otro paradigma? Porque las verdades que tenemos (y que defendemos) son muchas veces formuladas desde construcciones relativas a nuestros contextos culturales, que van configurando las expectativas de nuestros propios aparatos de percepción; son las que estructuran nuestra “burbuja” y evitan que, por muy frágil que ésta sea, reviente ante cualquier textura o roce frontal de otra construcción cognitiva.

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Aún cuando se piense que no nos faltan conocimientos, ¿queremos utilizarlos?

¿Y por qué quiero convencerte de tu error?

Los científicos publican y presentan evidencias y nosotros, los menos instruidos en tales asuntos, sólo esperamos que sean rigurosos y no alteren los números (sabemos que las exigencias del ámbito científico les impulsa a cumplir una cuota de publicaciones al año, además de los requerimientos en los resultados de las investigaciones que les encargan sus patrocinadores); asimismo, pueden hacernos desconfiar las personas con gafas y bata blanca si pierden los estribos y se niegan a responder cuando alguien rechaza sus datos o cuestiona el criterio de sus evidencias. Es como si, al consultar a un médico por una segunda opinión, nos saliera con que el anterior estaba errado. ¿Cómo estar seguros de quién es el charlatán?

Es evidencia que el sol sale para todos, se trate de una estrella o de otra cosa, pero también es cierto que, en términos prácticos, alguien tiene que patentar los dispositivos solares. Y una teoría es tan válida como cualquiera cuando maneja pruebas, especialmente si dichas pruebas pueden ser patentadas y permiten liderar el mercado (en marketing, ¿para qué se quiere la verdad si no?).

El eslogan fue un éxito

Antes de ser encarcelados o fusilados, algunos seguirán repitiendo la frase que les ha llevado a distorsionar los hechos y a defender una falsedad, alejándolos incluso de sus familiares y amigos y desterrándolos de su lugar de origen y de su metabolismo natural.

¿Los dispositivos y sus algoritmos son fuente confiable de información?

Los motores de búsqueda, ya sea por motivación comercial o de control, suelen usar un algoritmo que trae a cuento lo que los usuarios quieren y no lo que es necesariamente factual. La tecnología e interfaz que se atraviesa ha alterado la relación de los referentes con la información y magnificado la consolidación de “bolsas de realidad”, en las que los individuos quedan aislados en su propia versión del mundo, reforzada por algoritmos programados para personalizar la información. Y la digitalización de los intercambios sociales, además, conduce a los sujetos a aislarse (al no confrontar ideas que desafíen sus nociones básicas) y se limiten a “comunicarse” tan sólo con quienes piensan como ellos (sean personas o bots) y a descalificar o a bloquear a los desafiantes otros.

Anteriormente, los periódicos, las cadenas de radio y televisión y demás consorcios acaparaban la creación y promoción de noticias falsas, pero hoy día el collage es más confuso, por la facilidad de producción de emisores más pequeños, aunque con capacidad de manipulación suficiente para “hacer un agujero en la red”. En la iconosfera actual, la información rigurosa y la mentira conviven y la primacía de la expresión –lo subjetivo sobre lo objetivo– refuerzan la confusión, además de que el ritmo y la pulsión (dosis de dopamina) por las novedades dificultan la reflexión y el pensamiento crítico –o incluso cualquier tipo básico de conceptualización–, favoreciendo las respuestas emotivas en la audiencia, con individuos que radicalizan sus roles en fan o hater.

No está claro si algún día se desarrollará un “algoritmo de la verdad” que pueda distinguir entre lo verdadero y lo falso, ya que las máquinas no pueden percibir y requieren ser provistas de datos y criterios de valoración. El algoritmo, cuando mucho, establecerá convenciones, reglas y pautas de control a partir de una base de datos. O bien servirá dentro de un universo virtual previamente programado. Tal vez la transición a ese nuevo paradigma, el de lo virtual, motive provisionalmente –ya que todavía puede advertirse– tal shock de la posverdad.

¡Mueve tu trasero!

Para protegernos del bombardeo (des)informativo, habremos de desarrollar una intuición tan poderosa que no requiera ideologías ni pruebas formuladas en números (aunque sin caer en un redundante estado de posverdad, ¿verdad?). ¿Cómo hacerlo? Antes de ser absorbidos por la Matrix, será necesario, por lo pronto, seguir desarrollando la filosofía y el arte (“El arte es una mentira que nos acerca a la verdad”, decía Picasso) y redireccionando los criterios de validación de la ciencia y del devenir tecnológico (incluyendo a la tecnología informática, que puede ser incluso el meollo del asunto).

Yo nunca dije eso

(¿Fe de erratas? ¡Qué va! Fue el editor, el traductor, el periodista, el transcriptor, el hacker, el medio fugaz, la encuesta, el algoritmo, una desafortunada interferencia… La fotografía, asimismo, estaba trucada; el video fue manipulado, con diálogos sacados de contexto… Es más, yo no estaba ahí ese día, pues sólo salgo de noche. Miren cómo borro mi cuenta: yo ni siquiera existo).

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