Manuscritos de la ciudad reptil

MANUSCRITOS DE LA CIUDAD REPTIL | La reina de Inglaterra no usa el Internet

Mi identidad en internet es “La Reina de Inglaterra” –ya que he llegado a pensar que, como ella no usa internet, nunca se enterará de lo que puedo hacer en nombre de ella en el mundo digital–, así que ya estoy acostumbrado a dichos etiquetados y me permito sonreír ante las cámaras con cierta impunidad.

Ciudad de México, 9 de septiembre (MaremotoM).- Giramos a la izquierda en la camioneta, pues nos habíamos pasado unas cuadras, pero entonces chocamos con un autobús escolar, ya que los volantes en este país –así como la dinámica de la circulación vial– están del lado opuesto y no alcanzamos a reaccionar a tiempo. Al bajar del vehículo, descubrimos con sorpresa que el autobús contra el que colapsamos estaba vacío. Todos los escolares se habían bajado con rapidez para grabar con sus teléfonos móviles el accidente. Escuché una notificación en mi celular; alguien tal vez nos había etiquetado en una de las fotos subidas a redes sociales, aunque no quise ponerme a ver la pantalla en esos momentos.

Mi identidad en internet es “La Reina de Inglaterra” –ya que he llegado a pensar que, como ella no usa internet, nunca se enterará de lo que puedo hacer en nombre de ella en el mundo digital–, así que ya estoy acostumbrado a dichos etiquetados y me permito sonreír ante las cámaras con cierta impunidad.

Al fungir como “La Reina de Inglaterra”, he recibido solicitudes de amistad de muchísimas personas de colonias y excolonias. Mi inglés zulú no da para contestar con argot y acento británicos, así que nada más pongo me gusta, me asombra, me sonroja, me emputa, me calienta, me empodera.

Casi siempre escojo me empodera.

Es lo que esperan los súbditos de la Reina (esto es, mis súbditos en las redes sociales). Los habitantes del reino están desesperados por interactuar conmigo. En épocas pasadas tal vez cortaban la cabeza a quien mirara de frente al representante de la deidad, pero ahora los tiempos (y los bonos) han cambiado. Hay asuntos curiosos de toda índole, pero lo que nunca he entendido es por qué piden tanto que intervenga Su Majestad en los resultados de los partidos de futbol, en vez de otros asuntos tales como la política internacional o el cambio climático. Otra de las peticiones más curiosas que me han hecho últimamente en las redes sociales es que, en territorio inglés y ante cualquier desplante, le entierre una espada (me aclaran que sólo una espada, no otro tipo de arma) a Donald Trump, pues me acotan que las facultades de la corona me conceden legalidad en dicho acto, pues se permite al monarca en turno reprender a esbirros insensatos de antiguas colonias británicas (¿o será que me quieren ver en la cárcel? ¡Hay que ser precavido en estos asuntos de la popularidad!).

Aquí hago un pequeño paréntesis: admito que nunca antes había visto un fantasma, pero al bajar de la camioneta, instantes después del choque, percibí una silueta que estaba de pie, arriba de la misma. Al girar la cabeza para no ser atropellado, caminé hasta la acera y, cuando volví a mirar, no había nadie encima del vehículo incrustado en el autobús escolar. Cierro el paréntesis, aunque aclaro que el supuesto fantasma no era una entidad borrosa o transparente, parecía más bien un militar acorralado, o al menos alguien con un peculiar uniforme.

En esos momentos, un ligero dolor en el cuello me obligó a sentarme en una banca cercana al lugar del percance. ¿Era necesario un collarín? No recordaba qué tan intenso había sido el jalón del cinturón de seguridad. Desde la banca, aproveché para saludar a la multitud que se había juntado alrededor. Muchos de ellos veían sus teléfonos para comentar la etiqueta sobre mi persona (o personaje, más bien): “¡Mirad todos! ¡Es la Reina de Inglaterra!”.

Al parecer, no les preocupa que en el mundo real yo sea un hombre extranjero, desaliñado y con barba de tres días. No lo han advertido, aunque sus retinas estén de frente registrando mi actitud plebeya, a veces en todo su esplendor. Las redes sociales todo lo filtran. Los dispositivos inteligentes se encargan de recrear el mundo. Podría sacarme un moco y dicho acto no sería registrado por el filtro de mi personaje. A veces, tal impunidad me causa cargo de conciencia; quisiera contribuir al menos un poco en la caracterización de la identidad digital de Su Majestad. Había pensado incluso en comprarme una mascota, de esas que uno puede cargar con sedosos guantes aristocráticos. ¿Un perro, un gato o algo más exótico: un aguará guazú, un basilisco, un halcón, un oso hormiguero, una langosta? ¿La etiquetaría bajo algún nombre? ¿Le tendría que abrir una fan page? ¿Heredaría parte de la fortuna de Inglaterra, estaría también por encima del Brexit y de toda ley occidental? Cuando pensé en que en algún momento la mascota tendría que cagar cotidianamente (y, años más tarde, morir), deseché la idea. Para caracterizarme de abolengo podría también subirme algún día a un caballo –al menos con la habilidad suficiente para no caerme– y encabezar un desfile. Dicho protocolo permitiría ajustar un poco la realidad en caso de que los satélites dejaran de funcionar unos segundos por algún estallido en la superficie solar.

Lo que empezó como un divertimento fue convirtiéndose en una actividad de entrepreneur. Las necesidades y demandas de la población fueron configurando las dinámicas. Tuve incluso que contratar a un community manager, quien me ayuda a gestionar mi presencia y coherencia digital. Por ejemplo: me informa que nada de likes a tés de bolsita, tupperwares, comida chatarra, playeras con letras, fayuca, piratería (solamente piratería tipo corsario de ultramar –que consagra tesoros para la corona a cambio de su bendición y licencia para matar–; de la piratería no avalada nos desmarcamos de inmediato o, según el asesor, el tinglado se viene abajo); tampoco hay que reaccionar a los deportes continentales o a la televisión vulgar. Las revistas de chismes y del corazón, por otro lado, sí están permitidas, desconozco por qué. Quizás la familia real es accionista de éstas.

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Me han llegado a etiquetar en fotos de páginas de algunas de esas revistas. Mi community manager se encarga de inhabilitar dicha acción. Las fotos, al parecer, a veces son de la mismísima Reina; me imagino que las obtuvieron por cámaras tradicionales, en película de negativo, o fueron transmutadas mediante un photoshopazo a partir de impresiones. No obstante, la impunidad se mantiene pues el público se ha vuelto incrédulo ante la mediatez de lo impreso. Nadie cree que la Reina pueda estar sosteniendo una lechuga, sacándose una basurita de los dientes (¡y sin guantes!), cazando animales, riendo a carcajadas, echando una miada en los matorrales o cagando en una letrina de carretera, pagando con un billete, usando una tablet, pintándose los labios, bailando música moderna o mascando chicle bomba.

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Hay que decir también que, a pesar de las imágenes fotográficas, los súbditos no toman como verdad algo en lo que no quieren creer. Foto: Cortesía

Hay que decir también que, a pesar de las imágenes fotográficas, los súbditos no toman como verdad algo en lo que no quieren creer. La tecnología digital les da, además, la coartada perfecta. Si la Reina hace algo que parece correcto, es verdad; si la Reina da un traspié, se percibe como un fotomontaje. Los dispositivos, por lo mismo, corrigen mi imagen y filtran todo lo que hago para que calce con el protocolo adecuado. A todo esto, La Reina verdadera ni se entera. Me pregunto si la Reina ha fisgoneado alguna vez sus imágenes mediáticas, incluso antes de la era digital y las redes sociales (viendo los noticieros, hojeando el periódico). Tal vez le esté yo haciendo un favor al generarle contenido que el medio mismo transmuta a su favor, sin que tenga ella que lidiar con el lado molesto de su rol de magna influencer.

Los paparazzi no autorizados, por ejemplo, son individuos molestos, aunque ya me he acostumbrado a su presencia. Te siguen por todos lados y, aunque en las playas tratan de ser más discretos, es en donde suelen también volverse más osados e imprudentes. Una vez que me estaba ahogando en una isla, un buzo me tomó unas fotos y yo aproveché para aferrarme a sus aletas y salir a la superficie. Ya sobre el oleaje, un helicóptero inmediatamente apareció entre las nubes para rescatarme, cual pelicano, y en su interior me ofrecieron una sillón reclinable, me sirvieron champagne y bocadillos finos, aire embotellado en cerámica, guantes nuevos, pantuflas de piel de bebé y otras comodidades algo extravagantes.

Ahora volveré a mencionar qué pasó con el fantasma que atisbé instantes después del accidente. Estaba de pie sobre el vehículo y después de un parpadeo desapareció. Lo extraño es que, en retrospectiva, dicho individuo estaba de hecho manejando la camioneta donde yo venía. ¿Por qué no lo recordé en primera instancia? Mientras esperaba a la aseguradora, me dí cuenta de que yo no había estado manejando la camioneta, obviamente. El individuo aquel fue quien giró a la izquierda y nos estampamos contra el autobús escolar. No sé si lo había hecho a propósito o si tampoco tenía conciencia de las costumbres viales de esta isla. Supe que era un vehículo escolar por el color amarillo y los gritos de asombro de los muchachos. Luego bajé del coche con los papeles en mano y me había olvidado del conductor (¿él había rentado la camioneta? ¿me estaba dando un aventón?, tampoco lo recordaba).

Haciendo memoria, ¿el fantasma era el conductor o el conductor era el fantasma? ¿Por qué manejaba la camioneta? ¿Por qué estaba yo en aquella camioneta? ¿Y por qué desapareció?

Iba yo tan absorto en la identidad de la Reina de Inglaterra que no tenía noción clara de la cotidianidad de esa tarde. El doctor que me revisó en el lugar del accidente notó que sangraba yo un poco de la cabeza y pidió una ambulancia especial, que llegó con escolta imperial. Tal vez me había dado un golpe y por eso perdí un poco la noción de los hechos inmediatos anteriores.

¿Cómo habían bajado tan rápidamente los escolares del autobús? Asumí que el impulso de compartir en redes sociales dicho percance los había incitado a hacerlo. Por suerte, como mencioné antes, ningún muchacho resultó herido en el accidente, por lo que el suceso contó como obra benéfica para mi largo historial de nobleza, una de tantas muestras públicas de entereza ante la adversidad. Toqué mi cabeza y mis guantes no indicaron que tuviera sangre, ni roja ni azul. Me informaron después en el hospital que, efectivamente, no tenía nada grave, que el doctor que había pedido la ambulancia lo había hecho por mero protocolo de seguridad. También respondieron amablemente a una de mis inquietudes durante el trayecto: me aseguraron que no habían visto al conductor fantasma (ni había sido etiquetado en redes sociales… ¿sería por eso?). En resumen, que no había de qué preocuparse y que podía yo seguir tomando ginebra por las mañanas y vino y champagne por las tardes.

Súbditos y seguidores: sigo aquí con ustedes, he sobrevivido a diez mil guerras mundiales, a todos los premios Nobel– y descartado además las sugerencias de dichas eminencias–, a una glaciación (¿o sería tanto hielo en las bebidas?), a la radio, a la televisión, al cable, al streaming, al mp3, a los hologramas, a los cyborgs… No sé, tal vez pronto la inteligencia artificial tome las riendas de todo esto y yo pueda retirarme (a un búnker o a un soleado atardecer de muerte) sin que nadie se entere y sin que la economía imperial dé un vuelco adverso al statu quo que tanto ha costado cultivar.

 

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