Manuscritos de la ciudad reptil

MANUSCRITOS DE LA CIUDAD REPTIL | La sororidad según las series de mujeres prisioneras

Ciudad de México, 7 de noviembre (MaremotoM).- Al ser hombre y no haber trabajado en alguna prisión como guardia o funcionario y estar lejos de ser abogado penalista, juez o médico, la referencia directa más cercana que tengo sobre el comportamiento de las mujeres reclusas es la vivida durante la escuela secundaria, pues, aunque mixta, uno tenía oportunidad de observar en un contexto represivo (de patio con altavoces, pasillos, salones, enfermerías, oficinas, despachos) a los corros de mujeres, las complicidades o traiciones de éstas, a la par que su comportamiento aislado o grupal respecto de los hombres (en los diferentes roles que podemos asumir: depredadores, presas, amistades, parientes, aliados, antagonistas), así como sus maneras de negociar con profesores, prefectos u otras figuras de autoridad.

En esta entrega, el tema de la columna –no obstante retome algunas de aquellas observaciones de juventud–, será desarrollado tomando además, como base, referencias y situaciones que reflejan dos populares series de streaming sobre ecosistemas de mujeres prisioneras: una del mundo anglosajón (Orange is The New Black) y otra de la cultura hispana (Vis a vis). Si no ha podido usted verlas aún, no se preocupe por los espóilers, que cuando cite como referencia alguna de estas series evitaré revelar puntos específicos y relevantes de su trama.

Para facilitar el análisis, vámonos por partes, como diría Jack el Destripador (disculpen ustedes el símil tan poco pertinente, dado el tema a tratar).

Abusos por parte de los hombres que están fuera de la cárcel
Aunque las presas purgan condenas por delitos de toda índole (robo, extorsión, tráfico ilegal, secuestro, asesinato, etc.), no pocas de ellas han llegado a prisión por desafortunadas decisiones –la mayoría arrebatadas o ingenuas– relacionadas con algún hombre (cual Sor Juana y su carga de “hombres necios”) respecto del cuál se les ha imputado un vínculo de complicidad o una condena por haber recurrido a una solución desesperada contra un abuso. Además, en ambas series (Orange is… y Vis a vis) se suman los abusos de hombres no directamente víctimas o responsables por su condena pero sí con presencia como visitantes impositivos: abogados, familiares, amigos, choferes, asesores, proveedores, etc.

Abusos por parte de los hombres que interactúan con ellas dentro de la cárcel
Los guardias carceleros y demás funcionarios de las prisiones suelen, obviamente, abusar de las reclusas de diversas maneras, mediante agresiones verbales, físicas, sexuales y a través de cualquier interacción o signo que denote una mera jerarquía de poder. Al respecto, en Vis a vis, por ejemplo, sobresale –no sabemos si porque la cultura hispana tiende a filtrar el machismo en mayor grado que la anglo– el personaje del doctor depravado, sádico y manipulador (aunque otras mujeres en cargos de poder, en la misma serie, tampoco “cantaban mal las rancheras”).

Abusos por parte de las mujeres que están fuera de la cárcel
Varias de las presas en ambas series provienen de contextos familiares con madres o figuras femeninas abusadoras, ausentes, indolentes, adictas, desequilibradas e incluso delincuentes y hasta madrotas, impulsoras de malas mañas en sus hijas.

Abusos por parte de las mujeres que están dentro de la cárcel
Para sobrevivir, algunas internas tienen que tomar roles de sumisión o de complicidad. En general, el ambiente pudiera parecer más dulce que en una cárcel de varones, pero la naturaleza humana no escatima vileza en ninguno de los géneros: el ecosistema carcelario femenil muestra toda la gama de relaciones de apoyo o antagonismo que pueden darse entre individuos del mismo género confinados en un entorno en el cual se les priva de varias libertades, concesiones y satisfactores y en donde la competencia por los recursos está a la orden del día. Presenciamos un muestrario de historias de alianza, mutualismo, comensalismo, antagonismo o parasitismo entre las reclusas.

Comportamientos, hábitos femeninos peculiares
• Al parecer, las mujeres se cortan, se hieren o fingen dolor con suma habilidad.
• Si en sus casas pueden orinar con las puertas abiertas, en la prisión el acto de encerrarse en el baño les otorga un respiro de “privacidad” o cierta clandestinidad.
• Son también muy aptas para hacer correr rumores y difamaciones como estrategia para dividir rivales o manipular alianzas entre individuos o facciones.
• Son propensas a reacciones a flor de piel, especialmente cuando las involucradas provienen de latitudes de “sangre caliente” o de barrios bravos.
• Se conmueven, para bien o para mal, cuando se habla de hijos, o se llegan a dulcificar en la presencia de bebés.
• Las labores en la cocina les otorga, a algunas al menos, una actividad en la que pueden aspirar a un sucedáneo de mando o un escenario de libertad de acción. Como distracción y entretenimiento funcionan también las actividades en jardinería, deportes y talleres. Además, llegan a tener clases o terapias grupales, en donde pueden comparar perspectivas o expresar emociones ante la figura de un moderador. También en la serie vemos que hay capillas (católicas, quizás por la hegemonía de dicha creencia en los países de referencia de las series) para desfogar necesidades espirituales.
• Nos podemos imaginar que el ciclo menstrual o la menopausia también influyen en la constelación de reacciones emocionales de las presas.

(Un paréntesis con recuerdos de campo del “reclusorio mixto” escolar)

En la secundaria pude observar diversos grados de sororidad entre mujeres en formación que han de sobrevivir en un entorno estresante.

Algunas observaciones (hace una generación) sobre el apoyo entre ellas:
• Las mujeres solían ir en grupo al baño (en mi época no había tantos tipos de droga en las secundarias, por lo que habría otras razones para dicha conducta gregaria… ¿quizás evitar una violación o un escenario de bullying?).
• Algunas chicas se encargaban de extraer información sobre los muchachos de su interés enviando a una amiga como emisaria. Si la amiga emisaria tenía la mala suerte de haberse interesado también por el mismo muchacho, podía acaso aprovecharse para tomar información de falsa bandera y boicotear a su amiga, aunque lo que solía pasar es que ambas pactaban, sincronizaban sus hormonas y el muchacho resultaba desechado.
• Las muchachas se prestaban todo tipo de artilugios, desde cosméticos hasta visados de tránsito o municiones. Tal vez por eso las mujeres adultas se han acostumbrado a llevar bolsas de mano con varios compartimentos.

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Algunas observaciones (hace una generación) sobre el antagonismo entre ellas:
• Se peleaban agarrándose de las greñas, sacando las uñas, a veces las más rudas podían traer algún broche con alfiler o un compás a la mano (tal vez por si tuvieran que vengar su vida llevándose a la rival consigo).
• Si alguna era etiquetada como “facilona”, muchas veces los varones nos enterábamos –incluso bajo tales términos– a través de otras mujeres (normalmente las del grupo rival, aunque a veces las supuestas amigas llegaban a darse puñaladas en la espalda).
• En los “chismógrafos” –antes de las redes sociales y la electrónica, había una costumbre de hacer rotar entre todos un cuaderno con preguntas genéricas que cada uno contestaba, el cuál podía dar pistas de gustos, debilidades, confesiones, extravagancias– a veces uno podía saber que alguien balconeaba a otra persona (y normalmente, cuando se denunciaba o calumniaba a alguna mujer, la caligrafía responsable llevaba rasgo y “personalidad” femeninos, aunque la delatora se cuidara de usar un bolígrafo de tinta diferente y alterar un poco el estilo de su letra o las palabras utilizadas y su ortografía).

Vamos de vuelta con las reclusas de las series de ficción sobre prisioneras:

Racismo, clasismo, etc.
En Orange is The New Black, las negras y las latinas, sobre todo si son inmigrantes o pobres, llevan las de perder durante todo el ciclo, desde sus barrios hasta su arresto, extendido al trato por las autoridades jurídicas y carcelarias. En Vis a vis, las minorías (gitanas, por ejemplo), las inmigrantes y algunos provincianos o habitantes de barrios marginales son los personajes que abundan. También hay mujeres orientales, pero éstas se organizan en estilizadas y disciplinadas cofradías eficientemente criminales. Al parecer, las prisiones son una réplica, en versión fractal, de las sociedades (funcionales o disfuncionales) de las cuáles “absorben sus presos”; aunado a eso, en el tiempo que pueda quedarles a las reclusas entre negocios y abusos, las autoridades esperan que éstas resuelvan los conflictos que les llevaron allí y que, teóricamente, reconcilien sus diferencias con el orden social establecido (afuera), al que, por cierto, el mismo sistema penitenciario hace difícil la reincorporación de las presas liberadas.

Las hijas de puta
Además de las psicópatas natas y los casos perdidos, también las hay que han aprendido a sangre a no llorar más y que, en esa narrativa de que “golpeas o te golpean”, se acostumbran a cierta inercia relativamente cómoda de pisotear y sacar provecho. Aunque eso también ocurre afuera, en la cárcel el mecanismo de sobrevivencia se intensifica. Como además se vuelve fructífero, la práctica se vuelve una economía carcelaria. Supuestamente la impunidad debería ser menor en un entorno lleno de cámaras, cotos y guardias, pero tal vez esa sea la dinámica propia de la pena a purgar al estar preso: aplicar la fórmula de [falta de libertad + estrés de algún tipo]. Total, que si venimos a este mundo a sufrir –dicen las leyes que engloban a tal sistema– el que golpea primero golpea dos veces o lleva al menos la batuta.

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¿Podría existir algún día un “reino de amazonas”?

La mayoría probablemente está de acuerdo en que LA naturaleza y LA Madre Tierra sean visualizadas, al menos en la cultura hegemónica en crisis, a través de arquetipos de carácter femenino, pero aquí lo que requerimos es vislumbrar un nuevo paradigma para la sociedad y sus manejos. En un contexto de “libertad” y sin una cultura carcelera patriarcal de hábitos violentos, que replica el orden del exterior, ¿las mujeres podrían llegar a desarrollar una sociedad regulada, preventiva, en la que no sean necesarios los castigos o las coerciones? Aunque el ambiente viciado de la cultura hegemónica actual haga difícil vislumbrarlo con claridad, a veces algunas escenas de las sociedades de mujeres en las prisiones nos dan pistas al respecto, si bien nos podrían también estar indicando quizás que lo femenino y lo masculino son aspectos que no están necesariamente relacionados con los órganos sexuales, serían tan solo roles culturales para hacer girar un sistema binario / dualista que funciona para perpetuar un orden; esto es, que es posible que no sirviera de nada invalidar o deshacerse de los falos, barbas y vulgares muestras de poderío si no se deshace antes la dinámica virulenta de instaurar la conciencia de una entidad opresora (o que acomete) sobre la conciencia de una entidad oprimida (o que amortigua) –venga de donde venga cada una de dichas fuerzas actuantes y equilibrantes–, así como de no descifrarse el sentido de la dinámica resultante (porque, de otro modo, la esfera de la misma se vuelve a cerrar).

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