Manuscritos de la ciudad reptil

MANUSCRITOS DE LA CIUDAD REPTIL | La tolerancia a modo y el monopolio del Holocausto

Ciudad de México, 22 de junio (MaremotoM).- A mi hijo le encargaron como tarea escolar visitar el Museo Memoria y Tolerancia (en la Ciudad de México) y, aprovechando unos días de vacaciones, mi esposa y yo lo acompañamos, ya que no conocíamos dicho recinto. El día de la visita, una serie de jóvenes y entusiastas empleados organizaban la fila de acceso a taquilla (muchas familias coincidimos aquel día, no sé si debido al período vacacional, a la comisión escolar tal vez masiva o si siempre está así de concurrido dicho museo). Los muchachos explicaban el tipo de actividades o formatos de visita y los costos; parecía la entrada a un parque temático de diversiones o algo así. Los precios mencionados eran altos, al menos para el promedio de tarifas en los museos de la ciudad.

¿Visita escolar multitudinaria + [ tolerancia ] + [ memoria ] + [ holocausto ] + acceso de cuota (con precios relativamente altos)? Eso ya me estaba oliendo a recinto instaurado para crear conciencia –a cambio de una “donación”– sobre episodios trágicos de la historia. Me recordó varios lugares de memorabilia que hay en Europa, los cuales son establecidos e impulsados por la comunidad judía, la que, como es de todos conocido, a través de los siglos ha resultado “vapuleada” en muchos casos y de cuyo devenir surgen pues las piezas y documentos expuestos en dichos sitios, así como el tipo de narrativa en memoria de las víctimas (casi perpetuas, al parecer). En el Museo Memoria y Tolerancia, la placa donde figura el patronato y el consejo directivo tiene varios apellidos de origen judío, lo que confirma el formato, tanto del tipo de benefactores como de inversionistas involucrados. Sumado a esto, para poder salir del museo ha de atravesarse la tienda de souvenirs, por si quisiera usted colaborar o sacudirse un poco de culpa comprando algún recuerdo que ayude a contrarrestar un poco el impacto del genocidio y de la crueldad.

(Ojo: aclaro que no soy antisemita –de hecho admiro a muchos personajes de la historia judía–, pero hay ciertas pautas que he visto repetirse en diferentes contextos cuando algo se halla alrededor de dicha comunidad. Tal vez realmente quieran muchos de ellos desmarcarse de ese “destino de sufrimiento” que han acarreado como estela, pero es evidente que otros también se han beneficiado al apuntar hacia sí los reflectores para figurar como “las víctimas más acosadas de todos los tiempos”).

En fin, que más allá de la victimización o el protagonismo, la crueldad hacia dicha comunidad y hacia muchas otras se ha ejercido con lujo de detalles en la historia humana y este museo lo hace palpable de manera muy efectiva. Recursos museográficos diversos, multimediáticos, plataformas digitales interactivas, etc., que, con una narrativa bien estructurada, hilan y presentan diferentes genocidios históricos, específicamente del siglo XX a la fecha, de manera elocuente y clara (o, por suerte, así nos tocó el guía en nuestra visita). En tal sentido, el museo funciona muy bien para sensibilizar a los visitantes sobre los prejuicios hacia sectores de la población y el peligro de que sean exponenciados y retorcidos bajo la perspectiva y los excesos de ideologías totalitarias.

El museo cuenta, a su vez, con objetos donados por algunos sobrevivientes de los campos de concentración nazi, o fragmentos y piezas facilitadas por los países en donde se llevaron a cabo algunos de los siniestros sucesos. Los visitantes –al menos aquellos poco pudorosos ante la tragedia– pueden atravesar y tomarse una selfie en el interior de algo que lleva el rimbombante nombre de “la caja de la muerte”, un vagón de tren polaco que fuera usado para transportar prisioneros a los campos de exterminio.

En la sala sobre el llamado “Holocausto” –así, con mayúsculas, donde las víctimas principales son las de origen judío–, recordé que habían sido asimismo exterminados o esterilizados seres humanos pertenecientes a otros grupos o minorías (gitanos, rusos, serbios, polacos, checos, prisioneros de guerra, homosexuales, testigos de Jehová, católicos y protestantes que no se alinearon, además de otros sectores como enfermos mentales y disminuidos psíquicos y físicos).

En lo que se refiere a los gitanos, por ejemplo, ellos también se encontraban –y se encuentran– entre los grupos con amplia historia de persecución, difamación, confinación, exilio y hasta exterminio. Serán más pintorescos y animados que los judíos, pero no menos sujetos a calamidades a través de los siglos, además de la aún vigente estigmatización que padecen. El Porraimos (término usado para referirse al genocidio gitano por parte de los nazis, que significa “devoración” en romaní –la lengua que conjunta los diversos dialectos del pueblo gitano–), también llamado Samuradipen, ha sido poco estudiado y, sobretodo, ha sido eclipsado por la Shoa (término hebreo para referirse al Holocausto©, que es, por antonomasia, la aniquilación judía por el nazismo en Europa). En años recientes, la comunidad gitana ha empezado a demandar ser incluida y reconocida mediáticamente entre las víctimas del régimen nazi (hasta ahora, la respuesta ha sido mixta; es bien sabido cómo se sigue menospreciando a esta etnia en diversos países europeos); aquí unos videos al respecto:

No es común, por ejemplo, encontrar películas que muestren a comunidades gitanas hacinadas en trenes con rumbo a los campos de exterminio.

En virtud de tratar de que la memoria histórica reconozca también dicho “holocausto menor”, por lo menos hay una: Korkoro (“solo” en romaní), de Tony Gatlif, que es una película considerada como el gran homenaje a los nómadas que también fueron víctimas del nazismo. A pesar de que cientos de miles de gitanos fueron asesinados en ese período, muy pocas películas lo han tomado como tema y ninguna se ha popularizado lo suficiente. Aquí el enlace para ver el tráiler:

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Independientemente de lo que aparezca en filmes, en la agenda nazi se aplicó la “solución final” a unos 400 mil gitanos, algunos quizás después de resistirse o haber sorteado los trabajos forzados en el Stalag III-C (el “campo gitano”, especializado en la campaña balcánica), o tras haber sufrido crueles experimentos en los centros para dichas investigaciones.

Se sabe que muchos también fueron liquidados una vez conducidos al campo de concentración nazi de Jasenovac, en Croacia. ¿Por qué motivo? ¿Eran reacios a recibir órdenes? ¿No tenían posesiones con las cuáles “negociar”? ¿O acaso es que vivir a la intemperie o hacinados, hambrientos y descalzos, bajo el sol, la lluvia o la nieve, sin posesiones, casi que era como se pensaba que solían vivir cotidianamente y los custodios a cargo del numerito no soportaban verlos así, tan campantes, como “simples refugiados en espera de tiempos mejores”?

Quizás, al no haber sido despojados de nada porque nada tenían (salvo su dignidad y, acaso, algún instrumento musical), tal vez prefirieron desde el comienzo escapar o combatir a sus captores y éstos, al darse cuenta de tal carácter indómito, los eliminaban sin más en vez de encerrarlos.

A pesar de que uno no alcance o no quiera imaginar a los gitanos, por su sangre festiva y vivaz, reaccionar pasiva o miedosamente ante el encierro y la hostilidad, los nazis y sus aliados con seguridad que también –recordando que “el sueño de la razón produce monstruos”– los habían intimidado, humillado, engañado, maltratado, despojado de toda ilusión, debilitado por hambre y sed hasta el grado de que muchos perdieran fortaleza o motivación.

Se ha escrito también que en Jasenovac no había cámaras de gas y que a ratos los gitanos eran arrojados por millares al río Sava con hormigón sujeto a sus cinturas. O que las muchachas eran violadas en grupo. Recordemos que los encargados de despachar ese lugar eran esos pronazis croatas conocidos como ustacha, particularmente crueles (incluso los nazis, en sus informes de la Gestapo, los describían como “las unidades sádicas de torturas y actos bestiales, que se regocijan especialmente con ancianos, mujeres y niños”). Los ustachas, que comulgaron con los principios de “limpieza racial”, desataron una represión en extremo cruel contra la minoría serbia y, básicamente, contra cualquier ser indefenso o insurrecto que pudieran aniquilar aprovechando las instalaciones, los recursos, el apoyo y el signo de los tiempos.

¿Serán ciertas anécdotas como la de que unos ustachas reunieron a prisioneros europeos, muchos de ellos húngaros versados en tocar instrumentos, los obligaron a dar un concierto y, nada más terminada la música, los acribillaron con todo y sombreros y tal vez sin siquiera aplaudirles por sus melodías finales?

Si los nazis lucraron con los judíos, los ustachas usaron a los serbios, a los gitanos y a los que se acumularan en sus manos como materia prima para ejercer su crueldad. La historia ha privilegiado el hacer memoria y clamar tolerancia básicamente para el primer grupo, pero no hay que dejar en segundo plano la barbarie que sufrieron también las demás etnias y minorías del mundo occidental (porque para los asiáticos, africanos y americanos hay también en el museo ejemplos de episodios genocidas no menos devastadores, si bien el del continente europeo resalte por haberse dado en el seno de una supuesta cultura racional y civilizada).

No obstante, el caso del genocidio judío siempre resulta peculiar, por centrarse aparentemente en una religión –si bien los motivos para sus pesares a lo largo de la historia no terminan de explicarse en términos de un tipo de culto específico–. Los judíos, al menos en esa Europa del siglo XX, constituían un grupo heterogéneo, perteneciente a distintas clases sociales, con variadas profesiones, actividades, filiaciones políticas y creencias (había judíos ortodoxos, observantes, laicos y progresistas). Algunos residían en las grandes ciudades, otros en pequeños pueblos y aldeas… Y, en vista de cómo suele desenvolverse la naturaleza humana, cabe preguntarse: ¿acaso tantos judíos, de tan diversos contextos, hubieran podido habitar Israel armónicamente? (ya no digamos el hecho de que tantos individuos llegaran a territorios recién lotificados y traspasados de habitantes de Palestina, que desde ese momento quedaban en carácter de vecinos y, además, de costumbres y hábitos diferentes).

Si uno de los asuntos de este museo es hacer “un llamado a la no violencia”, ¿en qué momento dicho llamado apuntará al conflicto en Oriente Medio y a la necesidad de tolerancia y concordia respecto de los recelosos vecinos incomodados?

Ya para terminar: sería una buena idea hacer un museo tan completo como el de Memoria y Tolerancia, pero enfocado en un tema aún más indispensable para asuntos de crear conciencia: un museo sobre el ecocidio. Y entonces que inviten a todas las escuelas (les faciliten la cuota de entrada o hagan descuento para grupos). Y que tengan empresarios que se atrevan a patrocinarlo, a pesar de que en el museo mismo se haga patente que sólo con la desaceleración de los índices de la economía el problema de la sobreexplotación de la naturaleza se solucionaría. Y, aún más difiícil: hacer una sala completa para plasmar cómo la guerra y el negocio de las armas, además de gestionar genocidios, terminan exterminando a los ecosistemas y afectan a todos los bandos, incluyendo a los que ni siquiera se enteraron de la batalla. Y, por último, en la tienda de souvenirs podrían vender una estampita o playeras o tazas inspiradas en este meme:

https://www.google.com/search?q=abejita+si+me+extingo+te+vas+conmigo&rlz=1C5CHFA_enMX827MX827&source=lnms&tbm=isch&sa=X&ved=0ahUKEwijo-PUlvbiAhVOOK0KHb0tBXcQ_AUIECgB&biw=1869&bih=1084#imgrc=WbmNI5-Wj0fFSM:

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