Manuscritos de la ciudad reptil

MANUSCRITOS DE LA CIUDAD REPTIL | La tómbola y la algarabía de las traducciones

Por lo demás, si en la tómbola de la vida se alcanza un bagaje suficiente para neutralizar las algarabías cruzadas de los idiomas, en las que a veces se gana y a veces se pierde, podría bastarnos decidir si el mundo lingüístico que nos tocó es suficientemente rico y entonces sumergirnos en nuestras propias cosmogonías.

Ciudad de México, 26 de noviembre (MaremotoM).- En algún momento de la escuela secundaria, o poco antes, me solicitaron la lectura de los clásicos griegos. No recuerdo qué expectativas tuve en ese entonces yo –un simple aficionado a las historietas y si acaso a libros con cuentos de terror y ciencia ficción– antes de empezar la lectura de tales magnas obras de la antigüedad, pero resultó que me atraparon de inmediato. Todos los siglos y kilómetros que me distanciaban de éstas y del Mediterráneo se comprimieron de algún modo para permitirme conectar con sus asuntos y sus cavilaciones.

Con el paso de los años empecé a sospechar que, de haberlos leído en griego (de poder manejar dicho idioma, pues, y además el del período helenístico) tal vez no hubieran surtido el mismo efecto, a pesar de los arquetipos sublimados y las estructuras dramáticas, que seguramente han trascendido en traducciones a diversas lenguas. Lo que creo es que el alcance estilístico del español emanado del Siglo de Oro –al cual se vertieron los libros que leí– y la sazón de una “erudita reescritura” ayudaron a configurar y completar el prodigioso efecto de mi primer contacto lingüístico con la Grecia Clásica.

Otra reverberación curiosa se dio cuando, algunos años después, leí al escritor norteamericano Charles Bukowski en las ediciones españolas de Anagrama; en éstas, a pesar del estilo crudo del autor, sus predicamentos sobre “coños, bragas y perdedores” parecían estar desarrollándose en bares y callejuelas de Barcelona o de Madrid, si bien era consciente que las pasiones, borracheras, peleas, jornales, resacas y visitas al hipódromo se desenvolvían en un paisaje californiano del american way of (underground) life.

¿Por qué esa impresión de “traslape cultural”? Cada traducción de un texto, al parecer, lo embadurna de las conexiones semánticas que lleva consigo la lengua a la que se transporta y, aunado a la riqueza o pobreza del sentido interpretativo del traductor, el contexto de la misma se transforma y puede generar o inspirar algo no previsto ni por el autor ni por la lengua original de la obra (o bien limitarse de manera más o menos fiel a trasladar una trama y su información discursiva).

Manuscritos de la ciudad reptil
La algarabía de los idiomas. Foto: Cortesía

El asunto podría ser más etéreo aún: incluso los hablantes de una lengua –a pesar de mantenerse viva– no tienen asegurado que sus bisnietos puedan entender el sentido de las palabras y apreciar de la misma manera los libros que les hayan llegado a través de la biblioteca familiar. Los escritores que firman con una editorial a posteridad quizás tengan no sólo que permitir adaptaciones de sus obras al cine, a la televisión o a los videojuegos, sino además conceder que, para reimpresiones de las obras, a largo plazo se elaboren trascripciones o “adaptaciones lingüísticas” de las mismas, aún tratándose de la “misma” lengua en la que fueron acuñadas.

¡Jolines, que vienen los ninja!

Alguna vez vi una película de Kurosawa, de esas de Samurais, doblada al castellano con acento de España, y algo de ese supuesto carácter oriental solemne –quizás porque, al no entender el japonés, la vulgaridad que se oculta detrás de la coraza protocolaria de las fórmulas de esa cultura nos pasa desapercibida– se perdió inmediatamente para dar paso a una connotación de “terrateniente medieval prepotente”, salpicada de vicios peninsulares (casi que me imaginé al personaje acorazado despotricando con un puro en la boca)

¿Cómo será, imaginemos, la experiencia de un lector de “Pedro Páramo” que enfrenta por vez primera esta obra pero en su traducción al alemán; las fantasmagorías rulfianas pierden sustancia o ganan gestaltung? ¿Cómo reaccionan los chinos al escuchar a Cantinflas en una película doblada al mandarín? ¿Cómo sería la letra de un Delta blues covereada en dialectos por indígenas del Amazonas? ¿Apreciaríamos igual a Sancho Panza si sus elocuentes barroquerías nos hubieran llegado interpretadas en sueco? ¿Y qué pasaría con la circunspección en las películas de Tarkovsky en caso de que estuvieran dobladas al español de Cuba?

La musa del poeta es celosa, lo mismo que la del traductor

La traducción de un buen poema genera una transtextualidad de un tipo especial, ya que tal tipo de obras suelen esbozar algo que supera los asuntos lingüísticos en mayor grado que en otros géneros literarios. El traductor de poesía, por lo mismo, debe intuir el registro de la incertidumbre y el caos del que surgió la obra original (con mayores auspicios si el traductor coincide en su lengua materna) y entonces buscar la manera de formularla no tan arbitrariamente con las posibilidades de una lengua diferente. Casi imposible, por ejemplo, el traducir poesía africana tribal en idiomas europeos (inténtelo usted sin retacar el libro de notas; casi mejor que solo deje las puras notas y los lectores imaginen por sí mismos la traducción).

Tal vez lo quiso dar a entender Sofía Coppola en su película Lost in Translation (la propia traducción del título de dicho filme al español –“Perdidos en Tokio”– le deslavó el sentido, sugiriendo de que se trata de una película de turistas aventureros o despistados, si bien lo de despistados aplicaría invariablemente, pues el turista, sea aventurero o no, suele pasear en una burbuja que lo lleva a filtrar aquello que le resulta muy ajeno o aberrante o, de plano, ignorar hipnóticamente lo que es tangencial a su cultura). Los gringos, en esa o en otras películas –o en paseo por Tijuana, sin ir más lejos– nos muestran que confían mucho en la arrogancia de su pasaporte y pueden así “perderse” sin necesidad de esforzarse en entender las traducciones (porque además, en una emergencia, siempre pueden ampararse en una franquicia conocida con sólo salirse del callejón incómodo en el que se hubieran arriesgado).

Proteja su marca internacional de los supersticiosos

A diferencia de los refrescos, frituras y pastelitos azucarados, que tienen que tropicalizarse, orientalizarse, musulmanizarse y demás acrobacias con las que buscan inocularse en otras culturas, los medicamentos –quizás porque no desean atraer mucho los reflectores– evitan nombres coloquiales y hacen uso de sintaxis sin trazos lingüísticos, para que los laboratorios no tengan que romperse la cabeza en el caso de que en algún país las combinaciones de letras de sus productos llegaran a coincidir con el nombre local para espíritus malignos, demonios, vulgaridades, asquerosidades o lugares desafortunados.

Te puede interesar:  Las cartas de amor que Octavio Paz escribió a Elena Garro, analizadas por Alberto Perea

¡Oh là là, su madame-robot le susurra en francés!

 El algoritmo que salva o que condena a la humanidad en su conjunto requiere presentar caretas regionales y aventurar frases pintorescas codificadas en los diferentes dispositivos o interfaces. En tales casos la traducción funge solamente como caricia emotiva para animar algo que no es negociable ya, o que es técnicamente restringido a las máquinas parlantes (de allí lo endulcorado de sus frases y entonaciones). Imagino escenarios como el de un androide en el País Vasco que soltara a los cuatro vientos que “Euskaldun maiteak: debekatuta dago erretzea” cuando alguien encendiera un cigarillo (y que tal vez ni el dueño del establecimiento obedeciera); o el de una curvilínea azafata automatizada, anunciando provocativamente en la parte final de la travesía aérea que “Bienvenue à l’aéroport de París-Charles de Gaulle. La température à cette période de l’année est parfaite pour l’amour”.

Bruno Díaz, Archi Gómez, Tribilín, Cristóbal Colón y Tarzán de Zumárraga

Shakira la colombiana ambientó la inauguración de la Copa del Mundo del 2010 en Sudáfrica con el tema “Waka Waka”, seguramente para que los cantos zulúes en lontananza no fueran a asustar a los turistas aficionados al futbol. El tal Waka Waka quizás sería entendido por los pobladores locales como gesto para integrarlos simbólicamente a la fiesta; para el resto del mundo, no obstante, el exotismo requerido para el certamen, organizado en tal continente tan saqueado, pudo limitarse a ser simbolizado por los movimientos de cadera de Shakira. Existiendo tantos músicos de Sudáfrica (o del resto del continente) que podían haber tocado, bailado y cantado –incluso diciendo también Waka Waka  si usted quiere–, ¿qué tipo de problema de traducción estuvo implicado aquí?

Las traducciones de lo popular en muchos casos son –o parecen– más ingenuas o inofensivas que las del “arte culto”. En los cómics de nuestra infancia, por ejemplo, Tarzán (“De los Monos”, “De la Selva” o de plano “El Hombre Mono”) también quería proteger a los salvajes del colonialismo inglés, belga y de los demás carapálidas –“Kriiga bundolo tarmangani”, repetía como chango–, aunque advirtió que las tribus aledañas desconfiaban entre sí para organizar un frente común (¿tal sería la estrategia sembrada por la Corona? Ojalá Tarzán no hubiera sido un espía involuntario o un posible candidato a “embajador de la paz”, apoyado además por alguna ONG).

En los cómics y otros entretenimientos, los malentendidos –fueran culpa o no de la traducción– no eran exclusivos de las provincias a las que hubiera que civilizar. Así, en una tranquila ciudad, podíamos ver cómo Archi Gómez pretendía a la acaudalada Verónica Del Valle, aunque también retozara con Betty Rosas (rubia de la conocida familia Rosas, que había cambiado su apellido después de la guerra; lo de Rosas era para despistar el olor a muerte). Batman, por su parte, habitante de una urbe mayor y más peligrosa, se expandió a Latinoamérica (a pesar de que en la región, se sabe, lo gótico no llegara a florecer) y puso sus empresas a nombre de Bruno Díaz, pues los extranjeros no podían ser dueños de las playas (Cristóbal Colón, en cambio, a pesar de no ser ficticio del todo, hasta un monumento llegó a tener en Barcelona, al final de la Rambla, así como en otros lugares en donde lo tomaban como gentil navegante, símbolo de la modernidad curiosa que tiene licencia poética para descubrir mundos y declararlos suyos).

También, como en las fábulas, los discursos llegaron a salpicar a todas las criaturas forzadas o condenadas al habla: Tribilín era un perro (de probeta, quizás) que caminaba de pie, usaba gorrito, cuello de tortuga y a ratos paseaba a otro perro, Pluto, que iba desnudo, trotaba en cuatro patas y solamente ladraba (si bien también le tradujeron el “Arf! Arf!” por un más tropical “¡Guau! ¡Guau!”).

Conclusiones (después de contemplar un cuadro de Vermeer, que tampoco es el original ya que fue interpretado por una cámara, una computadora y una imprenta)

He escuchado por ahí que algunos aprenderían ruso para leer a Dostoievsky. Pero, ¿y si uno lo hiciera y saliera decepcionado? ¿Y si fuera como cuando uno se empeña en traducir al español una canción extranjera que uno asume como musicalmente perfecta y resultara ser –al menos por culpa del diccionario– una sarta de lugares comunes? Hay otros casos que sí podrían ser enriquecedores, como aprender alemán para leer a los filósofos en su idioma original, no tanto por escuchar su verborrea sin letras “ñ” ni retóricas latinas, sino para tratar de entender las estructuras mentales y categorías con las que dicha lengua permitió generar algunas ideas y concepciones de difícil traducción (y esperando además, en sentido contrario, no contaminarnos con dicha lengua para otros ámbitos).

Por lo demás, si en la tómbola de la vida se alcanza un bagaje suficiente para neutralizar las algarabías cruzadas de los idiomas, en las que a veces se gana y a veces se pierde, podría bastarnos decidir si el mundo lingüístico que nos tocó es suficientemente rico y entonces sumergirnos en nuestras propias cosmogonías, disfrutarlas, expandirlas con lo que nos es fundamental y exclusivo; después, incluso, en una etapa final, olvidarnos también de nuestra propia lengua materna; porque no puedo explicar –obviamente– a qué se debe, pero ni con esa lengua tan “nuestra” alcanzaríamos a entender a los felinos, a los tiburones, a los basiliscos, a las plantas. Es como si quisiéramos traducir a cualquier tipo de palabra lo que percibimos en un dibujo… Para el caso, podríamos mejor movernos, bailar… ¡Música, por favor!

Comments are closed.