Manuscritos de la ciudad reptil | Las “fake news” en el neolítico pleno

Ciudad de México, 15 de marzo (MaremotoM).- Hace unos años llamó mi atención un artículo de la National Geographic, con el título y subtítulo: “Violencia armada a finales del Neolítico: la excavación del foso 157 demuestra que el Neolítico no fue un período tan pacífico e idílico como se creía” (comparto el enlace por si se quiere revisar:  https://www.nationalgeographic.com.es/historia/actualidad/violencia-armada-a-finales-del-neolitico_9981 )

Tal artículo habla del descubrimiento, por parte de un equipo de arqueólogos, de una serie de fosos circulares cerca de Estrasburgo (Francia) en 2012; algunos de los fosos excavados contenían osamentas humanas, pero había uno particularmente curioso, pues los huesos humanos allí desperdigados indicaban que habían sido amputados violentamente, de manera anómala para los “rituales” de la época. Los investigadores admitieron que tal foso 157 “ofrece una clara evidencia de lo que probablemente fue un acto de violencia entre grupos armados, es decir, un acto de ‘guerra’, aunque la verdadera naturaleza de estas prácticas resulta difícil de comprender”.

Como mexicano, como latinoamericano, el asunto me evocó inmediatamente asuntos de sicarios, ajustes de cuentas, torturas, narcosatanismo, brujería, xenofobia, etc. Después, pensé en el contraste con las ilustraciones de escenas pastoriles que suelen presentarse en las monografías sobre la época en que el humano empezaba a organizarse en poblados; con tanto espacio que habría en ese entonces, con tan poca población y desarrollada ya la agricultura –salvo que el clima u otras instancias determinaran lo contrario–, dicho “acto de violencia entre grupos armados” resultaba demasiado pomposo.

¿Quiénes serían las personas ultrajadas de tal manera? ¿Eran paganos, herejes, disidentes, inmigrantes, prisioneros, especies humanas relativamente diferentes?

¿Eran manifestantes, críticos de –por decir algo– la inclusión de cereales y otros productos en la dieta humana, que objetaban que éstos producían enfermedades crónicas y degenerativas, cánceres, mutaciones, maldiciones?

¿Se trataba de un ajuste de cuentas entre clanes, como sugieren los arquéologos?

¿Era violencia intrafamiliar, intragrupal, una tumba con los restos de herederos, rivales?

¿Y qué cadena de malinformaciones condujo a tal desenlace funesto?

Dicen las malas lenguas que el cambio climático de la época posglaciar hizo huir a los rebaños de renos hacia el norte –hablando de la geografía europea–, provocando dificultades en la caza. El planeta se fue templando y los humanos tuvieron que cambiar su alimentación y costumbres. Ciertas sociedades, sometidas a tensiones particulares, experimentaron con el dominio de la reproducción de especies vegetales y animales. Con las piedras pulidas –tecnología de vanguardia en el Neolítico (de allí su etimología de “piedra nueva”, a diferencia de las toscas piedras talladas del pasado Paleolítico)– se construyeron, por ejemplo, sistemas de riegos para cultivos.

Los ecosistemas empezaron a domesticarse, a privatizarse, la naturaleza fue transformándose en paisaje humanizado de tipo agrícola y ganadero.

La acumulación de alimentos motivó a su vez actividades de intercambio, permitió la especialización y la división del trabajo (pues ya no se requerían tantos cazadores o recolectores). Los grupos humanos se establecieron de forma permanente en lugares cercanos a ríos, lagos, oasis, para no tener que desplazarse con los bienes acumulados, ya fueran generados o intercambiados. El comercio entre diferentes grupos desarrolló un proceso de culturización, de estratificación social. Las riquezas fueron conservándose en ciertos sectores, que ejercieron la posibilidad de control y dominio sobre otros grupos con menos privilegios (por ejemplo, inmigrantes de otras regiones).

Las “semillas” de la desigualdad, al parecer, se sembraron en el Neolítico, pues alguien tenía que regentar los bienes “hereditarios” (tierra y ganado al principio) que no se alcanzaban a consumir y que por alguna razón no se dispusieron repartir entre la comunidad.

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Tal vez con dicha “urbanización” se comenzó a trastornar el sentimiento tribal, como resultado de una estratificación o segregación sin razones “naturales” o rituales; las personas experimentarían cierta enajenación, alienación, al hallarse progresivamente aisladas unas de otras. La frustración de la vida segura –pero en cautiverio–, la pérdida del tejido social y la creciente falta de confianza en el prójimo pudieron detonar o exacerbar en los humanos (como ocurriría con los  primates en general) los sentimientos de odio y deseo de venganza ante cualquier desavenencia.

La masacre del foso 157  –cuyos restos no terminaron en una barranca– había surgido muy probablemente de un conflicto no resuelto, o “resuelto” de manera muy vil. Una crueldad que había que ocultar; una acción seguramente instigada por algo ideológico…

Quizás los humanos de aquel foso 157 –entre ellos algunos menores de edad– fueron torturados debido a que los poderes fácticos hicieron circular rumores en contra de ellos (por ejemplo, señalamientos de que ejecutaban prácticas repugnantes: incesto, canibalismo, etc., a partir de adoraciones de símbolos no autorizados, rituales extravagantes y contrarios a los del grupo dominante, etc.)

Durante el Neolítico fue culminando progresivamente la Prehistoria, especialmente al iniciarse el registro de la actividad humana. La necesidad de administrar la información para el control de la producción de alimentos y del comercio fraguó formas burocráticas de anotación, contabilidad, escritura. Cada vez mayores, fueron edificándose palacios, templos, edificios administrativos, perfilando la concepción de la URBE (y por contraparte: la otredad de la periferia y de lo forastero).

Si, como dijo Umberto Eco, “los signos son todo aquello que puede usarse para mentir”, el proceso de culturización en el Neolítico se desarrolló con plenitud el sistema de signos por excelencia: el lenguaje, el cuál, reflejo de sus tiempos, iba de la mano con el distanciamiento de la naturaleza.

El arte suele darnos pistas de la cosmovisión de una sociedad. El “estilo neolítico” impulsó una intención geométrica y estilizada: grafos, signos ideográficos, esquemáticos y convencionales que indican –más que reproducir o imitar– objetos; símbolos en vez de imágenes realistas fieles a la naturaleza (aunque quizás se hubieran dado ya las primeras expresiones nostálgicas, los primeros “romanticismos” vintage de escenas de caza o de “barbarie”, añoranzas de un pasado menos domesticado).

En materia “mediática”, el Neolítico albergó el debut de la estrategia de difundir noticias falsas (hoy llamadas fake news), las cuales desde siempre llevan la intención deliberada de engañar, inducir a error, manipular decisiones personales, desprestigiar o enaltecer a una institución, entidad o persona u obtener ganancias económicas o cotos de poder. Con sustento en lo lingüístico y lo retórico, se propagan informaciones que no pueden ser comprobadas por hechos, especialmente cuando la sociedad alcanza cierta codificación y se aleja de los referentes naturales y perceptuales (cuando se presentan interfaces, por decirlo de otro modo). Y, como es conocido, si estas fake news se repiten lo suficiente, pueden llegar ser validadas como verdades por la mayoría (o al menos figurar como “verdad histórica”).

El descubrimiento del incidente del foso 157 me hizo divagar sobre el posible período en el que la humanidad fue progresivamente, para bien y para mal, suplantando las fuentes genuinas de sentido por un cúmulo de sucedáneos culturales.

Intuyo, pues, que en el Neolítico surgieron las primigenias manifestaciones de contenido impostor para legitimar al Homo sapiens sobre, por lo menos, el resto de los homínidos. De allí partirían las demás segregaciones…

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