MANUSCRITOS DE LA CIUDAD REPTIL: Las masas y sus fenómenos

Hay quienes incluso conjeturan que las bacterias –seres que llevan muchísimo tiempo en el planeta– son las que, a fin de cuentas, incitan el rumbo de un ecosistema viviente y los roles para los sujetos considerados como individuos.

Ciudad de México, 8 de abril (MaremotoM).- Los fenómenos de masas, a pesar de que implican acciones colectivas, por su carácter multitudinario e impersonal trascienden los flujos de interacción cotidiana de las comunidades, ya que éstos suelen basarse en redes de vínculos interpersonales que promueven acciones en beneficio común para su respectivo entorno social; en las masas, en cambio, los propósitos, aunque manifiestos, difícilmente son llevados a cabo con objetivos claros ni tamizados con criterios de evaluación.

Como observó William Kornhauser (sociólogo estadounidense especializado en políticas de masas), la gente que está disponible para el “comportamiento de masa” suele carecer de vínculos cercanos funcionales. En sus palabras: “Los que no poseen relaciones variadas con sus semejantes son proclives a buscar otras nuevas, y a menudo remotas, fuentes de adhesión y fidelidad”. Según esta perspectiva, cuando la convivencia interpersonal no es satisfactoria o se halla alienada de alguna manera, los individuos transfieren sus necesidades sociales –las que deberían expresarse en interacciones locales conforme vínculos comunitarios– hacia el pastiche inmersivo de un “gran ente social”.

Gustave Le Bon, en su libro Psicología de las masas, expresa que en una colectividad “se borran las actitudes intelectuales de los hombres y, en consecuencia, su individualidad. Lo heterogéneo queda anegado por lo homogéneo y predominan las cualidades inconscientes”. Pone el énfasis en la sugestibilidad y en una credibilidad excesiva y contagiosa, caldo en el que se genera un tipo de unidad mental (supraespíritu o “alma colectiva”) sin sentido crítico individual o acaso supervivencial, que rezuma sentimientos irresistibles, exagerados y básicos, plenos de irritabilidad e impulsividad, los cuales suelen acarrear más temprano que tarde tendencias autoritarias e intolerantes.

En tal estado de embriaguez colectiva difícilmente se usa la capacidad de racionalización, los individuos no distinguen la apariencia de lo real (algunas sugestiones conforman “alucinaciones colectivas”). Dicha alma colectiva hace que los individuos sientan y actúen de un modo muy diferente a como lo harían en su vida personal y muchas veces suelen emerger pulsiones que estaban latentes.

Freud pensaba que las masas funcionan en un nivel de conciencia entre el sueño y la hipnosis, pues se desenvuelven sobrecargadas de emociones y pulsiones inconscientes; las calificó como “locas y primitivas, una suerte de regresión intelectual y afectiva de la civilización misma”. En una masa las personas no se preocupan tanto por reprimir sus tendencias inconscientes y, al desaparecer el nivel de conciencia relacionado con la responsabilidad, se tornan crédulas e influenciables por estímulos discretos que se presenten “a tono con el anhelado estallido”.

Los linchamientos

Cuando hay una masa congregada con carácter activo y violento, suele hablarse de una turba. La carga emotiva que supone la causa de la acumulación de personas bloquea las actitudes reflexivas; la turba es propensa a la exaltación de ánimo y, por lo mismo, a desatar acciones impulsivas, temerarias, por absurdas o crueles que éstas sean. El frenesí de la multitud le imbuye sensaciones de poderío e impunidad y los posibles cotidianos sentimientos de impotencia de los individuos son dragados en la turba para permitir dar flujo a una oleada que embista el problema sin dar cabida a que una autoridad vuelva a solapar o a dilatar la injusticia detonante de tal frustración colectiva.

No es grato contemplar un video de un linchamiento o de una turba asesina, pero en este que comparto podemos ver, sin violencia física, a una multitud enaltecida:

Los rumores

“La cantidad de rumor varía según la importancia del asunto multiplicada por la ambigüedad del tema”, expresa la llamada Ley de Allport, lo que matemáticamente supone que, si algo no conlleva importancia y/o ambigüedad, no se presenta el fenómeno del rumor. El rumor reverbera solamente cuando lleva una intención latente o gancho; por lo mismo, la “información” que contiene usualmente está formulada con base en prejuicios, tendencias, intrigas, por más que al transmitirlo se procure agregar la acotación de: “bueno, eso es lo que andan diciendo”.

Pare este efecto, los llamados líderes de opinión, por la relativa credibilidad que tienen en general, o bien por la línea discursiva que manejan y con la que cada persona se identifica o no, son piezas clave en el momento de la propagación de una breaking news, pues en los primeros instantes de una noticia explosiva todas las informaciones pueden ser o parecer rumores y el público requiere imbuir de sentido o contexto a los datos o informaciones difusas que empiezan a aflorar.

Si, entre la cacofonía de diferentes bandos, no se puede comprobar la veracidad de la pretendida carga informativa que lleva, un rumor solamente funciona, en un contexto de difusión masiva (interesante término, ya que, efectívamente, nunca hay comunicación masiva), para la generación de un clima, ya sea adverso o favorable, lo que en el fondo evidencia que se desempeña como un discurso de propaganda.

Aquí un interesante cortometraje relacionado con el rumor, por si tiene usted tiempo de echarle un vistazo:

¿En qué momento comienza un “tren del mame”?

En la jerga de las redes sociales, el llamado tren del mame alude a esa ola de comentarios –a favor o en contra– así como las alusiones de diversa índole asociadas con un hecho o un personaje que, en dicha dinámica, se vuelve viral, y cuyas palabras o frases se califican también, en los entornos digitales, como trending topic o tendencia.

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Aunque lo de “mame” viene seguramente de joder, mamar, cabulear, esto es, entrarle al desmadre, el término también se relaciona con la palabra meme, ese formato tan conocido en las redes sociales a través del cual, en una dinámica cultural, se sintetiza colectivamente una opinión o tendencia (normalmente usando una imagen con cierta carga semántica –directa o estandarizada por “cristalizaciones” anteriores de la propia constelación de memes–, acompañada de variantes de frases relacionadas con el asunto en boga, especialmente haciendo uso de ciertas palabras clave).

A pesar de que hay campañas dirigidas a establecer tendencias o a manipular la opinión pública, se entiende que el flujo del tren del mame depende del tráfico permitido (sobre todo en sociedades totalitarias) así como del interés de la sociedad misma por subirse en dicho tren. Pero, de allí a saber qué tan masiva será la reacción así como las repercusiones que algo tendrá más allá de cierto “intervalo de novedad dopamínico”… tales asuntos pertenecen al ámbito impulsivo de los fenómenos de masas.

Así, cuando algún asunto supone una reacción tal que múltiples usuarios (y también bots, de allí su parcial artificialidad) canalicen su tiempo, desde la comodidad del ciberespacio, para echarle montón, se explica que lleguemos a escuchar frases (exageradas quizás) como: “su vestido rompió el internet”, “trucos para que las redes sociales no acaben contigo”, “vendedora de doraditas se vuelve viral”, “tunden en redes a Lady OTAN”, y tantas más.

Síndromes FOMO

Existen tipos de ansiedades, usualmente forjadas en el seno de las sociedades de la información tecnificada, que se caracterizan por una pulsión a estar continuamente conectado con lo que otros están haciendo, proponiendo sugiriendo, ofertando. En inglés se ha nombrado esta conducta con el acrónimo FOMO (Fear of missing out, “temor a perderse algo”), asociado a la eventualidad de ausentarse de experiencias gratificantes y el subsecuente miedo al arrepentimiento.

Esa preocupación compulsiva, supuestamente relacionada con una dinámica de interacción social, podría vincularse latentemente con otras pulsiones, tales como el ansia por lo novedoso, lo rentable (quizás por ese frenético metabolismo financiero inducido en los sujetos por el capitalismo naufragante), o incluso la ya muy común, simple y llana pulsión por la dosis de dopamina.

Los adolescentes, en su búsqueda de identidad, autoafirmación y, simultáneamente, ante la frágil fobia a sentirse excluidos, son las personas más propensas a entrar en los bucles patológicos del FOMO, con la obsesión que supone una tiranía del ya; aunque, como es sabido, los comportamientos que antes se circunscribían a la adolescencia se han extendido a edades cada vez más avanzadas, en un tipo de sociedad “lúdica” que, si bien entretiene, también procrastina y aletarga la madurez emocional.

Aquí un video con un ejemplo de los llamados flashmobs, esas acciones organizadas en las que un grupo de personas se coordina, especialmente a través de dispositivos móviles, para llevar a cabo una acción en un lugar público y, acto seguido, dispersarse rápidamente:

 

El marketing de la era digital ha aprovechado esta necesidad de involucramiento de los usuarios para no solamente conectarlos con marcas o campañas, sino para hacerlos participar voluntariamente y generar con ello una reverberación gratuita y, en algún punto, espontánea (o, al menos, todavía no percibida negativamente como otra artimaña retórica más).

¿La masa sigue a un líder o solamente lo aprovecha como detonador?

Entre más caos y desorganización bulla en una época de crisis social, más “necesaria” resulta la figura de un líder que señale un rumbo o morada provisoria. Las sociedades necesitan creencias, una red de opiniones, costumbres y tradiciones para tratar de organizarse y no regresar a una presunta instancia anterior de anarquía o barbarie.

Lo curioso es que, en episodios en donde se ponen en duda o se confrontan abiertamente ciertas creencias, las personas, aún “exitosamente canalizadas”, suelen comportarse –al menos mientras dura el trance– como si el nivel de conciencia se basara en una fuerza más que en un argumento o idea.

Hay quienes incluso conjeturan que las bacterias –seres que llevan muchísimo tiempo en el planeta– son las que, a fin de cuentas, incitan el rumbo de un ecosistema viviente y los roles para los sujetos considerados como individuos.

En fin, seguramente desearíamos coincidir con Gustave Le Bon en asumir que, intelectualmente, la masa es “inferior” a los individuos aislados. Pero, desde el punto de vista de los sentimientos y de los actos que éstos provocan, un fenómeno de masas puede llegar a ser proporcionalmente más glorioso o nefasto, según las circunstancias (todo depende del modo como sea sugestionada o autosugestionada dicha masa). En todo caso, hemos de advertir que probablemente todo aquello que llega a ser socialmente trascendente lleva detrás, por fuerza, el detonante –podría decirse que catártico– de una masa que ha decidido darle el impulso decisivo.

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