MANUSCRITOS DE LA CIUDAD REPTIL

MANUSCRITOS DE LA CIUDAD REPTIL | Las tribus aisladas que ignoran o se protegen de la civilización invasiva de nosotros los alienígenas

Ciudad de México, 5 de diciembre (MaremotoM).- El mundo, por ilusión tecnológica, nos podrá parecer pequeño, globalizado y sometido ya a cierto orden o discurso, pero todavía hay tribus como la Awá (amazonia oriental), la Suri (Etiopía), la Yaifo, la Korowai y la Asaro (entre otras de Papúa, Nueva Guinea, isla tan peculiar en estos asuntos), la Jarawa (India), la Mashco Piro (amazonia peruana), la Tsaatan (Mongolia), la Turkana (Kenia), la Mucawana (Angola), la Yali (Indonesia), la Wapishana (Brasil), los Chukchi (península de Chukotka), los Hamar (Gran Valle del Rift de África), el pueblo Tofa (Siberia), el pueblo Mundari (Sudán del Sur) o los Sentinelenses (isla Sentinel del Norte, cerca del Golfo de Bengala); varias de estas tribus son escasamente conocidas pues prefieren aislarse y no tener contacto –siquiera pacífico– con forasteros alienígenas criados bajo el “progreso” de una civilización supuestamente más desarrollada. Son poblaciones humanas que habitan universos perceptuales muy diferentes al nuestro (que, si ponemos atención, fuera de las redes mediáticas tal vez tampoco es que tengamos un mundo muy definido y compartido por todos nuestros paisanos). Estas tribus, además, ya sea que tengan costumbres “siniestras” o puedan ser calificados por los antropólogos ortodoxos como “buenos salvajes”, varían ampliamente en hábitos, valores y en cosmogonías asociadas a los mismos.

A continuación hablaré sobre algunas categorías en las que dichos mundos perceptuales difieren de los de sociedades como las nuestras, intentando imaginar el tipo de concepciones irreconciliables y cómo es que las tribus defienden el estado aparentemente “salvaje e incivilizado” en el que se desenvuelven.

Espacio

Territorialidad sí que siempre hay. Nosotros (forasteros, demonios o alienígenas) habitamos fuera de cierta frontera, hito, borde o ángulo, en algún ámbito por encima de las hormigas y por debajo de los murciélagos. En categorías de orientación –arriba, abajo, delante, atrás, izquierda, derecha, aquí, allá, dentro, fuera, etcétera–, si nosotros mismos requerimos tantas alertas y señalizaciones, qué confuso o inútil debe ser para otros grupos –quizás orientados de mejor manera– el aprender a codificar el sentido de nuestros condicionamientos, ansiedades y laberintos.

Tiempo

Muchas tribus no usan relojes ni chicharras. Observan el sol, las estrellas y la luna y todo se fermenta según su ritmo y dinámica natural propia, siempre entrelazada con el ecosistema. No hay programas: los eventos empiezan cuando tienen de empezar, como la lluvia o el parto. En otro asunto delicado: ellos no saben que, a nuestros ojos, habitan en la prehistoria (y nosotros, en la posmodernidad); ellos, al menos, se ahorrarán la Edad Media (aunque corren el riesgo de pasar directamente al oscurantismo neoliberal).

La imagen

No tienen cámaras, no hacen selfies(se conocen bien a sí mismos, supongo). Quizás dibujan o trazan sobre la arena signos para representar algo antes de ponerle nombre o fecha de caducidad. En cuanto a “semejanza “óptica”, saben que pueden reflejarse en los manantiales, pero en materia de símbolos tal vez recurran a soñarse colectivamente, antepasados y animales incluidos. Tal vez se disfrazan para engañar o ahuyentar a los espíritus con los que no comulguen, o como estrategia narrativa de la cosmogonía tribal. Algunos podrían, por decir algo, abrazar a un árbol y conectarse a una red; otros podrían sumergir la cara en el hielo y sintonizar una señal de lo que ha quedado registrado en el ambiente. O se podrá enviar a alguien distante una hoja o un trozo de madera cuyas venas sean portadoras de mensajes.

Serotonina y Dopamina

Los ciclos naturales les bastan. Si hace falta un impulso extra, conocen sustancias que alteran o expanden la conciencia. Han desarrollado también ceremonias, rituales, o artes en el mismo sentido. No necesitan apostar para sentir emoción, ni pornografía para estimularse. Sus sociedades no producen tantos sucedáneos.

Propiedad privada

No les es necesario coleccionar, acumular, etc. Según las estaciones, recolectan ciertos recursos, pero los han de acopiar en guaridas comunales. Tal vez los lazos matrimoniales se desarrollen en algunas de las tribus para evitar malentendidos en labores, turnos o responsabilidades, pero quizás cierta división del trabajo y dinámica de los turnos vuelvan innecesaria dicha práctica. De llegar a presentarse hábitos parecidos al machismo, feminismo, animismo, fetichismo, etc., no han de corresponder al sentido en que se manifiestan en nuestras sociedades.

La naturaleza

¿Tendrán palabras como “naturaleza”? Porque está claro que no conciben lo “natural” como algo para visitar (tipo ecoturismo) o como un conjunto periférico de bienes para explotar o contaminar. En sentido contrario: a una tribu amazónica, por ejemplo, no le importa si Brasil gana el Mundial de futbol ya que no sabe qué es futbol, qué es “Mundial”; esos indígenas ni siquiera saben que viven en Brasil y que, de alguna manera, son tolerados como “residentes indocumentados” (a lo mucho –porque tienen prioridades–, se preocupan y alertan cuando hay alienígenas invasores deforestando el territorio cercano).

Colores

El azul cielo y el azul marino quizás no sean percibidos en la cultura de una tribu como variantes de un matiz (una azulidadcomún); tal vez asocien en un tipo de eje semántico matices que resultan dispares para nosotros (el café con el azul, por ejemplo), además de que, seguramente, perciban gamas y espectros cromáticos diferentes y que el color quizás no lo conceptualicen (y verbalicen) como algo separado de una textura o cualidad matérica.

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Verbos

En sus dialectos, las acciones, la causalidad, los actuantes y sus conjugaciones han de resultar muy diferentes de los nuestros. Tal vez ellos tengan, por ejemplo, “verbos” para uso exclusivo de los espíritus, con acciones que nunca terminan y que empiezan en el futuro, o verbos para expresar cualidades del clima o de las plantas que, aunque para nosotros se categorizaran como adjetivos, desde su perspectiva fueran acciones ya que producen perturbaciones.

Tabúes

Las prohibiciones o anatemas supuestamente universales (como el incesto o el canibalismo) podrían ser relativos en la práctica de cada organización humana. Tal vez matar un animal y no comerlo podría ser, para ciertas tribus, más grave que el hecho de comerse en un banquete familiar a un pariente. En temas corporales, por ejemplo, quizás a cierta comunidad que espiara a los foráneos arribar en bote a su isla le resultara obsceno que estos llevaran sombrero o que sus uñas pudieran ser vistas por los dioses, en mayor grado que el andar fornicando sobre la playa.

Juegos

Quizás para alguna tribu el hacer cálculos sea un juego metafórico, mientras que soñar resulte un método serio de conocimiento y predicción. El sentido real y el sentido figurado, igualmente, harían confusas para nosotros sus producciones humorísticas. Imaginemos la posible extravagancia de un chiste amazónico, basado en algún “sinsentido” que sólo resultara aliviador para la tribu local: “¿por qué una piraña no se refleja en las nubes? ¡porque tiene los ojos de lado!”.

La muerte

Es parte del ciclo del ecosistema, mientras sea por causas naturales. Tal vez esa sea la razón principal de que las tribus eviten a los alienígenas: tenemos visiones muy diferentes de lo que implica vivir y morir.

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¿Qué comodidades se pierden los bárbaros?

Cuando algún bien o servicio le da a uno más de lo que le quita, se valora como beneficioso (aunque no fuera estrictamente indispensable). En tal sentido, ¿qué beneficios de la civilización podrían ser lo suficientemente atractivos para esas tribus aisladas, al grado de que los convenciera a abandonar la cacería, desplazarse al poblado y sumergirse en un centro comercial o en un trabajo asalariado y modificar su apariencia y costumbres?

¿La música? ¿El cine? ¿Las artes? ¿La arquitectura? ¿El agua caliente? ¿Las bicicletas? ¿El pastel de chocolate, el mole oaxaqueño? ¿Las luces de una feria o de un cabaret? ¿El whisky, el mezcal, el vino tinto, el café recién hecho? ¿Un carnaval? ¿La Champions League? ¿Los videojuegos? ¿Los libros? ¿Los perfumes? ¿Las computadoras, el internet? ¿Los aviones (para desplazarse a otras latitudes y ver nevar o ver palmeras o conocer otras flores y faunas)?

Muchas de las tribus mencionadas probablemente no saben siquiera de la existencia de estos asuntos. Pero, si han llegado a atisbarlos o probarlos por accidente y de todas maneras permanecen en sus comunidades, ¿es que no les resultarán lo suficientemente atractivos? ¿Es que sólo resultan atractivos para nosotros? (¿o para nosotros son sucedáneos de algo que esas tribus ya poseen o pueden hacer?) Y, si les resultaran muy agradables y no obstante prescindibles, ¿es que los relacionan con prácticas inadecuadas? ¿Asumirán que hay sacrificios latentes que tendrían que soportar para disfrutar de dichos satisfactores?

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Más vale solos que mal acompañados

Nos evitan seguramente porque hemos de parecerles desconfiables, peligrosos, bárbaros. No les será difícil percatarse de que hemos perdido la dimensión de la realidad. Quizás se preguntarán, al observarnos entre la maleza o desde una cueva, que por qué meneamos tanto las manos al hablar, por qué atendemos tanto nuestros dispositivos móviles, por qué arrojamos basura, por qué sacamos diamantes o petróleo del subsuelo, por qué usamos zapatos, por qué arrancamos los colmillos de los elefantes, por qué paseamos perritos con correas (y por qué les recogemos las mierdas)… De toparse con nosotros estas tribus, casi que no nos querrán aceptar ni el saludo. Aborrecerían seguramente el pan de caja o las “ofrendas” en bolsita. Quizás nos regresaran los televisores, las pilas, las medicinas, los cromos, las llantas, la ropa interior, los adornos de navidad y, por supuesto, las máquinas de arrancar árboles o de hacer boquetes. Tal vez sí les tiente inspeccionar una guitarra, una linterna, un balón, un papalote o una portada de revista… Pero, en definitiva, lo que más han de desear de nosotros es que nos encerremos tras nuestras puertas y los dejemos en paz.

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