Manuscritos de la ciudad reptil

MANUSCRITOS DE LA CIUDAD REPTIL | Los cinco primeros mensajes ante una inteligencia alienígena

También cabe la opción de que ya supieran de nosotros durante largo tiempo, o incluso de que nosotros fuéramos un tipo de cultivo o experimento de ellos. Si, al menos en tal caso, no nos hubieran considerado algo fallido a eliminar (o todavía), ¿para qué estarían dispuestos a presentarse? ¿Qué habríamos hecho o dejado de hacer? ¿Nos irían a felicitar; nos querrían instruir o adoctrinar?

Ciudad de México, 13 de agosto (MaremotoM).- Si algún país o coalición, una empresa, una secta o la Humanidad en su conjunto llegara a establecer contacto con una inteligencia extraterrestre, ¿cuáles deberían ser los mensajes iniciales? Además de que una primera impresión es muy importante, dicho intercambio de mensajes cara a cara podría ser fundamental para el futuro de nuestra especie y del ecosistema del que nos hemos hecho cargo de algún modo (de no percatarnos que los pulpos o las bacterias están comunicándose por su cuenta con especies alienígenas).

Tal vez los extraterrestres hicieran acto de presencia debido a un llamado previo, que hubiera llegado a ellos a través de una sonda espacial, una señal de radiotelescopio o alguna emisión de otro tipo. En ese caso habría ya un antecedente, independientemente de que lo hubieran descifrado y entendido (quizás los alienígenas tan sólo hubieran atendido la función fáctica de tal comunicación y se acercaran por curiosidad o para sondearnos con retroalimentación manifiesta).

Si uno de los primeros mensajes hacia ellos pretendiera ser del tipo “¿Quiénes son ustedes?”, al menos en nuestra narrativa terrestre tendríamos que emitir previamente, como protocolo, un tipo de saludo o señal de buena voluntad.

  1. La bienvenida

Ya sea que los extraterrestres bajaran de una nave, aparecieran en una carretera, escribieran signos en un desierto o usaran a una médium como intermediaria, nuestro mensaje de bienvenida tendría que responder al tipo de señal con la que se manifestaran ante nosotros. Así, si los extraterrestres se comunicaran en inglés, español, maya, sánscrito o algún dialecto bantú, nos facilitarían la tarea de algún modo; pero, ¿y si emitieran luces de “colores invisibles” o nos arrojaran una bola de pelos? Tendríamos que interpretar el sentido y responder en términos semejantes, o intentarlo siquiera. Supondría cierta ventaja el que fueran antropomorfos y que sus ojos –si tuvieran– fueran identificables y nos dieran señales de ciertos sentimientos (tranquilidad, duda, regocijo, paz, violencia, etc), para poder tener retroalimentación provisional, ya que quizás una sonrisa o el levantar una mano vacía no sirviera como sucedáneo para expresar nuestra “disposición a entender a pesar de nuestra ignorancia, barbarie o extrañeza”.

  1. “¿Cómo supieron de nosotros?”

Como en toda buena diplomacia, no les preguntaríamos directamente “¿Quiénes son ustedes?” “¿A qué han venido?”, “¿Qué los trae a este contaminado planeta?”, “¿Por qué estacionaron su armatoste en este predio?”, sino que esperaríamos enterarnos del motivo de su visita a través de mensajes que surgieran de ellos. Si es que fueran muy ceremoniosos o precavidos y aguardaran a que la primera pregunta saliera de nuestras bocas dentadas, podríamos empezar con un asertivo “¿Cómo supieron de nosotros?”.

Como si se tratara de una encuesta de empresa, sería útil saber cómo se enteraron de nuestra existencia. ¿Por un volante, una manta, un dron, una sonda espacial, a través de radio, televisión, internet, radiotelescopio? ¿Alguien nos recomendó a los terrícolas (si acaso así nos denomináramos: “terrícolas”)? ¿Quién? ¿Cuál fue el mensaje que recibieron? (nunca se sabe si les hubiera llegado –y en qué fecha, además– algún mensaje de propaganda, negociación anticipada, queja, alerta, súplica, oración, incoherencias involuntarias o incluso algún meme fuera de órbita y, por tanto, fuera de contexto).

También cabe la opción de que ya supieran de nosotros durante largo tiempo, o incluso de que nosotros fuéramos un tipo de cultivo o experimento de ellos. Si, al menos en tal caso, no nos hubieran considerado algo fallido a eliminar (o todavía), ¿para qué estarían dispuestos a presentarse? ¿Qué habríamos hecho o dejado de hacer? ¿Nos irían a felicitar; nos querrían instruir o adoctrinar?

  1. “Somos amigables y deseamos entablar amistad o cooperación”

Por nuestra parte, ¿a quién confiarle dicho mensaje para que parezca honesto y radiante? Seguramente a niños y niñas. Y sin guión de por medio, para que no repliquen las muletillas o los ceños afectados de los mayores (tan retóricos, convendencieros y temerosos). Y, viceversa, ¿cuál sería nuestra reacción si de la nave espacial –en caso de que llegaran en tal vehículo– descendiera un ser cuadrúpedo y aparentemente tierno que nos mirara moviendo la cola? ¿Pensaríamos que los extraterrestres son amigables, o pensaríamos que han mandado por delante a una mascota o a un rehén? ¿Cuál podría fungir como signo universal para la buena voluntad y la cooperación? Y, en caso de poder escenificar un contexto para ese encuentro tan inusual, ¿organizaríamos una conferencia, un día de campo, un carnaval?

  1. “¿Dónde viven y cómo podemos comunicarnos en un futuro?”

Quizás vinieran del interior de la misma Tierra (en ese caso no serían extraterrestres y compartiríamos ya problemáticas comunes, como el drenaje o las interferencias por señales tecnológicas), o bien se hubieran trasladado desde el lado oculto de la Luna, Júpiter o una galaxia diferente; también podrían vivir en otras dimensiones o en pueblos mágicos “interpuestos” (aquí a la vuelta pero en otro plano). Tendríamos que buscar la manera de que nos facilitaran un mapa o que nos dieran pistas sobre la ubicación de sus rancherías o mundos flotantes (aunque, de conocernos un poco, resultara ingenuo hacerlo,).

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Ya fuera haciendo gestos, por dibujos, filmes o muestras (tipo Steve Jobs cuando presentaba algún gadget  nuevo), tendríamos que darles a conocer nuestras opciones para establecer canales de comunicación y, a su vez, tratar de obtener información o muestras –sencillas o prodigiosas, ya sabríamos en ese momento– sobre sus tecnologías correspondientes.

Tendríamos también que establecer alguna dinámica para darles a entender nuestra voluntad de querer seguir comunicándonos a distancia y así poder aprender nuestros respectivos sistemas de signos, establecer conexiones entre los mismos e iniciar el intercambio de informaciones de todo tipo (esperando que al menos algunas fueran provechosas para ambas partes).

  1. El obsequio de despedida

Si la visita de los extraterrestres fuera de “entrada por salida” por problemas técnicos, hábitos, cuestiones de salud o legislaciones, habríamos también de contemplar el detalle de darles algún testimonio, recuerdo o souvenir de su paso por nuestro planeta.

Los ingenieros de la Nasa quizá hicieran cálculos infinitesimales de todas las posibilidades de vida en el universo –y los “gustos” promedio– y resolvieran ofrecerles un disco de Ray Conniff o de Los Ángeles Azules, por ejemplo; pero ¿y si los alienígenas fueran metaleros o prefirieran el reguetón pero no tuviéramos tiempo de averiguarlo? Para no errar, si quisiéramos darles música tal vez fuera más pertinente –y enriquecedor– una colección completa del material de David Bowie… ¿Pero en qué formato les daríamos la música? ¿En una vasija de barro con ondulaciones, en acetato, en casete, en disco compacto, en formato digital? Quizás una rocola (jukebox) surtida, si les cupiera en la nave. Pero, ¿y si sólo aceptaran un holograma o una muestra de ADN del compositor o del intérprete?

Como en este siglo no hay esclavitud oficialmente –y quizás algunos países o corporativos no quisieran que ellos se enterasen de tales prácticas– no les podríamos obsequiar mujeres, hombres, niños; ni siquiera mascotas, ganado o animales exóticos multicolor. Tal vez un robot muy natural, con un sofisticado programa de interacción y comunicación, sería buena idea. Habríamos de obsequiarles algún dispositivo de comunicación que incluyera información sobre su uso en diversos tipos de códigos.

¿Aceptarían flores, plantas o semillas? Sería riesgoso: podrían ser mortíferas para ellos, causarles alergias, adicciones, desquiciar el orden establecido en sus comarcas. Lo que de plano quedaría descartado es proveerlos de armas o drogas (evitemos anticipar tratos con mercenarios interplanetarios, al menos en esos primeros contactos).

Tendríamos que sopesar todavía, pues, entre varios tipos de opciones, según la pinta que nos dieran dichos visitantes, su ergonomía y su tipo de conciencia: ¿sería apropiado que se llevaran un mezcal, un whisky, un barril de cerveza belga, chocolate de Oaxaca, un saco de café, una matryoshka (de esas “muñequitas fractales” rusas), un árbol de la vida de Metepec, un kimono, un traje de Tehuana, un traje de astronauta, una camiseta del Club Barcelona, un piano, un sitar, una pirámide chiquita, un pedazo de acueducto romano, una escultura de Jeff Koons (de “globo de perrito”) –o, para no subestimarlos, una de Anish Kapoor–, una sala de ópera, un automóvil, una lavadora de aeroburbujas, un sofá-cama, un queso de rancho, unos tacos al pastor, unos pambazos de tofu, unos frijoles bailarines, una caja de trucos de magia, una lámpara de plasma, un sarcófago egipcio, un caparazón de tortuga, una perla, una edición de tapa dura del Quijote, una revista porno, un manga japonés, un tabloide sobre la farándula y los chismes del corazón, una suscripción vitalicia a Netflix, una copia de la información autorizada de todas las redes sociales del internet, un futbolito de mesa, una consola de videojuegos, una mesa de billar, una crema hidratante, una inca-kola, aspirinas, sal del Tibet, un jabón Zote, un espejo de cuerpo entero, un catálogo de tienda departamental…?

¡En fin!… Si uno alcanzara a interpretar bien a los extraterrestres, el obsequio podría ser cualquier cosa u objeto, incluso una concha de caracol marino, una piedra o una colección de calcetines o pijamas.

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