Manuscritos de la ciudad reptil

MANUSCRITOS DE LA CIUDAD REPTIL | Nuestro comportamiento frente a los virus

Hemos de reconocer que, independientemente de nuestro nivel de instrucción, casi todos llevamos a cabo algún tipo de práctica o ritual para prevenirnos o “negociar” con esos seres invisibles que se nos pueden colar en el cuerpo e incluso afectar nuestro espíritu.

Ciudad de México, 3 de septiembre (MaremotoM).- NOS COMPORTAMOS ANTE LOS VIRUS COMO EN OTRAS CULTURAS SE COMPORTAN ANTE LOS FANTASMAS. Ni los virus ni los fantasmas se pueden ver a simple vista, por lo que tenemos que depender y confiar en informaciones de expertos en dichas entidades para saber de qué manera podemos protegernos al estar expuestos a sus “emanaciones”, así como qué lugares, situaciones o hábitos hay que evitar para no contraer mal alguno.

En la historia humana llegó a ser creencia extendida que las enfermedades estaban relacionadas con algún tipo de mal sobrenatural (demonios, espíritus, castigos divinos, etcétera). A lo largo del tiempo, en lo que se definía qué entidad causaba los males se llegó a la solución pertinente de impedir que los enfermos se juntaran con los sanos, al menos hasta que desaparecieran los signos característicos de la afección, viniera de donde viniera. Cuando las enfermedades eran prolongadas y de difícil confinamiento, como la lepra, era mejor poner campanillas a los infectados deambulantes, para así alcanzar a correr ante su presencia; habían también procedimientos más drásticos, como desterrarlos o asolarlos en algún islote, caserío, edificación, villa, o incluso usarlos como armas biológicas para contaminar poblados enemigos.

Anton Van Leeuwenhoek, un fabricante holandés de lentes, perfeccionó a mediados del siglo XVII un vidrio a través del cuál se pudo observar desde ese entonces –imagino que la primera vez con un asombro semejante al de contemplar un fantasma– a esas criaturas minúsculas que chapotean en una gota de agua de charco o de saliva (de enfermo y de sano, de animal y de humano, de pobre y de rico, de negro y de blanco). Aunque Leeuwenhoek ya empezaba a dudar de la teoría de la generación espontánea, en voga en aquella época, al parecer pasaron un par de siglos para que tales organismos microscópicos (que el holandés había denominado animáculos ) fueran inculpados plenamente como transmisores de males y delirios y que, quizás ante el creciente debacle de la fe en las instituciones religiosas, fueran perfilándose como las nuevas entidades impalpables a temer. Acaso antes se habían asociado ya algunas maldiciones a ciertos animales, quienes se pensaba albergaban algún tipo de esencia, cualidad o espíritu o, ¿por qué no?, quizás hasta se hubiera intuido ya que eran portadores de ciertas “hordas de bichitos de comportamiento adverso” (con perspectivas del tipo: “es de mal augurio tomar sopa de murciélago y otras costumbres desalmadas de la China”).

En países como el nuestro, al menos en el circuito de influencia extranjera occidental, la narrativa que manejan las instituciones –incluyendo la académica, en las asignaturas sobre ciencias naturales, especialmente biológicas– nos hace confiar en el diagnóstico clínico y en la medicina como la solución más viable para enfrentar a las entidades que nos afectan el organismo sin que podamos advertir su presencia a simple vista (ello a pesar de que se estima que sólo un porcentaje muy pequeño de los microbios existentes de la biosfera han sido estudiados hasta el momento). Y, para las entidades que se cree provocan los males correspondientes al espíritu, recordemos que en tiempos no tan lejanos, incluso a la par del desarrollo de la psicología, se le confiaba a la institución religiosa o eclesiástica el dictar los preceptos para precaverse del “maligno” así como de los súcubos, íncubos y demás espíritus o entidades vinculadas a la brujería y a lo pagano.

El problema de tener que depender de una institución en motivo de salubridad y seguridad es que las instituciones suelen aprovechar su competencia o dominio sobre las soluciones para así dictar los protocolos, las dinámicas, las consecuencias de la desobediencia de las normas de salud o de virtud y, de paso, imponer así sus narrativas y su visión de lo bueno y lo malo.

No estoy diciendo que los virus no existan (en esto del Covid-19 he usado tapabocas, me lavo las manos y guardo sana distancia; aunque no haya visto al virus, la enfermedad ocurre, por lo menos tiene una existencia social –con sus respectivas consecuencias– y así debe asumirse, mientras se ahonde la información de la narrativa científica sobre sus aspectos naturales). Por otro lado, tampoco estoy diciendo que los fantasmas o espíritus no existan. Que no los haya yo visto a conciencia y en vigilia no indica que no puedan existir fenómenos energéticos relacionados con dichas narrativas sociales (y acaso cualidades naturales por comprobar ). Ambas entidades de carácter casi invisible adquieren realidad fenomenológica en función de índices o síntomas que son interpretados por especialistas, apoyados en aparatos sensores o en las tecnologías e instrumentos de sus prácticas. También en ambos casos, un grupo de especialistas (y sus patrocinadores) dictaminan cómo proceder ante la presencia de dichas entidades discretas en el organismo, ambiente o ecosistema.

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En algo relacionado con este asunto, hace unas semanas vi una miniserie china sobre las novias fantasma –o “parejas fantasma”–, aquella costumbre oriental, llamada minghum, de proporcionar un(a) cónyuge a una persona que muere soltera (según entendí, para que no esté en soledad en el inframundo o en una futura instancia protocolaria). Sonaba como a temática de Tim Burton, pero lo que me hizo advertir que se trataba de algo histórico y no fantasía de la serie fue que todos los personajes en ésta hablaban sobre el mundo de los espíritus como si fuera algo de sentido común (“¿qué no vees?”), algo que estuviera relacionado evidentemente y de manera fáctica con el mundo cotidiano. Como si hablaran de microbios y de virus en nuestra cotidianidad, pues. En los casos de las parejas fantasma, por si fuera poco, involucraban –o quizás todavía involucran en algunos poblados– ceremonias nupciales y trámites de cambio de estado civil para disminuir los males en ese –para ellos “palpable”– ámbito común entre mundo e inframundo. Una película relacionada también con el entrecruzamiento cotidiano de estos ámbitos (lo natural y lo sobrenatural) es La leyenda del tío Boonmee (2010), del director tailandés Apichatpog Weerasethakul. Aquí el tráiler:

Tal vez en diversas lenguas, como ocurre en el español, se evidencie que hay varios términos que son aplicados por igual a la narrativa sobre los espíritus que a la de los gérmenes:

  • Transmisión (o “transmigración”)
  • Período de incubación (en organismo huésped)
  • Síntomas de la infección (o de la “posesión”, en caso de espíritus)
  • Brote o epidemia
  • Temporada (en que se presentan las alergias, infecciones, espíritus o seres sobrenaturales)
  • Antecedentes o predisposición (o “maldición familiar o local”)

Hemos de reconocer que, independientemente de nuestro nivel de instrucción, casi todos llevamos a cabo algún tipo de práctica o ritual para prevenirnos o “negociar” con esos seres invisibles que se nos pueden colar en el cuerpo e incluso afectar nuestro espíritu (llámense bacterias o virus, para enfermedades; pero también, para algunos, y en los casos de otras afecciones: espíritus, demonios, males de ojo, energías negativas, etcétera).

En mi caso, de llegar a enfermar de gravedad, con mi conocimiento confirmado sobre dicho malestar estaría yo tan alejado o confiaría por igual de un médico brujo que de un médico clínico –si bien este último es el que corresponde a mi entorno social inmediato– pues, aunque no suelo discurrir con pensamiento mágico, la narrativa de la ciencia, sobre todo en su perspectiva para sanar al enfermo, me deja mucho que desear (¿seré un desarraigado o es el cisma de los tiempos?).

En fin… para fines prácticos, me conformaría con que cualquiera de dichos especialistas, o ambos de ser necesario, espantaran a las entidades o vibraciones, gérmenes o espíritus que estuvieran jugándome esa mala pasada, para así poder seguir tomando el sol tranquilamente otros años, antes de que, a averiguarse también, me llevara un águila gigante, me inundara un túnel de luz, se colapsara el holograma que simula la realidad o me desfragmentara –en cuerpo, alma, ambos o ninguno– ante algún achaque natural o sobrenatural (y, probablemente, sin llegar a saber con certeza qué lo ocasionó, más allá de lo que pusieran oficialmente en el acta de defunción, como si el criterio a considerar para hacer valer la realidad diera prioridad a los asuntos legales, just for the record ).

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