MANUSCRITOS DE LA CIUDAD REPTIL

MANUSCRITOS DE LA CIUDAD REPTIL | ¿Nuestros nietos serán una especie diferente?

En fin… si hoy día siente usted que no entiende a los políticos, a los locutores, a los técnicos, a los académicos, a los vendedores, a los youtubers, a los coreanos, a los gringos, a los a los del norte de la ciudad, a los del barrio de enfrente, a los de la secta que le ofrece un panfleto, prepárese para afrontar el abismo que supondrá interactuar con esas próximas generaciones que prácticamente serán especies diferentes.

Ciudad de México, 25 de junio (MaremotoM).- La columna en esta ocasión tomará directamente como referencia tal pregunta, formulada por Juan Enríquez Cabot (académico y gestor de proyectos de investigación en ciencias biológicas) en una plática para la conocida plataforma TED. Aquí comparto el enlace como referencia (los subtítulos en español aparecen predeterminados en el video o se pueden activar):

En dicha plática, así como en otras más de su historial, el académico mexicano (quien colabora con destacadas universidades norteamericanas, punteras en investigación científica) reflexiona en torno a los cambios paradigmáticos relacionados especialmente con la biología sintética, la ingeniería genética y la cibernética, así como sobre las consecuencias que sus respectivos desarrollos tecnológicos puedan producir –o lo que están ocasionando ya– en el ser humano y en los roles de éste sobre la naturaleza.

Nosotros y aquellos

Hoy día, a pesar de las pintorescas variantes culturales, la especie humana es lo suficientemente homogénea para dar por sentado que cualquier raza o etnia humana viviente tiene en principio las mismas posibilidades evolutivas, ya que todas pertenecen a una misma especie; esto es, que todo ser humano posee –esta vez, además, por orden jurídico– los mismos derechos de subsistencia (las demás especies animales todavía tienen jerarquías diferentes en este ámbito; de los organismos microscópicos mejor ni hablamos).

Juan Enríquez Cabot afirma que ha habido casi tres decenas de variantes en las ramas evolutivas de la especie humana, según indican los restos humanoides descubiertos hasta la fecha. Se sabe que algunas de estas especies (como los neandertales, heildelbergenses, floresienses, denisovanos, entre otras) llegaron a traslaparse, a coexistir, incluso a aparearse y generar híbridos; no obstante, al tener necesidades comunes –como homínidos semejantes– probablemente los diferentes “clanes de especie” compitieron por recursos y territorios o se intentaron aniquilar mutuamente por “diferencias irreconciliables” (por muchos esfuerzos que hubieran hecho en llevar la fiesta en paz y en tratar de generar alianzas y estandarizar sus sistemas y hábitos para compartir estrategias y acervos).

De no haber hoy día otras especies humanoides (desconocidas, ocultas en sustratos o cofradías o al acecho incluso desde otros planetas), ¿se debe a que nuestros antepasados aniquilaron a las otras especies humanoides rivales, o es que la especie a la que pertenecemos sobrevivió por la inercia “pacífica” de una selección natural en la que resistimos mejor los embates del entorno?

Para evitar ideologías que pretendan, tal vez por inercias remanentes de aquellos tiempos ancestrales de luchas inter-especies, empoderar a una raza o grupo étnico sobre otros (en las que aquellos que buscan imponerse se asuman como los “elegidos” y busquen compensar su necesidad de seguridad con la narrativa de una supuesto destino evolutivo natural o divino), la Humanidad, buscando una fraternidad universal, ha convencionalizado el panorama de que nuestra especie –ya sea que se trate de un pináculo o de una aberración en el devenir natural– evoluciona en bloque. Esta noción incluso se ha proyectado retroactivamente a ramas evolutivas anteriores, que sí eran rumbos evolutivos diferentes pero que ahora son consideradas como “antepasados comunes” al sobreviviente género humano actual.

Tal perspectiva, de buscar sinceramente los derechos humanos universales, implica además que no sería deseable ni pertinente que en el futuro se diera un “desfase evolutivo” de grupos humanos y que llegaran a coexistir de nueva cuenta especies humanoides diferentes. Pero, ¿acaso esto es controlable? ¿Se va a encarcelar a los mutantes? ¿Qué ocurre en los períodos de transición, de entronques o de disyuntivas hacia nuevas ramas o rutas evolutivas? (Habría de acotarse que otra querella surgiría de llegarse a producir deliberadamente especies humanas o híbridos biotecnológicos con “ventajas” alevosas o anomalías funcionales de tipo militar o megalomaníaco).

En todo caso –y pasando por alto la historia de probables genocidios entre especies humanoides ancestrales–, Enríquez Cabot diserta sobre qué tipo de mutaciones se requirieron para que los homínidos hayan desarrollado características disímiles entre sí, a tal grado que sus restos fueran, según la perspectiva actual, considerados como correspondientes a especies diferentes. Porque un neandertal y un sapiens, por ejemplo, difieren sólo en 0.004% del código genético (concretamente, las diferencias se hallan en los genes de esperma, testículos, olor y piel), si bien tal porcentaje aparentemente discreto e insignificante de modificaciones genéticas tuvo tal impacto en las interacciones con el medio ambiente que dio pie a algo catalogado como un cambio de especie.

Las telecomunicaciones en un cerebro sobresaturado

Enríquez Cabot hace la observación de que el órgano que en las últimas décadas ha resentido la mayor presión de cambios –incluso a nivel de mutaciones– es el cerebro, el cual, a pesar de su plasticidad, ha desplegado reacciones drásticas, del tipo hiperactivo e hiperplástico, las cuales gestan individuos hiper-perceptivos, hiper-mnemónicos e hiper-atentos, quienes llegan a manifestar diversos tipos de conductas y desarrollos cognitivo-afectivos singulares y que, en este eventual período de transición, pueden parecer insólitos o aberrantes.

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Independientemente de cómo vayan a adaptarse en sus dinámicas sociales dichos individuos con “mutaciones”, sin lugar a dudas estamos ante un tipo de acelerada evolución del cerebro –más que evolución, yo diría tal vez “transformación”, pues el término evolución supone una eficiencia adaptativa, aptitud que aún estaría por valorarse–, en función de la cantidad de datos que entran hoy día a un cerebro humano promedio. Aunque yo pienso que exagera con fines dramáticos, Enríquez Cabot sopesa que la cantidad de datos que en la sociedad actual entra en un sólo día al cerebro de una persona se equipara a lo que en generaciones anteriores entraba a lo largo de una vida. Obviamente, esto no supone que hoy día tal abundancia de datos sean procesados significativamente como información, pues en una jornada no hay tiempo para asimilarlos en el cerebro y “fermentarlos” de manera útil y relevante para que tengan repercusión en la psique y espíritu, así como tampoco haya tiempo y espacio para involucrarlos en una práctica y contexto con los demás órganos y partes del cuerpo, ni enlazar sus beneficios al entorno social y natural.

Autismo, comida chatarra, apareamiento entre geeks, hiperconectividad, sustancias químicas y demás gajes

Hoy día, en una cena familiar, los abuelos observan cómo los nietos se hallan absortos en sus dispositivos móviles –al menos todavía separados del cuerpo– y, a pesar de ello, alcanzan a compartir con ellos información lingüística y algunas referencias culturales: es válido decir que todavía pertenecen a la misma especie.

Sin embargo, para los abuelos –incluso para los padres mismos– dicha generación joven ejerce patrones de conducta, hábitos (tan sólo analice usted si pueden desayunar a la misma hora y con las mismas sustancias, por ejemplo) y sistemas de signos diferentes y cada vez más inestables, respecto de los cuales se abre un tipo de brecha no sólo en la interacción intergeneracional, sino en la forma en que una familia, grupo o comunidad puede organizarse para enfrentar problemas comunes (al menos mientras todavía haya frentes comunes).

Menciona Enríquez Cabot que, de unos años a la fecha, los índices de autismo han aumentado drásticamente, y que a pesar de que la hiperconectividad, el uso (deliberado o no) de sustancias químicas y la presencia de comida procesada sean factores que podrían repercutir fisiológicamente en el cerebro y en sus reacciones, también considera que, aunque los individuos absortos en las pantallas –que tienden a desarrollar un comportamiento tipo geek– atrofian algunas habilidades espaciales y sociales, al desenvolverse mejor en los entornos tecnológicos consiguen una ventaja adaptativa en la nueva economía y, por tanto, son susceptibles de aparearse entre sí (a la vieja usanza o con ayuda in vitro o mediante recursos “hipersexuales”, ¿qué importa ya cómo sean engendrados los nuevos humanos?), aumentando con ellos la probabilidad de tener hijos con aptitudes dominantes para “ensimismarse en códigos” (si bien, a los ojos de generaciones anteriores, tal característica sería considerada como una “deficiencia” diagnosticada dentro del espectro autista, o incluso como brote psicótico o esquizoide).

¿Y qué repercusiones al respecto tendrán los avances en las ciencias biológicas, la cibernética y la tecnología de la información? Enríquez Cabot plantea que la humanidad, en esta sociedad tecnológica, está transformándose con “todas las de la ley” (¿esto significará con la ley a su favor?) en otra variante evolutiva de homínido –o con las diferencias suficientes para ser considerada así–, que más temprano que tarde (debido al factor tecnológico, que acelera la escala temporal para las generaciones en términos de máquina) dará pie al desarrollo de una nueva especie, o a nuevos rumbos evolutivos.

Y esta eventual nueva especie de homínidos humanoides, según el académico, no solamente será consciente de su entorno, sino que directa y deliberadamente controlará las riendas de su propia evolución como “especie” (¿podrá seguirse llamando así: especie?), aunque también terminará controlando el devenir de las demás (si es que éstas no desarrollan un contrapeso, ahora insospechado). Y esto, al parecer, supondrá un tipo de reinicio, un tipo de creación fractal, que hará de la “especie” humana una meta-especie que asumirá los roles “divinos” de creación, destrucción, génesis, caos, así como las posibilidades de abrir multiversos o bucles de “eterno retorno”.

En fin… si hoy día siente usted que no entiende a los políticos, a los locutores, a los técnicos, a los académicos, a los vendedores, a los youtubers, a los coreanos, a los gringos, a los a los del norte de la ciudad, a los del barrio de enfrente, a los de la secta que le ofrece un panfleto y que incluso se ha acostumbrado a simular comprensión con sus vecinos y familiares, aunque conserve cada vez menos sentido común, prepárese para afrontar el abismo que supondrá interactuar con esas próximas generaciones que prácticamente serán especies diferentes, las cuales, estemos de acuerdo o no, (des)estructurarán la sociedad y el universo a su antojo, ya sea por adaptación funcional o caprichosa. Y a todo esto, ¿nuestro rol será desaparecer por obsolescencia o entrar en una batalla entre homínidos por cuestiones de supervivencia (real o simbólica)?

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