Manuscritos de la ciudad reptil

MANUSCRITOS DE LA CIUDAD REPTIL | Odónimos más nebulosos que la Calzada de los Misterios

En México, como en otras partes, los movimientos históricos traen consigo sus respectivas agendas simbólicas. Así, por ejemplo, a raíz del gobierno de tinte progresista que tomó las riendas del país en 2018, al menos en la capital –afín a dicha perspectiva que impulsa un especial enfoque en la historia mexicana y la soberanía del país–, y en sintonía además con la celebración por los 700 años de la fundación de Tenochtitlan (lugar donde hoy se asienta la Ciudad de México), se ha promovido el cambio de nombre de algunas calles, plazas y sitios históricos.

Ciudad de México, 21 de octubre (MaremotoM).- Aunque la calle Madero, en el Centro Histórico de la Ciudad de México, fue bautizada así por las pistolas de Pancho Villa en homenaje al líder político de la Revolución (con tal fervor que, se dice, el “Centauro del Norte” juró matar a cualquiera que intentara cambiar el nombre de la misma), la mayoría de los designios para las vías suelen establecerse por dinámicas menos drásticas.

En México, la Secretaría de Desarrollo Urbano y Vivienda (Seduvi) –o su similar según el período o sexenio que transcurra– es la instancia encargada de revisar las nomenclaturas de las calles: puede reconocerlas, modificarlas, asignarlas, así como resolver aclaraciones sobre los diversos espacios públicos. No obstante, la Seduvi suele limitarse a oficializar los nombres que la vox populi utiliza para referirse a un camino, plaza, parque, callejón, precipicio…

Ahora bien, aunque a veces parezcan caprichosos o “provisionales”, los nombres que se ponen a las calles son señas culturales de un lugar y su historia. En algunos casos, los odónimos (como ocurre con los topónimos) persisten a lo largo de generaciones y llegan a cristalizarse en la memoria histórica y literaria.

También hay casos en los cuales el poder hegemónico interviene para tratar de instaurar su narrativa; suelen entonces institucionalizarse ciertas nomenclaturas, a veces forzadas (que con el tiempo podrán ser desechadas). Se explica, pues, que pululen las calles o sitios con nombres de:

  • Conmemoraciones (independencia, revolución, constitución, …)
  • Héroes, patriotas (Hidalgo, Guerrero, Juárez, Cuauhtémoc, Corregidora, …)
  • Personajes ilustres (se evitan, obviamente, aquellos de una lista negra)
  • Santos, personajes míticos (San Cosme, Espíritu Santo, Providencia, Llorona, …)
  • A veces, incluso, nombres de programas sociales o iniciativas de algún gobierno (Calle Solidaridad, Ruta del Bicentenario, Boulevard de la Inquisición –podemos imaginar este último, aunque quizás algún lugar conservador de provincia lo ampare–)

Cabe señalar que la mayoría de los personajes célebres son elegidos según los criterios de una “memoria histórica” oficial, por lo cual tienden a ser hombres, las más de las veces de tez blanca, letrados, relacionados con algún oficio o hazaña que haya beneficiado a un país, o siquiera a un grupo privilegiado.

México surrealista

Como apuntó Jorge Ibargüengoitia en uno de sus ensayos sobre la vida mexicana (“¿En dónde estamos?”, del libro La casa de usted y otros viajes): entre otros problemas, “la ciudad no sólo se comió a los pueblos, sino que también se fue por los llanos, y hubo que hacer nuevas calles y ponerles nombres” (muchas veces redundantes). En donde había algún poblado llamado Tepetlapa, a algún misionero quizás se le ocurriera bautizarlo como San Mateo, y terminaba conociéndose como San Mateo Tepetlapa, “para hacer gala de nuestra cultura mestiza y nuestro talento para quedar bien con todos” –señaló Ibargüengoitia–. Con el paso de los años, la veredas de dicho San Mateo Tepetlapa y demás nuevos poblados, incorporados a la mancha urbana como colonias, adquieren fractalmente las socorridas denominaciones oficiales: Hidalgo, Guerrero, Juárez, Constitución, Corregidora, Revolución, Independencia, Cuauhtémoc…

Los urbanistas –o quizás algunas veleidosas esposas de contratistas, aventuró también Ibargüengoitia en el mencionado ensayo– pueden proponer “campos semánticos” para colonias, por lo que se sopesan ideas tan disímiles como usar números, nombres de flores, equipos de futbol, héroes patrios, países, volcanes, lagos, escritores, filósofos, frutas, animales, árboles, si bien a ratos puedan acabar entremezclados, ya que, en palabras del querido escritor guanajuatense: “a veces la inspiración del padrino se seca a mitad del trabajo; la colonia Minerva es un ejemplo: hay calle Agricultores, calle Mieses, calle Cereales, etc. y de repente, Sur 125, Sur 126,… Así no se llega a ninguna parte”.

La forma sigue a la función

Así como, en Ciudad de México, la Barranca del Muerto –como topónimo antes de, en virtud del concreto, trasladarse a nombre de avenida– fue denominada de tal manera porque era donde los revolucionarios arrojaban los cadáveres que “sobraban” de las batallas, ciertas vías son nombradas en función del tipo de comercio o industria, o acaso por las prácticas recurrentes de quienes allí residen.

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Por ejemplo, se dice que el “Puente de la Morena”, que estaba cerca de Tacubaya (Ciudad de México), tomó dicho nombre por una casa de citas administrada por una mulata –conocida como “La Morena”, adivinó usted–, hembra tan insigne que, ni siquiera las demandas de los frailes dominicos del cercano convento de La Candelaria, los cuales se quejaban por el escándalo del prostíbulo, eran atendidas por las autoridades civiles (al parecer, hasta el virrey en turno era asiduo del solapado establecimiento). Pero todo por servir se acaba y la entropía diluye todas las hazañas: con el tiempo, la casa de la Morena –así como el puente y todo el entorno de dicho esparcimiento– fue demolida, ya que se construyó el Viaducto Miguel Alemán después de ser entubado el río de la Piedad (caso que ejemplifica por qué hay tantas avenidas que usan nombres con indicadores de río o de canal en la capital mexicana, ya que fue construida sobre un lago).

Los gringos, tan prácticos, empiezan sus nomenclaturas urbanas con una avenida principal (Main Street) y después, según una estructura reticular –tan aburrida para otras culturas o latitudes–, se nombran con números o letras, según su orientación (las vías norte-sur suelen llevar números; las este-oeste, letras). Los japoneses, por su parte, dividen las ciudades en distritos, barrios y bloques o unidades habitacionales, y las viviendas de esta última nomenclatura se diferencian por número; así, cada casa dentro de un distrito tiene asignado un número de manzana y otro de bloque, muy acorde a la cosmogonía modular japonesa.

Hay lugares más “lacios” –o más intervenidos y trastocados históricamente–, como Afganistán, en donde ni siquiera en su capital, Kabul, suelen asignar nombres o números, salvo el caso de las vías más amplias (quizás para que se sepa por dónde van los tanques). Los carteros de aquellos lares se internan en el laberinto de calles anónimas con sobres que tienen vagas indicaciones sobre la ubicación del destinatario, por ejemplo: “detrás de la mezquita Omar Jan” o quizás algo más truculento, como “en el lado norte del campo minado”. Por suerte, en esas culturas es moneda común el pedir ayuda a los vecinos, transeúntes o buscavidas.

En México, urbanizaciones recientes pueden ya incorporar criterios estándar para nomenclaturas en odónimos, pero en otros rumbos la inercia de la historia y de los usos y costumbres pueden llevar a casos como los de Kabul (en donde usted, de no traer o confiar en un GPS, ha de preguntar a los lugareños sobre una calle, si bien muchas veces éstos no pueden identificarlas más allá de una esquina, ya que las conocen a través de hitos más que por nombres), o bien uno puede enterarse, al divagar en el mapa, de que existen calles como “Matapulgas”, “Salsipuedes”, “Mar de la Crisis” o “La Favorita”, de las cuales, según qué vecino nos cuente, habrá una explicación más o menos sensata sobre el origen de tales odónimos.

Cuando los odónimos incomodan al cambio de narrativa

En México, como en otras partes, los movimientos históricos traen consigo sus respectivas agendas simbólicas. Así, por ejemplo, a raíz del gobierno de tinte progresista que tomó las riendas del país en 2018, al menos en la capital –afín a dicha perspectiva que impulsa un especial enfoque en la historia mexicana y la soberanía del país–, y en sintonía además con la celebración por los 700 años de la fundación de Tenochtitlan (lugar donde hoy se asienta la Ciudad de México), se ha promovido el cambio de nombre de algunas calles, plazas y sitios históricos. Por ejemplo, la vía cercana al hasta ahora conocido “Árbol de la noche triste” será designada como “calzada de la noche victoriosa” o algo parecido. En el mismo sentido, también se contempla la sustitución de algunas esculturas públicas, como el caso de la de Cristóbal Colón (con miras a poner en su lugar una escultura prehispánica, o acaso una en donde figure una mujer indígena); dichas dinámicas, al parecer, se llevan a cabo para promover otro punto de vista en la memoria histórica, en el cual las representaciones sobre un México que, aunque colonizado alguna vez, no parezcan apoyar los valores o concepciones impuestas por aquellos que fueran invasores, especialmente si dichas representaciones se hallan en placas, fachadas o pedestales erigidos en lugares públicos.

 

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