MANUSCRITOS DE LA CIUDAD REPTIL | ¿Por qué seguimos arraigados en la física clásica?

Al llegar el tan interesante como desquiciante siglo XX, un genio de la talla de Albert Einstein formularía una perspectiva disruptiva y más “alucinante” –desde la óptica newtoniana de relojería puritana–, al plantear su Teoría de la Relatividad. En ella, entre otros intrigas, la noción de gravedad como fuerza per se es sustituida por algo más misterioso: la curvatura del espacio-tiempo. La teoría es demasiado peculiar, a tal grado que los condicionamientos culturales para la percepción de los fenómenos físicos todavía no alcanzan a incorporar una imagen adecuada.

Ciudad de México, 9 de marzo (MaremotoM).- El adjetivo de clásico, en la física, no se refiere tanto al basamento griego de tal disciplina, sino a la formulación de las conocidas “leyes básicas” (publicadas en 1687) que formuló Isaac Newton para explicar y predecir varios fenómenos, con las cuales esbozó la unificación de la mecánica terrestre y la celeste.

Al sistematizar dicha visión, que dilucidaba una “maquinaria universal”, suplantó el aristotelismo –presente durante casi dos mil años– para instaurar un paradigma (precisamente el de la física clásica) que sería brújula de todas las narrativas surgidas de la revolución industrial, con las que el ser humano se asumió como una especie que podía –y por ello, “debía”– controlar el universo y, ya aceitado el engranaje, no solamente predecirlo sino explotarlo a su antojo.

Casi dos siglos después y en un parecido ímpetu newtoniano, las ecuaciones de Maxwell describieron por completo los fenómenos electromagnéticos y fortalecieron el edificio sin fisuras de esa narrativa de control, que no tardó en equiparase a la del auge imperialista, ya que al propio mercantilismo boyante le favorecía una visión del universo que justificara los mecanismos, los artilugios; buscó, entonces, impregnar todos los ámbitos de la actividad humana –incluso los emotivos y espirituales– y calar hondamente en la conciencia e imaginería de los individuos.

Al llegar el tan interesante como desquiciante siglo XX, un genio de la talla de Albert Einstein formularía una perspectiva disruptiva y más “alucinante” –desde la óptica newtoniana de relojería puritana–, al plantear su Teoría de la Relatividad. En ella, entre otros intrigas, la noción de gravedad como fuerza per se es sustituida por algo más misterioso: la curvatura del espacio-tiempo. La teoría es demasiado peculiar, a tal grado que los condicionamientos culturales para la percepción de los fenómenos físicos todavía no alcanzan a incorporar una imagen adecuada.

Por su parte, la física moderna se hacía todavía menos determinista ante la llamada mecánica cuántica, la cual, al estudiar escalas muy pequeñas (subatómicas), también desquició el confortable universo newtoniano al poner en cuestión sus leyes, o evidenciarlas como limitadas o aplicables solamente a las parcelas de ciertos sistemas cerrados. Al mismo Einstein, tan lírico y locuaz, le daba cierto resquemor el que lo cuántico pareciera, a ratos, no tener sentido.

Y, a pesar de todo el histórico sinsentido acumulado durante el resto del siglo XX y lo que llevamos del XXI, aún hoy día, un siglo después del cambio de paradigma que sugería la relatividad y lo cuántico, la narrativa de la física clásica sigue presente en los libros de texto. Se entiende que todavía es aplicable en problemas de carros, lanchas, drenajes, proyectiles, además de servir como propedéutica para avanzar gradualmente en las asignaturas sobre física, pero es palpable que el imaginario que acuñó ese universo de “divinas leyes”, extendido durante siglos en la cotidianidad, se empeña todavía –al menos bajo la inercia de ciertas instituciones sociales– en no enfrentar de lleno la incertidumbre que supone el mundo y sus fenómenos.

Salir de copas con las señoritas de Avignon, entre guerras y epidemias

El cubismo y otras vanguardias, como es sabido, trastocaron los cánones “realistas” de la pintura de una manera parecida a lo que en la ciencia ocurriría con el edificio ideal de la física clásica. En el cuadro de Picasso llamado Las señoritas de Avignon, entre una planificada gama de “anomalías expresivas”, la presencia amenazadora –para ese entonces– de expresiones influenciadas por el arte africano y de otras latitudes exóticas anunciaban la crisis de perspectivas y valores del mundo “civilizado” (el cual, por cierto, naufraga desde entonces en oleadas de epidemias, guerras y crisis bursátiles).

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El gato de Schrödinger ronronea en fluctuación con lo que le viene en gana

La física clásica supone que el error de una medida se debe a la imprecisión del aparato de medida. Quizás en un cómodo salón podía parecer consecuente, ¿pero qué pasa en cosmogonías menos redundantes, o en sutiles niveles subatómicos? Los nuevos rumbos de la física han acuñado términos como el principio de incertidumbre (del físico alemán Heisenberg), que establecen límites de aplicabilidad para la física clásica. ¿Será que el siglo XX despertaba complejo, requería despabilarnos de esos sueños de la razón? El panorama de indeterminación plantea que, a cuanta mayor certeza se busca en determinar la posición de una partícula, menos se conoce su momento lineal y, por tanto, su masa y velocidad; ello evidencia que cuando se introducen variables clásicas y se pretende interpretar el movimiento de forma clásica, la precisión con que estas variables pueden ser especificadas resulta limitada. La función de onda de una partícula, pues, se ha de colapsar para asentar un valor a la magnitud que se pretende medir, lo que obliga a condicionar el resultado.

En el contexto de la física moderna, este problema de la medición (y por tanto, la certeza predictiva) se ha expresado en un famoso planteamiento que presenta el escenario en el que un hipotético gato puede estar simultáneamente vivo y muerto, en virtud de un estado conocido como superposición cuántica, que está vinculado a un evento subatómico aleatorio que puede ocurrir o no. Este experimento mental, considerado paradoja desde la perspectiva del universo newtoniano, es conocido como el del gato de Schrödinger, pues fue ideado por el físico austriaco-irlandés Erwin Schrödinger. Para resumir el asunto, se asume que un sistema cuántico permanece en superposición hasta que interactúa con el mundo externo (basta con que sea percibido por una conciencia), ya que entonces colapsa en uno u otro de los estados posibles (aquí ya no aplicaría tan fácilmente una exclamación como aquella de ¡eureka! ).

Si todo es relativo, destruyamos Wall Street

Los informes financieros suelen ser planteados con una seguridad y pulcritud digna de la física newtoniana, pero sabemos que en la economía todas las ecuaciones son vencidas por una maniobra “cuántica” del estilo de aquella frase atribuida a Peter Drucker (famoso consultor de negocios austriaco-norteamericano) que blande: “La mejor manera de predecir el futuro es crearlo”.

Occidente ya lleva más de un siglo tambaleándose (ya lo conjeturaba aquel libro de Oswald Spengler, La decadencia de Occidente, de 1918, con ese pesimismo fatalista acorde a la Alemania de posguerra). Desde aquellas barbaries con que se estrenaba el siglo XX, los brotes de rechazo de la razón como instrumento epistemológico, por su vínculo con el materialismo-mecanicismo-positivismo, se esparcieron incluso en las naciones más tecnológicamente condicionadas, abonando a un cambio de paradigma del rumbo científico.

Y por más posmodernidad, por más deconstrucción o retrofuturismo que podamos entremezclar, las “aplicaciones” de las teorías físicas de toda índole, incluso superpuestas, siguen su curso. Por ejemplo, ya no es materia de ciencia ficción el hablar de computadoras cuánticas, en las que las posibilidades para un bit no son solamente 1 u 0, sino simultaneidades que abren la puerta a nuevos tipos de algoritmos, los cuales generan procesos paralelos no necesariamente “certeros” pero sí muy vastos, avasalladores.

¿Qué truculencias bursátiles –no en medición, sino en determinación– van a ser definidas en los “análisis” (más bien, las proyecciones de algoritmos) emanados de estas supercomputadoras cuánticas? Porque a Newton le podía caer una manzana en la cabeza, un aerolito en el jardín y así, pero las amenazas para nosotros son otras: podríamos ser encapsulados en multiversos caleidoscópicos, en los que a ratos Newton cobrara sentido, a ratos Einstein, pero muchas otras veces, vivos y muertos según qué superposición, tal vez termináramos identificándonos con el gato de Schrödinger, esto es, como criaturas que dependan de poder ser encriptadas).

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