MANUSCRITOS DE LA CIUDAD REPTIL

MANUSCRITOS DE LA CIUDAD REPTIL | Predicamentos a considerar antes de quemar una iglesia

Por muy agnóstico que usted se considere, ¿estaría de acuerdo en quemar las partituras de música sacra de Bach o el templo barcelonés de la Sagrada Familia (que, aunque se continúa construyendo en época reciente y “profana”, arquitectónicamente manifiesta una majestuosidad muy diferente a los barracones improvisados en donde pastores codiciosos esquilman a los necesitados de fe en ciertos poblados o colonias populares?

Ciudad de México, 16 de julio (MaremotoM).- Cada cierto tiempo en la historia de las civilizaciones se presentan períodos que suscitan oleadas de quemas de templos o edificaciones relacionados con instituciones religiosas de corte inquisidor y abiertamente impositivas. Dichos brotes de anticlericalismo pueden tener diversas causas: darse por parte de creyentes que fueron abusados o decepcionados, por revueltas políticas en contra de regímenes de corte conservador o por movimientos revolucionarios más amplios que buscan romper con dogmas e instituciones que obstaculicen un cambio de conciencia.

No es mi intención defender a la religión católica (o a ninguna otra); sin embargo, aunque ver una iglesia arder pueda simbólicamente resultar algo muy espectacular (un dicho popular considera que “la iglesia que más ilumina es aquella que arde”), también ha de admitirse que dicha combustión perjudica el lugar donde algunos creyentes de la zona acuden para profesar sus expresiones de espiritualidad, independientemente del grado de sinceridad con que lo hagan. Porque, por más ingenuos o domesticados que parezcan, o aunque no podamos entender sus anhelos de alivio al desahogar culpas o delirios –finalmente todos deliramos por una u otra razón o sinrazón, ateos y agnósticos incluidos–, las intenciones de los creyentes en tales recintos litúrgicos no suelen ser malas (recuerde usted que estoy hablando de los creyentes, no de los sacerdotes). En tal sentido, la “expiación” resulta una función necesaria para los que no tienen una comunidad más concreta en la cual apoyarse para compartir sus tribulaciones o para los que no han podido desarrollar otra manera para canalizar sus bienaventuradas intenciones o sus asuntos espirituales trascendentales.

Algunas de tales construcciones antiguas, además, fueron edificadas en épocas en las que los propios arquitectos y artistas participaban de algún modo como creyentes y sublimaban sus expresiones de fe o de júbilo (que superaban a la limitada retórica religiosa, a la que, por lo mismo, magnificaban y, de alguna manera, trascendían).

Por muy agnóstico que usted se considere, ¿estaría de acuerdo en quemar las partituras de música sacra de Bach o el templo barcelonés de la Sagrada Familia (que, aunque se continúa construyendo en época reciente y “profana”, arquitectónicamente manifiesta una majestuosidad muy diferente a los barracones improvisados en donde pastores codiciosos esquilman a los necesitados de fe en ciertos poblados o colonias populares; tampoco caigamos en la trampa de aquellas hiperbólicas pero infames construcciones kitsch de los suburbios más acaudalados que, aunque cuentan con mayor presupuesto, manifiestan la misma intención recaudadora)? Por otro lado, y de ser usted católico, ¿estaría a favor de incendiar las mezquitas y destruir los templos en Asia? De estar en sus manos la decisión, ¿respetaría los árboles sagrados para las tribus del Amazonas?

Es importante recordar que, aunque las monarquías o regímenes tiránicos pueden erradicarse, los castillos y fortalezas se suelen conservar (no es el caso de las estatuas de los tiranos o conquistadores), ya que el arte se cuece aparte; cuando es genuino, ha conseguido en tales casos proyectar un ideal colectivo, expresar un testimonio de algo que quizás no existió o no sobrevivió a la temperatura ambiente pero que tampoco llegó a corromperse (se valora, pues, que la intención y la fuerza de dicho ideal alcanzaron a quedar cristalizadas en la obra).

Si, en un futuro, las religiones con fanatismos intransigentes (si es que éstos no se incendian entre sí) llegaran a ser superadas por la humanidad, sus recintos podrían convertirse en testimonios históricos de la arquitectura, iconografía y acervos diversos de pasadas épocas “oscurantistas” –pero no por ello menos importantes– en el devenir humano. Por otro lado, tampoco hemos de subestimar la importancia de conservar un registro de aquello con lo cual consiguió comulgar una colectividad (ya fuera por ignorancia, por coerción, por libre albedrío o por “simple” fe).

La cloaca de la franquicia con sede en el Vaticano

Es difícil defender a la iglesia católica (disculparán ustedes y la RAE que ponga en minúsculas a dicha institución), ya que le sobran trapitos sucios; a pesar de que tanto creyentes como sociólogos intentaran relativizarlos atribuyéndolos a la propia “entropía de la naturaleza humana”, no hay manera de soslayar los abusos recurrentes sin poner en jaque a la misma institución eclesiástica (la cual, independientemente de que la humanidad haya transcurrido por el siglo XX, ha dado constancia de su carácter dañino durante siglos, en virtud de su prolongado vínculo con el poder político y su influencia en el control de la conciencia de los sujetos adoctrinados al aprovecharse de sus necesidades espirituales).

Costumbres bucólicas, paganas y rebeldes de quemar los templos inquisidores

Si bien un pastor de nombre Eróstrato, en la Grecia Clásica, incendió el templo de Artemisa de Éfeso (una de las siete maravillas del mundo antiguo) nada más para adquirir “infame fama”, dicho caso rústico y ególatra no cuenta como desquite contra una institución religiosa ya que, a pesar de que los humanos han sido supersticiosos desde siempre, en el Mediterráneo de aquella época no había una institución eclesiástica de peso monopólicamente monoteísta que, por lo mismo, dirigiera unánimemente la voluntad de los individuos (algo así desarrollaron después los judíos y había incluso intentado el faraón Akenatón en la civilización Egipcia). Según los registros de la Grecia Clásica, cada quien se cobijaba en la deidad o en el numen que más le fuera favorable (eso asemeja la relación que hoy día tienen los creyentes con sus santos predilectos, con la diferencia de que las “supercherías” detrás de tales santos suelen ser canalizadas en el embudo que convenientemente desemboca en el corporativo central de la Santa Sede, que así aprueba, legisla y controla los sucedáneos).

Siglos más adelante, tras el oscurantismo ocasionado por el período medieval, que promulgó una exagerada austeridad en los ciudadanos de a pie “para contrarrestar los excesos del Imperio Romano” –austeridad que, obviamente, no respetaban los sucesores en los puestos de poder ni sus familias– se generó un “desequilibrio moral”, semillero para coerciones y abusos por parte de las autoridades y sus preceptos. Con el paso del tiempo y la erosión, ya en los territorios sangrientos patrocinados por la misma institución que llevó a cabo las Cruzadas y que instauró la Inquisición como la “modeladora de conciencias”, las llamas persistirían como parte del imaginario católico, no nada más relacionadas con las guerras santas o con el infierno con el que se amenazaba a los pecadores, sino como una vía ardiente para manifestar las reacciones de los propios insurrectos ante la opresión eclesiástica. Así, por ejemplo, en España, país tan católico y a la vez tan pagano, fruto del mosaico de etnias que han habitado su territorio, los choques entre las facciones conservadoras y las progresistas se han suscitado mucho antes de aquellas humaredas que apreciamos en las fotografías de la Guerra Civil. Las estampas de iglesias incendiadas habían sido, siglos atrás –incluso también como expresiones de luchas replicadas en sus diferentes colonias–, un común motivo de grabados, pinturas, poemas y canciones.

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En culturas menos fanáticas, en las que uno pensaría que la iglesia no ejerció su brutalidad de la misma manera que en poblaciones más cálidas, también se han suscitado oleadas anticlericales de cierta intensidad. Por ejemplo, en los años 90 del siglo pasado, algunos entusiastas del black metal noruego –género musical violento que, entre otras influencias además del recurrente vínculo del rock-metal con el satanismo, buscó identificarse con las creencias paganas de Escandinavia previas a la conversión al cristianismo durante la era vikinga–, como parte de sus expresiones extremas llevaron a cabo actos vandálicos, profanaciones de cementerios, amenazas de muerte a sacerdotes, asesinatos, suicidios y, obviamente, varios incendios de iglesias. Independientemente de que tales arrebatos los hubiera motivado algún tipo de “histeria ártica”, suponemos que algún resentimiento habrá explotado, por más libres, sólidas y ecuánimes que nos parezcan dichas sociedades.

Asimismo, en años recientes se han presentado nuevos casos de quema de iglesias (obviamente, la mayoría católicas, por ese “karma” histórico), algunos explícitamente motivados por los abusos eclesiásticos, como el caso relacionado con las tumbas anónimas de niños indígenas vinculadas con los internados canadienses en donde se buscaba adoctrinar e integrar a la “civilización” a dichos menores, algunos de los cuales quizás se negaron (y algunos simplemente fueron vejados y desechados). Es muy probable que expedientes así continúen abriéndose en diversos países debido a la dinámica global que favorece la recuperación de las costumbres y creencias de los pueblos originales, especialmente aquellos que fueron colonizados y sometidos a una ideología impuesta por la fuerza.

De igual manera, en el contexto de la lucha feminista contra el patriarcado, la iglesia católica, por más santas que integre a su causa y por más adjetivos femeninos que use para nombrar sus gracias, se halla entre las instituciones que más han abonado históricamente en la imposición y el abuso por parte de figuras de corte patriarcal (y por medio de la cuales, además, tantas “brujas” fueron condenadas a la hoguera).

¿Cómo evitar futuras temporadas de impunidad de las religiones?

Si, después de tantos cismas y oleadas “heréticas”, la mala yerba de la institución eclesiástica no ha podido ser erradicada, podría sospecharse que constituye parte inerente de la misma –a saber, como toda empresa humana que adquiere poderío–; por tanto, si se desea desintoxicarla ha de ventilarse a fondo, incluso colapsarla hasta los cimientos (y esto quizás sólo funcione cual reforma, para que los nuevos votos inmaculados se mantengan unos años antes de corromperse de nuevo cuando otro período histórico lo permita).

Estos años recientes de pandemia han permitido a la población cautiva (ya sea por el virus o por las instituciones) tener más tiempo para atender contenidos sobre injusticias y abusos de diversa índole. Las reacciones a dichas noticias, además, son especialmente sensibles, dado el “ojo del huracán” en el que nos encontramos como sociedad. Ahora bien, y antes de que arrecien los tiempos de incertidumbre –pues las religiones suelen recuperar fieles rebaños en estas fases de la historia–, ha de aprovecharse la encrucijada para sentar un hito sin precedentes contra las instituciones que han perjudicado por tanto tiempo a la población. ¿Para qué sirven sino los tiempos apocalípticos?

Si usted, por las vejaciones recibidas contra su etnia o comunidad, quisiera vengarse como se debe de la iglesia católica (así planteado, sería un “enemigo” muy genérico), habría de organizar acciones más concretas; por ejemplo:

  • Quemar a funcionarios (eclesiásticos y de todo tipo) involucrados en, por ejemplo, asuntos como los “internados de concentración” a cargo de la iglesia en Canadá (los pocos que queden vivos, a los demás consignarlos o “quemarlos” ante la historia). Se ha de proceder de igual modo, y en todo el mundo, contra los curas pederastas. No es tiempo ya de esperar veredictos que impliquen jueces o disculpas que involucren portavoces. Ojo: pero estos ajustes de cuentas solamente serían viables en manos de quienes hayan sido abusados, acaso con ayuda de sus familiares directos, y no a través de acusaciones o difamaciones a manera de inversa caza de brujas, ya que podría entonces abrirse otro ciclo de injusticias. Afortunadamente, con la secularización de la sociedad, pero sobre todo gracias a la tecnología digital, este tipo de atrocidades por parte de instituciones de carácter religioso serán cada vez más difíciles de soslayar y, por tanto, quedarán menos impunes.
  • Aprovechar las nuevas posibilidades y herramientas de la sociedad civil: así, por ejemplo, siguiendo con el caso de la barbarie católica, podrían hackearse las cuentas del vaticano (muchas de ellas, además, ligadas a negocios turbios o manejos opacos), seguir la ruta del dinero y afectar uno de los pilares que más sustente la dinámica del poder de dicha institución.
  • A manera de boicot, no colaborar económicamente o ideológicamente con cualquier asunto que “apeste” a la supuesta santidad proveniente de dicho cónclave tan corrompido.

Para ser justos, cabe aquí mencionar que lo expuesto anteriormente no implica que el catolicismo u otras religiones no tengan algunos valiosos oficiantes de vocación, que inspiren a otros en su espiritualidad. Sin embargo, en un futuro más libertario, tales personas inusuales tendrían que formular sus epifanías desmarcándose de toda esa mierda eclesiástica corporativa, evitando además caer en arquetipos gregarios que desemboquen en la formación de nuevas sectas o clones de reclutamiento y adoctrinamiento, los cuales quizás terminaran propiciando de nuevo futuros ciclos de barbarie. Porque, como se mencionó anteriormente, este proceder y empoderamiento de instituciones verticales tiene que erradicarse de tajo para conseguir así superarlas como forma de organización social, especialmente cuando involucran asuntos espirituales.

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