Manuscritos de la ciudad reptil

MANUSCRITOS DE LA CIUDAD REPTIL | ¿Qué fauna abisal sondea la dark web?

A menos que seas un enfermo, un vicioso o un adicto, la deep web es tremendamente aburrida“. (Dross Rotzank, youtuber y blogger)

Ciudad de México, 17 de diciembre (MaremotoM).- Allende o debajo de Google, Facebook, Amazon, Netflix y el sitio o el blog de usted mismo, que son hospedados en la Surface Web (la parte del “océano” de la www que es navegable, surfeable, donde los padres incluso dejan chapotear a sus hijos), se mueven otros estratos de la web que no están indexados por motores de búsqueda cotidianos y que cobijan o esconden –ya sea en “guaridas provisionales” o en “búnkers corporativos”– a diversos tipos de usuarios, con diferentes valores y motivaciones, provenientes de contextos tan diversos que tal vez sólo tengan en común el no querer ser cifrados, vigilados o rastreados.

¿La tecnología ha rebasado la capacidad de control? ¿El medio digital ha desbordado cualquier dimensión de vigilancia, al menos por parte de humanos? Difícil saberlo. En una de esas, la tecnología y sus recovecos especializados dan pretexto para dilatar a conveniencia dichos controles (esto es, que a veces se apliquen y a veces no) y así amparar maniobras que de todas maneras se están realizando en la periferia de la legalidad, con el auspicio de los poderes fácticos.

Turismo virtual en el mercado negro

Sin calles lodosas y poco alumbradas, se dice que en la dark web se pueden generar transacciones (sí, es parte del fenómeno de la economía) relacionadas con actividades ilegales: drogas, piratería, artículos robados, información confidencial, tarjetas clonadas, armas, documentación falsa, explotación sexual, lavado de bitcoins… Hasta hay un tipo de “Sección Amarilla” de esos lares, con el nombre de Hidden Wiki, que funciona como guía de centro comercial –con sintaxis de mall pero comportándose más como medina árabe o tianguis de Europa del Este– para los visitantes primerizos (imagino que en tal explanada también es en donde éstos empiezan a ser vigilados desde los pasillos en penumbra).

Entre las darknets o clearnets (este último un término menos amenazador) más populares, como Tor, I2P o Freenet, el tipo de solicitud de contenido más común –dicen los que pueden hacer estadísticas al respecto– se relaciona con el mercado negro, los sicarios, la pornografía infantil, la criptoanarquía, el transhumanismo y demás asuntos turbios o no convencionales, que al parecer trascienden a gobiernos y naciones. Respecto de tal medio escasamente regulado se ha advertido a las personas con cierta capacidad tecnológica sobre el cuidado que han de tener al bucear en sus estratos, por el riesgo constante de encontrar algo sórdido que no se quería ver o involucrarse, voluntaria o involuntariamente, con algo que otros no querían que fuera visto.

No intento hacer una crónica de la dark web, ya que personalmente no he usado mi equipo de cómputo en tales “bajezas” –profundidades, pues– y no me llaman la atención sus contenidos (en la superficie ya me ha tocado ver de todo), sino reflexionar sobre ciertos enfoques del tema, un panorama del que quizás sólo surjan preguntas, por ejemplo: ¿Cómo son las compras en la dark web? ¿Los sitios tienen su dinámica de “Agregue al carrito de compra”? ¿Los usuarios dan sus comentarios y evalúan el servicio (“¡Me sirvió mucho el riñón, gracias!”)? ¿Aparecen ofertas para Navidad, para el Día de las Madres? ¿Le notifican a usted que ya es momento de surtir su dosis? ¿El entorno realmente es tan sórdido, o tras dicha fachada se presentan las mismas pulsiones de los consumidores, si bien formuladas a través de mercaderías más arriesgadas?

Un aviso de ocasión de tales servicios subterráneos –cuenta un visitante– puede versar así: “Rent-A-Hacker, informático europeo, 20 años de experiencia en ingeniería social y hackeos ilegales. Especialidad en ataques DDoS, exploits de día cero, troyanos altamente personalizados y phishing. Discreción absoluta.”

Y como en todas partes se cuecen habas, no es difícil suponer que allí también hay que sortear marquesinas de negocios despreciables y su respectiva clientela. Aquellos que en foros digitales buscan pornografía infantil han de corresponder al tipo de personas que hacen turismo sexual en Bangkok: adultos europeos, norteamericanos, canadienses o australianos, tirándole a la tercera edad, blancos chapeteados al borde de una jubilación cómoda, con gafas oscuras y camisas hawaianas; en promedio: cobardes inofensivos, turistas evidentes, cínicos pero inocuos. Pero ¡ojo!, alguien que se aventure allí podría también tropezar con los tratantes, con los sicarios, con los productores del material pornográfico pervertido o con personas dispuestas a ofrecer algún jale y, más probable aún, con entidades anónimas que busquen estafar o involucrar con un bisnecito; esos sí que pueden ser peligrosos a la hora de acordar una dinámica o pactar una transacción. Googlée usted, por ejemplo –y desde la comodidad de su islote o trajinera en la Surface Web–, a individuos de la calaña del australiano Peter Scully (desayune algo antes de atisbar su historial delictivo y enterarse del tipo de contenidos que hizo surgir de ello, como el material en video denominado Daisy’s Destruction, del cual, obviamente, no intente siquiera comprobar su existencia, sólo tranquilícese de que este psicópata ya cumple cadena perpetua).

Diga usted qué busca y se revelará de qué carece (sin tanta oscuridad)

La cosquilla de la curiosidad –y el respaldo de cierta ociosidad– tal vez para algunas personas sea el impulso que las lleve a curiosear en tales rumbos sombríos. Afortunadamente, no todo en ese entorno resulta criminal, ilegal o perverso; hay comunidades que tan sólo buscan cierta privacidad o acervos que requieren confidencialidad.

Si en la vida cotidiana callejera las diferentes subculturas no encuentran una esperanza clara de sobrevivencia, siquiera en forma de narrativa, la vida digital puede ofrecerles un entorno en el cual dar salida a expresiones y formas de organización. Es verdad que, más allá de los mensajes para conectar con un posible colectivo “por fuera del barrio”, el sustrato clandestino de esta parte de la web también es aprovechado como trinchera de causas políticas; por ejemplo: el hacktivismo, la liberación y distribución de información censurada, expedientes clasificados, secretos de estado, además de la disposición de todo un acervo relacionado ideológicamente con temas sobre anarquía y autogestión.

¿Qué libros prohibidos –si es que hubiera referencias claras o lectores críticos para éstos– esconde la dark web? De todo habrá (conspiraciones y fake news incluidas), si bien los temas protagónicos puedan ser la anarquía, lo antisistema y la autosuficiencia (para causas libertarias o progresistas), aunque también pululen contenidos de grupos sectarios ultras o fascistas. Las comunidades de la web profunda se mueven en gamas que van desde el pro-lo que usted quiera (pro-ateísmo, pro-suicidio, pro-transhumanismo, pro-drogas duras, etc), hasta la anti-censura, el anti-copyright, los anti-gobiernos o cualquier otro tipo de disidencia.

Muchos acervos, por otro lado, se hallan escondidos entre estratos porque forman parte de una red restringida (intranet), usualmente de corporaciones o instituciones. No es que no haya secretos y truculencias en estas redes, pero más bien se resguardan fuera de los buscadores por motivos de seguridad y confidencialidad; en ellas se respaldan, por ejemplo: información bancaria, médica, ciudadana, de investigación, o los datos sobre empleados, clientes y usuarios.

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Y para asuntos sociales en general hay redes de anonimato como Tor, la cual se comporta como una trama de túneles virtuales que protege las comunicaciones del usuario haciendo que reboten dentro de una red enorme mantenida por voluntarios alrededor del mundo. Basado probablemente en las estrategias de enrutamiento desarrolladas por las defensas militares, tal proyecto de tinte libertario busca sin embargo mantener su integridad al hacer uso de un software libre.

Pero lo lúgubre del asunto, al parecer, se maneja en los estratos más profundos, más crípticos y, por ende, menos democráticos. La parte más abisal de la profunda web es la llamada Mariana’s Web (aludiendo seguramente a la Fosa de las Marianas, la zona más profunda del fondo marino), donde los dílers, hackers y demás fauna comparten rutas con administradores de asuntos tales como expedientes y archivos estrictamente confidenciales de sectores gubernamentales o –¿serán sólo mitos urbano-informáticos?– de corporaciones u organizaciones internacionales con “secretos siniestros” (tipo los gestores del Vaticano) o los vistazos –¿ficticios? y aún así, verosímiles– a una gama de monstruosidades o anomalías realizadas por laboratorios, ejércitos, cazadores de prodigios, hechiceros, investigadores o esnobs sin escrúpulos.

Incluso, y ya a niveles de la ciencia ficción más distópica, hay quienes rumoran que dicho sustrato podría perfilarse para ser ocupado y controlado por una omnipotente entidad de inteligencia artificial (de la cuál, acaso, comprobaríamos sus efectos en nuestra cotidianidad cuando existan computadoras cuánticas al alcance de todos; mientras, podemos seguir feisbuqueando con ingenuidad).

Pero no arroje usted (todavía) la computadora o el móvil por la ventana. Recuerde que todo lo que en la red profunda se anida fue generado acá “arriba y afuera” por sus gobernantes, empresarios, vecinos, amistades, familiares, ¡por usted mismo! Aquí a la intemperie, finalmente, es en donde se generan y en donde repercuten los asuntos gestionados en la web: ésta, en cualquiera de sus estratos, solamente funciona como archivero, bóveda, plaza comercial y sala de juntas, sea siniestra o discreta. Eso sí: si usted no quiere observar posibles aspectos explícitos de la naturaleza humana –o no aquellos que su expectativa moral no pueda digerir–, evite visitar mediatecas ocultas o andar curioseando en chismes de comunidades periféricas o abismales (que, además, se mueven con otros códigos).

“El medio es el mensaje”

Según tal aforismo acuñado por Marshall McLuhan, teórico de la comunicación y los mass media, hay una relación simbiótica en la que el medio donde uno se “sumerge” influye en cómo se percibe el mensaje y cómo se asume el contenido (ahora que lo pienso, en varios casos el “contenido” termina siendo uno). Así, en la dark web, el medio podría estar proyectando un ambiente de “libertad”, por un lado, aunque por otro envolver en una sensación de “excitante impunidad”.

En un asunto más delicado, que quizás sea a la larga la condena de la vida digital, el anonimato del medio y la permanencia prolongada en el mismo pueden hacer que el individuo se acostumbre a ciertos estímulos y que, en la aparente “plaza pública” que implica la interfaz de tal medio, sea asumido como normal  lo que allí se desenvuelva. ¿Y qué pasa cuando una persona compulsiva o curiosa advierte que la policía no está a la vista (o cuando ésta misma aparece como cómplice e instigadora de la corrupción de ciertos hábitos)?

Expresó Nietzsche en La genealogía de la moral (quizás el filósofo alemán lo empezara a formular de regreso a la pensión después de una visita a alguna zona roja, pocas décadas antes del ascenso del Tercer Reich): “Cuando su poder se incrementa, una comunidad deja de tomar tan seriamente la transgresión de los individuos, puesto que ya no pueden ser tomados como peligrosos o destructivos para el todo como antes podrían haberlo sido”.

Boceto de una terapia para hackers

¿Los hackers, en promedio, perfilan su oficio durante una crisis en la adolescencia? ¿Lo hacen por ocio, para tener amistades, porque su mesada no les alcanza? Si es que empiezan espiando (vía phishing) a su crush o a sus compañeros de clase, quizás no puedan después desarrollar con normalidad la habilidad para interactuar de frente con los seres de sus desvelos o de sus acosos. Los malwares se convierten en el riesgo sustituto de las enfermedades venéreas y las perversiones no tienen ya como límite el que alguien grite “¡basta!”. Los hackers entonces podrían estar sugestionándose que habitan el Far West, donde ponen precio a la cabeza de alguien mientras se reúnen a apostar y a embriagarse en el saloon (aunque apoltronados en sillas gamer). Por suerte, al parecer hay hackers de ambos sexos y de todas las tendencias: existe la esperanza de que los encuentros de parejas o de grupos en foros, videojuegos o retos les permitan al menos jugar a desarrollar, fuera de los códigos, algún sucedáneo parecido al amor o a la empatía.

La botnet: la implosión del internet o el Big Crunch de la iconosfera

Hay una teoría, relacionada con la del Big Bang, que proyecta que cuando el universo deje de expandirse se colapsará. En dicha visión apocalíptica, un agujero negro absorberá todo, haciendo insostenible la densidad. La gravedad ganará la partida (no se sabe a ciencia cierta si la gravedad representa el bien, el mal, lo inevitable o la inercia).

Supuestamente, la materia y energía oscuras funcionan –en una dinámica tipo yingyang con otro tipo de energías– para movilizar los cambios en el universo. Tal vez esto no ocurre así en la iconosfera (esfera de la información, mensajes, bits, etc), a menos que nuestro metabolismo cambie al mismo ritmo que ésta para adaptarse a la interfaz y comportarse con relativa naturalidad. Nuestras pulsiones “oscuras” han de ser reguladas en un tejido social, lo mismo que nuestras pulsiones “luminosas” (que también pueden resultar dañinas si no se regulan). Un entorno mediatizado no controlado por nuestro metabolismo natural –donde, además, se multiplican los bots cual células cancerígenas– puede desequilibrar esta dinámica y hacer colapsar el sistema de interacción.

En el símil a macroescala, algunos científicos conjeturan que, de ocurrir un Big Crunch, todo el universo quedaría contenido en una singularidad, que es un escenario propicio para comenzar un nuevo universo. Sea éste nuevo físicamente, sea sólo transferencia de interfaz o funcione en el sentido del mito del Eterno Retorno, conforme la tecnología digital se haga más inmersiva, aquellos que anden demasiado tiempo tras persianas o en balcones en penumbra tal vez no alcancen a advertir el colapso de su ambiente; quizás se estén escurriendo a través de un agujero de gusano hacia algún universo paralelo –o se estén “quedando en el viaje” o fusionándose con “la interfaz”–, a lo más irán percibiendo cómo baja la temperatura y, en una de esas, Spotify o la mismísima Siri, en involuntario humor cruel, alcancen a sugerir como música de fondo la pieza de Gary Numan, Are ‘Friends’ Electric?, para sentirse menos solos, individuos y sistemas de información.

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