Manuscritos de la ciudad reptil

MANUSCRITOS DE LA CIUDAD REPTIL | Reflexiones sobre el dolor y su umbral

Las generaciones sensibles al dolor no podrán contratar un seguro contra éste o contra el sufrimiento, ya que su “seguridad” o su blindaje sería limitado; a menos, claro, que se sometan a un plan calendarizado de terapias en el que intervenga seguramente la industria farmacéutica con alguna panacea y la subsecuente cadena de efectos secundarios (que también tendrían que paliarse de algún modo: ¡serían clientes a perpetuidad!).

Ciudad de México, 26 de agosto (MaremotoM).- Si usted alguna vez tuviera que explicarle a una máquina lo que es un dolor –por ejemplo, para que lo diagnosticara o lo auxiliara en su malestar–, ¿cómo lo describiría? ¿Qué sensaciones o percepciones involucraría en tal descripción? ¿Cree usted que la máquina, por muy compleja que fuera, sería capaz de tener conciencia del dolor (y no solamente registrar en un algoritmo la descripción verbal, el código asignado para tal “input” o, en el mejor de los casos, formular un veredicto por las mediciones de los indicadores corporales y cerebrales de usted)?

A pesar de ello, en general los seres vivos concordaríamos en que el dolor es algo claramente más desagradable que placentero (si bien, en tal caso, sería igualmente complicado acotar el ámbito correspondiente al placer). Los atributos de “bueno” / “malo”, lejos de poder ser codificados como “correcto”/”incorrecto”, quizás corresponderían a las repercusiones, por parte de una conciencia, que fueran valoradas en función del “placer” / “dolor” fisiológico.

Suele asumirse que el dolor es una señal del sistema nervioso de que algo no anda bien. La señal mencionada se percibe como un pinchazo, una descarga eléctrica, un ardor, un estirón… Pero dicha señal, ¿es la manifestación de una privación, de un exceso, de un cambio brusco? La función homeostática, que es reguladora según determinado programa metabólico, establece un intervalo más allá del cual –si es que se dispusiera en un “eje” o escala de atributos– una sensación se interpretara como dolorosa o provocara un “reajuste” de tipo doloroso (independientemente de las eventuales fluctuaciones que pudieran percibirse como aliviadoras).

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Suele asumirse que el dolor es una señal del sistema nervioso de que algo no anda bien. Foto: Cortesía

La concepción más común de dolor se relaciona con el dolor físico, llamado nociceptivo, que surge por la llana estimulación de los nociceptores —terminaciones nerviosas sensibles a estímulos dañinos o adversos de tipo mecánico, químico, térmico, entre otros—, propios de la sensibilidad somática en sus diversas vertientes: sensibilidad cutánea o exteroceptiva (piel, tejidos externos), profunda o propioceptiva (muscular, ósea, articular, cinestésica) y visceral o ínteroceptiva (órganos, glándulas, conductos, vasos).

Aunque el dolor físico es síntoma de que algo no está bien en el cuerpo, su alerta va más allá de una información: se manifiesta como un reclamo (en términos de comunicación, correspondería a una clara función apelativa). En caso de intentar describirlo, al menos podemos reconocer algunas cualidades que discernimos de las sensaciones en general: la intensidad (agudeza), la localización (sensación precisa o difusa, una zona de lesión, un punto del sistema somático) y la duración (crónica, pasajera, intermitente, fluctuante, etc).

Asimismo, cada individuo establece un eje semántico entre el placer y el dolor, lo que dificulta la medición certera de un umbral tanto para lo doloroso como para lo placentero. Por ejemplo, el alivio del dolor físico se percibe como algo placentero;  además, dependiendo del contexto en el que se presenta una misma sensación, ésta puede ser percibida como placentera o como dolorosa. Y cada etapa de nuestro desarrollo, así como el estado de conciencia en el que nos desenvolvamos en una situación, también llegan a modificar el “punto de equilibrio”.

Sufrimiento, malestar

Cuando un dolor se halla interpretado respecto a un ámbito anímico o espiritual, suele hablarse de sufrimiento. Eric Cassell, médico e investigador de salud pública, al expresar que “los cuerpos duelen, las personas sufren”, nos recuerda que la persona es una estructura plurirelacional que, a partir de un cuerpo base, construye un carácter y una personalidad, una memoria, una historia, una forma de afrontar las dificultades, una vida interior (con un cúmulo de creencias, aspiraciones y miedos), una educación emocional, así como una red de relaciones sociales que configuran una familia, una comunidad y una cultura.

En tal sentido, si el umbral de un dolor físico es difícil de “medir”, mucho más complicado es determinar el umbral para un sufrimiento.

Además, el sufrimiento se halla relacionado de alguna manera con una instancia simbólica. Partiendo de una necesidad determinada, el nivel simbólico que busca cubrir dicha necesidad se establece como un “objeto del deseo” –el deseo, a diferencia de la necesidad, implica una formulación social–, así como del modo, también socialmente determinado, de su respectiva satisfacción/ratificación o insatisfacción/desaprobación.

Quizás hemos escuchado, siquiera retóricamente, a personas que sueltan frases como: “Pégame pero no me dejes”. Expresiones así, por más estereotipadas que resulten, sugieren que, para estas personas, un dolor físico (algo inmediatamente dañino) podría ser más soportable que la ausencia (eventual y simbólica) de una persona que –en el ámbito del deseo más que de la necesidad fisiológica– otorga alguna gratificación por ¿seguridad?, soporte, apoyo o compañía.

Una perspectiva emocionalmente saludable, relativamente equilibrada, supondría el desarrollar dinámicas para no acostumbrarse al dolor con fines de evitar el sufrimiento; esto es, no dar paso a inercias que sacrifiquen la integridad física o fisiológica percibiendo que se asegura a cambio la “seguridad emotiva simbólica”.

El sufrimiento inútil

¿Tiene sentido la angustia? Cuando alguien sufre en ausencia de dolor (en caso de no estar éste presente, ser una conjetura, o si tal sufrimiento se apega a un dolor ocurrido en el pasado), podría uno, parafraseando a Buda, plantear la perspectiva de que “El dolor es inevitable, pero el sufrimiento es opcional”.

Es verdad que la angustia o la depresión pueden ser causados por agentes químicos o bioquímicos fuera del control voluntario de un individuo, mas, en el momento en que éste tiene que enfrentar un problema, dichas actitudes no sirven para resolver un conflicto, incluso hacen parecer que, si el individuo opta por ellas, se deba a que, como expresa el psicoterapeuta alemán Bert Hellinger, “sufrir pueda parecer más fácil que actuar”. Una actitud que orbite entre angustia y depresión se asemeja a aquella –menos dramática pero también evasiva– de la procrastinación (cuando se postergan actividades necesarias, pero no gratificantes o agradables, debido a la pereza, la desidia o el miedo para afrontarlas).

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Cada contexto sociocultural desarrolla en los individuos determinado tipo de resiliencia. Foto: Cortesía

Cada contexto sociocultural desarrolla en los individuos determinado tipo de resiliencia (la capacidad para afrontar la adversidad y transformar el sufrimiento –la repercusión del dolor– en emociones menos desagradables, menos paralizantes), así como un tipo de carácter o forma de atención que se preste a lo doloroso. Dicha categoría podría denominarse antropológicamente como el manejo del dolor o algo por el estilo (que no solamente se refiera al duelo por los muertos sino a la manera, especialmente emocional, de enfrentar los problemas y tolerar la frustración); obviamente, se relacionaría con ese ámbito que algunos psicólogos han llamado la inteligencia emocional.

Se especula, entre bromas, que la llamada “generación de cristal” (en referencia a ese segmento de edad de los consumidores que el marketing suele etiquetar como los millennials) tiene un umbral muy bajo para soportar los “embates” de la vida. Seguramente se refieren a las sociedades con “progreso”, pues explican que dichos jóvenes han sido educados en un confort o en una burbuja anti-conflicto tal que los ha condenado a responder con angustia a cualquier revés del destino o a reaccionar en órbitas depresivas después de haber “sufrido” cierta cantidad de esfuerzo sin haber obtenido alguna gratificación (o siquiera una limosna de dopamina, sustancia a la que dicha generación acomodada ha sido especialmente condicionada a suplicar).

Las generaciones sensibles al dolor no podrán contratar un seguro contra éste o contra el sufrimiento, ya que su “seguridad” o su blindaje sería limitado; a menos, claro, que se sometan a un plan calendarizado de terapias en el que intervenga seguramente la industria farmacéutica con alguna panacea y la subsecuente cadena de efectos secundarios (que también tendrían que paliarse de algún modo: ¡serían clientes a perpetuidad!).

Si a alguien le bastara sonreír para alcanzar la felicidad, tendría el asunto resuelto. Pero no se trata de lo que parezca, sino de lo que se viva. Sabemos que aunque la apariencia puede ser un punto de referencia, sobre todo en culturas del espectáculo, la dinámica de la transformación (de ser requerida) debe necesariamente ir a profundidad.

¿Juguetea usted con la mala vida?

Para aliviar un dolor, a veces el mecanismo fisiológico funciona como con la temperatura: se puede provocar controladamente un malestar más intenso (en calor o en frío) que el que incomoda para después interrumpir dicho estímulo y percibir cómo el estado que era anteriormente doloroso se torna relativamente placentero, por contraste.

El problema de esta “técnica”, de usarse a diestra y siniestra, es que puede generar inercias como las de las adicciones, en las cuales un individuo se puede acostumbrar a buscarse ciclos de “mala vida” con los cuales fenomenológicamente paliar un dolor de fondo.

Cuando el dolor parece un drama crónico

Aunque no hay mal que dure cien años (ni barrio que lo soporte), hay personas que tienen sistemas nerviosos más sensibles, o que son propensos a crear “bucles” en las fibras y células nerviosas que detectan y envían las señales del dolor. Dicha estimulación de ciclos recurrentes modifica la estructura de tales fibras y células y las “predispone” a sentir dolor con estímulos que normalmente no serían perjudiciales ni altaneros.

Hay factores psicológicos, como la ansiedad, que promueven una expectativa del dolor y que ocasionan que un individuo se pasme ante tal supuesto destino. Es como si fuera un temor anticipado; algo que es ocioso e inútil, hay que decirlo. Los desórdenes emocionales generan interpretaciones inadecuadas –esto es: no pertinentes o no funcionales– respecto de la experiencia del dolor.

Sabemos que los laboratorios han desarrollado múltiples fármacos para aplacar las tendencias de angustia (que a veces parecieran ser generacionales, como en el caso de la llamada “generación de cristal”, especialmente intolerante a la expectativa de lo doloroso); también han surgido muchos tipos de terapias para auxiliar a que las personas enfrenten su cotidianidad con menos percepción del dolor. Pero todo esto, ¿a qué costo?

Viene al caso hacer un paréntesis para mencionar aquí la película Eterno resplandor de una mente sin recuerdos (Michel Gondry, 2004). Quizás a propósito de las cuitas relacionadas con las angustias del doloroso proceso de maduración de esa “generación de cristal” arriba mencionada, esta película trata sobre el miedo de los humanos a enfrentar los “sufrimientos” que implica el vivir procesos –obviamente, dolorosos además de placenteros, ambas instancias conectadas– necesarios para el desarrollo personal. Si bien podría plasmar la encrucijada, tal vez generacional, de que “el que tiene miedo nunca se enamora, ni consigue madurar del todo”, es una película muy interesante; aquí el tráiler:

La resonancia, el cosquilleo gozoso y doloroso de lo que está vivo

El filósofo alemán Harmunt Rosa (consultar, por ejemplo, su ensayo Lo indisponible) reflexiona sobre el concepto de la resonancia –ese modo de escuchar y responder, que es muy diferente al de poseer y controlar–, la cual implica nuestra capacidad para ponernos en contacto con cosas, personas, situaciones que no podemos predecir y que permite, además, entablar relaciones que nos transformen de manera inesperada. Así, el filósofo opina que debemos estar preparados para hacernos vulnerables, ya que es la única manera de sumergirnos plenamente en el mundo, sin corazas o programas, sin algoritmos que controlen nuestras decisiones.

Y es que el dolor tiene una función más compleja de ser una mera señal. Además de que ayuda a generar una “marca” en la memoria para prevenir o recordar situaciones dañinas e informar sobre deficiencias de la homeostasis e integridad corporal que han de subsanarse, es el encargado de impulsar a la conciencia hacia niveles más interesantes, por decirlo de alguna manera (pues las vidas que son confortables y que evitan el sufrimiento tienden a atrofiar algo, lo que las vuelve insulsas y protagonistas de “narrativas de termostato”).

Una vida plena, pues, debe integrar al dolor como parte de su fenomenología. Los llamados vitales siguen siendo fuentes de resonancia siempre que estén más allá de nuestro alcance, comprensión y control, por mucho “dolor” o “sufrimiento” con el que –¿según qué algoritmo?– nos estuvieran amenazando. A fin de cuentas, ¿qué sería del arte sin ese pathos?

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