Manuscritos de la Ciudad Reptil

MANUSCRITOS DE LA CIUDAD REPTIL | Thanos, Mad Men y Chairos vs.Fifís

Ciudad de México, 24 de mayo (MaremotoM).- Esta paella de ideas versa sobre un tipo de “sobrepoblación”: no aquella que depende estrictamente de una cantidad de individuos, sino una que repercute en la psique humana cual “sensación térmica” y que se expresa a través de un tipo de discriminación ideológica; implica la concepción de ciertos “otros” como personas que han de ser descalificadas porque están de más (prejuicio que puede producir cadenas de “pensamiento” del tipo: ya que incomodan, bien podrían extinguirse o, al menos, exiliarse).

THANOS Y EL SUPUESTO GANAR-GANAR

En esas pelis de los Avengers –porque ya no me tocó enterarme a través de los cómics– el personaje “antagonista” bautizado como Thanos nos dio a entender que, entre las misiones de su vida, una inevitable era la de “equilibrar al Universo”. Consecuentemente, este metavillano / metahéroe requería armas de destrucción (o desintegración ecofriendly) más que masiva; buscó entonces una tecnología peculiar: unas gemas de edición limitada, cuya colección permitía integrarlas a un guante que –con interfaz amigable– solucionaría los problemas al chasquear los dedos una vez (con la mano izquierda: al parecer los zurdos no estaban discriminados en la concepción del guante, o tal vez era por si el usario del mismo requería usar simultáneamente un teléfono móvil en la otra mano). Con dicho gesto, Thanos haría / hizo desaparecer a la mitad de los seres (¿incluía animales de granja, peces, plantas, hongos y protozoos? No tengo las nociones suficientes sobre el universo Marvel para argumentar al respecto, pero supongamos que sí, que eliminara a la mitad de los seres de las diferentes especies: dejaría entonces sin la mitad de las provisiones a la mitad de la población –¡vaya farsa!, para eso mejor hubiera duplicado los recursos y así todos tan felices y a expandirse hasta nuevo aviso–). ¿Y en tal caso, la naturaleza es como la ONU, solamente es pendeja y simbólica?

Thanos, cegado de soberbia, quería convencerse de que tal aparente genocidio-ecocidio lo hacía desinteresadamente. No sé, tal vez en el fondo esperaba una estatua en su honor en la plaza de su pueblo natal, erigida generaciones después por la mitad sobreviviente de los pobladores, una vez que se olvidaran las misas por los desaparecidos (al menos en uno de los multiversos le sobrevivieron sus hijas, aunque quizás cambiaron de apellido, de comarca y de tinte de cabello).

El asunto es que, aunque la decisión fuera “no personal, imparcial y democrática”, Thanos olvidó de someter a voto el asunto. Varios en el Universo terminarían preguntándose sobre quién estaría detrás del algoritmo de dicho milagroso guante. Y aunque Thanos abogara a su favor con que problemas drásticos requieren drásticas soluciones, tal argumento –así dicho, a través de palabras en el seno de una supuesta civilización– difícilmente es aprobado sin despertar suspicacias.

MAD MEN (en lenguaje inclusivo, entiéndase también como MAD WOMEN)

En la serie Mad Men, el personaje central, el pragmático fumador-bebedor y publicista self-made man Don Draper tenía, entre sus consuetudinarias conquistas, a una pintora a la que visitaba ocasionalmente (seguramente en alguna buhardilla en el Greenwich Village) pero con la que nunca podía empatizar en temas de conversación, visión estética ni mucho menos sobrellevar las amistades de ella en los círculos bohemios o contraculturales. El publicista (un “prostituto del arte” a ojos de los artistas beatniks) veía asimismo a los artistas desde una perspectiva parecida a la de, por ejemplo, algún científico ante un publicista: como “fabuladores”, como buscavidas manipuladores interesados en los placeres, la fama y el glamour. Por cierto, que tampoco Draper veía con buenos ojos la actividad artística de sus diferentes esposas (una que le hacía al modelaje y otra que apuntaba a radiante y espontánea actriz). Obviamente, la serie expone toda la gama de polarizaciones de época: machismo, racismo, paranoia contra los comunistas, bipartidismo interno, etc.Quizás Draper –quien, a su propio pesar, resultaba a veces demasiado reflexivo y hasta “profundo”– recelaba de la bohemia intelectualoide y pseudocontracultural neoyorquina (recordemos que la serie empieza recreando los años 50’s en la NY City de la edad de oro de la publicidad, cuyas agencias florecieron en Madison Avenue –de allí lo de “MAD(ison) MEN”, entre otras razones o sinrazones); quizás muchos de esos “protohippies drogadictos” fueran en el fondo conservadores y el mismo Draper estuviera fuera del sistema desde el inicio –un outsider hijo de puta cualquiera; de hecho, su nombre e identidad fueron “hurtados” (no entraré en detalles al respecto porque no estamos hablando en sí de la serie –si gusta échesela, que está buena, aunque evítela si está dejando el cigarro y la bebida–).

En fin, que los publicistas y los artistas, como se muestra en diferentes episodios de Mad Men, suelen tener visiones del mundo y opiniones encontradas, suelen menospreciarse los unos a los otros aunque a ratos se comporten y hasta parezcan caras de una misma moneda (y, de hecho, se necesiten mutuamente).

Mi experiencia al interactuar con dichos ámbitos es que ambas profesiones (publicidad y arte) comparten varios aspectos en común. Además de ser trabajos creativos (aunque de valores muy distintos, eso sí) y de plasmar las inquietudes y expresiones de sus épocas, tanto un artista como un publicista suele relacionarse o lidiar con todos los estratos de la sociedad y, de alguna manera, no comulgar o incluso no pertenecer cotidianamente a uno en particular. Y ambos, publicistas y artistas, tienen que saber cómo hacerlo de la manera más fluida y asertiva posible.

Otras profesiones pueden dar extensos “saltos de movilidad social” (por ejemplo, de favelas hasta el jet set: algunos futbolistas o modelos son una muestra; en Brasil hay toda una industria para dichas catapultas). Sin embargo, en estos casos, llegan en calidad de gladiadores o de adornos la mayoría de las veces y se incrustan en el estrato destino para olvidarse de lo demás. Quizás por eso en los cocteles y fiestas suelan hacer click los futbolistas con las modelos y eventualmente formar parejas, grupos, familias, barrios residenciales y perfilar nuevos segmentos de mercado.

Los artistas y los publicistas, en cambio, han de desarrollar y conservar el criterio (y el gusto) de, por ejemplo, ser capaces de empinar un mezcal tonayan en un terreno baldío, al día siguiente hablar exquisítamente –champán en mano– sobre tendencias y frivolidades en una inauguración en galería de Polanco o en la presentación de un servicio innovador y ya para el fin de semana terminar perdidos en algún poblado –ni siquiera pueblo mágico– que desemboca en una barranca con caída de agua, acompañados por nativos de la zona que se vuelven sus compas con sinceridad natural. Y, al menos para los artistas de verdad –y para los buenos publicistas ocurre algo parecido– no es más importante el dueño de la galería o el sponsor que el nativo de la cascada o que el bato fronterizo; todos son humanos y potenciales sinergias de comunicación, cualquiera puede ser portador de interés estético (sublime o anómalo, o bien una mezcla).

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CHAIROS VS FIFÍS (¿quiénES SON el agua y quiénES el aceite?)

Versión actual de una eterna pugna: la de “progresistas” contra “conservadores”, pero en una región que tiende al solipsismo, al caos y a la desinformación. Por lo mismo, no resulta tan simple definir ni se pueden localizar tan fácilmente a los “bandos” por código postal o cuarteles. En México –y pienso que ocurre algo parecido en Latinoamérica y en otras regiones–, los conservadores no pertenecen necesariamente a cierto estrato socioeconómico; los progresistas tampoco. Ni calzan con visiones ideológicas de “Derecha” e “Izquierda”. Por lo mismo, en el subconjunto “chairo” como en el subconjunto “fifí” suelen entremezclarse estratos socioeconómicos, sectores laborales, clubs o redes sociales, etc. con las conductas, aspiraciones, valores, banderas, ideología, opiniones de grupo, intereses personales, líderes de opinión, humor del día, etc.

No obstante, en la opinión pública y mediática, en redes sociales y en conversaciones de oficina o de cantina (evítese esto último y de paso también todo lo anterior), las expresiones de una u otra facción suelen explosionar como si se tratara realmente de una batalla o una confrontación declarada. Lo que se percibe detrás de cada expresión exagerada o relativamente “fanática” de uno u otro “bando” da la impresión de que, más que expresar una conciencia o ideología de grupo, dichas posturas tan sólo manifiestan desahogos de frustraciones variopintas de los subconjuntos de la población que los nutren; así:

El subconjunto “fifí” puede albergar:

a) Personas que abusaron de privilegios en regímenes anteriores y que se les ha privado de ellos o que, sin poder ejercer la acostumbrada impunidad, les ha dificultado mantener dicho estilo de vida.

b) Personas que están atrapados en la “cadena alimenticia inversa” iniciada por acaparadores, de cuyas estructuras dependen.

c) Personas aspiracionales (wannabes) que ya invirtieron demasiada lambisconería en relacionarse simbólicamente con el grupo privilegiado y que no quieren ser confundidos con la “inculta gentuza chaira”.

d) Personas “modestas” a las que sus familiares han tratado de inculcar una consigna, la estafeta de una distorsionada noción de “progreso” en la que han invertido todas sus esperanzas (y que a veces terminan como “carne de cañón”).

e) Personas que odian sistemáticamente a López Obrador y a su “Morenez” (aunque suelen asumirse como “crítica y objetiva oposición”).

f) Conservadores “de pura cepa”, cuyas familias han desarrollado tradiciones positivas pero que se hallan inmersos en una burbuja que les hace pensar que todo el universo está correcto tal como está (esos casi no se involucran en asuntos mediáticos, pero opinan para “convivir” o cuando les incomoda divisar un cadáver al pasear en su carroza; ojo: estos también llegan a optar por “la chairez” si les pasa como a Siddhartha Gautama y no porque la “chairez” equivalga a la iluminación, sino por que desarrollan un gramo extra de empatía –o más bien de desapego– en la concepción del mundo).

g) Las combinaciones que se vaya acumulando en diferentes asuntos públicos.

El subconjunto de los “chairos”, por su parte, puede incluir:

a) Personas, no importa qué tan económicamente solventes sean, que están hartas de los abusos de aquellos en el poder; al parecer, tienen una conciencia diferente sobre el concepto de beneficio (o eso dicen); pueden ser desde conservadores de cepa que salen de su burbuja para “intelectualizar” al respecto hasta habitantes del limbo a los que les han quitado hábitat, familia y miedo.

b) Personas con resentimiento ante los privilegiados; normalmente son de clase media que ha sido menospreciada o “venida a menos” (fifí dixit) y que no quieren conceder en lambisconerías hacia los que tienen el sartén por el mango (tal vez porque no les funcionó como pensaron).

c) Personas que repelen cualquier figura de autoridad (incluye personas sin clase social definida debido a contingencias diversas en su historia personal), a quienes no les gustan los conservadurismos rancios y que aprovechan que los “chairos” en general son mucho más divertidos, espontáneos y menos prejuiciosos que los “fifís”. En este caso, su buena voluntad –más que apoyo– hacia López Obrador suele ser más bien oposición a los buitres del resto de la clase política, ya que el “progresismo” como tal en México no se encuentra definido claramente, apenas está por desarrollarse (recordemos además que el carácter del “México profundo” en sí es desconfiar de toda forma de gobierno y desmarcarse: el futuro de esta tendencia desembocará seguramente en la autoorganización comunal).

d) Personas que quieren salir del sistema neoliberal (por diversas razones; no equivale a ser comunistas) y que piensan que lo “progresista” en estos tiempos supone ir contra el capitalismo depredador (la ecología respalda dicha idea).

e) Lo que se vaya acumulando en diferentes escenarios.

Nota: también hay personas que cambian de discurso según en dónde se encuentren; éstas resultan despreciables para ambos bandos. Tanto los fifís como los chairos, en sus íntimas fantasías genocidas, acordarían en fusilarlas en primer lugar.

Ahora bien: también hay personas que quieren salir de cualquier sistema ideológico y para quienes no funciona tomar partido; no les convence magnificar ninguna de las opciones, mucho menos marchar con los “chairos” o con los “fifís” (y menos si dichos bandos sueltan sus consignas con espuma en la boca).

Sin embargo, no olvidemos que también existen otros estratos de la fauna: los saqueadores a raz de tierra, los perpetuamente hambreados, los que continúan con la depredación no importando las facciones ideológicas; de algún modo siguen siendo “bestias” (pragmáticas, eso sí) al no pensar en términos de civilización y al ser capaces de comerse a cualquier postor y a cualquier mensajero.

Esos carácteres –tanto las que quieren superar cualquier sistema o bipolaridad, pero también los saqueadores compulsivos y acríticos– están construyendo en este momento cada uno su propio ecosistema a niveles más profundos, alejándose de los enfrentamientos a nivel epidérmico (de redes sociales e iconosfera en general) y haciendo caso omiso del gasto energético de toda postura manifiesta en palabrería. De llegar a fortalecerse tales ecosistemas, ¿en cuál de ellos entrarán los “chairos” y en cuál los “fifís”? ¿Compartirán acaso derecho de piso o nivel de conciencia alguna vez?

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