Libre albedrío

MANUSCRITOS DE LA CIUDAD REPTIL | Un thriller freudiano, los virus y el libre albedrío

¿Qué es el libre albedrío? Se ha definido como la potestad que el ser humano tiene para obrar según lo considere. Se relaciona, si no con la libertad, sí con la responsabilidad para tomar decisiones, elegir y realizar acciones inducidas por una asumida voluntad propia.

Ciudad de México, 11 de junio (MaremotoM).- Si miras mucho tiempo dentro del abismo, el abismo también mira dentro de ti”
Friedrich Nietzsche

¿Qué es el libre albedrío? Se ha definido como la potestad que el ser humano tiene para obrar según lo considere. Se relaciona, si no con la libertad, sí con la responsabilidad para tomar decisiones, elegir y realizar acciones inducidas por una asumida voluntad propia.

Si el ser humano es una especie privilegiada, en términos de dicho supuesto libre albedrío, ¿cómo es que puede ser afectada de manera tan grave por entidades –esto es, otras voluntades– como los virus, los cuales, a saber, se cuelan en sus sistemas de información (genética, simbólica, tecnológica) y los trastocan o condicionan a manera de mecanismos de control, inutilizando la voluntad ejercida para mantenerse como entidad saludable y con vida?

En casos así se podría pensar que, en algunos casos y por ello potencialmente, la voluntad del virus es más poderosa que la del humano.

¿Es que la voluntad depende de un metabolismo echado a andar y, si el metabolismo es modificado, la voluntad es implícitamente reencausada? ¿Al virus le basta modificar las instrucciones de las células que componen al humano infectado (quien, como configuración consciente, no tiene realmente el control voluntario del sistema inmunológico)? ¿La voluntad, como el metabolismo, sigue cierto pattern, y en tales términos un virus puede ser más obstinado?

¿Y cómo ocurre un cambio en el metabolismo? ¿Las instrucciones de un virus, por su parte, pueden imponerse sobre las instrucciones de otro virus y neutralizarlo? ¿Es algo fundamentalmente químico? Al respecto, el escritor norteamericano William Burroughs –seguramente refiriéndose a agentes modificadores del metabolismo, como son las drogas– ha acotado que “todo lo que se puede hacer químicamente puede hacerse de otras maneras”.

Libre albedrío
¿Existe, pues –para el caso de que una entidad “consciente” ejerza  su voluntad– algo que pueda considerarse un libre albedrío? Foto: Collage Alejandro Márquez

Para este escritor, a propósito, el lenguaje es un virus del que hay que deshacerse, o al menos evitar su manipulación; consideraba que el ser humano está enajenado por el lenguaje, que éste es un sistema “parásito” que codifica las mentes de los conversos seres lingüísticos y que se instaura en ellas como juez y parte, haciendo que sus psiques ignoren que están infectadas.

Schopenhauer dijo (ojo: dijo; con palabras, pues) que: “un hombre puede hacer lo que quiere, pero no puede querer lo que quiere”. Esto es, que tal vez seamos libres para tomar decisiones pero no somos libres para decidir lo que deseamos. Para algunos sonará pesimista, a otros les dará consuelo, pero en dicha frase se evidencia un conflicto entre la voluntad y el querer. ¿Acaso esto significa que el ser humano no puede librarse de la “esclavitud de sus deseos”? ¿Y eso es un problema, o sólo lo es desde la programación impuesta por el “virus del lenguaje”, que pretende cierto tipo de control?

Pero ya me fui por un sendero aledaño y rebuscado y lancé demasiadas preguntas al aire. Disculparán mi “paella”, tómenla como un boceto de ideas enlazadas, ello puede permitirse en una columna. Retomemos nuestro hilo inicial y enfoquemos más el punto: ¿Es acaso que la voluntad fáctica no depende del libre albedrío sino que está determinada por leyes o patrones preexistentes, a manera de programación (sea ésta motivo de virulencia o no)?

Durante los días de confinamiento por prevención sanitaria –precisamente ante una amenaza pandémica ocasionada por virus–, los azares del relativo ocio me hicieron toparme en Netflix con una serie alemana, Freud, que toma como pretexto un período de la vida del fundador del psicoanálisis para hilar la trama de un thriller policíaco-histórico-político-sobrenatural.

Esta serie puso en el reflector dos asuntos que se relacionan con el “problema” del libre albedrío:

  1. a) el proceso a través del cual Freud –quien, según la serie, en el inicio de su vida profesional tenía una curiosidad obsesiva por la hipnosis (práctica de dudosa validez científica, considerada como “superchería” o entretenimiento de salón)– fuera descubriendo (o encasillando) la perspectiva de que la psique humana puede funcionar en diferentes niveles de conciencia, algunos de los cuáles están ocultos o incomunicados entre sí.
  2. b) la relación de dicha práctica, la hipnosis, con otra muy semejante –¿o es que es el mismo asunto?–, aquella que los “místicos” nacionalistas húngaros, con el rol de antagonistas en la serie, usan para apropiarse de un lapso de la voluntad de algunos individuos con el fin de inducirlos a cometer actos muy alejados de sus intereses, creencias o valores (incluso al grado de atentar contra su propio “instinto de vida”).
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A lo largo de la serie y de las “pesquisas” de Freud, la pregunta que podemos formular, en torno al libre albedrío, es la siguiente: ¿la psicología (la disciplina en la que va a ser figura el mismo Freud) funciona para ayudar a la psique o mente de un individuo a que desbloquee las manipulaciones, condicionamientos o “virulencias” que la llevan a cometer incongruencias entre lo que dicha persona necesita (voluntariamente) y las acciones que ejecuta?

Si es así, entonces otras preguntas podrían ser enlazadas:

  • ¿No sería la hipnosis un mecanismo parecido a aquél que podría haber causado el problema que la terapia psicológica busca destramar?
  • ¿Freud no habría puesto sobre la mesa herramientas o fundamentos para que, a la par de las soluciones terapéuticas o liberadoras, también se pudieran desarrollar mecanismos o prácticas enajenantes y controladoras?

De ocurrir eso, el paso pendiente de la psicología sería desarrollar un tipo de metapsicología, un tipo de disciplina que pudiera facilitar a los individuos las herramientas o prácticas para poder desbloquearse a sí mismos, ya sea de los “virus ideológicos” del discurso o condicionamiento de la cultura dominante o bien de los “virus” introducidos por otras prácticas no éticas desarrolladas incluso con asistencia de psicólogos profesionales. ¿Será esto algo parecido a lo que han llamado autoayuda ? Dichas prácticas, por más chabacanas que sean o parezcan (la psicología misma tal vez fue considerada chabacana alguna vez), habrían de considerar entonces la concepción de virus lingüístico (cf. la perspectiva de William Burroughs) para evitar que el individuo pretenda desbloquearse a sí mismo usando inútilmente una herramienta de control que lo haga pasear en círculos viciosos.

Otro asunto más: además del conocimiento –supuesto de toda disciplina o ciencia– ¿la psicología tendría como búsqueda primigenia el sanar o liberar al paciente o, en cambio, lo que pretende es adaptarlo –de manera “beneficiosa” quizá pero a través de un mecanismo de control– a la norma social o a la convivencia bajo estándares civilizatorios (esto es, que el sujeto concilie sus necesidades, deseos y la satisfacción de los mismos de una manera no conflictiva).

Al respecto de virus biológicos (como los coronavirus), si la medicina (al menos la occidental) nos ve como maquinarias orgánicas a las que hay que dar cuerda o reparar, hackear o deshackear, para mantener reguladas, ¿para qué sirve entonces el concepto de psique y los métodos de ayuda psicológica (o de autoayuda)?

Y entonces cerramos con el principio (como en la serie Dark, también alemana, aunque ésta trata otro asunto y da para otra columna) y preguntamos de nuevo: ¿Es la voluntad del virus más poderosa que la del humano? Si, por el contrario, la voluntad del humano se impone siempre a la del virus, ¿el humano que muere a causa del virus es porque decide sucumbir? ¿El humano depende de la voluntad de su sistema inmunológico? ¿Puede ejercer conscientemente su voluntad sobre dicha inmunidad, o la conciencia y el sistema inmunológico son parte de una misma voluntad? ¿Y si la conciencia, el sistema inmunológico y el virus invasor fueran todos parte de una voluntad más amplia, de un programa que los engloba? ¿Existe, pues –para el caso de que una entidad “consciente” ejerza  su voluntad– algo que pueda considerarse un libre albedrío?

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