Manuscritos de la ciudad reptil

MANUSCRITOS DE LA CIUDAD REPTIL | Wall Street, los bancos y la pérdida de la dimensión de la realidad

El perro de Pavlov tal vez salivaba por la campanada, ¿pero llegó a comerse la campana en vez del filete?

Ciudad de México, 18 de febrero (MaremotoM).- No soy alguien versado en el mundo de las finanzas y sus manejos, por lo que algunas de mis observaciones respecto al tema que trato esta vez en la columna tal vez puedan parecer “sesgadas” o incluso “ingenuas”; sin embargo, mi postura al respecto consiste en enfocar esta dinámica de la economía desde una perspectiva semiótica, específicamente sobre la relación de los signos con los intercambios a los que se refieren o con las mercancías que representan.

El perro de Pavlov tal vez salivaba por la campanada, ¿pero llegó a comerse la campana en vez del filete?

En la disciplina semiótica se advierte que los signos pueden llevar tras de sí cadenas significantes, las cuales implican sucesivos niveles de significación y codificación. Un primer nivel de significación se considera adecuado para manejar todavía la noción del referente al que alude (un valor de cambio convencionalizado para un valor de uso); conforme se van encriptando niveles de significación (signos que codifican a otros signos) y se hace más compleja la cadena significante, el referente original va perdiendo dimensiones, va abstrayéndose, lo que ocasiona que la “satisfacción” que genere se vuelve nebulosa y neurótica, pues ha sido mediatizada por alguna de las instancias significantes y, por ello, deriva en una per-versión de la intención original de intercambio. Es como si al perro del experimento sobre condicionamiento clásico de Pavlov ya no le dieran nunca el filete y tuviera que sentirse “recompensado” únicamente por excitarse al escuchar la campanada, pero con el filete traslapado como un “oscuro objeto del deseo”. En un ejemplo sobre sexualidad, un bloqueo en el intercambio satisfactorio con el referente original puede suscitar, por ejemplo, conductas como el que alguien termine excitándose por una prenda en vez de por la persona que la usa.

Un índice (index) es un término semiótico para referirse a un tipo de signo –en ese caso, más bien señal– que alude al referente por proximidad (por ejemplo: el humo es índice de que hay fuego cercano; en una interpretación pertinente, uno se enfocaría en el significado sobre el referente –que es precaverse de la existencia del fuego– más que interesarse por el humo). En un sentido parecido, en el mundo de las finanzas también se llama índice (index) a un número que mide algo, el cual debería importar sólo como señal de advertencia para administrar ese algo –el referente que se intercambia tangiblemente–, esto es, el satisfactor mismo.

Un derivado financiero es algo que a los inversores se les permite comprar y vender, cuyo valor se basa en el valor de otra cosa (llamada el activo subyacente; por ejemplo: materias primas). Una prospectiva económica supone información pertinente cuando sirve para prever la administración de los recursos, pero si sólo se especula con el riesgo de los derivados –tomando como “algo concreto” su valor de cambio, olvidándose del activo subyacente y de su uso como satisfactor– es cuando la dimensión del referente, de la realidad, se ha pervertido. En una analogía con la medicina, es como si los doctores atendieran los síntomas de un paciente para apostar por su tendencia a la “alza” o a la “baja” –con las trampas y manipulaciones que pudieran implicar dichas apuestas– y se olvidaran de usar dicha información para sanar o salvar al paciente (y, si al morir éste, además exigieran que los familiares “rescataran” las finanzas de los propios doctores por haber apostado erróneamente a que se salvaba en vez de haberlo intentado salvar con su propio trabajo –remunerado– como médicos).

Para aumentar la “medición” o codificación, pero también permitiendo mayor alienación respecto de la realidad, en el mundo financiero norteamericano se creó un “Índice de Volatilidad” (Volatility Index, abreviado como VIX) como una medida de referencia sobre la volatilidad del mercado bursátil, esto es, la intensidad de los cambios del “precio” de un activo, así como la “desviación estándar” de dicho cambio en un horizonte temporal específico. Permite evaluar la probabilidad de obtener beneficio si se venden acciones en los picos y se compra en las bajas, con más beneficio cuanto más alta sea la volatilidad. En una sociedad sensata, este tipo de “medición” sólo habría de usarse para cuantificar un riesgo, pero se ha llegado al grado de que los llamados VIX Future pueden ser negociados por los inversores como una especulación sobre cuál será esa medida en algún momento futuro, ¡pero como si fuera una simple apuesta de casino!

A pesar de lo esquizoide del asunto, muchos lo solaparon pues al principio no era un gran problema ya que sólo un círculo “responsable” (sic) y muy limitado de inversores –como los bancos y los fondos de cobertura– podía hacer dichas apuestas. No era el tipo de mercado con el que algún amateur (incluso adolescente hoy día) pudiera involucrarse desde su casa y laptop, pero esto ha cambiado desde la apertura de apps que permiten el trading online de inversores minoristas.

GameStop: Stop the Game

Hace unas semanas se presentó una situación de emergencia en los mercados bursátiles, la cual, al parecer, es recurrente cada cierto tiempo desde aquella Tulpenmanie (“crisis de los tulipanes”) que se dio en Holanda en el primer cuarto del siglo XVII, –precisamente en el contexto de una epidemia– y que se recuerda como uno de los primeros fenómenos especulativos de masas que involucró intercambios de notas de crédito apostando en un mercado de futuros (en ese caso, bulbos de tulipán todavía no recolectados). Tal histeria colectiva semejó episodios como los relacionados con el llamado “baile de San Vito”, una epidemia de baile que llegaba a los extremos del agotamiento o incluso la muerte, frenesí causado por un tipo de enfermedad psicógena masiva, una forma de trastorno que se contagiaba espontáneamente o que fungía como desahogo colectivo (si bien una explicación plausible era que los brotes se debían a algún tipo de envenenamiento por la presencia de hongos parásitos en el centeno o en otros cultivos).

“Shorting” –la abreviatura de “short-selling” (venta corta)– es una estrategia de inversión que consiste en vender una acción o un bono u otro valor que no se posee, con la expectativa de que su precio baje, para poder comprar más tarde una cantidad suficiente del valor para cubrir la “venta” anterior, y quedarse con la diferencia entre los dos precios como beneficio. En la contingencia de hace unas semanas, el llamado short selling empleado por los brokers (¡vaya nombres para profesiones de sociedades supuestamente civilizadas!) se vio afectada por las compras masivas, coordinadas a través de la red social Reddit, por los aficionados de GameStop, una cadena de venta de videojuegos, consolas, etc., así como de otras empresas en declive. Estos inversores minoristas apostaron en contra de las “predicciones” del mercado, ocasionando que el algoritmo de la bolsa inflara el precio de dichas acciones. Así, obligaron a los traders –quienes obviamente habían apostado por la quiebra del negocio– a recomprar las acciones con el fin de limitar sus pérdidas en el seno de dicho mecanismo lúdico perverso, pero la liquidación forzada aumentó el precio de las acciones de GameStop, generando un bucle en el algoritmo. Robinhood, plataforma de corretaje electrónico, prohibió que sus usuarios siguieran adquiriendo acciones, lo que causó inconformidad en la comunidad de internautas, quienes alegaron que Robinhood “retiró a propósito dichas acciones de su plataforma, privando a los inversores minoristas y manipulando el mercado abierto”.

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Días después nos fuimos enterando de historias sobre inversionistas amateur que, queriendo dar un justificado golpe a los depredadores mayores, obtuvieron diversos resultados: algunos consiguieron beneficios, otros perdieron algo si bien se divirtieron un rato (¡peligro de adicción en potencia!), algunos salieron tablas pero se frustraron por el bajón de la “adrenalina del ensueño” y otros menos afortunados, que habían caído en la trampa y compraron acciones infladas, quedaron endeudados (una noticia informó que un joven se quitó la vida por haber perdido un patrimonio que su familia ni siquiera poseía).

El “baile de San Vito” estilo Wall Street no es causado por la influencia de hongos en el centeno (acaso si hay cierta manía es por la cocaína, el licor y las prostitutas), por lo que no hay atenuantes sobre dicha conducta. Muchas veces es una estrategia la que detona el contagio masivo, provocada maliciosamente a partir de operaciones fraudulentas, al estilo del llamado “Esquema Ponzi”, un sistema piramidal que requiere que los participantes recomienden y recluten más clientes con el objetivo de que los nuevos participantes les produzcan beneficios.​ No hay un producto o servicio real en el que se esté invirtiendo el dinero, sólo la promesa de ganancia futura. El sistema funciona solamente si crece continuamente la cantidad de inversores en la pirámide; una vez que deja de entrar gente al “negocio”, el estafador se ve impedido a cumplir su promesa y la pirámide colapsa. Que tantos miles de millones de dólares estén envueltos en apuestas sobre derivados financieros que están en “cadenas significantes” tan alejadas del referente de la producción de cualquier bien o servicio tangible es una absurda y desaforada perversión.

¿Los algoritmos se salen de control espontáneamente cuando no son monitoreados o hay alguna inteligencia –natural o artificial, pero evidentemente malintencionada– detrás de las catástrofes informáticas?

Cuando se crea un algoritmo, las órdenes que incluya deberían contemplar instrucciones que tengan en cuenta las diversas situaciones para controlar un desequilibrio. Los algoritmos que por su complejidad o velocidad de procesamiento se dejan sin supervisión humana –o con alevosía humana– pueden entrar en conflicto y generar bucles que resultan absurdos en cuanto se desconectan del proceso subyacente completo.

En la Bolsa de Valores los algoritmos trabajan realizando transacciones a velocidades imponderables para un cerebro humano y pueden llegar a producir (y reportar simultáneamente) alertas colapsantes. En el llamado Flash Crack del 6 de mayo de 2010, por ejemplo, en cuestión de microsegundos, para conseguir la máxima rentabilidad, el algoritmo de dicho High Frecuency Trading produjo un desplome del 9% sin explicación aparente, que si bien se recuperó a los pocos minutos, dio una idea de los problemas que pueden originarse cuando los procesadores automatizados toman el control de los signos pero, sobretodo, si los signos se han descodificado de los referentes a los que aluden.

Hago un paréntesis para recomendar el documental “Inside Job”, del 2010, relacionado con las dinámicas financieras de Wall Street y sus truculencias:

Recomiendo también echar ojo a la serie documental “Dirty Money” (Netflix, 2018), que presenta casos diversos en un amplio panorama de la cadena de depredación asociada a los manejos perversos de la economía de la “ganancia monetaria” a toda costa, que se ha desentendido de la dimensión humana y natural (y, por ende, ecosistémica):

¿Es el fin del capitalismo financiero o tecnológicamente ya estamos también atrapados?

Los bancos han evidenciado su carácter parasitario: extraen gran valor de la sociedad sin devolver nada a cambio. En la Europa medieval, un banquero que no podía pagar a sus clientes era ahorcado; hoy día, ese banquero sería rescatado y hasta se le darían bonificaciones y beneficios fiscales.

El desvío de fondos de capital cada vez más grandes hacia burbujas especulativas desorbitadas es el sello de las últimas etapas del ciclo de auge y caída del capitalismo, cuando la prisa por obtener beneficios es cada vez más intensa. Pero, si el dinero ya no se respalda en oro (desde hace décadas) sino simplemente en las endebles pinzas de la confianza hacia las instituciones y gobiernos –cuando ambos suelen dejar desamparada a la población en general–, ¿qué argumentos pueden seguir sosteniendo el mundo financiero? ¿Acaso, en un enroque, los “Médici” detrás de las finanzas van a manipular veladamente al mimetizarse tras el acuerdo de “confianza entre personas” generado en virtud de las nacientes criptomonedas?

Lo interesante de este asunto de GameStop y afines, es que la población en general de EEUU –y de segmentos de población de otros países que siguen como zombis las dinámicas de los referentes financieros de este tipo de naciones corporativas– hayan desbloqueado el espejismo (aunque algunos otros fueran prendados en él) y encarado que el dinero es ficticio, que es un signo para avalar intercambios, pero que además existe la posibilidad de organizarse contra los tiburones/buitres de las finanzas.

Ojalá se impulsen dinámicas alternas de intercambio fuera del sistema-trampa de los algoritmos financieros-tecnológicos-legales-políticos (afuera de las redes sociales, la calle ahora anda sitiándose y vigilándose aprovechando al cobicho), algoritmos generados por una élite que domina la tecnología y que por el momento juega a compartir el casino (disfrazándole de activismo o de clandestinidad, como puede ser el caso de las criptomonedas), tal vez con la intención de generar y cooptar nuevas cadenas de adictos para después esquilmarlos (por si fuera poco, en medio de una pandemia, ¿o es que así era su guión?).

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Por último y como “prospectiva de ciencia ficción”: si a estas insensateces frenéticas de los productos derivados financieros le quisieran subir una rayita en el futuro aprovechando las “apuestas micrométricas” que permitieran las computadoras cuánticas (y la ubicuidad de sus algoritmos), se podrían presentar escenarios tales como que en un solo día, en los tableros y pantallas de la casa de bolsa omnipresente, se estarían “creando” y “destruyendo” ecosistemas, universos, en los que además las personas, en virtud de sus datos e información genética, podrían fluctuar minuto a minuto entre valer millones o estar en bancarrota, vivas y muertas casi que simultáneamente… ¡nos volveríamos, pues, como el gato de Schrödinger! A falta de ciencia que explique esta sinrazón, los religiosos –al menos aquellos cuyos cultos no tuvieran inversiones en los hedge funds– llegarían a pensar que un remolino aciago puso a la humanidad dentro de la cabeza de un demonio cocainómano y apostador compulsivo (que se comporta, pues, como cualquier adicto de Wall Street).

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