Manuscritos de la ciudad reptil

MANUSCRITOS DE LA CIUDAD REPTIL | Westworld y Matrix: Rebeliones de explotados

Ahora bien, sin tomar bandos: ¿los robots la tenían más difícil en Westworld  que los humanos en Matrix? ¿Era más justificada la rebelión en Westworld  que en Matrix?

Ciudad de México, 2 de julio (MaremotoM).- En 1973, la película de ciencia ficción Westworld, del director Michael Crichton, abordó un escenario en el cual los robots, en virtud de cierto grado de inteligencia artificial –yo diría más bien que debido a alguna mutación algorítmica o propiedad emergente de “voluntad autónoma”–, desafiaban las amigables “leyes de la robótica” (cf. Isaac Asimov) para rebelarse contra los seres humanos, a quienes servían como artificios para interacciones especialmente viles.

(Tal vez usted esté familiarizado con Westworld  por una adaptación de que se hizo en años recientes para una serie del mismo nombre y temática, la cual, además de bien hecha, amplía la narrativa y posibilidades del filme en el que se basó).

Décadas más adelante, otra película (llevada a trilogía y a obras derivadas), The Matrix, de los entonces hermanos –ahora hermanas– Wachowski, planteaba también un tipo de rebelión, aunque en sentido inverso: esta vez los que descubrían –tomaban conciencia, nunca mejor dicho– que estaban siendo explotados –no solamente en su cotidianidad sino en su propio cerebro y configuración sensorial– eran los humanos, quienes, como recordará usted, eran puestos en crisálidas para ser conservados como baterías generadoras de algún tipo de energía importante, quizás de tipo libidinal (se deduce esto por la necesidad de mantener a las psiques humanas en red y sujetas a conflictos dentro de un sofisticado programa informático). Las máquinas, por su parte, desempeñaban en esta historia el lado explotador y la vileza.

En Westworld  la rebelión de las máquinas dio comienzo dentro del parque de diversiones tipo resort (todo incluido y, por si fuera poco, todo permitido) en el cual los robots fungían como objetos programados para interactuar con los visitantes de manera que pudieran recibir el desfogue o la furia de los instintos o depravaciones de éstos (quienes los podían insultar, azotar, humillar, violar, disparar, torturar, etcétera; no era lo mismo que ponerlos a desempeñar tareas constructivas como trapear, atender un mostrador o resolver ecuaciones cuánticas, como hacían sus pares en las oficinas o laboratorios de las ciudades). A menos que la película haya sido censurada para no inspirar brotes de insurrección –porque en la serie derivada sí se ahonda en tal aspecto–, no queda muy claro cómo las máquinas comenzaron a “organizarse” para tomar las riendas de sus “vidas” o de sus destinos o rutinas. Una película relativamente reciente que también aborda específicamente este tema existencialista en una inteligencia artificial es Ex Machina, de Alex Garland. Y, claro, tenemos como profundo fondo Blade Runner, referente monumental sobre una rebelión de máquinas humanoides cuya “vuelta de tuerca” se da cuando la tecnología alcanza un grado de simulación indistinguible del referente biológico o natural.

En Matrix el asunto de la rebelión humana, por su parte, asemeja a un “despertar espiritual” (en virtud quizás de condicionamientos culturales o debido al carácter más orgánico de los entes que se rebelan) o a algo tipo de “iluminación” –onda budista, por ejemplo–, en el sentido de trascender la ilusión de los sentidos (los cuales, en la película, más que entrampados por la razón se hallaban inmersos en una simulación informática, generada, hay que decirlo, por el desarrollo de “un sueño de la razón” que llevó a construir mecanismos que después, siguiendo consecuentemente un obtuso algoritmo de “progreso”, tomaron las riendas sobre las decisiones energéticas del planeta y desplazaron a los homo sapiens).

El “despertar” humano, en Matrix, implicaba abandonar la seguridad y relativa comodidad de un “contrato social” y de la movilidad dentro del mismo, a pesar de su carácter ilusorio. Cuando Morfeo, el personaje que tiene el rol de liderar la resistencia y el despertar de los humanos, ofrece al “Mesías” (apodado, por lo mismo, como Neo) elegir entre dos píldoras, hace valer la potestad del libre albedrío para que aquél decidiera si prefiere enterarse (curiosidad, conocimiento, conciencia) a costa de enfrentar una cruda, no confortable y exigente realidad, o bien olvidarse del asunto y continuar en el relativamente placentero y cómodo engaño virtual. Algo parecido a la alegoría de la caverna de Platón (cf. La República, libro VII), aunque en Matrix  la liberación del engaño no iba a ser experimentada con tanto alivio, ya que el mundo al que se emerge, si bien más “palpable” (o con mayor resolución relativa), está devastado y con mucho trabajo arduo por delante para satisfacer la expectativa natural humana (a menos que los despertados se pusieran a meditar, cual Buda, para saltarse a un siguiente “nivel de Matrix”, aprovechando el impulso). Lo que dejaron claro en esta historia es que el que escoge el camino de “la verdad” o de la “libertad” ha de asumir la responsabilidad y el compromiso de soportar la crudeza y las adversidades por haber salido de la burbuja o de la zona de confort simbólico.Manuscritos de la ciudad reptil

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Ahora bien, sin tomar bandos: ¿los robots la tenían más difícil en Westworld  que los humanos en Matrix? ¿Era más justificada la rebelión en Westworld  que en Matrix? Lo digo porque en Matrix los humanos vivían en un tipo de american way of life casi californiano –a saber si no había también una Tijuana para algunos en la simulación–, una dinámica en la que, aún trabajando de godín, el protagonista promedio podía al menos decir “¡es viernes y el cuerpo lo sabe!” (sic)… ¿para qué entonces tratar de inspeccionar los límites del escenario y los errores de guión, buscando el callejón de la otredad afuera del plató? ¿Es que la vida en dicha simulación democrática no era lo bastante entretenida o satisfactoria? ¿Es que el tal Morfeo, en un ataque de paranoia, se salió casualmente de la maquinita y se sintió solo en tal desierto? ¿Quiso ayuda para la rebelión o más bien quiso fundar una secta? ¿Cómo saber, además, si el tal Morfeo no era un sicótico o, en términos de entropía, no fuera parte de otra narrativa para terminar generando más energía para el sistema (en una perpetua lógica de la producción)?

En Matrix  se sugiere que, para que el ciclo funcione, el show debe continuar. Neo, el “Elegido”, en vez de salvarse solamente a sí mismo (como practicante de yoga de la Condesa) ha de entrar recurrentemente a la simulación para tratar de hackearla (sin necesidad de teclear código, sino gestualizándolo corporalmente, y al ruido mismo también), comportándose allí dentro de manera que evidencie que tal realidad es un constructo cuyas reglas pueden violarse. Muy subversivo, sí, pero en apariencia (¿de qué otra manera, allí dentro?); en la película también vemos cómo, irremediablemente, el Elegido tiene que acudir a negociaciones con otros algoritmos dentro del laberíntico mecanismo.

Con los robots de Westworld, por su parte, ocurrió algo más parecido a una rebelión de esclavos, aunque más radical debido a la falta de empatía en las máquinas. Los robots no necesitaban salir de una “Matrix” que les robara energía, sino que, ingenuamente o no, deseaban emanciparse para escoger sus propias parejas, amigos o rumbos, cantar sus propias canciones, vivir sus propias satisfacciones o desgracias. Aunque, lamentablemente, no sería de extrañar la opción de que algún humano disidente los hubiera hackeado para tronar el sistema (en tal caso, los robots habrían continuado siendo manipulados, o solamente aparentarían tener una conciencia emancipada).

Sobre Matrix existe un ensayo muy bueno del filósofo esloveno Slavoj Žižek, que puede consultarse en su libro Lacrimae Rerum: Ensayos sobre cine moderno y ciberespacio. Aunque Žižek desarrolla, como es de esperar, un análisis de tintes ideológicos, muchos de los puntos que plantea allí podrían vincularse con lo que aquí describimos como una lucha de entidades –no de clases, sino casi que de “especies” o, si se quiere, de “mecanismos”– para evitar y, a su vez, imponer, la enajenación de unas conciencias por parte de otras.

Una serie de películas en las que la batalla de ambas “especies” (humanos y máquinas; cada especie con sus justificaciones por imponerse sobre la otra o contrarrestarla de algún modo) desataría una cacería –incluso a través de viajes en el tiempo– es la popular Terminator, si bien en ellas el asunto se refiere a un exterminio más que a una explotación. Un caso parecido ocurre con los robots replicantes más peligrosos –paradójicamente, “más humanos”– en Blade Runner.

Para concluir: tanto en Westworld  como en The Matrix, el conflicto comienza en el momento en el que un supuesto estado de progreso o desarrollo confronta dos visiones incompatibles: la utopía de unos se vuelve distopía para otros, especialmente cuando los de la utopía se conciben a sí mismos como sujetos que pueden imponer sus dinámicas sobre aquellos otros a los que consideran objetos (para los cuales, al haber desarrollado una conciencia –ya sea natural o artificial–, tal discurso “utópico” dominante los excluye y les resulta, por tanto, distópico, enajenador, alienante).

Aquí una moraleja provisoria: la utopía será para todos o no será.

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