Maria Creuza

María Creuza: “La barrera del idioma lo complica todo”

–Si, por momentos fue una carga y te explico por qué. En el momento en el que empecé a viajar mucho y casi no estaba en mi casa y ya tenía tres chicos, sentía culpa. Era un buen plato para servirle a un psicólogo. Empecé a cobrarme que yo estaba faltando a mi familia. Entonces llega un momento en el que te preguntas: ¿qué estoy haciendo? ¿Qué me está dando esta profesión de una forma tan intensa que yo estoy abandonando a mis afectos?
Sobre esa fase de mi vida he hablado mucho con otras personas y llegué a la conclusión de que muchos sufrieron este tipo de culpa, de preguntas. Inclusive amigos del mismo ambiente me contaban cosas parecidas y también Vinicius y Toquinho. Él, joven, trató de mantener su matrimonio y fue imposible. Hay otro lado de la música en el que te sientes con mucho poder. El poder de comunicarse, el poder de la plata, de los constantes viajes y la relación con la gente. Entonces, todo eso fue cayendo literalmente en mis hombros y me lo cobraba. Podes hacer esa vida y a la vez organizarla de manera tal de no viajar tanto, pero la cobranza de la música era mayor.

–¿Hubo algún momento en estos años que quiso salir de la bossa nova o del cancionero popular tradicional para hacer otros repertorios?

–Yo he cantado varias cosas, pero no quise salir de ese lugar. Hace poco estaba en un programa de radio y me sorprendí que buscaran temas en mi repertorio que no eran bossa nova, inclusive cantaba en castellano y me gustó mucho y me parece que siempre lo mantuve como algo muy equilibrado. En ningún momento pensé: voy a salir de esto, voy a ir para otro lado, voy a cantar otra cosa, siempre me sentía una intérprete libre que podía cantar lo que me diera la gana. De modo que no me generó ningún problema.

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Maria Creuza
Rompíamos con los códigos, fuimos referentes de muchos jóvenes. Foto: Facebook

–Usted pertenece a una generación de artistas que comenzó en los ’60, tiempo de mucha rebelión, de mucha creatividad ¿cómo era vivir en el mundo de la cultura en esos años?

–Rompíamos con los códigos, fuimos referentes de muchos jóvenes. Vivir ese tiempo era tremendo, era fuerte. Estábamos en una búsqueda constante de lugares para hacernos ver, en mi caso hacer escuchar mi voz. Fueron años de intensa búsqueda para mi generación. Encima era muy difícil hacerse escuchar. Había que encontrar y abrir espacios para eso. Nos ayudó mucho el apoyo de los que gritaban y reclamaban para que nosotros fuéramos sus portavoces. Y encima tuvimos grandes padrinos, como Vinicius. Eso fortaleció nuestra búsqueda en esos años. Ese fue un momento de la cultura que fue muy cuestionador y lleno de problemas. Nuestras posiciones no combinaban con el gobierno militar, pero sobrevivimos gracias a la fuerza de la palabra. Muy difícil. Se cortaron muchos programas y espacios, pero nosotros nos quedamos, tratando de solidarizarnos con las personas que fueron perseguidas por haber mostrado mucho más la resistencia, la palabra agresora, y por eso los quisieron callar. Vinicius era adorado por los estudiantes y tenía una lucha político-social tremenda. Él era un diplomático extraordinario, fue cónsul en Uruguay,  y llegó ese momento en el que no compartía los caminos que aparecía en la política brasileña. Entonces decidió que era tiempo de que renazca el poeta y el compositor. Ahí empezó a buscar personas que se unieran en este grito. Nosotros fuimos de algún modo los elegidos para ese momento. Sin falsa modestia, yo agregué un poquito de mi voz, de mi oficio hermoso, a todo esa experiencia. Hoy, a los 50 años miro esa historia y sé que aportó mucho a mi carrera. Valió la pena.

–¿Cómo eran esos años de bohemía, rebeldía, de encuentros cotidianos entre artistas?

–Era una locura. Fue la época más linda para mí. Te imaginas lo que era para una chica jovencita como yo. Aprendí a vivir en esa bohemia. Desde que Vinicius me llevó a París y conocí íconos como Gilbert Becaud. Gracias a él pude conocer pintores y escritores maravillosos. Músicos como Astor Piazzolla, que fue mi querido amigo. Su mujer de esos años, Amelita Baltar es aún mi amiga y subimos juntos al escenario para contar esa analogía entre esos dos genios. Fue un momento especial en mi vida, que me enriqueció mucho. Era muy amiga de Jorge Amado, mi fan incondicional y muy amigo de Vinicius. Los dos habíamos estudiado en el mismo colegio, uno muy  importante de Salvador, en Bahía, y yo fui compañera de su hija Paloma. Todos ellos enriquecieron mi biografía. Yo era una adolescente llena de ilusión y si te aparecen oportunidades como estas a esa edad, aprovechas para aprender y absorber todo eso, porque se convierte en tu equipaje para la vida. La amistad con Vinicius de Moraes y con toda su familia, que aún persiste, me enriqueció muchísimo. Así que tengo muchos motivos para cantar a Vinicius toda la vida. Aunque pueda hacer un corte y volver a mis comienzos cantando la música de origen africano que hacía en Bahía, siempre siento las ganas y la necesidad de volver a él.

–¿Cómo se cantan las mismas canciones, 50 años después?

–Primero, yo agradezco la memoria que tengo. Si no sería terrible. Eso es algo importante. Poder cantar ese tema que ya sé de memoria me facilita la posibilidad de encontrarle una vuelta. De no decir de la misma manera. Eso es lo mejor, que te lo da la experiencia. Yo puedo cantar Garota de Ipanema y hacer pausas en donde no hacía antes, por ejemplo. Esas formas de enfrentarse cada vez a un tema que se conoce muy bien es típico de una persona que canta. La emisión de voz tiene mucho que ver. Yo destaco poniendo más alto determinadas palabras, otras las pongo más para abajo. Esa posibilidad es muy interesante y te lo va dando la experiencia. No te cansa, no te deja. Yo puedo decir “bueno, voy a poner aquí en esta canción tal cosa o hace tiempo que no canto tal tema” eso es normal. Yo trato de no abandonar esa manera de ir jugando con esos temas que hago habitualmente, así como me da mucha alegría escuchar temas que no canto hace mucho tiempo y me sorprendo de lo que me gustan. Muchas veces es una sorpresa escuchar lo que nosotros mismos hicimos. En los primeros meses luego de grabar no soportamos oírlos porque solo escuchamos defectos.

–¿Cómo era con Vinicius en relación con los shows? ¿Marcaba mucho lo que tenían que hacer?

–Nos daba pura libertad. Te voy a contar una anécdota que lo pinta en ese sentido.
Yo era muy jovencita cuando fuimos a París, a hacer un show en el Teatro Olympia. Era mi primer compromiso en Europa. Estaba muy emocionada, era mi primera noche en Europa, en París y nada menos que en el Olympia. Esa noche, encima de todo, el invitado era ni más ni menos que Baden Powell. Vinicius armó una lista que incluía obras de Baden. Uno de ellos a mi derecha y el otro a mi izquierda en el escenario y yo tratando de controlar mi emoción. Llega un momento en el que él comenzó a tocar la guitarra y yo quedé tan fascinada escuchándolo que me olvidé de una letra. ¡Inventé una letra, no sé cómo hice! Siempre digo que bajó un ángel y me dijo “mujer, canta”. Y Vinicius, después, dijo: “Monsieur, Madame, les presento a mi nueva coautora”. Y me felicitó por no haber parado. Cualquier persona pararía y yo seguí, fue una locura. El artista tiene que tener la capacidad de improvisar. ¡Qué momento! Tengo una serie de fotos que alguna vez espero poder publicar y hay una muy especial de esa noche.

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