Yolanda Alonso

María Luisa Puga vivió hasta en África, ahora regresa en el libro de Yolanda Alonso

Empieza como una narración, muy íntima, sobre diversos recuerdos de Yolanda en torno a la escritura, sobre su propia experiencia con la escritura y con el fantasma de María Luisa Puga, presente en ella desde temprano. Después, el libro se torna un ensayo literario, una reflexión sobre dos cuentos de María Luisa Puga, en los cuales Yolanda quizás encuentra la cifra del vasto proyecto literario de la escritora fallecida en 2004.

Ciudad de México, 5 de agosto (MaremotoM).- ¿Quién es María Luisa Puga? Una escritora mexicana, que ha escrito 20 novelas, por una de las cuales obtuvo el Premio Xavier Villaurrutia, que vivió sus últimos años frente a un lago en Ziraehuen y que dejó cuatro novelas inéditas.

Se fue temprano de este mundo, pero dejó heredera en su amiga y también escritora Yolanda Alonso, quien no sólo compró el rancho en Michoacán, sino que también acaba de escribir en libro Junturas de María Luisa Puga. En esta nota, no sólo habla de Puga como una novelista del pasado, sino con un futuro en la literatura, al todavía no publicarse sus novelas inéditas.

Habla de Zacatecas, habla de Zirahuén, habla por supuesto de recuperar y recordar a la escritora que le ha quitado el sueño y la energía, orgullo como siempre de la literatura mexicana.

Aquí también ponemos el estudio sobre el libro que comenta Adolfo Luévano y que leyó ayer durante la presentación en la Fenaliz.

Quienes ya tengan en sus manos este libro, podrán encontrar mi nombre en la página legal. Y es que hace varios meses, desde luego antes de que el texto se mudara de la computadora a su actual casa de papel –ahí discúlpenme el comercial para Netflix; ni modo: no voy a renunciar a la expresión “casa de papel”–, antes de esa mudanza, les decía, mudanza que ahora estamos aquí celebrando, Yolanda me hizo el honor de invitarme a corregir su texto.

¿Por qué me sentí honrado?, se preguntarán. Bueno, porque enseguida supe que Yolanda confío en mí (a quien apenas conocía personalmente de unos días atrás) para corregir un texto suyo, pero en serio suyo. Yolanda me había elegido para terminar de pulir un libro que es tan significativo para ella. Es por eso, insisto, que me sentí honrado desde la invitación.

Ahora que ya han pasado varios meses desde esa invitación, ahora que el libro ya tiene el merecido aspecto de libro y no el triste aspecto de un simulacro de hojas en una pantalla de computadora, puedo decirte, Yolanda, que si acepté gustoso la misión de corregir tu texto fue por dos razones. Primero, porque –como recién lo he sugerido– no me pude resistir a participar en la elaboración de un libro tan personal, tan íntimo. Y en segundo lugar, porque apenas les di un vistazo a las primeras páginas del texto original, me di cuenta de que éste había sido escrito con tanto cuidado, que entonces yo tenía en las manos la deliciosa oportunidad de estafarte, Yolanda.

Yolanda Alonso
Junturas de María Luisa Puga. Foto: Cortesía

Lo digo en serio: fueron tan pocos y tan mínimos los cambios que le hice a tu texto, que mi trabajo en esa ocasión consistió, más que en corregirlo, en simplemente leerlo. Por ello hasta me sorprendí cuando, luego de enviarte la versión dizque corregida, me diste las gracias y con entusiasmo me dijiste además que te habían gustado mucho mis correcciones. Yo me pregunté en ese momento: ah, caray, cuáles. Incluso se me cruzó por la cabeza: ¿será que Yolanda está siendo sarcástica? ¿Me ha tendido una trampa? ¿Será que está esperando a que arrepentido le diga no me pagues nada, Yol, no me lo merezco?

Al final concluí que en realidad le habías dedicado tanto esmero a la redacción de este texto, pues tú misma ya lo habías limpiado de impurezas, que mis minúsculas aportaciones no hicieron sino confirmarte que el libro ya estaba prácticamente terminado cuando me invitaste a revi-sarlo. Era la satisfacción del alivio, y no otra cosa, la que te puso tan entusiasmada cuando terminaste de leer tu texto luego de mi intervención. En el largo proceso de preparación de Junturas de María Luisa Puga, pues, yo nada más fui un último lector entre bastidores. Y gracias nuevamente por confiar en mí.

Yolanda Alonso
Adolfo Luévano, un lector entre bastidores. Foto: Cortesía Facebook

Ahora bien, unos meses después, justo antes de que el mundo se nos pusiera de cabeza, Yolanda me envió un mensaje para informarme que el libro ya estaba impreso, listo para vivir su vida auténtica: entre los lectores. También me dijo entonces que a manera de cortesía ya tenía un par de ejemplares apartados para mí y, por último, que quería hacerme una nueva invitación, esta vez para participar en la presentación de Junturas…, la cual estaba planeada para el Festival Cultural, el cual… Ya mencioné lo del mundo puesto de cabeza, ¿verdad?

Te puede interesar:  Almudena y mi mamá

Por fortuna, antes de que se abriera el paréntesis en cuyo interior todavía nos encontramos, sí alcancé a ir a la casa de Yolanda a recoger mis ejemplares de Junturas…, uno de los cuales es el que justo aquí tengo; es el mismo que he leído para contribuir a esta mesa esparcida pero milagrosamente unida, ya no como corrector sino como lector.

En primer lugar, para desembarazarnos de una buena vez de los defectos, como lector diré lo siguiente: Yolanda, te estafó ese dizque corrector de estilo cuyo nombre ni siquiera voy a mencionar. Y lo digo porque, ay, con mucha pena noté algunos errores –tampoco voy a decir que muchos ni que graves, pues eso sería faltar a la verdad–, errores que –uno supone– es deber del corrector de estilo eliminar. Pero, bueno, me imagino que el innombrable aquel se ponía a leer y, de tan entretenido en la lectura, pronto se le olvidaba que su trabajo no era leer sino corregir. En fin. Lamentable su desempeño, pero no lo culpo.

Y cómo habría de culparlo, si una de las virtudes de Junturas… es que en sus páginas la brevedad es sinónimo de intensidad, y la intensidad es uno de los ingredientes que en la Literatura más atrapan a los lectores. Digamos que para los lectores la intensidad es como para las moscas la miel. Y Yolanda tiene mucha miel. ¿A qué me refiero cuando digo que en su caso brevedad e intensidad son lo mismo? A que su prosa no es parca ni escasa: es intensa, dice mucho diciendo poco. ¿Cómo consigue eso? Yendo al grano. Esto suena fácil, pero no lo es. Requiere un esfuerzo grande de contención, una mirada lo suficientemente aguda para enfocar justo lo que se necesita escribir, o bien, un corazón duro para borrar lo que le estorbe al texto. Yolanda cuenta con todas esas herramientas, no sólo en la escritura, vale la pena decir, sino también en la conversación.

Yolanda Alonso
Este libro fue escrito en el transcurso de cinco años, en los que estuve viajando de forma constante y recurrente a Zirahuén, Michoacán, por lo menos de tres a cinco veces al año. Foto: Cortesía Alejandro Ortega Neri

Quienes hayan conversado alguna vez con ella, coincidirán conmigo: Yolanda no se precipita a la hora de hablar; escucha siempre con mucha atención y responde siempre precisa. Creo que esto mismo se puede decir de su escritura, la cual avanza con calma pero –de alguna forma que no sé explicar– llega enseguida a los sitios indicados. ¿Saben? Es un poco como Jason, el de Viernes 13: que nunca corre, pero misteriosamente siempre les da alcance a sus víctimas, las cuales sí van a todo lo que dan en medio de ese bosque, alrededor de ese lago. Perdónenme la compa-ración tan cutre. La he hecho con cariño y espero que haya resultado útil, cuando menos. Además, no me negarán que unos de los protagonistas de Junturas… son también un bosque y un lago.

He dicho “protagonistas” y no “escenarios”, mucho menos calificaría de “temas” al bosque y el lago de Zirahuén, porque a pesar de que este libro tiene características que permiten ponerlo en la categoría de ensayo, la verdad es que, como buen ensayo, en realidad se trata de un texto mutante, un discurso cuya forma va transformándose conforme avanza en las páginas.

Empieza como una narración, muy íntima, sobre diversos recuerdos de Yolanda en torno a la escritura, sobre su propia experiencia con la escritura y con el fantasma de María Luisa Puga, presente en ella desde temprano. Después, el libro se torna un ensayo literario, una reflexión sobre dos cuentos de María Luisa Puga, en los cuales Yolanda quizás encuentra la cifra del vasto proyecto literario de la escritora fallecida en 2004. Y por último el texto nos revela una lengua bífida, bajo la forma de una entrevista realizada por Yolanda a Isaac, el viudo de María Luisa, ahora también ya fallecido.

Para terminar, diré que la palabra junturas (la cual no es de uso muy frecuente pero sí de significado fácil de deducir) hace referencia, me imagino, a ese esfuerzo de Yolanda por construir una imagen muy personal de María Luisa Puga, a partir de la reunión de diversas piezas. Yolanda no pretende hacernos un retrato de cuerpo entero, sino que intenta algo más atrevido y por ello muy interesante: acercarnos a su escritora predilecta, a ese poderoso tótem, a través de unos fragmentos sobrevivientes que, sin embargo, contienen la potencia del todo.

Así, los lectores de Junturas… nos convertimos en unos arqueólogos a los que les toca deducir una ciudad tras el hallazgo de una vasija rota; nos convertimos en unos peregrinos que al tocar una reliquia nos sabemos tocados por el santo entero. La ejecución de ese milagro es admirable, y se la debemos a Yolanda. Felicidades. Muchas gracias. Y mil disculpas por la estafa.

Comments are closed.