Mariela Asensio

Mariela Asensio, una mujer de teatro, de libro y de feminismo

El índice incluye, amén de un segundo prólogo de Susana Torres Molina, las siguientes obras: Lisboa. Un viaje etílico; Malditos (todos mis ex); Nadie quiere ser nadie (historias de la clase media); Mujeres en el baño; Mujeres en el aire; Un campo de batalla; Super Man (todas son mis hijas); Están lloviendo hombres; Ramona.

Ciudad de México, 8 de agosto (MaremotoM).- Vale la aclaración: el comentario que se reproduce al final fue escrito hace unos años, cuando eran menos las autoras y directoras que se declaraban feministas en público y su contenido remite a casi todas las piezas publicadas en este volumen, con el sello editorial de Eudeba.

El índice incluye, amén de un segundo prólogo de Susana Torres Molina, las siguientes obras: Lisboa. Un viaje etílico; Malditos (todos mis ex); Nadie quiere ser nadie (historias de la clase media); Mujeres en el baño; Mujeres en el aire; Un campo de batalla; Super Man (todas son mis hijas); Están lloviendo hombres; Ramona.

Recuerdo que le hice su primera nota periodística a Mariela Asensio hace alrededor de veinte años, en el suplemento Las 12, cuando escribió y dirigió Inacabado en Espacio Ecléctico. Y traté de seguir su recorrido escénico con sumo interés ya a través de entrevistas, ya de reseñas de sus espectáculos.  Hasta llegar a esa suerte culminación que fue Eleven (proyecto de graduación de la licenciatura en actuación) y Nadie quiere ser nadie, ambas de 2015. Sobre la primera obra citada, escribí con entusiasmo en el diario La Nación:

“Mariela Asensio cierra un muy productivo 2015 haciendo detonar en escena un brioso caleidoscopio que refleja, con dejos expresionistas, las múltiples facetas del barrio de Once, irónicamente apodado Eleven: miserias y grandezas, explotadores y explotados, diversidad y racismo. Una realidad recreada a través de nítidas viñetas que se multiplican y crecen, divierten y emocionan. Un trabajo ciclópeo que Asensio comenzó en marzo pasado junto a 23 jóvenes a punto de graduarse, que pusieron alma y vida investigando in situ ese mundo abigarrado de dealers y manteros, prostitución y talleres ilegales, gimnasios y bares peruanos. Hasta julio, Asensio y su troupe ensayaron 4 horas, 3 veces por semana, dejando la obra sólidamente plantada; tras el receso, prosiguieron la tarea. Todos aportaron ideas para el expresivo vestuario que coordinó una de las actrices, Belén Spenser; mientras que Daniel Wendler, también del elenco, creó funcionales coreografías para los cuadros musicales que incluyen cumbia, rock, Vivaldi y una arrolladora versión de New York, New York. Por su lado, Verónica Lanza hizo prodigios de luz con escasos recursos. La entrega de los intérpretes es conmovedora. Vale citar a Paula Villa en el rol de Perlita, la ecuatoriana sometida, capaz de romperle el corazón al público con su mirada desolada”.

“Toda mujer ya ‘liberada’ que acepta con complacencia su situación de privilegio se hace cómplice y partícipe de la opresión de las demás mujeres. De esto acuso a la gran mayoría de las que han hecho una carrera en las artes y las ciencias, en las profesiones liberales y la política”, declaró, sin ambages, Susan Sontag hace cuatro décadas. Y sus palabras –deplorablemente– no han perdido validez, en particular en nuestro país y en especial en el ámbito de la creación teatral, donde son contadas las dramaturgas y directoras que se asumen públicamente como feministas y manifiestan su solidaridad con las mujeres que padecen diversas formas de opresión, y menos todavía las que aplican ese tipo de pensamiento crítico a sus obras.

Esa ausencia bastante extendida de conciencia de género contribuye a perpetuar, en distintas escalas, un orden simbólico masculino y patriarcal que se sostiene por encima de las leyes escritas. En otras palabras, se acepta una mentalidad, una multiplicidad de normas que condicionan y compelen a las mujeres a mirar, a interpretar el mundo desde una perspectiva masculina, sin intentar cambiarlo transformando la conciencia de los/as que van al teatro y sus relaciones con los espectáculos que ven.

Mariela Asensio es una mujer de teatro que expresa –con diferentes grados de intensidad, según los casos– su feminismo por medio de sus obras y estas deben al feminismo su carácter, su singularidad, su coherencia interna y la libertad interior que irradian. Sus obras son señales en el camino de una liberación de la creatividad para reformular deseos, asestar críticas al sistema dominante, hacer sus propias elecciones de vida teñidas de una generosa ambición de justicia y equidad para todas las mujeres.

Mariela Asensio se ha mantenido fiel a un compromiso que asumió muy joven, casi adolescente, y que ha ido enriqueciendo y fortaleciendo a lo largo de una década y media pletórica de realizaciones en los campos de la dramaturgia, la puesta en escena, la producción y algo de actuación. Mariela Asensio ha tomado partido sinceramente, apasionadamente.

“Partido hasta mancharse”, como quería el poeta Gabriel Celaya. Porque, aunque no todas sus obras lleven a un nítido primer plano su visión de mujer feminista, en ciertas ocasiones –como en la trilogía Mujeres en 3D o cuando se trepó al escenario del teatro La Comedia en la obra Auténtico–, Asensio no perdona.

Es decir, no tiene la menor indulgencia hacia el sistema machista que reprime, inferioriza, somete y esclaviza a las mujeres.

En Auténtico, suerte de performance con dirección de José María Muscari, donde varios intérpretes desarrollaban una serie de bocadillos de tintes autobiográficos, Mariela Asensio –embarazada de 6, 7 meses, actuando, cantando y bailando– hacía con mucho orgullo profesión de fe feminista de cara al público, planteaba preocupada cuestiones de género (la violencia sexista, el aborto), cargaba airada contra Tinelli y, cuando le llegaba el turno a la trata, escrutaba a la platea, se dirigía sin rodeos a los clientes, enrostrándoles su responsabilidad.

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Mariela Asensio –luego de haber presentado sucesivamente como autora Últimas cosas, Inacabado, Retazos, Hotel Melancólico– perturbó el verano porteño 2008-2009 con el estreno de Mujeres en el baño, primera entrega de la trilogía antes mencionada. Una obra en la que renovaba su estrategia narrativa, quizás más cerca de la voz propia para hablar como mujer de asuntos que les conciernen a las mujeres.

Ningún espacio físico mejor que el del baño –un cuarto de baño sin límites en esta puesta, con escenografía de Ariel Vaccaro– para pronunciarse sobre temas variopintos: depilación, masturbación, maquillaje, dietas, automedicación, menstruación, relaciones sexuales simétricas, asimétricas… Temas que ocupan el tiempo y la cabeza de las mujeres, en muchas oportunidades creando obligaciones e inseguridades que las mantienen en una constante situación de dependencia, tratando de definirse, de contemplarse, de producirse en relación con lo que dan por sentado que piden, exigen los criterios masculinos sobre belleza y juventud femeninas.

Aunque la puesta en escena, las actuaciones y todos los rubros técnicos fueron de alto rendimiento, hay que decir que en la base del espectáculo Mujeres en el baño había, sin duda, un texto original y contundente. Un texto que incita a la lectura generando imágenes y reflexiones, se haya visto o no la obra en el escenario (primero del Callejón, luego del Piccadilly). La escritura alterna parlamentos (algunos para ser dichos en grupo o de a dos, como las osadas Instrucciones para masturbarse) y canciones cuyas letras y métricas casi hacen aflorar, imaginar la música. La obra se vuelve por momentos conceptual (no hay interacción entre las intérpretes, no hay personajes propiamente dichos sino perfiles escuetos de una dimensión, sin nombre, con apenas un rasgo que los diferencia entre sí), a la vez que refleja un mundo femenino cotidiano y muy reconocible, que resonará patentemente en las lectoras. Aunque por cierto también sería muy bueno que tuviera lectores que se acercaran al texto bajando defensas y prejuicios, puesto que Asensio –como toda feminista que se precie de tal– aspira francamente a achicar la brecha entre unas y otros…

Mariela Asensio
Portada de Vivan las feas. Foto: Cortesía

Tres años después de la primera parte de la trilogía, Mariela Asensio presentó Mujeres en el aire, segunda parte donde –de nuevo entre el musical y la comedia negra– volvía más explícito y descarnado lo que en la obra anterior tenía un carácter por momentos más alegórico. En este texto, con el telón de fondo de un estudio de filmación, la autora va más allá en su denuncia de un estado de cosas que, desde los medios masivos, prescribe e instala una imagen seriada de la mujer “tinellizada”. Una mujer que para responder puntualmente a las leyes del mercado debe estar en continuo estado de alerta y acción sobre su cuerpo, que no puede permitirse desobedecer ni decaer. Los personajes femeninos están en el aire, siempre al borde de ser expulsados del mundo machista si no hacen todos los deberes para alcanzar esa pretendida hermosura, siempre regenteados por un personaje masculino, una suerte de gendarme autoritario que no les da respiro, ni siquiera cuando dulcifica el tono.

Así como en Auténtico Mariela Asensio tiraba la chancla y acusaba y protestaba en pos de un cambio a favor de los derechos humanos de las mujeres, en Mujeres en el aire se expande en una zona intermedia de representación, con dos personajes femeninos en cierta medida antagónicos –Showgirl y Renegada–, secretarias, conejas y chicas idénticas, más ese conductor dictador, amo y señor, abusador en el más amplio sentido de la palabra. La claridad de ideas, la precisión del lenguaje y la tremenda vigencia del contenido vuelven atrapante y conmovedora la lectura de esta pieza, pese a que tampoco hay, en esta ocasión, una narrativa convencional y a que la obra resulta casi ensayística por momentos.

En 2008, Mariela Asensio se mostraba resuelta a encarar el último tramo de su trilogía bajo la forma de texto teatral, al igual que la primera y la segunda entregas. Pero después de hacer Auténtico y Mujeres en el aire, de investigar mucho sobre el gravísimo problema de la explotación sexual, de vivir nuevas experiencias artísticas, la idea se fue modificando. No el tema ni el enfoque, sino el formato que habrá de tener Mujeres en ningún lugar.

Ahora, en el momento de editarse este libro, tiene claro que quiere salirse de las reglas y los rituales habituales del teatro, encontrar otro espacio abierto a todo el mundo y un procedimiento que fusione a la gente y a los actores, realidad y ficción.

Todo ello para –quizás no tan metafóricamente– tomar de las solapas a los clientes de la trata, ponerlos en evidencia, tratar de que respondan a las imputaciones y que el público se concientice e involucre. Mariela Asensio, con fervor feminista, a como dé lugar, seguirá probando, tanteando, perseverando para descolonizar cabezas de mujeres y de hombres a fin de que no se sigan reproduciendo roles y estereotipos de subordinación y explotación.

Este volumen de Vivan las feas reúne nueve obras dramáticas de la prolífica carrera de Mariela Asensio. Todas ellas comparten una inquietud común que gira alrededor de las mujeres. Los personajes femeninos toman el protagonismo para expresarse y cuestionárselo todo, por medio de los diálogos, la corporalidad, la música y la poesía. A pesar de lo desgarradas que pueden estar sus criaturas, Mariela Asensio no renuncia al humor para contar sus historias y dejar al público en un estado de encantadora incomodidad. Todas las piezas que integran esta antología fueron estrenadas en Argentina y, algunas de ellas, en el extranjero, con enorme aceptación del público y la crítica.

Fuente: Damiselas en apuros / Original aquí.

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