Aura García Junco

Más que en un tiempo futuro la historia transcurre en una realidad paralela: Aura García Junco

“Todos tenemos nuestro mar de piedra, algo que no queremos afrontar y que acaba forzando más su personalidad que haría si lo afrontara. Para mí la novela es de fantasmas, todos cargamos algo del pasado”, dice la autora.

Ciudad de México, 26 de octubre (MaremotoM).- “La vida transcurre con la normalidad de cualquier domingo. Hasta donde se puede ver, las estatuas ocupan toda la avenida, cubren el pavimento, originalmente destinado a los automóviles. Su presencia tiñe de gris el espacio. Gris: el ánimo que se respira, como de cementerio, como de naufragio, como de escombros.”. Así comienza la nueva novela distópica de Aura García Junco, Mar de piedra (Planeta), donde la autora ensaya un camino de estatuas que se caen (una similitud a lo Sergei Eisenstein) en un mundo petrificado por la violencia y el egoísmo.

La acción transcurre en 2025 y Madero está ocupada por las estatuas de los cientos de mujeres, hombres y hasta de niños desaparecidos día tras día. Este insólito fenómeno coincide con la propagación de los mattangs —mapas que, según los creyentes, revelan el destino a quien sepa leerlos— y cuyo culto se ha apoderado de los capitalinos. Cuando la escéptica maestra Sofía encuentre en uno de estos el rastro que dejó un fantasma del pasado, ahora un ser de piedra, las corrientes del cosmos la conducirán al posible origen de su desaparición. Esa es la sinopsis.

ENTREVISTA EN VIDEO A AURA GARCÍA JUNCO

“Más que en un tiempo futuro la historia transcurre en una realidad paralela. Me gusta pensarlo como un mundo aparte, que tiene algunas reglas y que algunas reglas se traspasan a nuestro mundo”, dice Aura García Junco, en entrevista por zoom.

“Creo que una de las grandes virtudes de la ficción especulativa es que te permite ver las cosas que no veías, es muy común que nos insensibilicemos ante todo, ante incluso las cosas cotidianas. Pienso mucho en las cosas que no sé, como la cultura polinesia, por ejemplo, que está, pero que no la miramos”, agrega.

Aura García Junco
“Esta es una novela libre”, dice Aura. Foto: Cortesía Facebook

Mar de piedra es un título muy atractivo y es de hecho un libro para leer. “La lectura va a la baja, esto está bastante respaldado por datos. Las pantallas nos han hecho poco capaces de concentrarnos. Creo que hay que ejercitar ese músculo, porque hay un gozo en eso, que sólo se puede obtener mediante la lectura”, afirma.

“Todos los personajes tienen algo de mí, pero algunos rasgos, incluso los personajes ficcionales más lejanos. Luciano es un alcohólico en recuperación y está tratando de encontrar su lugar en el mundo. Está descubriendo cómo puede comportarse a partir de su sobriedad. Fue mi personaje más difícil de escribir, quería que tuviera muchos matices en su situación”, expresa.

“Todos tenemos nuestro mar de piedra, algo que no queremos afrontar y que acaba forzando más su personalidad que haría si lo afrontara. Para mí la novela es de fantasmas, todos cargamos algo del pasado”, agrega.

Dice Aura García Junco que le encantaría ir a una isla desierta, para poder leer y escribir, pero que ella no es Johnny Depp, “no soy millonaria, no me puedo comprar una isla y esto es lo que hay. La gran ventaja de esta novela la empecé a escribir en 2016, en esa época no había publicado nada, tenía una beca y un excelente tutor que fue Geney Beltrán. Fue una novela libre, hasta el momento no parece necesaria la isla desierta”, afirma.

Aura García Junco
Mar de piedra. Editó Seix Barral

Fragmento de Mar de piedra, de Aura García Junco, con autorización de Planeta / Seix Barral

Paseo de las Estatuas (antes avenida Madero)

La vida transcurre con la normalidad de cualquier domingo. Hasta donde se puede ver, las estatuas ocupan toda la avenida, cubren el pavimento, originalmente destinado a los automóviles. Su presencia tiñe de gris el espacio. Gris: el ánimo que se respira, como de cementerio, como de naufragio, como de escombros. Figuras de hombres, mujeres, incluso niños, todas de pie, con ropas distintas, uniformadas por el color de la piedra lisa y clara. Las hay gordas y flacas; las hay que miran desde una altura inusual (más de dos metros, la de un anciano con bigote), y las que solo pueden ver el pecho de otras porque su cuello rígido no las deja mirar hacia arriba. Varas calizas e inmóviles desafiando el paso de los años y de las lluvias, los soles, los vientos fuertes. El abandono es tan grande que, si alguien tirara una moneda, el sonido del metal se escucharía de un extremo a otro con la nitidez de un rugido.

De entre la quietud, sale un rayo negro.

El rayo corta como una bala el aire denso y pesado.

El rayo agita su cola de caballo y, al pasar, roza con las yemas de los dedos algunas estatuas.

Inhala, exhala, inhala, exhala. Toma ritmo. Con su carrera revive el instinto vivaz de los árboles ralos del otoño y del azul del cielo.

Son solo unos minutos los que Ana tarda en atravesar el Paseo de las Estatuas, pero con eso es suficiente. Si un transeúnte desinteresado viera la escena, quizás le parecería que el eco de su risa hace reír también a las estatuas; le parecería, incluso, que la miran y la juzgan por romper la paz o que la miran y se alegran y le desean el bien. Eso, claro, si un alguien viera la escena, pero por ahora no hay otra alma viva más que el rayo, y ya se aleja jadeante y risueño. Inhala, exhala.

Ana corre y corre e ignora el paisaje conocido, sigue su ruta cotidiana al trabajo. Atrás de ella, las estatuas regresan al silencio.

¿Ya está borracha? No cree. Quizá. Muy posiblemente. Cuando el deseo antes vago de besar a Ulani se vuelve más bien una posibilidad, la respuesta se inclina hacia un rotundo sí. Sofía está borracha y es un peligro. Mientras rasca con una cucharita lo último del poi, se repite que se tiene que controlar. Carajo, se tiene que controlar. Huir, muy probablemente.

Y desde ahí, desde su lugar en la mesa para dos en un restaurante cualquiera, ante la copa de vino, ve cómo Ulani vuelve.

La chica hace el ademán de sentarse, pero en cambio se inclina frente a ella y la besa. Sofía no tiene tiempo de pensar en otra cosa que en la textura de los labios, el poi en las lenguas, dulce, como el beso que no debió ser.

Abre los ojos cafés a los ojos verdes de Ulani, quien susurra en un tono muy bajo, con un dejo de timidez y todo el miedo al rechazo a cuestas, aquí hay mucha gente, ¿y si vamos a otro lado?

No hay manera, dile que no, contesta contundente la voz interior de Sofía.

Ojos verdes, pequeños, como una concentración de mar en un punto. Más cerca y más cerca. Sus narices se rozan y la mirada se abruma. Los labios no se atreven a tocarse, dudan, pero la distancia, ya tan pequeña, se sien- te como una caricia extendida en toda la carne. Los sabores del vino se unen y las lenguas exploran tímidamente dientes ajenos. Los brazo-enredaderas aprietan, cada vez con mayor necesidad. Los pechos se estrujan, se aplastan y deforman con la presión. Siente la humedad. Siente esa cara fina entre las manos, que ahora navegan hacia abajo, hacia los hombros pequeños y huesudos. Cuello, clavículas, omóplatos, axilas, pecho naciente, tirantes que caen, escote, manos colmadas de piel.

Ojos: una alumna. Momento ingrato de reconocimiento en el que vacila, esto está mal, pésimo, es su maestra, ¿cuántos años tiene la chica?, ¿veintitrés?, ¿veinticuatro?

Ulani se sienta sobre sus piernas. Acompaña un beso profundo con el vaivén de sus caderas, baja su blusa, que se había vuelto a subir. Por los ojos de Sofía se filtra la piel morena, erizada, los vellos pequeños que terciopelan el tacto. El vientre se contrae, su cuerpo se hincha, pero Sofía no puede. Comienza a pensar en las estrategias de retirada. Toma suavemente a Ulani, le acomoda la blusa. La besa, acaricia su mejilla.

Perdóname, no puedo, dice renuente.

Ulani la mira desde su par de destellos verdes, titubea, contrae el rostro,

Voy al baño y se levanta.

Deja tras de sí una estela de olor a tiaré que marea los pensamientos de Sofía. Mar bajo su ropa. Mareas se agitan en su cabeza junto con la imagen de Ulani: las risas de la cena, el lento baile de los cuerpos, los comentarios que la sorprendieron con su agudeza. Casi una niña. Bueno, no, una niña tampoco, pero sí una alumna.

¿Qué me pasa, Eloísa? ¿Por qué la traje aquí?

Se acuerda del inicio de todo. De Ulani en su oficina un par de días antes, de la petición de una asesoría. De cómo la chica hablaba con firmeza, pero se enrojecía cada vez más, con sus manos tibias restregándose entre sí. Sofía le dijo que se vieran en la sala de maestros el viernes a las… Ulani la interrumpió. En el sofá de su sala, en la nerviosa espera, Sofía vuelve a recordar la frase que inició todo, que la hizo bajar el filtro contra alumnas y verla de repente: con su piel morena, los ojos verdes y una sonrisa un poco torcida, parada frente a ella en la sala de profesores:

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¿Por qué no tomamos algo en un lugar cerca de tu casa, para que no tengas que perder el tiempo desplazándote?

Luego la voz autónoma que, más grave e inesperadamente tímida, salió de la boca de Sofía y aceptó un ofrecimiento que rayaba en una falta de ética. ¿Tú qué opinas, Elo? ¿Por qué lo hice? ¿Por qué quien sea hace lo que sea, para el caso? Sofía se termina el vino de un trago y sirve más. Duda un momento, y no llena la copa de Ulani, quien ya regresa del baño con las mejillas recién lavadas. La chica se sienta de nuevo en el sillón y estira la mano.

¿Tú lo hiciste?

carga un pequeño marco con una pintura.

Una amiga.

¿Y por qué lo tienes colgado en el baño y todo lleno de polvo? Está muy lindo.

Sofía se sorprende, tantos años en la pared lo ha hecho parte de los objetos invisibles de la casa, esos que ha aprendido a ignorar.

Otro día te cuento.

¡Ah! Entonces sí nos vamos a volver a ver

Ulani sonríe, sonrisa maliciosa, otra vez con la boca ligeramente torcida, y le da un trago a la única copa llena. Sofía no sabe qué decir. Entre la violenta repulsión ha- cia sí misma, emerge el deseo de besarla. No está pensan- do claro y el cosquilleo del vino teje una fina capa sobre su piel. En vez de pararse, de escoltarla suavemente a la puerta con una disculpa, dar las buenas noches, llorar a solas, Sofía se inclina en dirección a Ulani, avanza por el sillón y acuesta a la chica bajo de sí. Luego le toma los brazos y baja con los dientes su blusa. Suspiro.

Mi primera travesía. Religión Polinesia ilustrada, libro en el cuarto de Lameo, que su padre le lee cada noche.

Pasan las horas como caudales de río. En la cama, con los cuerpos mullidos de piel y el olor dulce y acre de Ulani, Sofía contempla quedarse una hora más, otro día, otro mes. Tiembla ante esa idea, con el sabor del vino aún en los labios. Saca con lentitud su brazo, tibio bajo la chica dormida. Hierve, pero cierto pudor la hace buscar una sudadera negra, cubierta del pelo blanco de Clío, que maúlla desde la cocina.

Ya en la sala, se tira en el sofá. Algo se le entierra en el coxis. Examina con la mano: es el cuadrito del baño entre los cojines. Le limpia el polvo con una servilleta arrugada. No tiene mucho de especial, pero, al mismo tiempo, hay una emoción difícil de comprender que emana del cuadro, una furia, y una tristeza. En la parte de atrás del marco hay un «Para Sofía» y un entramado de líneas borrosas, que el tiempo ha empezado a ocultar.

Nunca entendió por qué Eloísa firmaba con eso. Cuando Sofía le preguntó, debió ser en el primer año de la universidad, ella le dijo con tono burlón que era un mapa de sí misma.

¿Un mattang?,

preguntó con suspicacia Sofía-la-universitaria, que comenzaba a ver cómo cada vez más gente a su alrededor creía en esa religión para, pensaba, simplones. Los mapas aparecían en lugares inesperados: la mesa de centro de su madre, la cama de su compañera de departamento, los tatuajes de sus amigos. No sabía qué pensar. Nadie había podido explicarle en qué consistía que tu vida presente y futura estuviera metida ahí, en un amarre de ramas y conchas.

No sé todavía, dijo Eloísa con un tono tajante que sabía usar muy bien, indicación de que no había nada más que decir.

En retrospectiva, con el cuadro enfrente, le parece irónico que Eloísa fuera por ahí trazando mattangs de un futuro que no iba a tener. Así como los científicos buscan los genes que causarán la muerte prematura, el cáncer, la calvicie, ¿se podría, según los creyentes, buscar en un mattang el preciso punto en que se decreta que una morirá? A lo mejor entre estas rayas de aquí es donde está el secreto de lo que te pasó, Eloísa. O, a lo mejor, es una gran estupidez lo que estoy pensando.

Un ruido rompe su concentración: los pasos atontados de Ulani, que se acerca ya vestida. Sin decir nada, con una sonrisa de rostro completo, se tira al sillón a un lado de Sofía. Imposible saber quién da el primer beso.

En la secundaria jugábamos a encontrar pares de mapas. ¿Lo has hecho? dice Ulani mientras mira el cuadro entre las manos de Sofía.

No, no creo en esas cosas.

Sí, eso dicen todos. Que enseñas historia de Oceanía solo para hacernos ver nuestro error, que curas una colección de mattangs enorme, pero los ves como objetos sacados de contexto. Que esos mattangs vienen de petrificados, pero no crees en la petrificación. Que eres antipo.

¿Ah, sí? ¿Todo eso? dice una voz burlona.

Que estudias a Kaula Aranda solo por su arte, como si fuera nada más otro güero que hace exposiciones que nadie entiende. Eso, y que eres lesbiana.

Cómo habla la gente.

¿Pero sabes qué pienso yo? Que nadie puede dedicar tanto tiempo a algo si no ve la magia, el mana, que contiene… Y que efectivamente eres lesbiana.

Lanzan una risita y se dan otro beso. Ulani regresa a su lado del sillón y mira la mano de Sofía que, como garra, no ha dejado de empuñar el cuadro.

Si no creyeras, ¿por qué el cuadrito?

Sofía no sabe bien por qué pero su boca se sella de repente, la sien palpita. Tensa las manos sobre el marco, siente que lo podría romper. Ulani las acaricia y abre suavemente. Toma el cuadro de entre las manos de su maestra.

No te pongas así. Lo único que quería contarte es que jugábamos a encontrar pares de mapas, mis amigas y yo. Íbamos a una secundaria técnica, en una zona de la ciudad que seguro no conoces porque está bien fea. A la hora de la salida, en vez de hacerle caso a los tipos mayores que se paraban afuera a dar vueltas como pavorreales, veíamos constelaciones y mattangs, y los juntábamos en pares de mapas y pensábamos que en algún lugar en medio estaba nuestro destino, puras tonterías como ser millonarias o actrices famosas o posdoctoras en Literatura.

Ulani jala su mochila bajo la mesa de centro, rebusca en ella hasta que saca un libro. Sofía lo reconoce: Atlas para entender el mundo: Nuevas leyendas de la Polinesia. Ella escribió uno de los ensayos. No está orgullosa de aparecer en ese libro, que el charlatán de Serratos compiló, pero es material básico de la carrera. Ulani abre una página, ocupada casi en su totalidad por una imagen del cielo. Sofía se sorprende: escribió sobre ese conjunto de tradiciones orales y nunca notó el parecido de la constelación con el dibujo de Eloísa.

Pares de mapas y estrellas, como estos dos. Así que dígame, maestra estricta, ¿por qué tiene un mapa oculto en el baño?

Entre una retahíla de autorreproches y alegrías, Sofía termina de secar las copas de vino. Arrastra los pies descalzos a la sala para tomar el cuadrito, y luego entra al baño. En la pared hay un rectángulo menos percudido que el resto de la superficie, el testigo silencioso del hurto. Ahí vuelve a colgarlo. De repente se ve como un objeto extraño, fuera de lugar a pesar de llevar tanto tiempo, diez años, desde la primavera de su cuarto semestre de universidad, en el mismo sitio. Lo mira con la taza entre las piernas porque el cuarto es tan pequeño que el excusado araña la pared. Dejarlo o no dejarlo, he ahí el dilema. ¿Tú qué opinas, Eloísa? Tú lo hiciste.

Inspecciona la pintura y en el reflejo ve el instante en que Eloísa-la-de-entonces le dio el cuadro mientras bajaban de su edificio, la manera en que la vio como si quisiera decirle algo que no salió de su boca, esos ojos que rogaban. El pantano de recuerdos comienza a remover algo en su pecho de tormenta. Voltea el cuadro, lo cuelga con el trasero de papel estraza viendo al frente. Con la letra de Eloísa y su mattang que no lo era. Así queda mejor. «Para Sofía» se despide de ella al salir del baño.

 

 

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