Pedro Mairal

“Me gusta mucho mostrar fachadas de las revistas de decoración y mostrar lo que pasa atrás”: Pedro Mairal

Es cierto que no es fácil narrar como narra Pedro Mairal, pero su forma de hacerlo remite a Antón Chéjov, con más humor y probablemente con más despreocupación. Es como si fuera un Chéjov reload, en un mundo que como aquel tiene sus muchas máscaras y recrea sus obras teatrales mientras el universo se expande y se disuelve afuera. Presenta Breves amores eternos (Planeta).

Ciudad de México, 22 de julio (MaremotoM).- Entrevistar a Pedro Mairal (Buenos Aires, 1970) es como leer sus cuentos: una aventura divertida en la que el autor, seductor y paciente, “venderá” su último libro con una pasión irredenta.

Claro, después de La uruguaya (esa novela que se lee como un suspiro maltrecho), que ha tenido éxito en el mercado en español (con muchas traducciones, una de ellas al alemán), Mayral tendría que haberse puesto a escribir otra novela igual de suspirante y de exitosa. Pero no fue así.

Para él, sin tener en cuenta “eso que parece un requerimiento externo, no propio”, siguió con su guitarra, haciendo canciones, creándose una imagen de cantautor que nada tiene que ver con el escritor “serio”. Hace tiempo, de todos modos, Mairal, que tiene al humor como máximo ingrediente de sus narraciones, ganó el Premio Clarín por Una noche con Sabrina Love, que tuvo su película y que lo lanzó a la fama local con bastante dinero en el bolsillo y hasta una película basada en su novela, dirigida por Alejandro Agresti.

Eso fue en 1998. Pedro recién sacó su próximo libro en 2001, un libro de cuentos que se llamó Hoy temprano.

“Cuando escribí La uruguaya un amigo me dijo la escribiste de taquito, pero la verdad es que no es nada fácil hacer una narración natural, sin florituras”, dice hoy, cuando también lo que sabemos es que algunas veces estuvo a punto de dejar de escribir: “Si uno considera que la literatura es solamente la novela, entonces, sí, estaba con una crisis fuerte. Porque una vez que te metes en el mundo de la figura del escritor, el mercado te reclama. Mi agente literario anterior y las editoriales reclamaban la novela. Ni cuentos ni poesía: la novela, que es el producto del mercado editorial, el ladrillo con el que se construye casi todo. Con esa idea de novela estaba en una crisis muy grande y, de nuevo, me puse a escribir lo que no tenía que escribir. Y me hizo mucho bien y descubrí que la literatura pasa también por los géneros que se consideran menores, como la columna periodística, el cuento corto, la crónica, el ensayo en una revista”, le contestó a Patricio Zunini, de Infobae Cultura.

Pedro Mairal
Breves amores eternos, editado por Emecé/Planeta. Foto: Cortesía

El gran tema que escribir estos “géneros menores”, en momentos en que el cuento comienza a tener cada vez más protagonismo en el mundo literario “mercadológico” le ha permitido editar ese libro llamado Hoy temprano como primera parte en Breves amores eternos (Planeta).

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Es cierto que no es fácil narrar como narra Pedro Mairal, pero su forma de hacerlo remite a Antón Chéjov, con más humor y probablemente con más despreocupación. Es como si fuera un Chéjov reload, en un mundo que como aquel tiene sus muchas máscaras y recrea sus obras teatrales mientras el universo se expande y se disuelve afuera.

Cuando se lo decimos, él empieza a hablar de El jardín de los cerezos y expresa que “ojalá algo de lo mío se parezca a Chéjov”.

Sus cuentos son historias tremendas, pero que al final se diluyen y la vida sigue. Son también historias de cierta parte de la comunidad argentina, esa que come vegano, hace yoga y a la que el mismo Mairal pertenece. Aunque en todas las ciudades hay como en Argentina esas redes “enmascaradas” (¿o qué decir de La Condesa y de La Roma?), por eso sus cuentos son universales y cercanos.

“Creo que toda sociedad a la que no pertenecemos nos parece teatral, hay algo raro en los acentos, algo raro en la manera de comportarse”, dice Mairal.

Pedro Mairal
Hay una impostura falsa, como de revista de decoración. Foto: Cortesía

“Hay mucha impostura en esos seres, esos personajes que hacen yoga son unos amigos que tienen un accidente, luego de muchos años se reúnen para hablar y se dan cuenta de que salvaron a un amigo siniestro, hay una impostura falsa, como de revista de decoración. Me gusta mucho mostrar fachadas de las revistas de decoración y mostrar lo que pasa atrás, porque la gente tiene un lado B”.

–Tú perteneces a esa clase, ¿verdad?

–Claro que sí, soy parte de esa fachada también. Como escritor me veo en el papel de observar, participo y la disfruto. No me quiero hacer el Che Guevara, que dicho sea de paso El Che formaba parte de esa clase. Me interesa mostrar cómo en todas las clases sociales construimos la identidad, mostramos lo que queremos, ponemos trompita en la selfie, para mí la literatura es lo que no se muestra.

Los breves amores eternos parece ser escrito fácilmente

–El estilo fluido da mucho trabajo. Hay un trabajo de mucho tiempo de buscar una voz cercana al habla. Alcanzar ese tono coloquial en las voces narrativas me llevó mucho tiempo. Quitarme de encima el peso de la tradición, lo que es escribir bien, tuve que trabajar el periodismo para eso. Por otro lado, tuve que acercarme a la poesía, la fuerza de la palabra, creo que la palabra en la poesía tiene un peso que yo por momentos uso el peso. Intento que todo fluya, que no sea muy trabado. Hace un tiempo un amigo dijo que La uruguaya la había escrito de taquito. Sí, pero ese taquito me llevó una década, es algo con lo que siempre estoy peleando.

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