Geney Beltrán - Adiós, Tomasa

“Me interesa más que la literatura del yo la literatura de la otredad”: Geney Beltrán

Adiós, Tomasa (Alfaguara) es la nueva novela escrita por el duranguense Geney Beltrán, donde narra el secuestro de una muchacha, en un clima de honda violencia y machismo en el México rural.

Ciudad de México, 6 de agosto (MaremotoM).- Dice Geney Beltrán (Tamazula, Durango, 1976) que ha sacado la historia de Tomasa del pueblo donde nació. Que le interesa la otredad mexicana. No la literatura del yo. Que entre Juan Rulfo y Daniel Sada intentó meter Adiós, Tomasa (Alfaguara), teniendo en cuenta además la literatura escrita por mujeres como la de Elena Garro e Inés Arredondo, para hablar esos sentimientos de la gente del pueblo, que vive entre la violencia y el machismo, en un México rural, que a veces parece ser el México todo.

“Chapotán es un pueblo duranguense del Triángulo Dorado, en la Sierra Madre Occidental. Un día de los años ochenta, la familia Carrasco Heras recibe como empleada doméstica a una muchacha de nombre Tomasa. Diligente, tímida y muy hermosa, trae consigo un secreto que le causa dolor y miedo. No pasa mucho tiempo sin que la vida de todos llegue a verse trastocada, sobre todo a partir de que dos hermanos, narcotraficantes de un pueblo vecino protegidos por el ejército, irrumpen con crueldad en la vida de la familia y de Tomasa”, es la sinopsis de esta nueva novela de Geney, que también ha escrito Cualquier cadáver (2014) y Cartas ajenas (2011), el volumen de relatos Habla de lo que sabes (2009), los libros de ensayos Asombro y desaliento (2017), El sueño no es un refugio sino un arma (2009), El biógrafo de su lector (2003) y el tomo de aforismos El espíritu débil (2017).

–¿Es una novela que la puede leer todo el mundo? Me pareció que era de largo alcance…

–Eso es una consecuencia. Yo quería desde hace muchos años escribir esa historia. Sin saberlo dejé correr un montón de años, para poder ver con más distancia, más amplitud, la circunstancia. No sólo la historia de Tomasa, que es una persona real, sino la historia del pueblo de Durango, el tema del machismo, el narcotráfico, la violencia contra las mujeres y contra los niños. A partir de empezar a trabajar la novela, una de las cosas que se fue dando son las voces de los habitantes, algo que tiene rato en la literatura hispanoamericana, pero en la literatura urbana es más fácil perder. Si como consecuencia lo vería yo como el aspecto de denuncia buscaría a un lector más amplio.

Geney Beltrán - Adiós, Tomasa
Otro aspecto que me interesaba incorporar el aspecto de la intimidad, de los afectos, de las relaciones familiares, como un contrapeso a todo esa violencia verbal que tienen contra los niños. Foto: MaremotoM

–Teniendo en cuenta nuestras novelas tradicionales, entre Rulfo y Sada, tus personajes accionan, no sé para qué lado, pero accionan…

–Sí, tenía la conciencia de lo que significa lo rural en la literatura mexicana y Daniel Sada es lo más reciente de quienes lo han tratado ampliamente. Otro aspecto que me interesaba incorporar el aspecto de la intimidad, de los afectos, de las relaciones familiares, como un contrapeso a todo esa violencia verbal que tienen contra los niños. La literatura rural parece que tienen personajes sin emociones, con una idea única del dinero, de la droga, del éxito y es un lugar está bastante normalizada la siembra de la marihuana, la posibilidad de mostrar adentro de las casas me pareció que no se había registrado. Básicamente la teníamos en la literatura escrita por mujeres y que los varones hemos sido más secos, más distantes, en algo que es formativo de la personalidad de los varones y de las niñas.

–¿A Flavio el sentimiento que más lo representa es el pudor, verdad?

–Sí. Ese pudor, esa suerte de vergüenza, porque no se siente totalmente varonil, no está a la altura de las expectativas masculinas del padre. Él se identifica más con la madre, toma partido por ella y es alguien que escucha la voz de las mujeres cuando está en la cocina. Es alguien que no es un adulto todavía, hay un elemento femenino en él, que lo conforma y al mismo tiempo lo hace sentir insuficiente para lo que esperarían de un varón.

–La madre lo castiga, pero lo castiga para que no entre en El Negocio, para que salga bien…

–Es contradictorio ese vínculo con la madre, porque recurre al castigo físico ella, cuando él sale de la casa. Algo muy natural ese deseo de explorar el entorno que tienen los pre-púberes. Es una madre protectora, cercana, tiene sus propios dolores, esas leves rupturas que sentía el niño cuando su madre estaba distante las vivía él como si fuera el fin del mundo.

Geney Beltrán - Adiós, Tomasa
La madre se calla las cosas, también. La mujer debe callarse. Foto: MaremotoM

–Esta chica Tomasa es secuestrada, violada, pero que no lo dice

–Los orígenes de Tomasa es en un pueblo muy pobre, a como se mete más en la sierra más pobreza hay. No hay nada que la eduque a hablar. La madre se calla las cosas, también. La mujer debe callarse.

–Es linda la relación que establecen Flavio y Tomasa

–Es una relación que la vi como si fueran hermanos. Es un mundo femenino, de la cocina, de la madre, las mujeres que ayudan a su madre, él no sirve para andar a caballo y en cambio atiende la tienda de abarrotes a la tarde. La necesidad de esos vínculos de la misma edad, habla de una camaradería más de iguales y ese vínculo me parece muy importante porque a él lo educan diciendo que el hombre es un depredador sexual. Por eso la pérdida es una ruptura que lo lastima mucho, que lo lacera.

–La madre va cambiando o al menos en él va cambiando

–La relación que tienen es desde la inocencia y ese vínculo con la madre tiene el elemento de la comida, de las tortillas y creo que se va cambiando cuando se mudan a la ciudad. Los dos episodios graves que ocurren en el pueblo los llevan a mudarse. Es un personaje que se cuestiona muchas cosas, tiene un animalito en la cabeza que lo hace pensar, se pregunta esas cosas que los vecinos del pueblo ya no se preguntan.

–Hay una parte que es donde se le infecta el ojo, es como la parte más surrealista del libro

–Él es un testigo, no puede hacer mucho, su lugar es escuchando a las madres, a las mujeres en la cocina, es un personaje educado para escuchar y para ver. La infección en el ojo es simultáneo cuando Tomasa la primera violación. En el momento en que él ya no puede ver es simultáneo a cuando Tomasa está inerme. Cuando la raptan, él esta dormido. Hay una responsabilidad que él asume, aunque no tendría responsabilidad. No puede tomar una pistola para defender a Tomasa, para defender a su padre, pero todo lo que pasa por dentro es como una revolución. En el contexto en el que él crece son tratados duramente, son educados para obedecer, para no respingar, una forma muy dura de educarlos los lleva a una tensión interior que los hace ver porque cualquier movimiento puede ser importante. Es una sensibilidad que me interesaba representar.

Geney Beltrán - Adiós, Tomasa
Aquí hay algo que todavía no está representado que es la televisión, es un pueblo donde no hay energía eléctrica. Foto: MaremotoM

–México es de los ’80, pero ahora sigue estando igual, nunca va a cambiar, pareciera

–Aquí hay algo que todavía no está representado que es la televisión, es un pueblo donde no hay energía eléctrica. El mundo de la televisión está más presente ahora en los pueblos. La lógica es que el dinero y la posibilidad de tener una supremacía en el pueblo, viene con el trasiego de la droga. Es una legitimación automática. En esas alturas son capos pequeños, pero capo al fin. No hay por otra parte una idea de la justicia.

–Estás en contra de la literatura del yo, ¿verdad?

–Se alimenta mucho de mis recuerdos, tiene mucho de imaginación, de historias que escuché, de historias que le pasaron a otros vecinos o en otros pueblos. Me interesa más que la literatura del yo la literatura de la otredad, la posibilidad de desplegar diferentes sensibilidades. Si está el personaje de la mamá de Flavio que resiente las infidelidades del padre, me pareció importante también mostrar al padre ejerciendo esa sexualidad voraz, insaciable, como un depredador de la sierra…

–Que nunca se cuestiona, ¿verdad?

–Totalmente, como un derecho natural. Por eso no recurrí a la primera persona. Uno como escritor no debe ponerse ni limitaciones ni negaciones, sino que tiene que expansivamente tratar de incorporar las experiencias de la condición humana que sean más pertinentes, más perturbadoras. Es un reto tanto estético como político. Sin que caiga en un panfleto ni un amarillismo. Por eso me interesaba que hubiera un protagonista infantil que desde la inocencia pudiera registrar esos diferentes ámbitos.

–¿Eres pesimista?

–Sí soy pesimista. Es difícil pensar en el discurso, en la reflexión, alterar la conducta que viene de generación en generación. Son historias que a uno lo desafían y hay que tratarlo sin pretender ajustar cuentas con nadie, permitir que los distintos personajes se manifiesten. Creo que si algo puede hacer la literatura de ficción es saltar esas barreras geográficas, epocales o lingüísticas, hacer que el lector experimente tanto la impotencia, como el miedo, la frustración, la ternura o la esperanza. No he sabido de Tomasa desde que fue raptada, allá por 1984, había pensado que probablemente había muerto. Fue una amiga que me dijo una vez, que en el mundo también había amor y había esperanza. En mi vida trato de ser un poco más neutral, más optimista. Sé que yo hubiera sido un comerciante en la sierra. Mis padres querían que estudiáramos. Yo sería injusto si fuera pesimista respecto a mi propia experiencia.

–La otredad es mexicana

–Es un laberinto, muy difícil de desentrañar. Una sociedad muy compleja en la que uno puede agarrar como ciertas rebanadas. Ubicarse respecto de circunstancias concretas, el reto del novelista es más que expandirse en la superficie es meterse en la realidad. Sacar hacia el fondo lo que es tanto el entorno de Tomasa como el de Flavio, el del pueblo, que puede ser representativo de muchos otros pueblos y esos ’80 pueden ser de otras décadas. Si no hay profundidad esa otredad termina siendo muy plana.

–¿Te sientes cercano a Juan Rulfo, a Daniel Sada?

–Le tiraba precisamente a esa vinculación. Por lo que significa el México rural, por el estilo imbricado de las hablas populares, tanto los regionalismos como por la visión del mundo un poco procaz, un poco vehemente que pudiera haber ahí. Al plantarse ahí, ver qué traigo yo de diferente. Hay algo de las lecturas a las que me he dedicado en los últimos años, por investigación, también me di cuenta de cómo esa perspectiva doméstica e intimista, se puede ver en escritoras como Elena Garro o como Inés Arredondo. Si voy a tener a un narrador proteico, un narrador que pueda ir de lo que dicen las mujeres en la cocina hasta lo que dicen los hombres en el portal, quiero una novela andrógina, pero que tenga elementos femeninos, que tenga esa sensibilidad.

–¿Qué es lo rural para ti? A veces parece todo México

–Sí, precisamente por la visión centralizada de lo urbano, vinculado con la idea de la Ciudad de México. El camino intermedio tiene más elementos de lo rural, porque los pueblos mantienen vínculos con sus vecinos. También me di cuenta del lenguaje, como ahora hablamos de “bato”, de “morra”. Cuando empecé a escribir esta novela nadie usaba esas palabras.

–Te quería preguntar precisamente por el lenguaje

–Me gusta mucho la lengua popular, las canciones, me gustan los refranes, ese mundo, como se construye con el habla, con el idioma, porque no hay muchas imágenes en la cultura popular de lo que sería ese entorno. El México rural sería el que vemos en las películas, de Pedro Infante, pero el México rural con las camionetas, con los narcos, pero no se ha canonizado. Quería construir esa imagen a través del habla de la gente, sin que fuera una barrera para los que no fueran de Durango o de Sinaloa. Esa hibridez me importaba porque si bien habla de la sierra de Durango, está en una novela que sería leída por habitantes de las ciudades.

Geney Beltrán - Adiós, Tomasa
Una novela sobre el México rural. Foto: Cortesía

Fragmento de Adiós, Tomasa, de Geney Beltrán, con autorización de Alfaguara.

—¡Qué la chingada contigo!

El hombre la fuerza a entrar en la cabina. Le ordena deja de rezongar, pinche mocosa.

Ella se pega en la frente con la manija de cambios. Suelta un grito, no puede parar la lloradera. El hombre sube a la troca y toma a la joven reciamente de los brazos; la obliga a quedarse inmóvil sobre el asiento.

—¿Por qué me hace esto? ¡Déjeme bajar! —pero él la silencia con un golpe del puño en el pómulo izquierdo.

La joven siente en el rostro una cosa que se quiebra, un estallido de calor le va secando el respirar.

El otro hombre, lampiño y más joven, sube a la troca y se coloca ante el manubrio.

—¡Arráncale, cabrón! —el primer hombre acomoda el espejo retrovisor del asiento de copiloto. Vuelve la mirada a la joven. Ella gimotea, queriendo hundirse aterrada en el plástico caliente del asiento. Él le acerca su aliento a cerveza y tabaco—: ¿Ya ve cómo sí se puede quedar calladita, mujer?

Abre la guantera. Saca una bolsa naila de color negro. Arquea el brazo izquierdo y, tomando a la muchacha del cuello, le cubre la cabeza con la bolsa. Ella vuelve a gritar. Escucha la voz de trueno que sale del cuerpo del hombre:

—No hay nada en el camino que a usted le interese ver. No me salga alharaquienta…

Ella se agita, hipa, tira con la derecha un manazo que se muere en el aire. Teme no poder ya nunca respirar. Sin mayor forcejeo, el hombre la somete del torso. La obliga a recostar la cabeza sobre sus piernas. Ella siente cómo las lágrimas van mojando el interior de la bolsa, que se le pega contra las mejillas igual que si fuese una cobija de sudor.

No sabe cuánto permanece ya quieta y silenciosa. Ruega que todo se borre como por milagro, hasta que a sus oídos llegan los ritmos de un acordeón y un bajo sexto, luego las voces afinadas de dos hombres:

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cuando tomo vino

siento muchas ganas

de contigo platicar.

La camioneta avanza. El movimiento irregular por el camino de terracería le hace ir distendiendo las amarras de los nervios.

Vuelve en sí. Todo está oscuro. Dónde se halla, no sabe. Le van regresando las imágenes de antes, de tantito antes. ¿Todo fue un mal sueño? El hombre la sacude y el terror le vuelve desde las mismas vísceras. Llora.

Se ha detenido la troca.

—¿Ya ve qué fácil es ir calmadita y no estarle dando guerra a la gente?

Él le quita la bolsa. Ella jala el aire con desespero, igual que si acabara de nacer. Ve una casa de techo a dos aguas, la puerta de encino, un lavadero, un corral con vacas. El hombre baja y la estira del brazo. Cuando ella pone un pie en tierra, recibe el viento fresco en la cara. Un disparo de energía y coraje le endurece las venas. Corre por el camino de grava en dirección contraria a la casa, donde la cerca ha quedado tendida en el suelo y el paso está franco hacia la cuesta. Sus piernas temen resbalar con cualquier cosa, grita ¡déjenme!

El Chalío corre detrás, con tres zancadas la alcanza. La toma de los cabellos, le suelta un chingadazo en la cara.

Ella cae sin más. Todo se vuelve un perderse y hundirse y ahogarse en nieblas macizas.

Despierta con un sismo quemante en la entrepierna. Se ve tendida, sin ropa, en un catre. El cuerpo del hombre se halla sobre su cuerpo desnudo. Todo le duele. El vientre le arde. Por debajo de la piel se le va ensanchando una garra abrasiva, un destrozar rasposo que está hiriéndola. Hay en torno suyo un olor a sucios trapos mojados que le ataca los poros, y la peste a cigarro y cerveza saliendo de la boca del hombre.

—¡Pinche puta! —el hombre le aplasta la boca con la mano—. ¡Eres una resbalosa! ¿Quién fue el primero? ¡Dime quién fue el primero, o te rompo la madre!

Jadea. La mira con ojos de aullido. La penetra con más furor mientras ella busca empujarlo con las manos. Grita y llora hasta que, sin poder más, vuelve a caer en la inconsciencia.

El hombre tenía casas y escondites en varios lugares de la sierra. Siempre andaba armado. El Chalío y otros hombres que aparecían y desaparecían eran sus socios, choferes, guaruras, sicarios. Cada que ella intentó escapar fue atajada, recibió golpes.

Quedó embarazada en tres ocasiones, abortó las dos primeras sin que fuese atendida por un médico ni mucho menos por una partera. El tercer bebé sí se logró. El niño tenía tres años cuando su padre fue asesinado por órdenes de su cómplice, el comandante Verdugo.

PARRIBA

Jacalero

—Mijo, vamos al guayabo.

Eso escucha clarito. El guayabo es un árbol, está en la huerta más allá del patio soleado frente a la casona. Y a él cómo le sonríen las vísceras cuando cada tarde corre por la huerta y riega el durazno y los ciruelos y corta mangos manila con una garrocha bajo el cielo limpísimo, al lado del arroyo y las otras breves chozas de cara a la azul serranía de la tarde.

Pero ahora que está sentado en la sala, esa voz del padre, enemistosa y ruda como suele dejarse ir y venir por los surcos del aire, esa voz lo hace temblar. En una parte del estómago hay un martillo que golpea, haciendo eco de cada palabra paterna, azuzando inestables, mínimos apocalipsis. En aquel entonces sólo es esto: nunca levantarle a su padre sino a duras penas la mirada; sentir que las piernas se vuelven columnas de lodo; ver de bulto y por un segundo solamente la figura fornida, alta y canosa de ese hombre…

—¿Mande? ¿Al guayabo? Sí, apá. Ya voy.

Está el Flavio en la sala de la casa, bajo el alto techo frío; ya se ha puesto de pie. Son vacaciones y nada más bobeaba viendo las paredes, contaba los sacos de harina del lado de la puerta. Es después de mediodía: una tarde con algo de sol en la tempo­rada de secas, por abril, semana santa.

Sale al patio, una plancha de tierra blancuzca apisonada.

Ahí la camioneta del padre.

Y el chavalo ya no entiende: el viejo abre la puerta de la troca y se sube, ya sentado ante el manubrio extiende el brazo derecho, jala la manija y la puerta del copiloto se va abriendo. “Vámonos, pues. Ya trépese, muchacho”.

El Flavio se detiene ante la puerta pero ni una palabra se le envalentona; la voz se le intimida en la antesala de los labios. Sólo es un mocoso de nueve años. Cómo va a decirle al viejo: “El guayabo está ahí enfrente, pa qué subirnos a la troca”. Son veinte, treinta pasos, ahí al lado tenemos la huerta.

En silencio sube a la cabina de la troca, todo huele a suciedad y aceite de motor. Se acomoda en el asiento y estirándose con su poca estatura jala y cierra la puerta. El padre fija en él la mirada; le está diciendo, sin decirle, que no fue suficiente la fuerza de su brazo y la pesada esa no ha cerrado bien. El hombrazo carraspea, y en la piel del cuerpecillo el carraspeo del padre forma temblores sordos con más vehemencia que si hubiera gritos y golpes.

El Flavio baja la cabeza. Vuelve a abrir, jala ahora la puerta con más brío.

Sin una palabra, el hombre prende el motor. Gira la cara a la derecha para que el oído izquierdo recoja finamente el ronroneo de la máquina. Ha vuelto a carraspear. La máquina arranca.

Salen del patio hacia el arroyo seco y el niño no pregunta a dónde estamos yendo; la troca va y avanza bajo la fronda de los árboles.

Las chozas últimas han quedado atrás. Ahí en su mente él trae, como raíz que empieza apenas a extender un brazo, el germen de lo que en su vida irá asumiendo el nombre de futuro; ese preguntarse todo, anteponerse a los hechos con inquietud e indefensión. Va oyendo abatido entre las paredes de su pensamiento el diálogo mudo con su padre: por qué se ocupa, para ir al guayabo de la huerta, enfrente de la casona, tomar la troca y dejar el pueblo atrás cuando se podría haber ido caminando. Es un ir y venir de preguntas y contestaciones que no se realiza afuera de su ser en vía ninguna del presente. ¿Cómo todo en su piel y vísceras depende de un gesto impaciente de ese hombrazo? Un carraspeo —una mirada de enfado—: mínimos gestos que se vuelven todo en la débil soga invisible que lo une a su padre.

A los diez minutos de conducir por el arroyo seco entre los altos árboles el hombre dice ya vamos llegando. La primera casa de El Guayabo, el pueblo vecino, se ve a la izquierda. Plebes sucios y esqueléticos corren detrás de una llanta vieja de tractor a la que empujan con las manos. Al fin su padre aparca y sofoca la máquina.

Desciende el hombre pero el niño se queda ahí sentado. Los minutos le van cayendo como golpes por dentro y del lado del corazón. Una medialuna se le forma en el pecho. Una medialuna se le hunde y le pesa exactamente sobre el corazón. Es filosa como de hierro: un semicírculo invisible de cuatro o cinco centímetros de diámetro le abre la piel y lo oprime, le hace ir perdiendo energía. El niño baja la mirada. Le aturden los oídos igual que si en torno suyo volaran moscardones.

En la guantera se ven varios casetes. Toma uno que trae la leyenda “Lorenzo de Monteclaro”, lo deja en su lugar; respira jalando con tesón el aire. Por un segundo eleva los ojos, su padre camina de vuelta hacia la troca. Él se pasa a la mitad del asiento; se ve en el espejo con desagrado, igual y que si fuera una anomalía hallar retomado su rostro pálido, las hondas ojeras, en el agua quieta del retrovisor. El lugar que venía ocupando al lado de la ventanilla es tomado ahora por el compadre Félix Félix, quien sin decir agua va cierra la puerta mientras el padre rodea la camioneta por el frente y se vuelve a subir a la cabina.

La troca da media vuelta y se mueve sobre la arena del arroyo seco:

—Se acabó el paseo, mijo.

Los dos hombres se la pasan hable y hable a lo largo del trayecto. El compadre Félix Félix llena la cabina de un tupido olor a sobaco sudado. Él traga saliva, busca no respirar, se toca la medialuna en el pecho como queriendo arrancarla. Cuando ya están de regreso, de cara al patio y entre la huerta y la casona, apenas van bajando de la troca irrumpe en el aire del día soleado la voz brusca de la madre.

—¡Adónde andabas, condenado!

La mujer ha salido de la casa. Lleva en la mano izquierda, como si fuese una iguana que agoniza: oh la cuarta. Ah la cuarta. La cuarta para latiguear las ancas de un caballo, no: sí en cambio para su hermano y para él, para sus nalgas. Y ahí está su madre:

—¡Me tenías con pendiente, desgraciado!

—Venía conmigo, vieja —el padre ríe—. Fuimos al Guayabo.

El compadre Félix Félix, de cara rosada y sudorosa, se acerca a la madre, extiende la mano derecha y la coloca un segundo, con la palma hacia abajo, en el hombro de la mujer, quien a su vez hace lo mismo.

—Buenas tardes, comadre. No se encabrone. No nos dio guerra el plebe. Venía muy espichadito.

La madre cambia la cuarta de mano y le dice al niño venga conmigo mocoso.

Caminan de regreso a la casona. Los dos hombres se quedan en el portal fuera del abarrote abriendo una caguama. Se sirven en vasos de plástico el líquido amarillo de la cerveza. El hijo sigue a la figura esbelta de su madre. Una vez en la sala, bajo el alto techo y al lado de los cuartos, ella suelta su voz con regaño que mal oculta frustración y desaliento:

—¿No le he dicho que no debe andar de ja­calero?

Y le suelta un cuartazo en las nalgas. Al niño le arde la piel bajo el pantalón; una lágrima en cada ojo hace su salida pero ningún grito (eso no). La cara se le ha puesto roja: los lagrimones se escurren con un tibior que le avergüenza.

—¿Y no se acuerda que los hombres no lloran? Sólo pujan.

La madre va y cuelga la cuarta al lado del ropero. Se dirige a la cocina. A él le arde más y más la piel bajo el pantalón, como si la cuarta siguiera hundiéndole sus fuertes pisadas de lumbre. Corre a su cuarto; de su hermano en ese momento no halla ni sus luces. Se mete bajo la cama. Lo espera ahí el olor penetrante de la naftalina, que se le mete con rudeza hasta una parte visceral del cerebro y lo obliga a cerrar los ojos. El escozor en las nalgas se le expande hacia las piernas y la espalda. Una rabiosa plasta va adquiriendo la consistencia de carbones decididos a largo tiempo quedársele, cómo no insistir en esto, bajo la piel.

Ya no supo cuándo su padre y Félix Félix volvieron a subirse a la camioneta con el fin de salir del pueblo. Tampoco supo cuándo regresaron. Mientras gimoteaba y sentía el frío suelo de mosaico contra su mejilla o el cráneo, la ofuscación le había ido imbuyendo la mente con telarañas. Telarañas, sí, en efecto. De haber podido explicarle a nadie esa confusión, él habría dicho que, untados con la apestosa médula casi material de la naftalina, debido a la impotencia se le enredaban ofuscadamente los tejidos del cerebro. ¡Él había entendido “el guayabo”! ¡El árbol! El famoso guayabo de la huerta. Cómo iba a pensar que se trataba del pueblo cercano del mismo nombre. De cuándo acá su padre lo llevaba en sus vueltas. A él, tan enclenque, nunca. Sólo su hermano mayor, el atrabancado que ordeña vacas, maneja el tractor y monta a caballo, se la vive yendo y viniendo con el viejo de acá pallá. ¿Así que la extrañeza por ser el invitado ahora sí lo terminó dejando en la parálisis? ¿Y cómo no le dijo a su padre que para ir a El Guayabo, mugre pueblo macuarro, necesitaba pedirle permiso a la irascible señora de la cuarta?

Sale de abajo de la cama, ¿cuánto tiempo después? Sale como si en el tórax trajese un ventarrón que ha venido dando ahí ya muchas vueltas, encerrado a su pesar. Tanto darle y darle en la mente, tanto quejarse por dentro a raíz del cuartazo inmerecido, y saber ahora que, al salir a la sala o al patio, nada podría gritar. ¿A quién decirle, cómo quejarse? Otro cuartazo, o dos, si se quejara (eso seguro), habría de recibir. Para cualquiera ese cuartazo de hacía un rato no fue nada. Ni existió. Su hermano recibía tres o cuatro por semana, tan campante seguía sin hacer caso el muy diablo.

Cuando pone un pie en la sala, su padre y Félix Félix van entrando. No tarda ya en anochecer.

—Pasa, mija. Saluda a tu nina. Ella es tu nina Maruca.

El padre señala a una muchachita la presencia de su esposa. La chavala va extendiendo su derecha como si le fuera difícil hendir con ella las mallas del aire. Al verla titubear, la mujer de la casa sonríe. La atrae hacia sí y le acaricia con los dedos el cachete.

—¿Cómo está mi comadre, cómo está esa Gertrudis?

Él lo primero que registra son los cachetes sonrosados de una cara blanquísima. La mocosa tiene el pelo castaño claro y lo lleva en trenzas. Es delgada y alta. Tendrá unos… ¿qué?: catorce o quince. Viste una blusa de florecitas rosas y azules, una falda azul que le llega a los tobillos. Sus ojos grandes, como ligeramente empañados por algún tipo no físico de humedad, van comiéndose en azoro cada cosa que ven: la gruesa viga central en el techo, el ropero de caoba, …

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