Ignacio Casas

“Me interesan los personajes que no se ven”: Ignacio Casas

La esclava de Juana Inés, de Ignacio “Nacho” Casas, es un relato que aviva la picardía, que se nutre de un lenguaje poético, y que rescata del olvido histórico a un personaje tan real como imaginado.

Ciudad de México, 27 de enero (MaremotoM).- La esclava de sor Juana Inés de la Cruz es además de un libro de historia, el despliegue de la sensibilidad del autor en virtud de aquellos personajes que bien forman un coro, un vecindario, la escenografía donde la anécdota se resuelve.

Esos seres olvidados han construido y construyen la vida diario, como esa discípula de Sor Juana, una mujer mulata cuyas aventuras y peripecias nos exaltan y nos llevan a descubrir los contrastes de la Nueva España del siglo XVII.

Enamorada de la posibilidad de descifrar lo que las letras dicen juntas, Yara sigue los pasos de la madre poeta. Acata las órdenes de las monjas del convento de San Gerónimo. Oye los consejos de la tornera. Pero sobre todo, se guía por el ímpetu, por ese fuego interno que deriva siempre en la entretenida insumisión.

La esclava de Juana Inés, de Ignacio “Nacho” Casas, es un relato que aviva la picardía, que se nutre de un lenguaje poético, y que rescata del olvido histórico a un personaje tan real como imaginado.

Ignacio Casas
Editó Grijalbo y la novela y La esclava de Juana Inés obtuvo el Premio de Novela Histórica. Foto: Cortesía

–¿Cómo conseguiste a este personaje, tan olvidado de la historia?

–Sí, muy olvidado. Estaba leyendo Las trampas de la fe, de Octavio Paz y en siete líneas menciona a la esclava de Sor Juana Inés de la Cruz, una esclava que se embarazó en el convento. Me pareció un personaje muy interesante para novelar. La negritud es importante y no ha sido tocada. Me interesan los personajes que no se ven. No quería hablar de Sor Juana, porque ha sido muy estudiada, un personaje fundamental, ¿quién soy yo para hablar de ella? El personaje me permitía hablar de la libertad de esos seres olvidados por la cotidianeidad. Leí un artículo de José de la Colina en Milenio, que se llama “La otra Juana” y escribió “Lágrimas en la lluvia”, de Letras Libres. “Juana de San José es como una lágrima en la lluvia”, dice José de la Colina, recordando el monólogo de Rutger Hauer en Blade Runner.

–Los historiadores no han hablado de ella, ¿dónde hay información?

–Hay muy poco, pero si te da para ficcionar y para investigar. Buscando en la negritud, encontré textos de primera mano, encontré textos en la Universidad de Veracruz, en la UNAM, en la UAM; estos barcos portugueses compraban o cazaban a los negros en el siglo XVII y los traían a trabajar, porque los indígenas se morían muy rápido por las enfermedades de los españoles. Le di también voz a la primera persona y después para darle vida a ella y a los personajes que la acompañan, como la tornera, Jacinta, Orlando, me basé en leyendas de la época. Hubo un jesuita que se llamaba Antonio de Robles, que desde mi punto de vista era fenomenal, en su diario de sucesos notables, tenía entradas muy breves, que me dio para hacer el personaje de Orlando. Antonio de Robles en esas entradas tan breves nos cuentan las cosas de la calle. Hay una parte que dice se murió el canónigo Antonio Sánchez, con los dientes completos. Me parece que es un prodigio.

–También le ha dado una voz muy particular a la esclava ¿Investigaste en el lenguaje?

–Claro. Hay algunas cosas mágicas, tuve la fortuna de que entré a un seminario con David Huerta y él estaba revisando Los 1001 años de la lengua española, de Antonio Alatorre, cada clase con David, leemos una cuartilla, son clases de dos horas, te la explica, te la vuelve a explicar, David es un primor. Hay una parte de Los 1001 años de la lengua española, donde habla de los vocablos de nuestra lengua que fueron tomados de las lenguajes bantús, de la negritud. Hay un poeta que se llama Mateo Flecha, donde retoma la lengua de los negros en Andalucía y hace versos. En este libro pude encontrar esa riqueza del lenguaje y también me ayudó mucho el diccionario de Joan Corominas.

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Ignacio Casas
Traté de mirar ese mundo con los ojos de ella y cómo salí, con mucha dificultad, porque es muy gozoso. Foto: MaremotoM

–¿Cuánto tiempo te llevó hacer esta novela?

–Me tardé cuatro años. Empecé de la manera más ingenua, el personaje me fue fascinando, me metí en la Nueva España y todos los domingos recorría en bicicleta el Centro de la Ciudad de México. Estaban los edificios de dos pisos de tezontle, era una ciudad chaparrita. El Sanborns de los Azulejos no existía, pero existía el consultorio del primer barbero que trabajaba de cirujano y están las placas. Todos los domingos recorría lo que mi personaje recorría. La Ciudad de México tiene partes tremendas, pero tiene unas partes luminosas. Traté de mirar ese mundo con los ojos de ella y cómo salí, con mucha dificultad, porque es muy gozoso.

–¿Cómo es la relación de la esclava con Sor Juana?

–Es una relación de discípula y maestra. La misma Sor Juana decía que era difícil para ella dar clases, pero sigue siendo una maestra. La relación entre ellas haya sido afectuosa, tal vez también le haya tenido cierto aprecio. Había complicidad en ella y mucho respeto.

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Sor Juana no era escandalosa y era generosa. Foto: MaremotoM

–¿Cómo define ella a Sor Juana?

­–Como alguien que te da, que es generoso, como una mujer seria. Sor Juana no era escandalosa y era generosa. Ella era esclava, vivía de lo que le daban, es medio raterilla.

–¿Qué dirías de ese sistema de vida?

–Era un sistema de vida complicado. Sor Juana era muy inteligente y sabía dónde estaba parada, sabía lo que quería y adónde iba a llegar. Sabía que su obra tenía que ser publicada en España y en Portugal. Cuando la empezaron a atacar muy fuerte, la Iglesia, Sor Juana cambió. Para la esclavitud el sistema era complejo, no era nada fácil vivir en ese momento.

–Por supuesto que no sabían leer

–No sabían, ella aprendió con Sor Juana. Sara Poot, en Guadalajara, decía que el personaje aprendiera a leer y que Sor Juana tuviera interés en enseñarle a ella. Los negros eran un status particular, la Iglesia decía que no tenían alma, ni Dios, ni razón. A los indígenas los bautizaban, pero a los negros no. Hacia el siglo XVIII consiguieron el bautizo. Cuando llegaban los marcaban con un calimbo, a la abuela de mi personaje la vendieron como “bulto con cabeza”.

–¿Cómo ha sido recibido este libro, sobre todo entre los especialistas de Sor Juana?

–Hay una cofradía de algunos sorjuanistas, entre los que hay adoradores de Sor Juana. Ha tenido interés en esta nueva mirada de a pie de la gente que vivía alrededor de ella. A Sara Poot le pareció interesante que le diera el nombre de Yara, que quiere decir “grito de libertad”.

–Más allá del premio, ¿qué sientes tú como novelista?

–Fíjate que he escrito cuentos, algunos poemarios, pero escribir una novela es como hacer una sinfonía. Mónica Lavín, que es muy rigurosa, me ayudó mucho. A escribir novelas aprendes escribiendo novelas. Puedo armar otro plan de escritura, llevar a mis personajes, crearlos, pero todavía camino con cuidado.

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