Miel

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Ciudad de México, 8 de mayo (MaremotoM).- Antes de caer sobre ese fino panqueque calentito, ligeramente salado, recién salido de la sartén de teflon apenas enmantecada, la miel recorrió los siglos, los milenios, alimentando y curando a los humanos que -precedidos por los primates que metían palitos en los panales para chupar su dulzura- empezaron a probarla allá por el Neolítico. Así lo prueba una pintura rupestre que data de 7000 años antes de Cristo, en la región de Valencia, donde se ven siluetas humanas recogiendo miel en cuencos. En realidad, las abejas vienen de muy lejos, desde la era terciaria según los fósiles hallados en el Báltico, pertenecientes a estos insectos que ya recolectaban néctares diversos para producir y almacenar miel mil años antes de la aparición de la mujer y el hombre sobre la Tierra. Quienes, a su vez, se empezaron a interesar en las laboriosas abejas hacia fin de la era glaciar.

Está visto que todos los pueblos de la Antigüedad conocían la noble miel, apreciándola como un don de los dioses. En Egipto, las colmenas se explotaban unos 2500 años AC, y la miel era monopolio de sacerdotes y reyes, junto con el de la cera de los panales que rendía buenos beneficios. Generalmente, la miel más pura, proveniente de flores escogidas y cultivadas como las del romero, estaba destinada al consumo de las clases empinadas; y la de segunda categoría, de néctares mezclados de flores salvajes, a los plebeyos. Aparte de ofrecérsela a los dioses, se empleaba en la composición de medicinas y perfumes, y desde luego, en la preparación de platos dulces y agridulces.

El Libro de preparados de miel para todas las partes del cuerpo humano, papiro egipcio del XVI antes de nuestra era (papyrus Ebers), contiene cantidad de recetas para heridas, enfermedades digestivas, mal de riñones y de ojos, píldoras, ungüentos, decocciones, cataplasmas, colirios… 21 siglos AC, en Sumeria, Babilonia y la Mesopotamia, la miel se colocaba sobre los escalones de los templos y en sus altares. En la Grecia Antigua, la miel se ofrecía a los dioses y a los espíritus de la muerte, también se aplicaba en las honras a héroes y vencedores.

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Cerdo laqueado. Foto: Cortesía

Cerdo laqueado

Los atletas no ingresaban en la arena o el estadio sin haber ingerido una dosis razonable de esa miel que ya aparece en la mitología cuando, por caso, Zeus es raptado por abejas, o en el episodio en que Dionisos y Apolo son nutridos con ese almíbar ambarino por diosas y musas.

Por cierto, la miel es alabada en los textos clásicos griegos: La Ilíada, La Odisea, El banquete de los sofistas… Y aparece en muchas comidas, también mezclada con vino y frutas. Las tortas de queso y miel fueron descritas a fines del siglo V AC por Eurípides.

Los romanos, aparte de sustraerle la mitología a los griegos (apenas cambiando el nombre de diosas y dioses), hicieron un culto de la abeja y la miel. Plinio, en su Historia Natural del siglo I habla abundantemente; y Virgilio en el Libro IV de Geórgicas hace una oda a su mayor gloria: “Voy a cantarle a la miel aérea, regalo del cielo (…) Bullen de actividad y la miel huele a tomillo…”.

Saltando en el tiempo, hay que decir que el cristianismo favoreció la producción y consumo de miel, lo mismo que el uso de la cera tan apta para los cirios (que dieron origen a los chupacirios). El Corán por su parte no deja de cantarle loas, y en la repostería árabe reina la miel sobre los hojaldres y las frutas secas. En la Edad Media y el Renacimiento se mantuvo el cultivo de las colmenas, a menudo especializadas en miel de néctar de eucaliptos, acacias, azahares, lavanda, tomillo. Los boticarios seguían aplicando recetas inspiradas en el canon de Avicena (0980-1037), médico y filósofo persa que tenía muy en cuenta las virtudes laxantes, desinflamantes, expectorantes de la miel.

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Miel
Leicaj. Foto: Cortesía

Por siempre ámbar

En la cocina actual, la miel se usa en muchas recetas heredadas de los viejos tiempos: distintas tortas, el leicaj judío en todas sus variantes, las galletitas de Navidad alemanas, el nougat, los panqueques citados al comienzo de esta nota… Pero no únicamente en platos dulces vive la miel, cuyo sabor exalta todo lo agridulce: irreemplazable para laquear cerdos, patos o salmones al horno o a la parrilla; para preparar salsas de la cocina asiática. Asimismo, capaz de realzar, mezclada con jugo de limón, verduras grilladas como las rebanadas de zuchinis, berenjenas, zanahoria, cebollas.

El simple y delicioso pan de especias de Croacia -que proviene de la Antigüedad grecolatina- fue declarado patrimonio cultural inmaterial de la humanidad por la Unesco en 2010. Su receta fue preservada en los monasterios de Europa Central durante la Edad Media.

El dicho español “No todo ha de ser miel sobre hojuelas” alude a la felicidad de los paladares al hincarle el diente a unos tradicionales buñuelos muy achatados -variante manchega de nuestras tortas fritas- que una vez escurridos del aceite bien caliente por el que pasaron vuelta y vuelta (la masa ha de estirarse muy fina antes de cortarla en redondeles), se untan con miel.

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Confitura de cebollas. Foto: Cortesía

Confitura de cebollas

Cocinar 3 cebollas grandes finamente cortadas en 40 gramos de manteca y una cucharadita de miel a fuego suavecito (mejor sobre difusor de calor) unos 10 minutos, revolviendo cada tanto.

Desglasar con una cucharada de vinagre y dejar reducir un cachito. Añadir 1 cucharada de granadina y cocer un par de minutos. Para acompañar de manera suculenta carnes, pollos, fiambres.

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Pan de especias. Foto: Cortesía

Pan de especias básico

Batir ligeramente 2 huevos con 300 gramos de miel, 4 cucharadas de azúcar negra u orgánica, media taza de leche. Aparte, mezclar 250 gramos de harina leudante con una cucharadita de bicarbonato, una de canela, una de jengibre en polvo y media de anís estrellado también pulverizado. Ir echando la harina mientras se la tamiza sobre el batido anterior con movimientos envolventes. Sumarle un poco más de harina si le falta consistencia a la pasta que se colocará en molde de budín inglés, enmantecado y enharinado. Mandar a horno moderado unos 40 minutos.

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Helado inesperado. Foto: Cortesía

Helado inesperado

Calentar 60 gramos de miel con 200 gramos de crema de leche y 30 gramos de azúcar hasta que se fundan. Retirar el fuego y agregar 1 cucharadita generosa de canela, un toque de clavo molido y otro de anís estrellado también pulverizado. Dejar reposar 20 minutos. Añadir poco más de cuarto litro de leche mezclando bien, poner en el freezer en recipiente tapado. Batir con tenedor cada 30, 40 minutos, hasta que tome consistencia. Al servir este inusual helado, espolvorear con más canela.

Fuente: Damiselas en apuros / Original aquí.

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