Fernanda Melchor

Mercado noir: (¿El paraíso de Fernanda Melchor?)

Veracruz es el territorio que se exhibe. No es un edén. Es el escenario que alumbra las tensiones de ese mundo sórdido. En Páradais el lenguaje se retuerce como la maleza. El espacio existe y su descripción son los colores que no se equivocan.

Ciudad de México, 27 de febrero (MaremotoM).- Poetos, batos, cñores literatos, onvres. Con estos sustantivos y otras expresiones algunas feministas se refieren a los hombres que escriben literatura. Muchas de estas mujeres decidieron que, después de su transformación ideológica, no van a leer, nunca más, algo escrito por alguien del sexo masculino. Única y exclusivamente leerán textos escritos por otras mujeres. Incluso en redes sociales es posible encontrar declaraciones de este tipo: “Eran interesantes (los hombres) cuando no teníamos herramientas para analizar la misoginia en su obra y cuando la violencia que ejercieron en vida estaba oculta por el silencio cómplice de la academia, las editoriales y todo el mundo literario, pero ahora que podemos verlo, que sabemos lo que hicieron, los vemos cómo lo que son, y nada de lo que hayan escrito o escriban (sic), cambiará ese hecho”. La declaración anterior pertenece a un colectivo llamado Poesía de morras. La actividad de este grupo se concentra en difundir exclusivamente la obra de otras mujeres y en denunciar las costumbres machistas y los abusos del patriarcado en el campo de la literatura.

En el feminismo existen múltiples versiones. Una de ellas es solemne, con amplia presencia: la del mercado editorial. Hace algunas décadas este mercado se caracterizaba por un amplio número de editoriales con características propias. Incluía empresas de la península ibérica y en América Latina. En la década del noventa surgió un proceso de fusiones que concentró dicho mercado en tres grandes editoriales. Además, se eliminaron los accionistas latinoamericanos. Ahora, constantemente se habla del mercado sin especificar quiénes son los que participan en él. Por lo tanto, es pertinente hacer una lista de las multinacionales del libro. Las editoriales independientes, por supuesto, tienen otro paradigma. Son imprescindibles para la existencia del campo cultural y del campo literario. Sus empeños buscan resultados más allá del éxito mercantil.

Fernanda Melchor
Páradais, la nueva novela de Fernanda Melchor. Foto: Cortesía

Son tres las principales editoriales que monopolizan el mercado en castellano. Éstas, a su vez, forman parte de conglomerados dedicados a otras actividades en el área de la comunicación. Por lo tanto, el negocio editorial en español—aunque relevante—no es el que genera mayores ganancias. Editorial Planeta, por ejemplo, es la sexta editorial más grande del mundo. Con sede en Barcelona, España, forma parte del Grupo Planeta. Además de editar libros con su propio sello, Editorial Planeta es propietaria de Seix Barral y Espasa-Calpe. Recientemente alcanzó una participación importante en Tusquets editores y compró el cincuenta por ciento de las acciones en Círculo de Lectores.

Otra editorial multinacional es Santillana. Fundada en 1960, se centra en libros de educación, idiomas y actualmente en contenidos digitales. Hasta hace poco era dueña de Alfaguara, una casa interesada por la literatura hecha en América Latina. Santillana vendió Alfaguara a Penguin Random House grupo editorial. Entre sus sellos Santillana cuenta con Taurus, Aguilar y Salamandra.

El grupo editorial Penguin Random House tiene doble origen. Por un lado, en la década de los ochenta, la alemana Bertelsmann, a través de su división editorial, Random House, compró Plaza & Janés (una de las más emblemáticas editoriales españolas). Paralelamente, el grupo italiano Mondadori adquiere la editorial Grijalbo. En 2001 ambos grupos se fusionan y crean Random House Mondadori. A fines de 2012 Bertelsmann adquiere la totalidad de las acciones. En 2013 compra el cien por ciento de Alfaguara. El 2 de julio de 2013, Bertelsmann anuncia la fusión de Random House con Penguin, propiedad de la británica Pearson para dar origen a Penguin Random House, la mayor editorial del mundo.

Y en literatura forma es contenido. El mercado posee tiempos propios.

Esta editorial, Penguin Random House, es la casa que publica a Fernanda Melchor. Y la responsable de entregar al mercado la última novela de la autora: Páradais.

Resulta imposible averiguar cuál es el contrato entre la escritora y sus editores. Sin embargo, es factible creer que éste convenio influyó en el resultado. Al parecer, es así por el ritmo de la novela: trepidante, intenso, sin posibilidad de pausa. El lector se funde en las divisiones de la historia sin frenar. Lo anterior no hay que juzgarlo. No es bueno. Tampoco es malo. Es. Y en literatura forma es contenido. El mercado posee tiempos propios. Quien mejor lo puede explicar es la autora:

“Ahora, con Páradais, la novela inédita, es una condensación de todo. Se trata de una historia con la misma densidad emocional de Temporada… pero que avanza todavía más rápido y con menos puntos de vista, una historia más corta. Hay dos personajes principales y con menos perspectivas, sólo una. Si Temporada… es una especie de viaje al corazón del oscuro Trópico, Páradise es más una carrera acelerada, en un auto que avanza con las luces apagadas por una carretera a oscuras. Algo muchísimo más trepidante. Y tienen que ver sin ser forzosamente una trilogía: las tres novelas hablan, pasan en Veracruz, aunque no se indique con precisión. Paradise sucede explícitamente en Boca del Río, el municipio gemelo de Veracruz. En las demás está un poco más difuso pero todas pertenecen al puerto, a las zonas aledañas, a este imaginario con el que crecí y que me he inventado. La mayor parte de ellas fueron trabajadas aquí en la ciudad de Puebla, con esa distancia que a veces nos permite la geografía; esa distancia emocional de trabajar algo que no estás cotidianamente viendo sino que ya está registrado en ti”.

Esta declaración hace patente que Falsa Liebre, Temporada de huracanes y Páradais son una especia de trilogía unida por escenarios, atmósferas y el trato (o maltrato) del lenguaje. El orbe que Fernanda Melchor llama Trópico noir. De la anterior declaración también se puede apreciar un hecho novedoso. Sucede con otras autoras ampliamente difundidas por editoriales de gran alcance. Melchor afirma que ella produce un género. No es la única. Hace poco, en una entrevista Mónica Ojeda (Guayaquil, 17 de mayo de 1988), al ser cuestionada sobre qué clase de libros escribe, mencionó que su trabajo es un género que ella designa como gótico andino: “Es un libro sobre el gótico andino, que va sobre el miedo que hay en la violencia de Los Andes, con toda su simbología, sus paisajes y esa tensión entre la belleza y el horror”.

También la escritora argentina Mariana Enríquez (Buenos Aires, 1973) define su obra así: “Mi novela está entre el realismo y el fantástico de horror en realidad; creo que llamar realidad al realismo es problemático, porque presume que no es un género o que no exige el mismo artificio y construcción que el fantástico. El género de la novela, que es una novela de terror, hoy se escribe en general con un fuerte anclaje en el realismo, desde donde se dispara el horror, que puede ser fantástico sobrenatural, como en este caso, o relacionado con la ultraviolencia: hay muchos tipos de horror”.

Fernanda Melchor
Foto: FIL en Guadalajara

Es decir, cada autora tiene su propio género. Su marca indiscutible. Su singularidad. Esta ultra especificidad es un diseño de marketing. El lector-consumidor tiene una gama amplia de etiquetas para elegir en libertad. Páradais, por tercera ocasión, reafirma el trópico noir. Utiliza dos personajes: Leopoldo (el jardinero mil usos de un fraccionamiento lujoso) y Franco Andrade (el perenne hijo de la burguesía local que es un imbécil alienado y un total hijo de puta). Ellos son el reactor principal. Para que la historia funcione hay que hacer algo con ellos. Un crimen insensato es el recurso por antonomasia del trópico oscuro. Si se añaden un sinfín de vulgarismos el resultado es seguro: “Tomé un material vasto: las groserías, las maldiciones, las obscenidades y me propuse convertirlas en una cosa incluso sinfónica”. La coprolalia como materia narrativa.

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Los ejemplos de esta conversión entre los coloquialismos ordinarios y la forma literaria son un soporte para el relato: “sus grandes tetas sonrosadas columpiándose en el aire, mientras una panda de malandros la embestía simultáneamente. (sic)  ¡Cuántos chaquetones maniacos no le habría dedicado Franco a la suripanta esa”. No se trata de arrastrar partes aisladas para exhibir una idea: “aquella cola suculenta, gloriosamente colocada a la altura de los ojos de Franco, tan real y tan cercana que habría bastado con nadar hasta la orilla de la piscina […] para comprobar su tersura de durazno maduro: el culo perfecto que reducía a la nada a los demás culos del mundo”. Un afán chocarrero. La novela contiene muestras de sobra: ” y de pronto el escarceo de la peda, el piso oscilando por culpa de los tragos, se convertía en el suave vaivén del río cantando bajo su cuerpo” ¿Qué es el escarceo de la peda? ¿Una tentativa para emborracharse y no conseguirlo?

Una novela escrita en laboratorio

Una novela escrita en laboratorio. Tal vez, es seguro que tal vez, escrita contra el reloj. Temporada de huracanes sacude el clima. Es impredecible. En cambio Páradais tiene un “plan estulto”; “yerba despampanante”; “acentos más bien compungidos y funestos”; “agónica algaraza”. Una vez más, la autora lo justifica, no hay necesidad de descifrar: “me gusta que la literatura tenga ritmo y no sólo por la cuestión de “escucharse bien”. Un buen ritmo lleva una historia, de esta forma los momentos difíciles de leer avanzan rápido. Es decir, se trata de una cuestión involucrada con la narrativa como tal. Lo leí muchísimo en voz alta y quería que sonara así. Es un poco eso, construir algo eufónico con sonidos considerados poco agradables en nuestra lengua. Incluso hubo partes que quería sonaran como rap, me gustaba ese sonido. Hay una cosa poética ahí detrás, no en el sentido de la narración, sino en el sentido del lenguaje. No me atrevería a aseverarlo como poesía, pero hay elementos que me gustan mucho de sonido y de ritmo. ¿De dónde viene? No sabría bien decirlo”. Importa el ritmo, el hip hop, la aliteración indiscriminada, no la inteligibilidad.

Es justo pensar que el abuelo de Polo, un personaje secundario, es quien narra. Lo menciono porque es un jarocho nato. El hombre viejo que con su misoginia disfrazada de nostalgia es responsable del presente. El bardo del trópico negro. Otra vez, la autora: “A mí siempre me llamó la atención la forma tan expresiva que tienen los jarochos de contar las cosas. Un jarocho siempre te va a hablar con las manos. Y un jarocho de pura cepa, además, te va a actuar las cosas: no se limita a contarte un relato en tercera persona, va a imitar también las voces de los personajes que intervienen. Y hay como una suerte de conocimiento intuitivo de la mímesis y la diégesis. Es muy complejo. Crecí maravillada de la capacidad del jarocho”. Además, el veracruzano no le teme a la vulgaridad: “En Veracruz la forma de decir las cosas no resulta terrible, no te condena socialmente si las dices. Al contrario, causa risa. Y tenemos una manera de decir hasta las peores palabras de una forma cálida y graciosa. Sí tiene que ver con un tono que se cultiva pero le subyacen muchísimas más cosas. Hay una poética en el veracruzano”.

Veracruz es el territorio que se exhibe. No es un edén. Es el escenario que alumbra las tensiones de ese mundo sórdido. En Páradais el lenguaje se retuerce como la maleza. El espacio existe y su descripción son los colores que no se equivocan: “la mirada fija en la oblicua línea clavada en el centro del espejo empañado que era el agua del remanso a esas horas de la mañana; gris y plateado en el centro, verde intenso en las orillas donde la vegetación lo invadía todo, despiadada, asfixiándose a sí misma en una orgía de tentáculos trepadores y apretadas redes de bejucos y espinas y flores que convertían a los árboles jóvenes en momias verdes salpicadas de daturas y campanillas azules”. Más allá de cualquier albur o insinuación atrevida lo consistente es la cualidad de la naturaleza y de su flujo imperturbable. Ajena a la condición despiadada de la maldad. Es un recuerdo malogrado que sustituye la pertenencia: “habrían podido construir si el viejo no se hubiera muerto antes, una barca modesta y estrecha pero lo suficientemente espaciosa como para que Polo pudiera tumbarse dentro a mirar el transcurrir del cielo entre palios de ramas y madreselvas, el clamor de millares de grillos negros y los chillidos melodiosos de las sabandijas que fornicaban y se devoraban unas a otras ahogados por la voz perentoria del río, su canto frío, incansable, más sonoro de noche que en cualquier otra hora del día”.

Otro aspecto que perturba es la maternidad. Tanto Marián (la parodia grotesca de Mariana a la que posiblemente alude el epígrafe de Las batallas del desierto) como la madre de Polo, (la sirvienta trepadora incapaz de sentir empatía por su hijo), son mujeres egotistas. La primera está obsesionada con exhibirse en su medio social y descuida a sus hijos llenándolos de privilegios. La segunda desprecia a su hijo, lo esclaviza. La madre de Polo consigue que el administrador del fraccionamiento Paradise lo contrate para laborar jornadas de catorce horas y se adjudica el sueldo íntegro del hijo. Incluso la Licenciada, la gerente de Aquellos (el eufemismo rústico para referirse a los grupos criminales) es una mujer despiadada. Capaz de indultar la vida de Miltón (otro personaje secundario levemente expuesto y quien es la esperanza de Polo) de forma utilitaria. Esta es la constante en la narrativa de Melchor: nadie, no importa a qué genero pertenezca, se exime de ser inhumano.

Como bien mencionó la crítica chilena Rosana Ricárdez los personajes de Páradais están al borde de la caricatura. Aunque se puede ir más lejos y determinar que también los son la anécdota y la trama. El leitmotiv es una parodia. El problema es que resulta de manera involuntaria. La seriedad de lo ominoso es una exageración cómica. Incluso la confusión para pronunciar el nombre de la novela es un vodevil. Polo no sabe pronunciar Paradise en inglés y es el gerente del lugar, un tal Urquiza, quien lo corrige: Páradais, se dice Páradais. Extenuar el análisis de la novela es predisponer y dispersar. Que sea el lector quien juzgue con su lectura. Por último, en una entrevista con Luis J.L. Chigo Fernanda Melchor confesó que después de su Twitter-gate asistió a terapia. Comenzó a temer que su carrera terminara por el escándalo que provocó aquella publicación en redes sociales. Insultar a los lectores no es suficiente para concluir con una carrera literaria. Son otros los motivos. Tienen que ver, sobre todo, con la calidad de la escritura.

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