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MESITA DE NOCHE | Camino de vuelta

Zacatecas, 3 de febrero (MaremotoM).- Hace un par de años me hice el propósito de no comprar más libros, son el tipo de promesas absurdas que hago cada tanto y que rompo en la primera oportunidad. Así me pasó con El coste de vivir de Deborah Levy, (Penguin Random House, 2019), lo encontré en la sección de feminismo en una librería y me llamó la atención por la otra categoría que se anuncia en la portada del libro: autobiografía en construcción. Qué es eso me pregunté y no abandoné la cabaña en medio de un bosque enfrente de un lago antes de concluir con la lectura.

En el libro no vamos a encontrar una historia de vida concreta sino de un momento de transición, la de Deborah a sus cuarenta y pico de años, quien decide abandonar el barco de su matrimonio y lanzarse a la deriva en lo que podría ser una lancha de salvamento. Ser a través de él, de ellos, vivir en una casa de estilo victoriano en Londres y tener en un rincón de la casa las cañas de pescar de las hijas. Así era la vida de Deborah y la cambió por un pequeño departamento en la cima de una colina, misma que escalaba con las bolsas de la compra, montada en una bicicleta eléctrica y un collar de perlas al cuello. Escribía para ganarse la vida y se hacía preguntas. Nunca da detalles de la ruptura, intencionalmente no habla de él, porque quiere recuperar su rostro, el mismo que perdió 20 años atrás. Que queda de ella tras todos esos años de atención y cuidados.

Se sorprende al descubrir una mujer en camisón de seda y chamarra de mezclilla, reparando el desagüe del lavamanos o improvisando un tiempo y espacio de escritura en medio de un cobertizo, a la sombra de un manzano. El cobertizo es austero, una mesa, una silla y una repisa con pocos libros, nada de libreros de piso a techo, de un orden y una comodidad establecidas, tan solo un espacio donde poder escribir. Su vida está empacada en cajas y las cajas están guardadas en el ático de la casa familiar que se ha puesto en venta. Desalojar, desvencijar el hogar que se ha construido con sumo cuidado, tomar las cañas de pescar y no encontrar un franco acomodo dentro de la nueva vida, reducida y simple, vertiginosa, desaliñada a ratos, como la escena en que la protagonista se presenta ante un grupo de ejecutivos con ramitas y hojas enredadas en el cabello, las percibe una vez concluida la reunión. Una vida con la caldera rota y sin agua caliente, con el edificio en ruinas pero al mismo tiempo en reparación.

Una historia de dominación, la del hombre, la del país que fue colonia, Sudáfrica, la del padre luchador, la de la madre mecanógrafa, moribunda, a quien su hija visita con paletas de hielo en pleno invierno. La madre sacia su sed. La hija necesitará más tiempo, mientras tanto es movimiento, libertad conquistada: “Convertirnos en la persona que otro ha imaginado por nosotros no es libertad, es hipotecar la vida por el miedo ajeno”.

Un camino que comienza pero que es de vuelta, no es ajeno ni desconocido, tan solo olvidado y redescubierto, me refiero al camino que nos conduce hacia nosotras mismas.

Deborah Levy
El coste de vivir, de Deborah Levy. Foto: Cortesía

Fragmento de El coste de vivir, de Deborah Levy, con autorización de Penguin Random House

1

EL GRAN PLATA

Tal como nos enseñó Orson Welles, si queremos un final feliz, este depende de dónde acabemos la historia. Una noche de enero estaba comiendo arroz con coco y pescado en un bar de la costa caribeña de Colombia. En la mesa de al lado había un estadounidense bronceado y tatuado. El hombre tenía casi cincuenta años, brazos fuertes y musculosos y el pelo plateado recogido en un moño. Estaba hablando con una joven inglesa, de unos diecinueve años, que antes estaba leyendo sola pero que, tras ciertos titubeos, había aceptado la invitación a su mesa. Al principio solo hablaba él. Al cabo de un rato ella lo interrumpió.

La conversación de la chica era interesante, intensa y extraña. Contaba que había estado buceando en México, que había pasado veinte minutos bajo el agua y al emerger se había topado con una tormenta. El mar se había transformado en un remolino y le había dado miedo regresar al barco. Aunque la historia trataba sobre descubrir que el tiempo había cambiado al emerger después de haber estado buceando, también hablaba de un dolor oculto. La chica dio varias pistas al respecto (en el barco había alguien que en su opinión debería haber intentado socorrerla) y luego miró al hombre para ver si entendía que hablaba de la tormenta con segundos sentidos. El tipo no estaba interesado y movió las rodillas de tal manera que levantó la mesa y tiró el libro de la chica al suelo.

–Hablas mucho, ¿no? –dijo él.

La chica lo meditó, peinándose las puntas del pelo mientras miraba a dos adolescentes que vendían puros y camisetas de fútbol a los turistas en la plaza adoquinada. No era tan fácil transmitirle a aquel tipo, un hombre mucho mayor, que el mundo también era de ella. Él se había arriesgado al invitarla a sentarse a su mesa. Al fin y al cabo, la chica venía con una vida y una libido propias. Al hombre no se le había ocurrido que ella pudiera no considerarse un «personaje secundario» y no tomarlo a él por protagonista. En ese sentido, la chica había traspasado un límite, había derribado una jerarquía social, había roto con los rituales acostumbrados.

La chica le preguntó qué contenía el cuenco donde estaba hundiendo los nachos. Él le respondió que ceviche, pescado crudo marinado en zumo de lima, que en la carta aparecía en inglés como sexvice: «Con condón para acompañar», dijo. Cuando ella sonrió, supe que intentaba parecer más atrevida de lo que era, parecer una chica que viajaba sola, leía un libro y se bebía una cerveza sola en un bar de noche, alguien capaz de arriesgarse a entablar una conversación increíblemente enrevesada con un desconocido. La chica aceptó la invitación a probar el ceviche, luego rechazó el ofrecimiento de ir a nadar juntos a una zona aislada de la playa local que, le garantizó él, quedaba «lejos de las rocas».

Al rato, el hombre dijo:

–No me gusta bucear. Si tuviera que hacerlo, bajaría a buscar oro.

–Vaya, qué curioso. Estaba pensando en llamarte el Gran Plata.

–¿Por qué Gran Plata?

–Es como se llamaba el barco de buceo.

Él meneó la cabeza, perplejo, y pasó la mirada de los pechos de la chica al neón de Salida de encima de la puerta. Ella volvió a sonreír, pero no fue sincera. Creo que sabía que tenía que calmar la turbulencia que la había acompañado desde México hasta Colombia. Decidió retractarse.

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–No, Gran Plata por el pelo plateado y el aro de la ceja.

–Soy un vagabundo. Vivo a la deriva.

La chica pagó su cuenta y pidió al hombre que recogiera el libro que él había tirado sin querer al suelo, lo cual lo obligó a agacharse y buscar bajo la mesa y acercarse el libro con un pie. Le llevó un rato y, cuando volvió a emerger con el libro en la mano, la chica no se mostró ni agradecida ni descortés. Solo dijo: «Gracias».

Mientras la camarera recogía los platos repletos de pinzas de cangrejos y raspas de pescado, me acordé de la cita de Oscar Wilde: «Sé tú mismo, todos los demás personajes están cogidos». No era del todo cierto en el caso de la chica. Ella debía apostar por un yo que poseyera libertades que el Gran Plata daba por descontadas… al fin y al cabo, ser él mismo no le suponía el menor problema.

«Hablas mucho, ¿no?»

Decir las cosas tal cual las pensamos es una libertad que la mayoría elegimos no tomarnos, pero me pareció que las palabras que quería decir la chica estaban muy vivas dentro de ella, tan misteriosas para ella misma como para el resto.

Más tarde, mientras estaba escribiendo en el balcón del hotel, pensé en cómo había invitado al errante Gran Plata a leer entre líneas su dolor oculto. La chica podría haber terminado la historia describiéndole las maravillas que había contemplado en las serenas profundidades marinas antes de la tormenta. Habría sido un final feliz, pero no lo dejó ahí. Le estaba planteando (y se estaba planteando) una pregunta: ¿Crees que la persona del barco me abandonó? El Gran Plata era el lector equivocado para su historia, pero bien pensado, tal vez ella fuera la lectora perfecta para la mía.

2

LA TEMPESTAD

Reinaba la calma. Brillaba el sol. Nadaba en las profundidades. Y luego, cuando emergí al cabo de veinte años, descubrí que una tormenta, un remolino, un fuerte vendaval levantaba las olas por encima de mi cabeza. Al principio no me vi capaz de regresar al barco y luego me di cuenta de que no quería volver a él. Se supone que lo que más debe atemorizarnos es el caos, pero he terminado por creer que tal vez sea lo que más deseamos. Si no creemos en el futuro que planeamos, en la casa por la que nos hemos hipotecado, en la persona que duerme a nuestro lado, es posible que una tempestad (que acecha desde hace tiempo en los nubarrones) nos acerque al modo en que queremos estar en el mundo.

La vida se desmorona. Intentamos aferrarnos y sujetarla. Y entonces nos damos cuenta de que no queremos hacerlo.

Cuando rondaba los cincuenta años y se suponía que la vida debía ir ralentizándose, volviéndose más estable y predecible, la vida se volvió más rápida, inestable, impredecible. Mi matrimonio era el barco y yo sabía que si volvía nadando hasta él me ahogaría. También es el fantasma que me perseguirá toda la vida. Nunca dejaré de llorar mi largo anhelo de un amor duradero que no reduzca a sus actores protagonistas a menos de lo que son. No estoy segura de haber presenciado a menudo un amor que lo consiga, así que tal vez se trate de un ideal condenado a ser un fantasma. ¿Qué clase de preguntas me plantea ese fantasma? Desde luego me plantea cuestiones políticas, pero no es un político.

Cuando estaba viajando por Brasil vi una oruga de brillante colorido, gruesa como un pulgar. Parecía diseñada por Mondrian, con el cuerpo marcado por cuadros simétricos de color azul, rojo y amarillo. No me lo podía creer. Y lo más peculiar de todo, se diría que tenía dos cabezas rojo chillón, una en cada extremo del cuerpo. La miré una y otra vez para comprobar si algo así podía ser verdad. Quizá el sol me hubiera afectado a la cabeza o estuviera alucinando por el té negro ahumado que bebía a diario mientras contemplaba a los niños jugando al fútbol en la plaza. Podía ser, descubrí después, que la oruga simulara una cabeza falsa para protegerse de los depredadores. En esa época era incapaz de decidir en qué lado de la cama quería dormir. Digamos que la almohada apuntaba al sur; a veces dormía así, y luego cambiaba la almohada al norte y también dormía. Al final terminé poniendo una almohada en cada lado de la cama. Puede que fuera la expresión física de un ser dividido, de no pensar con claridad, de sostener dos opiniones sobre algo.

Cuando el amor empieza a resquebrajarse cae la noche. Se prolonga. Llena de acusaciones y pensamientos furiosos. El tormento de esos monólogos interiores no cesa cuando sale el sol. Es lo que más me molestaba, que me hubiera abducido la mente, tener la cabeza llena de Él. Era prácticamente un trabajo. Mi propia infelicidad empezaba a devenir costumbre, al modo en que Beckett describía que la pena se convertía en «algo que puedes ir acumulando toda la vida… como una colección de huevos o sellos».

Cuando regresé a Londres, mi tendero turco me regaló un llavero con un pompón de pieles. No sabía muy bien qué hacer con él, así que lo colgué del bolso. Los pompones levantan el ánimo. Salí a dar un paseo por Hyde Park con un colega y el pompón rebotaba alegremente mientras nos abríamos paso a puntapiés entre la hojarasca. Era un espíritu libre, locamente gozoso, parte animal, parte otra cosa. Estaba mucho más contento que yo. Mi colega llevaba un diamante minúsculo engarzado en una sortija de filigrana de oro. Dijo: «Mi mujer me eligió esta alianza. Es un anillo victoriano, no es mi estilo, pero me recuerda a ella». Y luego añadió: «Mi mujer ha vuelto a estrellarse con el coche». «Ah –pensé, mientras dejábamos atrás los árboles dorados–, no tiene nombre. Es su mujer.» Me pregunté por qué mi colega solía olvidar los nombres de las mujeres que conocía en reuniones sociales. Siempre se refería a ellas como la mujer o la novia de alguien, como si no necesitara saber nada más.

Si no tenemos nombre, ¿quiénes somos?

Lloré como una mujer cuando supe que mi matrimonio había tocado a su fin. He visto a un hombre llorar como una mujer, pero no estoy segura de haber visto a una mujer llorar como un hombre. El hombre que lloró como una mujer estaba en un fune …

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