Edén

MESITA DE NOCHE | Edén

A David

Cerramos de un portazo. Afuera, un perro callejero nos movía la cola, le dimos un poco de agua y arrancamos. El perro permaneció ahí.

Ciudad de México, 31 de mayo (MaremotoM).- Mi abuelo decía que las casas no son más que casas, bienes que cumplen una función y llegado el momento había que desprenderse de ellas, le exasperaba el apego que muchas personas sentían por los espacios de su infancia y de su juventud. Yo soy de esa clase de personas, mis apegos están presentes en una serie de casas a través de las cuales puedo palpar la historia familiar, algunas de ellas ya ni siquiera permanecen, aún así puedo sentir cada palmo de ellas, cada raspón fresco, cada regocijo. Sin duda, la más emblemática de todas es la casa de mis abuelos, tengo un mapa mental preciso de su distribución y de cada detalle, las puertas corredizas de la alacena, el piano bajo de la escalera, las cortinas pesadas y amarillas de la sala, la alfombra crema en las habitaciones, el adorno de flores disecadas, la habitación con el mismo muro de piedra y el sillón donde encontraba a mi abuela envuelta en una niebla. Era una vida sencilla, de convivencia con tíos y primos, algunos más crueles, pero uno siempre leal a juegos y fantasías. La misma calle donde jugamos rayuela, la misma donde el tío disparaba con su rifle de balines ante el asombro y el espanto de todos. La terraza más bien mediana que mira de frente al cerro de La Bufa.

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Volví al Edén, la distribución y la proporción eran exactas, pero no había nada de encanto. A pesar del último empeño de reformar, la catástrofe era evidente, los abuelos habían muerto hacía demasiado tiempo. Vi ese lugar no como el mapa de mi infancia, de mis temores y afectos, sino como una casa abandonada. No quisimos permanecer mucho tiempo, hicimos un rápido recorrido y vimos cada muro pelado, cada esquina atiborrada de muebles, un globo terráqueo y la foto de mis bisabuelos, lo vimos sin asombro, como si esas ruinas no hablaran de nosotros, como si la historia fuera lejana y le perteneciera a alguien más. Como un cuento de un abuelo y una abuela, de un sábado a mediodía, de pollo rostizado y de chascos, muchos chascos.

Llevábamos escoba y trapeador en mano y nuestro afán nos pareció ridículo tan solo entrar. A lo sumo encendimos una vela en el centro de la sala, la dejamos ahí, absorbiendo todas la memorias. Salimos por la cocina, antes de cerrar la puerta, un último aliento, la imagen de la mesa puesta, todos reunidos, el gran comedor. Cerramos de un portazo. Afuera, un perro callejero nos movía la cola, le dimos un poco de agua y arrancamos. El perro permaneció ahí.

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